lunes, 20 de noviembre de 2017

Elementalismo: Nueva objetividad sobre acantilados de mármol

"Quiérase o no hablar de barbarie lo importante sin embargo es hoy constatar la nueva, indómita corriente de fuerzas elementales que se ha adueñado de nuestro mundo. En el contexto de engañosas seguridades de los viejos ordenamientos, las mismas son demasiado cercanas y demasiado destructivas como para que se pueda comprender su sentido último. Su forma de aparecer tiene elementos de anarquía, es como la irrupción de un subsuelo volcánico. Aquel que sin embargo cree, que un tal proceso pueda ser frenado con ordenamientos del antiguo estilo, pertenece a la raza de los vencidos, de aquellos que son condenados a la destrucción. Surge en vez la necesidad de ordenamientos nuevos, de ordenamientos basados no sobre la exclusión del peligro, sino sobre un nuevo connubio de la vida con el peligro." Ernst Jünger

La simultánea y sincrónica referencia a Franz Matzke y Ernst Jünger es innegable en esto que me propongo escribir, puesto que me interesa sacar aspectos clave en lo que plantean los dos: por un lado Matzke nos habla de una nueva objetividad -o "Neue Sachlichkeit"- refiriéndose a la apertura a una nueva época libre del prejuicio romántico de las cosas, donde las cosas se liberan de sentimentalismos y de valoraciones previas hechas por una mente sensiblera y débil de carácter, empezando entonces a hablar de las cosas como son, y de apreciarlas de igual forma; por otra parte, Jünger con su texto "Los acantilados de mármol" expresa una actitud futurista respecto de las nuevas tecnologías surgidas luego de la Segunda Guerra Mundial, y el impacto que eso tendría en la sociedad, entendiendo este nuevo avance como una nueva oportunidad de aprovecharlo en miras de una nueva filosofía del individuo y de la realidad. Ambos dan en la tecla con algo, y prácticamente apuntan a un mismo tiempo, o al menos, a un mismo contexto metafísico: una visión más elementalista como reconciliación entre teoría y praxis, filosofía y ciencia, realidad única en sus polos integrados, lo finito y lo absoluto como integrantes de la misma realidad, la posibilidad de percibir la misma sin sentimentalismos, sin nostalgia, sin pesimismos, ni sueños de trasnochados que esconden nostalgia no resuelta. Se trata de entendernos y de valorar el espacio propio, el dominio propio, la distancia, el amor por la distancia y por lo elemental, tanto en las personas como en las cosas.

Para continuar con la definición de mi propuesta elementalista, es necesario hacer una breve mención de algunas cosas, sobre la técnica, la ciencia y la filosofía. No por casualidad nombré en primer lugar la técnica -o la tecnología- ya que es lo más importante para entender este desarrollo de paradigmas nuevos y de reintegración de la ciencia con la filosofía, en esto la técnica es el vértice fundamental. Cuidado, de ninguna manera estoy reduciendo la realidad a una expresión material, sino por el contrario, quiero ir al significado originario de la palabra "técnica", en griego viene de techné referido a las artes en sentido de dominar los objetos y dictar libremente tanto su uso como su curso de dirección, entonces "tecnología" no sería otra cosa que el uso racional de esa técnica con fines específicos, y todo ello constituye lo primordial en el saber humano, de lo cual se puede destilar de forma más sutil la ciencia y la filosofía. De manera que sin técnica, no habría ni ciencia, ni filosofía, ni saber humano alguno. En cuanto a la destilación de la técnica que más ha caracterizado a Occidente, es la filosofía, entendida como amor por la sabiduría como su nombre lo indica, y corresponde a la mayor sutileza acuñada por la técnica, derivando luego la episteme que vendría a ser la clasificación de técnicas desde la propia lógica de cada una. Aristóteles por ejemplo, siendo un filósofo, en su academia poseía numerosos "Think Tanks" como se los llama hoy, o "Bancos de datos", donde varios investigadores se encargaban de recolectar información a nivel que hoy llamaríamos científico, no tratándose de conocimiento a nivel filosófico, sino empírico o epistemológico. Pero sin duda lo que había era una intensa interconexión entre teoría y praxis, filosofía y ciencia, aspecto físico y nouménico de la realidad.

