"En una época de disolución éste es pues el fondo esencial de una concepción de la vida apropiada para el hombre referido a sí mismo que debe dar prueba de la propia fuerza. Ser centrales o convertirse en centrales a sí mismos, constatar o descubrir la suprema identidad consigo mismos, es la contrapartida de todo esto."Julius Evola
La trampa de la post-modernidad comienza a verse hoy, al igual que con su nacimiento se había visto la trampa de la modernidad misma, como quien descubre que ante conductas aparentemente contradictorias, un hijo termina comportándose sin saberlo, como su padre.
Los relatos de la modernidad ya fueron duramente rebatidos por una gran cantidad de pensadores y filósofos de todo tipo de orientación incluso ideológica. Pero lo que la modernidad nunca se esperaría es que su propia profundización ("post" ya no en un "luego de", sino en un "ultra" de la modernidad) llevaría a la destrucción de sus mismos postulados, algo equivalente a la mística figura del ouroboros, aquella serpiente que girando sobre sí misma acababa devorándose su cola.
Aquellos postulados que invitaban a evaluar lo más sombrío del pasado y proyectar un futuro de luz, aquello es finalmente derribado como un castillo de naipes, donde este paradigma actual termina deconstruyendo el presente y borrando toda posibilidad de futuro cierto. Pero antes de hablar de categorías en sí mismas, es preferible en todo caso ir de la praxis filosófica a la idea, y no viceversa, para asegurarse de no contaminar la realidad con intentos etiquetadores, es decir, ver las cosas como son y en todo caso de la elaboración que surja, podremos luego definir. Por supuesto que no faltará quien me diga que esa es una definición, y es cierto, pero eso no hace menos necesario el enfoque.
En primer lugar, primero descartemos los intentos retardatarios por hacer una crítica a la post-modernidad con el ideal de volver al pasado, tal cosa simplemente no existe. Ni tampoco la actitud apropiada sería el de "retrasar" el tipo de devenir que esta época brinda, porque además de ser imposible, resulta en una pérdida de energías que no conduce a ningún lado.
En segundo lugar, convendría en todo caso analizar el estado de cosas y sobre todo entender cuáles son las fuerzas que traccionan a la humanidad en lo general para que incluso el caos generalizado siga, irónicamente, algún tipo de sistema global, identificarlo, y tomar sus mismas herramientas para hacerlas propias, y valernos de esa misma fuerza para su superación. En resumen no sería más que identificar lo real, y hacerlo propio.
La época pre-anunciada por Nietzsche es la consecuencia del latente nihilismo occidental a partir de aquel proceso iniciado con la modernidad, y tal vez un poco antes, donde los valores absolutos que habían caracterizado a este hemisferio se verían cuestionados finalmente para llegar a una relatividad "absoluta" de los valores. La premisa deconstructiva no es más que una burda interpretación de Heidegger, quien trató de advertir y generar una vía para esta época. Al igual que con Nietzsche, los apologistas de la post-modernidad se jactan de terminar de barrer con todo vestigio de valores y tradiciones que han hecho de Occidente lo que fue.
Al punto es la negativa de aceptar todo lo que signifique "ser" para estas personas, que hasta su propio paradigma se define desde su nombre de forma retórica. Creo que acá estamos entrando en un punto importante para hacer una caracterización dual, no absoluta en sentido abstracto, pero sí sirve a modo de "tipos ideales", como lo puntualizó Carlo Michelstaedter: por un lado existen los retóricos, quienes precisan un punto de apoyo exterior para definir una identidad, y por otro lado, los persuadidos, quienes encuentran ese punto de apoyo en sí mismos.
La post-modernidad parte de una noción que bien podría considerarse de puros "retóricos", donde buscan definiciones a partir de lo que "no son", lo cual en principio no sería un problema, excepto en la falta total de direccionalidad, en su activismo irracional y su culto al vitalismo que no va más allá del racionalismo, sino que decae y va hacia lo infra-racional, en una especie de "retorno a la caverna". Los irracionalistas de hoy, como hijos de su autoritario padre "racionalidad", son el vivo ejemplo del engaño que significó la modernidad en cuanto a "evolución" de la humanidad y "progreso" hacia el cual teóricamente íbamos, sino por el contrario, fue un terrible regreso, una regresión que ha fragmentado las distintas dimensiones de la realidad para hablar de "razón-no razón", donde el resultado de esa dialéctica terminó dando el resultado inesperado: triunfó la no-razón, cuando en todo caso se debería tratar de un triunfar más allá de la razón, más allá de las pequeñas dualidades que nos quieren resolver en una indiferenciada identidad.
