"Quien posea ciencia y arte, tiene también religión. Quien no posea una ni otra, ¡tenga religión!"
Johann Wolfgang von Goethe
El problema con la convención
Dentro de los problemas que más se ven en torno a la forma de razonar, está muy en evidencia el lenguaje, el comienzo y la invención del conocimiento. Podría parecer algo molesto de escuchar o leer, pero sí, el conocimiento es una invención humana que nos ayuda en cierta medida a vivir de una forma ordenada y estable. El lenguaje es la herramienta de la cual no podemos desprendernos a la hora de generar y transmitir conocimiento, de entenderlo y que sea cognoscible, pero al mismo tiempo, un olvido del origen mismo del lenguaje, puede llevar a cometer errores catastróficos para el entendimiento de muchas cosas. Para empezar, el lenguaje no sigue un procedimiento lógico en medida objetiva, las palabras no son más que la respuesta de sonido ante un estímulo externo en vista a la necesidad de nombrar algo, en respuesta a nuestra percepción e interpretación de dicho estímulo, a diferencia de lo que los filósofos moralistas creían, de que la palabra y la cosa mantienen relación estrecha, y lo repito como en muchas otras ocasiones, de ser así, habría un único idioma, o más aún, un único lenguaje. Con el lenguaje se pueden justificar muchas cosas que podrían ser en un correcto análisis, absurdas, y así, muchas veces, mediante criterios equivocados desde el inicio, se acaba hablando de una teoría que parece irrefutable, pero como ya he dicho, que una teoría sea irrefutable no la hace verdadera, y esto tiene que ver con la falta de aceptación de las contradicciones como un nivel del conocimiento superior al silogismo burdo de "verdadero = A" y "falso = lo contrario de A", pero es que la contradicción de conceptos no es más que una paradoja, no sale de lo conceptual, y de hecho, fuera de lo conceptual, tales cosas que ocurren en la realidad y que aparentemente son contradictorias, en un nivel aún mayor de conocimiento, se pueden ver como interdependientes, ya que escarbando un poco en la matriz del lenguaje, se puede ver que conceptos como "verdadero" y "falso" lo son también, ya que se designa verdadero a algo según la experiencia individual, colectiva o histórica de aquello y falso, por consiguiente, a todo lo que lo contraríe. Pero es precisamente en este punto cuando nos damos cuenta que nada puede ser considerado falso si no se ha considerado previamente algo verdadero, por tanto, la creencia en la eliminación de lo "falso", "malo", "contradictorio", contiene una carga moral que resulta nocivo para nuestro desarrollo del conocimiento de forma plena.
El difícil desapego de los sueños
El sueño sigue siendo para muchas personas un modelo de razonar correctamente, cuando de hecho, es la forma más primitiva de razonar, muchas veces ha sido la que ha conllevado a la mayoría de las supersticiones, y también ha sido la causante de muchos errores de comprensión de los distintos fenómenos que acontecen. Sin embargo, esto se debe a que se habla muy poco de cómo actúa nuestro cerebro en los sueños, y entenderlo, podría ser un buen comienzo para adoptar un razonamiento más fresco y crítico. En primer lugar, hay que entender que por la naturaleza del cerebro mismo y de las funciones del cuerpo, al estar uno tendido en la cama con pies estirados y órganos en funcionamiento diferente al diurno, la persona experimenta una gran serie de estímulos "extraños" de todo tipo, sumado a la liberación de un químico que ayuda a que las diversas imágenes que podamos experimentar sean percibidas por todos los sentidos como sumamente reales. Allí es donde radica nuestro problema con el razonamiento de los sueños, y es que en ellos, consideramos verdadero toda percepción y estímulo que hay en él, no nos detenemos a razonar lo que estamos viendo, escuchando, sintiendo; simplemente lo consideramos válido, tristemente así se razona muchas veces, y como en el sueño creemos saber qué es lo que se encuentra frente a nosotros, cuando dichos estímulos provienen de algo que en el sueño ni llegamos a divisar, que pueden ser los factores internos del cuerpo, o factores externos de cosas que pasan a nuestro alrededor y que como estímulo el sueño los canaliza con imágenes que podrían parecernos reales, pero que no son; así funcionan de hecho las teorías supersticiosas. Pero dichas teorías tienen un componente aún más importante: el mecanismo del cerebro en el sueño, es muy similar al mecanismo de razonamiento más primitivo y errático sobre un conocimiento. Éste se da a partir de la creación del propio cerebro de las imágenes que capta de los estímulos y las transforma en percepciones, es decir, el cerebro (al igual que estando despiertos, razonando de una forma burda) recibe el estímulo, lo percibe, crea la imagen y lo hace de forma tan rápida que creemos que aquello que creamos y percibimos lo estaríamos descubriendo. Y es justamente esto lo que pasa cuando conceptos como "verdadero", "falso", "bueno", "malo", son creados, percibidos por experiencias vividas, y luego lo olvidamos y creemos que descubrimos la verdad, la falsedad, lo bueno y lo malo. Desde ese punto al dogma, sólo queda un paso, y ese paso lo marca la soberbia.
La aceptación de la ignorancia, ¡es lo científico!
Tenemos una imagen muy distorsionada de lo que un hombre de ciencia es en realidad. Tendemos a creer que son un grupo de vagos que se la pasan sentados en un escritorio sin hacer nada hasta que de repente descubren algo. Habiendo visto lo anterior, podemos refutar con facilidad este estereotipo de la ciencia como algo fofo, pasivo y gris. De hecho, esa concepción de la ciencia la tenían los filósofos que nos han condenado a la rigidez lógica y a perecer ante el aplastante optimismo racionalista, pensando que se llega a la "verdad" y que puede uno encima, jactarse de haberlo hecho; por supuesto que así no resulta difícil tener una imagen tan negativa de un científico. Por el contrario, al establecer la "verdad" como una convención basada en una experiencia y al conocimiento como una invención para ordenar nuestras experiencias y relacionarlas con nosotros mismos, podemos hablar de que la ciencia toma en este punto, una misión importantísima en la vida de las personas. Alejándose de esa vana y cómoda seguridad de "conocer-lo-todo", es que puede decir "¡Si!" a la ignorancia, no como virtud, sino dejar de rechazarla y entender que un hombre de ciencia la acepta y con el suficiente escepticismo la cuestiona hasta poder encontrar una explicación que pueda ser aceptada, lo paradójico es que, el hombre supersticioso, es el que más niega la ignorancia, pues le cuesta aceptar que él es un ignorante, y en consecuencia, inventa su propia verdad de la nada misma, para poder sobrellevar el miedo a lo "desconocido". Muy bien entonces, a aquel pasivo del conocimiento como "algo que ya existe y que se descubre", al supersticioso del "me aterra no saber algo, por lo tanto lo invento", y también a aquel despreciable del "la verdad es una, y yo la conozco mejor que nadie", le declaramos la guerra, no contra sus personas, sino contra esa falta de instinto que vuelve el conocimiento algo gris y estúpido, un objeto de burla, a eso le declaramos la guerra. ¿Quiénes? Nosotros, ¡los que nos atrevemos a un saber alegre!
Lucas Cianfagna.-

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