Sin hacer un repaso de toda la historia, sería engorroso, podríamos en cambio hablar de lo que se ha terminado, o que al menos está en proceso de terminarse. Para hablar mal y pronto, la concepción cartesiana de conocimiento donde existe un hiato irreconciliable entre mente y cuerpo, o mejor dicho, entre realidad física y realidad mental, se puede finalmente terminar, mostrando que no existen dos realidades distintas, como nos quieren hacer creer los ilusionistas de la religión, o los materialistas extremos que alimentan la dialéctica interminable. Por ejemplo, Platón al estar sumergido en la concepción cíclica del paganismo antiguo, veía con pesimismo su realidad, y buscaba un "retorno a la edad de oro", alimentando también en su momento esta distinción irremediable entre dos mundos, buscando el regreso al otro; Aristóteles lo supo refutar muy bien, dominando el campo de la física, cuando planteó el fin de los conflictos duales, por medio de la metafísica, entendiéndola como integración a una única realidad las distintas dualidades que la componen. Entendiendo que conforma el mismo mundo lo concreto y lo abstracto, y que la virtud estaba en lograr establecer los grados y la progresividad entre los polos, lo cual le pone fin al pesimismo, y sin hablar de optimismo, se puede retomar esta idea elementalista de entender la realidad por cómo es, sin prejuicios, sin especulaciones y sin dramatismo, lo que es, es y punto. 

Quizás sea bueno entender que la visión cíclica o el eterno retorno sirve para comprender que todo lo que la humanidad experimenta y de lo cual no aprende, se condena a si misma a repetirlo, esto está incluso en la psicología individual más rudimentaria. Por otra parte, es importante una vez entendido esto, salir del sentido cíclico de pensamiento constreñido, y poder finalmente avocarse a hablar de un desarrollo progresivo de la realidad, diametralmente opuesto al que hemos venido haciendo hasta ahora desde el positivismo y la idea ilustrada. Ambos polos constituyen un error en sí mismos, uno se obsesiona con el principio buscando volver al pasado, y el otro se obsesiona con el futuro, buscando cambiar toda la realidad en función de una entelequia. Este elementalismo tendría como base la idea de progresividad a nivel integrado, tanto en lo material como en lo mental, lo informativo y lo formativo. Se trata de comprender la realidad en su dinamismo complejo, y cultivar una percepción de esa realidad en ese sentido, buscando posicionarse más allá del espacio y del tiempo establecidos, ya que todo proceso elemental los trasciende de forma constante. A partir de este punto se puede hablar de una verdadera inversión de valores, ya que no se puede originar un auténtico desarrollo de una idea progresiva si no se pone cabeza arriba todo lo que este estancamiento y decadencia a nivel del saber puso cabeza abajo en algún momento. La generación a la cual pertenezco sabe muy bien de todo esto, es escéptica hasta el cansancio, no por ser pesimista, sino por ver con realismo todo lo que acontece y lo juzga a su debido tiempo, con las armas en la mano. Nos vemos hartos de toda la moral sensiblera de nuestros antepasados, de toda esa degradación personal que en lugar de admitir el derrumbe de todo saber, prefirieron como dijo un amigo, acostarse bajo la cama y llorar "por los valores que se perdían". A toda esa actitud pusilánime decimos "¡No más!".

Resulta gracioso que durante la Edad Media no haya sido tal el cuestionamiento sobre la forma de la Tierra, no habiendo prácticamente referencias ni herramientas para conocer, se leía muy poco, la lectura estaba reservada a personas muy selectas, sin embargo hoy día, con la "democratización" de la información, hay gente que afirma sin pudor que la Tierra es plana, a pesar de las toneladas de evidencia y que más que hablar de evidencia, no tendría ni que ser legítima la discusión, así como quienes podrían decir que la gravedad es un "constructo social", de parte del posmodernismo más rancio, hijo directo de la angustia de los románticos, que al no tener la fuerza y firmeza para criar a sus hijos, los convirtieron en monstruos del caos buscando un nuevo totalitarismo que los ponga en fila de una vez por todas. A su vez, me apena saber que hay quienes cuestionan la evolución, más insólito aún, consideran que el hecho no tiene pruebas suficientes, lo cual me insta a abandonar el debate e irme, si una conversación así dura más de 2 minutos, es culpa de uno por sostenerla. La evolución como tal habría que entenderla no sólo desde el aporte de Darwin sobre las especies, y ni siquiera sobre su trascendencia al entendimiento del universo, sabemos que ello es real, pero además, considero invaluable lo que dice Thomas Lombardo, sobre el carácter evolutivo de la evolución misma.  Es decir, la evolución posee una dinámica de evolución, y para entenderla es imprescindible remitirse al concepto tradicional de libertad de los elementos, es decir, cada elemento tiene la libertad de determinar el curso mismo de su evolución, así como el ser humano ha sido capaz de alterar la evolución no sólo propia, sino de las mismas especies que lo rodeaban, mediante la domesticación por ejemplo, de plantas y animales, ni hablar de la tecnología o la técnica, que han servido como manifestación de esa libertad que el hombre posee. Estaríamos dando los golpes de gracia fundamentales a la idea mecanicista universal, donde se decía "Deus ex machina", que tienen estas visiones fatales del materialismo pesimista; en vez, proponemos entender la evolución como un proceso dinámico que se va descubriendo e interpretando constantemente por la libre participación de los elementos que la componen. Esto es, hay un caos inicial que va dirimiendo en sus elementos un orden que va creándose como este proceso que describo. ¿Podría entrar entonces un sentido cíclico? Por supuesto que sí, pero en espiral, no como único aspecto de la realidad, ya que la evolución requiere períodos como este donde surge el estancamiento y la decadencia como descenso que tiene la humanidad para encontrar de nuevo fuerzas para resurgir con energías completamente renovadas. Hay aspectos que se repiten, pero nunca son iguales, y a pesar de la similitud de los actores, cada individuo es distinto en lo elemental. 