Luego, la trampa de la post-modernidad queda entonces a la vista, el culto por lo irracional y por la fuga del sí mismo, la evasión al auto-conocimiento, viéndolo en perspectiva, parece más un retroceso lento pero sin pausa desde el saber de nuestros padres de Occidente, al completo caos e indiferenciación de los sujetos, sujetos que fueron producidos en serie bajo el dogma racionalista anteriormente, y que luego serían producidos en una "auto-percepción" que no es más que un perderse más en las brumas de lo general, un no-ser que es defendido y militado, la pesadilla de cualquier filósofo de algunos siglos atrás se haría realidad.
Ahora bien, hay otro problema que no tiene que ver ya con las fuerzas propias de esta época y de este paradigma cosmológico, sino que atañen directamente a quienes han tratado de dar soluciones. Como mencioné al principio de nada sirve la actitud de retrasar un tal proceso, ni mucho menos pretender volver al pasado, esa es otra ilusión propia de esta época donde la auto-percepción se zambulle de lleno en el absurdo. Tampoco es la respuesta de algunos que proponen aceptar la situación tal cual es y simplemente dedicarse a surfear la interminable serie de olas, como si se tratase de un nuevo "fin de la historia" donde el apocalipsis ha llegado y sólo nos queda ver si sobrevivimos a un nuevo cataclismo.
Si bien la actitud inicial de aceptar las cosas como son es viable, se deben tener consideraciones: por un lado, aceptar el nihilismo y reconocer que estamos en una época de abismo donde el vacío también a menudo mira dentro de nosotros, como diría Nietzsche, pero también, entender que no debemos identificarnos de modo alguno con las corrientes anímicas y emocionales de la época. La ansiedad y la angustia son síntomas prácticamente universales en este tiempo, pero no debemos identificarnos con ellos, sino reconocerlos en nosotros como algo a combatir y aceptarlos hasta el fondo, porque sólo con una fuerza tal se puede poner fin a esto en nosotros mismos.
El vacío, que es algo que compone el núcleo de la esencia de las cosas, el núcleo donde las cosas se crean y el punto en el cual las cosas fueron destruidas. De cualquiera de las dos maneras, se trata de un punto cero, el cual nos da la clave desde el mismo origen del universo y de las constelaciones, de que el vacío lejos de ser un callejón sin salida, representa la clave para generar nuestra propia edad de oro, constituye la esencia de las cosas (el famoso sunyatta). Pero entendiendo que nunca será posible una tal cosa en lo exterior hasta que no hallamos hecho el recorrido interiormente, de lo contrario, seguiremos conformando la indeterminada identidad, como la fuerza de un mortero que muele todo formando una misma "cosa", proyectando la fuga del sí mismo en ese proceso colectivo disolutorio.
El punto cero puede verse como paisaje en las horas clave previas, tanto al amanecer como al atardecer. El punto cero del día que representaba la hora propicia para meditar y contemplar para muchas tradiciones, es una referencia distante pero no menos importante de que aceptar el vacío es la clave de usar la misma fuerza nihilista, ya no con fines destructivos, sino como impulso de aquella fuerza que todo lo tracciona, para llegar al resultado sin que la mente se rompa. Aquella falsa dualidad de fuerzas que ha quedado como herencia no deseada en esta época, es lo que nos hizo caer en primer lugar como Occidente, de lo que nos tenemos que levantar desde el vacío.
Cabalgar este gran tigre de fuerzas elementales y caóticas es la mayor prueba que se nos pueda presentar, donde quienes pueden permanecer sin que su mente se rompa, puedan exclamar con calma imperturbable: "me he probado a mí mismo, y en ese probar, he probado ser yo en toda circunstancia".
Lucas Cianfagna.-