Convendría entender entonces como afirma Aristóteles, que los polos duales de la realidad merecen ser integrados. Esto es, tanto lo repetitivo (cíclico) como lo nuevo (lineal) existen en la realidad, y que el acento en uno o en otro no depende de otra cosa que de la libertad humana. Entonces, la restitución de la técnica en sus derivados filosófico o científico, deberá también tener el criterio de una objetividad real, en términos de Matzke, y no de dialéctica entre concreto y abstracto. En un contexto donde la tecnología avanzó en terrenos ya inimaginables para una persona promedio, vamos a encontrar una revolución en la forma de percibir las cosas y de relacionarnos con la realidad, todo ello necesita un carácter que informe a la persona y que forme su realidad de forma eficaz. Por consiguiente, la elaboración de los paradigmas para una sociedad deben ser repensados, igualmente para las estructuras políticas, institucionales e incluso culturales. Como bien señalaba Jünger, con la mentalidad de los que yacen vencidos en el suelo y con el pesimismo que los devora como un cáncer terminal, no se puede sino ir a la propia aniquilación, y esto no es una declaración pesimista, es un hecho predecible. Es entonces que debemos aprovechar este impulso generacional por pensar y entender distinto, encausar toda esa energía en vivir peligrosamente, en ir a las cosas y tomarlas por lo que son, en que la realidad sea la expresión más viva de la propia voluntad, el querer hasta el fondo lo que es, como diría Nietzsche, en una estética de la existencia, que nos guarde de preocuparnos por la realidad del otro, y nos haga ocuparnos de una vez por todas, de la propia.

Lucas Cianfagna.-

viernes, 3 de noviembre de 2017

Superación del clasismo

"De acuerdo a tales premisas es necesario apenas decir que el primer paso a cumplir para normalizar la economía es la superación del clasismo, residiendo en ello la causa primera del desorden y de la crisis de nuestro tiempo." Julius Evola

Muy pocas veces he dedicado escritos al tema económico, y sólamente en casos aislados, pero lo considero necesario, puesto que en el ámbito de la ciencia política se ignora mucho la cuestión económica como ciencia, y al mismo tiempo hay un desembarazo de la economía entendido políticamente, quizás lo mejor sea brindar un análisis de por qué las cosas se han hecho mal, y proporcionar la solución que el tema merece. En primer lugar, librar a la economía de la política, pero no para que la economía sea salvaje o que logre negocios oscuros e ilegales, todo lo contrario, el principal objetivo de volver independientes ambas áreas en sus actividades, es que la economía y la política retornen a su sendero original, es decir, que lo público y lo privado ocupe su espacio respectivo, así se recupera también el sentido cualitativo de cada ámbito.

En el plano económico, hay una actitud economicista y mecanicista, una concepción totalitaria de la sociedad vista sólo del aspecto económico, como si se tratara de un asunto de tecnócratas, como acostumbra el actual gobierno, esperando la respuesta anticipada y racional de los habitantes, lo cual dista mucho de lo que significa entender la conducta humana y su accionar. Muchas veces los economistas cometen el error de no poner en el debido contexto político a la economía antes de hacer el análisis, lo cual se condice con este tipo de entramado tecnocrático. Así también, los analistas políticos cuando deciden opinar y mostrar su visión se ven influenciados por el germen cultural que Argentina, por ejemplo, tiene en cuanto a temas económicos, ignorando toda evidencia y regla científica, entonces incurren en que "ni mucha intervención, ni poca intervención", cuando no es de intervención que se trata, sino de formar una cadencia y un espacio que propicie la actividad en su mejor desarrollo. Los políticos debido a su entramado economicista y tecnócrata, conocen bien que es bueno para ellos meter las narices en asuntos de producción, de distribución, de precios y de regulaciones, como si eso en todos los años que se vienen haciendo hubiera tenido algún buen resultado, pero es que no interesa esto, sino que el objetivo es la ganancia inmediata, no del empresariado honesto que arriesga, sino de los políticos que amenazan o se asocian con dicho empresariado para dictar las reglas de la producción, en un esquema dirigista propio de modelos extremadamente burocráticos, como lo fue el modelo romano antes de la caída del imperio y la invasión de los bárbaros, así como tenemos el ejemplo moderno de la U.R.S.S., cuyas variables fueron las mismas y se llevaron a un extremo insostenible. Nuestro gobierno ha hablado mucho, pero no ha hecho nada a fin de cuentas por cambiar algo de esto, resulta realmente difícil ser optimista, teniendo en cuenta que muchos de sus funcionarios, inclusive el mismo presidente, han mantenido negociados con sus familiares y empresas asociadas al Estado, lo cual pareciera que la supuesta solución es cambiar el disfraz para que no cambie nada.

Este dirigismo de la economía resulta de lo más nocivo, ya que no tiene en cuenta cuestiones de conocimiento por praxis y por experimentación directa, lleva a errores groseros, estancamiento y empobrecimiento, por no comprender que la actividad tiene su dinámica y que uno no puede dictar cómo han de ser los resultados de un proceso del cual no forma parte; es como si yo pudiese obligar a un plomero a que use las herramientas que yo le disponga hablándole desde un teléfono, no teniendo idea de dónde está, qué situación tiene, qué resolución conviene, y ni siquiera teniendo conocimiento del tema, etc. Este dirigismo no es más que una actitud totalitaria y decadente, que no comprende que cuanta más unidad haya en un sentido mayor de un entramado, mayor autonomía y libertades se le pueden conceder a las partes. Continuando con la idea orgánica, el totalitarismo ocurre donde no hay un centro fuerte en el Estado que disponga de los límites necesarios y una de manera armónica sus distintos elementos, garantizándoles a cada uno la autonomía de acción. Una economía dirigida por el Estado, no puede tener otro resultado que la corrupción, el apalancamiento de empresarios inescrupulosos, privilegiados y una oligarquía creciente, que encuentre palanca de lo público a lo privado, y viceversa, así nace esa relación espuria que se debe evitar independizando el aspecto político del económico.

En cuanto a la clase política, su liberación de cualquier vínculo económico más allá de la paga que perciban, debe garantizar las condiciones para castigar los negociados, la corrupción, la evasión y promover un desarrollo competitivo de quienes busquen emprender, basado en valores, por ejemplo el de la cualificación personal, la jerarquía natural y la sana competencia en un marco de leyes firmes. El objetivo no sería otro que darle a la economía un carácter de finalidad para la plenitud del desarrollo personal en cuanto a la vocación y a la perspectiva de vida, así como la política pasaría entonces a ocupar un lugar de jerarquía respecto de la economía, no para dirigirla ni meter la nariz donde no le incumbe, sino para establecer el mejor escenario institucional y jurídico para su mejor desenvolvimiento. A partir de esto, se puede hablar sin tapujos de una idea de corporación, así como existe en algunos países escandinavos y otros modelos interesantes de trabajo, donde hay acuerdos a largo plazo y fijación de pautas entre estructuras superiores (empresariales y líderes sindicales) respecto de las estructuras de base (trabajadores y convenios autónomos). Es necesario hablar de una estructura totalmente distinta de los gremios, para devolverles la dignidad organizativa, las mismas estructurándose en la calificación y la jerarquía natural, permitiendo una relación fluida con su contra-parte empresarial en sus grados más altos, y la traducción del reclamo de los grados más bajos del trabajo, que entienda de la situación y la dinámica de la empresa, así como garantizando una férrea unión basada en acuerdos mutuos que permita el mejor desarrollo para ambas partes. Para ello, se debe cambiar de raíz la propia ley sindical, y dejar atrás un modelo socializante, de sindicalización decadente, que simula una lucha de clases a nivel salarial y representa una auténtica oligarquía laboral, un derrotero que expresa esta búsqueda de asaltar la política desde la economía, una fuente de corrupción, extorsión y más empobrecimiento, otra gangrena del normal funcionamiento de la economía. 

Quedaria entonces la política devuelta a su sendero honorable que en algún momento supo tener, y la economía devuelta al sendero de garantizar una actividad de desarrollo humana que vaya más allá del salario y de la mera cuestión estomacal, sino incluso de brindarle una perspectiva a la persona basándose en lo que anhela y en lo que quiere ser, como decía Weber, la vocación. En esto no puede haber equívocos, ya se cometieron bastantes, y es necesario entender el rol que juega cada parte para comprender hasta dónde nos han envenenado con ideología socialdemócrata, pseudo-marxista y clasista, de ningún modo se puede lograr una política y una economía sana con la subsistencia de elementos disruptores, es por ello que la solución va más allá de la economía, sino que incluso es predominantemente política, la decisión de no ceder ante quienes pretenden destruir la paz social. La jerarquía del Estado por sobre la economía  y la sociedad, deben ser la premisa, para poder otorgar a cada ámbito su autonomía, siendo la política la que toma decisiones soberanas de proyectarse hacia adelante y disponer de la economía para los objetivos, manteniendo aún así su respectiva libertad de acción.

Lu
cas Cianfagna.-

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Lo orgánico en la idea de República

"Orgánico es un Estado cuando éste posee un centro, y este centro es una idea que informa a partir de sí en modo eficaz a los diferentes dominios: es orgánico cuando el mismo ignora la escisión y la autonomización de lo particular y, en virtud de un sistema de participaciones jerárquicas, cada parte en su relativa autonomía tiene una funcionalidad y una íntima conexión con el todo." Julius Evola

Como bien menciona el maestro Denes Martos, los sistemas de Estado que la humanidad pudo crear son dos: monarquía y república, y si los analizamos bien, no hay mucha diferencia entre ambos, sino más bien en los nombres y algunas atribuciones. El problema no es elegir entre alguno de los dos sistemas, sino el criterio y la razón detrás de cómo se configura uno u otro. Las monarquías que han sobrevivido, presentan casi en su totalidad este problema de criterio, algunas configuradas desde lo partidario, como es el caso inglés, donde muchos politólogos hablarán loas del modelo inglés, y consideran un "logro" que sea el partido el centro de la cuestión, pero el problema es que la acción del Estado determinada por un partido de turno es un problema, así como lo es cuando un partido único también lo hace (regímenes socialistas), o un partido hegemónico (la lamentable experiencia del Partido Justicialista), sea en monarquía o república. Volvemos a repetir, no es el sistema el problema, sino el criterio.

Como hemos dicho en otro momento, la idea jurídica de Kelsen descansa en un equívoco que Aristóteles hubiera contestado con contundencia: de ninguna manera un ente puede ser en potencia y en acto al mismo tiempo, de manera que "gobernante" y "gobernado" no corresponden a una misma persona de ningún modo, salvo que quien gobierne sea la ley y no la persona, pero de esa manera la ley sería el único acto, la única voluntad, que surge del Estado como un dios, la vieja idea totalitaria, como dijo Taylor "la obsesión moderna por los antiguos". Este era un proyecto que Kelsen planeaba para toda la humanidad moderna, el elogio a la burocracia y al automatismo, es decir, una idea liberal en su origen, que llevaría a un modelo donde la libertad es anulada, propio del iluminismo. Por lo tanto, queda claro que el pueblo no puede ser soberano, y que esto es otro punto más en la demagogia moderna de los analistas, de los panelistas, de los que están sumergidos en la historia sin darse cuenta, quienes no pueden pararse frente a la historia y decir "¡No!", los opinólogos de hoy no tienen capacidad de decirle que no a la época, ya que viven y comen gracias al tsunami de opiniones mayoritarias, por eso faltan sabios, faltan filósofos, y sobran opiniones vacías.

Volviendo al tema que me interesa tocar, la república, siempre surgen estos clichés llamados "división de poderes", "sistema de pesos y contrapesos", y el infaltable "el partido político es lo único que puede sostener un sistema republicano". Veamos uno por uno, primero la famosa división de poderes es un equívoco incluso para la ciencia política de hoy, ya que la división de poderes se ve más acentuada en un régimen de gobierno presidencialista como es en el caso de América en su conjunto, puesto que tal división no existe más que conceptualmente en Inglaterra por ejemplo, donde tienen un régimen parlamentario de gobierno, ahí podemos conceder un punto a favor de los ingleses, a pesar de lo que mencioné más arriba. En un régimen parlamentario se ve mejor que la división no es de poderes, sino de instancias del mismo poder, cosa totalmente positiva, ya que lo importante de entender es que el poder público, o sea, el poder estatal, no pueden ser varios, sino uno sólo. Las instancias del poder estatal sí pueden separarse sólo conceptual y operativamente, pero no se sustraen de lo esencial, que es el poder de acción del Estado, desde el soberano, que es quien toma decisiones, por definición. "El pueblo no gobierna, sino a través de sus representantes", entonces no lo hace, porque gobernar/ser soberano, implica precisamente ser la última palabra en toma de decisiones, que por obviedad, el pueblo no puede hacer nunca. 

Otro problema que los panelistas no ven, es que el sistema de pesos y contrapesos es un error de base: si una instancia del poder, como son el ejecutivo o el legislativo son siempre sospechados de corrupción o de siempre "llevar agua a su molino", ¿de qué sirve los ponga a controlarse entre ellos? De la misma manera en que si sospecho que dos personas pueden ser delincuentes, no tiene sentido que diga que deben controlarse uno al otro, puesto que lo que ocurriría es que por el contrario, pueden encubrirse mutuamente, como de hecho pasa. ¿Pero cómo es posible entonces este encubrimiento? Si es precisamente por algo que está por encima de la instancia de poder ejecutiva, legislativa o judicial, ese algo es el partidismo. La tercer idea de que el partido es lo más importante para un sistema republicano, ¿de dónde salió la idea? Podríamos decir en principio que viene de Rousseau, quien trataba de sostener esa incoherencia de la soberanía del pueblo, y cuando definía pueblo nunca se terminaba de decidir, porque no era la mayoría, pero es una voluntad que ni él entendía. Esa voluntad grupal (que es una contradicción en términos) funciona como una gangrena para el Estado, como una peste mórbida que lo vuelve enfermo y degradado, porque es una parte que se arroga la potestad del todo, por tanto, no puede ser el partido lo que esté por encima de las instancias de poder, porque ahí es cuando empieza el problema de que no se cumple la tan pedida "independencia de poderes", al contrario, el partido los pone a cooperar entre ellos para que la rosca circule mejor.

La solución para configurar una república, sería entonces que la concepción de república sea con la concepción de Estado una misma cosa, es decir, un único poder, del cual se desprenden tres instancias: judicial, legislativa y ejecutiva, puesto que nada atenta contra la autonomía de cada una  más que el partido por encima del poder público; si queremos que cada instancia funcione de forma autónoma. Para resolver los pesos y contrapesos en lugar de que se controlen entre sí, lo fundamental sería establecer las exigencias propias de cada instancia, o sea, el mérito que deben cumplir para no ser removidos del cargo, para que las instancias del poder sean realmente independientes, pero integradas a la misma acción del Estado orientada a un mismo objetivo común; los pesos y contrapesos deben ser propios de cada instancia, lo cual conforma una verdadera autonomía. A esto se le puede agregar la existencia de organizaciones intermedias, que sean las que medien entre la comunidad y sus autoridades, para terminar con esa noción de "representantes" que lo único que representan es la decadencia a nivel cultural y político en la cual se vive; prefieren decir con demagogia "que el pueblo decide" mientras sólo lanza críticas por redes sociales, en lugar de que haya una auténtica expresión de la comunidad en sus necesidades y que ésta sea consciente de qué debe reclamar a sus autoridades para que resuelvan. La república no es más que la continuidad de la monarquía una vez que ésta se vio degradada y se vio sin su fundamento primordial, por eso se debe plantear un nuevo fundamento para la república, uno que comprenda que el Estado es una herramienta de la comunidad de donde surgen las autoridades que guían esa comunidad hacia un destino común y trascendente. La comunidad debe participar en las instancias correspondientes que les son presentadas, no tomando decisiones, sino en la convalidación de autoridades y en la expresión de sus necesidades y anhelos. De eso se trata la "res-pública" que no es otra cosa que poner en manifiesto qué es lo que se hace en política, rendir cuentas como se debe, y esclarecer qué es lo que se debe esperar de una autoridad. 

En cuanto a la soberanía del Estado, es una atribución que no pertenece en su origen al Estado, sino al que es Jefe de Estado y Jefe de Gobierno, que pueden separarse en cargos operativamente al igual que las instancias de poder, pero lo repetimos: no en lo que forma la razón de Estado, el principio sigue siendo el mismo, y sólo es soberano quien puede decir como última palabra: "Si", "No", "esto" o "aquello". Es el soberano el que imprime una forma a la comunidad, más allá de las libertades que son propias de cada ciudadano, de ninguna manera puede poseer la misma libertad quien es soberano que quien es gobernado, por la sencilla razón de que no se disponen a decidir sobre las mismas cosas. ¿Existen autoridades incompetentes? Por supuesto, por algo nos convoca el tema, pero eso no invalida el principio, mientras haya una persona capaz de sostenerse a sí misma con arreglo a ese principio propio, quien lo hace carne, permite que el principio sobreviva, y que eventualmente pueda volver a primar el principio sobre la convicción, el valor de la personalidad de sostenerse más allá de las circunstancias, que no es más ni menos, que el valor que se espera de un auténtico soberano.

Lucas Cianfagna.-

jueves, 12 de octubre de 2017

Día de la Raza: Respeto a nuestra diversidad americana


“Cuando los representantes de un determinado principio se revelan indignos, se hace de modo tal que el proceso en contra de éstos se extienda en seguida contra el principio en sí mismo, es más, se lleva sobretodo contra éste. En vez de limitarse a constatar que determinadas personas no están a la altura del principio y exigir que éstas sean substituidas por hombres calificados, por lo cual la situación de normalidad sea renovada, se afirma que el principio en sí mismo es falso, corrupto o decadente, que el mismo debe ser sustituido por un principio diferente.” Julius Evola

Sobre nuestro Día de la Raza, me urgen algunas reflexiones en torno a la decadencia cultural occidental, que toma un hecho tan trascendente y culturalmente enriquecedor como el de la Conquista y lo compara con un genocidio, sin tener el menor análisis serio sobre las civilizaciones anteriores, pretendiendo que se debe festejar la negación de dicho evento. Esto no significa que no podamos reconocer civilización anterior en los imperios existentes, pero que a la llegada de España, ya presentaban profundos signos de decadencia y de auto-aniquilamiento, con el detalle de que las poblaciones estaban en constante conflicto, el cual cesó luego de la Conquista. Pero pongámoslo en criollo, el Día de la Raza, lo convirtieron en el "día del respeto a la diversidad cultural", lo cual significa como dije, un día que celebra la negación de algo, y lo que es peor, la negación de nuestra identidad. Esto significa que la gran cultura occidental de hoy festeja negar hechos o arrepentirse de hechos, tener vergüenza de los hechos. No hay aceptación de la realidad, ni síntesis, mucho menos podemos pedir reducción de conceptos significativos para la mejor asimilación, desde ya. Una actitud infantil que pretende anular todo lo que no gusta de la historia, todo lo que parece "impropio". Como lo dice la cita que elegí, resulta absurdo criticar el principio simplemente por encontrar a los representantes que no están a la altura de la cualidad que el principio requiere, entonces optan automáticamente por cambiar de principio, así ocurrió también con los regímenes políticos y los sistemas de gobierno, instituciones, modos de organizarse; no obstante, tampoco se trata de hacer una defensa de lo pasado per se, eso sería absurdo, ya que las categorías que nos interesan en este día no son las temporales o puramente anecdóticas, sino más bien qué es lo que se puede trazar a partir del momento del hecho como originación de algo que podía mantener su cualidad propia más allá de encontrar o no representantes vivos, sólo basta con que alguien alcance dicho nivel para demostrar cuán vivo puede estar un legado, un principio, una doctrina o un valor. 

La identidad americana está muy poco conformada, o mejor dicho, muy poco estructurada en nuestras mentes para poder terminar de valorar esa gran asimilación que hubo en la recién nacida modernidad de Europa. España ha extendiendo por el contrario las tradiciones intactas en el territorio de América, pero consiguiendo un resultado asombrosamente mejor del que se esperaba, ya que incluso, el objetivo de la expedición era distribuir el Imperio Español por donde se pueda, incluso teniendo intención de acercarse a Oriente, con la sorpresa de encontrar algo nuevo, una nueva posibilidad, un nuevo renacimiento cultural y hasta ontológico. Lo que trascendió quedó simbolizado en la expedición, que dio como resultado lo que tenemos hoy, que ha tenido a pesar de ciertos conflictos internos, una conservación demasiado buena en cuanto a identidad e idiosincracia, pero que no hemos tomado la consciencia necesaria para integrarlo en nosotros mismos, y en nuestros pueblos, menos que menos en nuestros líderes, que viven intentando imitar a Europa por un lado (socialdemócratas) o bien tratan de hacer una apologética del indigenismo (populistas), ambos negadores de la gran tradición de nuestra identidad,  y continuando la dialéctica de lo decadente, unos desde la culpa y otros desde la victimización, en ambos casos vergonzosa. 

La literatura nos brinda la gran herencia del Quijote en su cinismo de anti-héroe, a modo tragicómico de cuestionamiento de una época. También nos brinda al Cid Campeador en cuanto a héroe épico, que no deja de tener sus tensiones y sus luchas internas, allí no se muestra un personaje de fantasía, muy por el contrario, se ve un héroe que tiene que decidir sobre aspectos mediocres o aspectos que lo definirían como héroe, optando por éstos últimos, pero nunca negando la constante condición del hombre de tener que luchar contra lo peor de sí mismo. Es aquel gesto de no bajar la espada nunca, de siempre actuar en consecuencia y cuanta mayor la dificultad mayor es el gesto de reacción, toda esa diversidad de valores se pueden encontrar también en nuestro Martín Fierro como la gran continuidad y apropiamiento de lo mejor de España, que culminó en América, nuestra América. No es nuestra intensión continuar guerras pasadas, ni enfrentamientos nacionales que ya no tienen vigencia, como el de Unitarios y Federales, ambos de alguna manera u otra han continuado aquello que se nos legó de nuestro Padre Patrio, que en decadencia supo ser tomado por nuestros libertadores, habiendo quedado trunco su proyecto de independencia, y ésto se vio inmediatamente en la guerra civil, y más adelante en los constantes enfrentamientos de dos facciones que hemos tenido a lo largo de nuestra historia. 

Hay una infinidad de razones por las cuales hemos auto-boicoteado cualquier proyecto a futuro que pudiera conformar finalmente una identidad nacional más allá de las pasiones inmediatas, los mundiales, los actos públicos y los libros de historia. Se trata de generar un sentir y un modo de entenderse a sí mismo como individuo diferenciado entre pares que comparten un valor, un principio y una dignidad, ya que a decir verdad, jamás se nos escucha llamarnos a nosotros mismos "americanos", sino sudamericanos o latinoamericanos, pero siempre desde el condicionante despectivo, como resignándonos a ser "la pobreza y la corrupción endémicos". Quizás debamos empezar por donde empezaron siempre los grandes, y no tratar de evangelizar a las personas de alguna forma u otra con la identidad, no empezar por lo más abarcativo para no apretar poco, y empezar en cambio, a mirarnos a nosotros mismos hacia adentro, para poder entender desde dónde nos paramos y poder empezar un camino que es largo y que es difícil, pero que nos probará como personalidades que se dispusieron a crear algo grande, desde la nada misma. Ya que como se dijo muchas veces, y los homenajes son la prueba viva de esto, el ejemplo no es la mejor forma de enseñar, es la única.

Lucas Cianfagna.-



martes, 18 de julio de 2017

Necesaria inversión de valores


"Las épocas vigorosas vieron en la falta de egoísmo algo despreciable." Friedrich Nietzsche


La organización de la sociedad de masas de la cual somos hijos, ha llegado a su inminente fin hace ya unos años, incluso los sistemas electorales ya no se manejan de forma partidaria sino resaltando los espacios en base a un liderazgo o un bloque específico, inclusive supuestamente bajo una misma ideología política como pueden ser los casos de los diversos peronismos, radicalismos, o incluso diversos partidos de izquierda troskista o socialista. Aunque lo curioso, es que a pesar de esta muerte de las democracias de masas o de los liderazgos que representan a clases sociales específicas, parece que la pendiente continúa, es decir, la demagogia, la decadencia, esto es, la socialización.

¿En qué consiste la socialización? ¿Por qué podemos llamarla demagogia? ¿Por qué es decadente? Todas las preguntas deben ser respondidas debidamente, porque estamos equivocando bastante el camino hacia una mejoría, por ser generoso con las necesidades. La socialización constituye un engaño, una trampa, aquella que quiere solucionar los problemas sólo en la superficie, donde parecen que todas las soluciones simples son las que más gustan a los oídos, y que la exacerbación de las "buenas consignas", y de las "simples soluciones" conmueven a muchos ciudadanos, que viendo las complicaciones de los distintos gobiernos, desde la oposición siempre resulta cómodo plantearlas, peor aún es cuando se plantean desde el gobierno, como lo son el caso de pretender combatir la inflación poniendo una cantidad de productos a precios controlados por el gobierno mismo, ¿combate la inflación? De ninguna manera, pero simula compromiso y decisión, lo cual no hace más que enmascarar la demagogia, nuevamente. Pero de ninguna manera esto es un problema de un partido o de un espacio, o siquiera de un gobierno, de hecho, el actual gobierno también realiza este tipo de acciones demagógicas, como es el caso que pretende hacer la reforma impositiva cuando vengan inversiones y el país crezca, es absurdo, pasa justamente al revés. El problema de no querer dar saltos cualitativos y sólo se fijen en dar saltos cuantitativos (más votos para elecciones inmediatas, pensamiento a corto plazo) en nuestra historia es progresivo (negativamente), y lo viene siendo hace tiempo. Incluso aquellos movimientos que pretendían hacer algo distinto en ese aspecto, o han terminado siendo cooptados, o sus partidos fueron desgarrados desde su centro, como lo son los dos partidos más importantes de Argentina: el radicalismo y el justicialismo.

Ambos movimientos empezaron por buscar una integración a la vida de la organización nacional a distintos sectores que comenzaban a ser cada vez más productivos económicamente, pero dicha integración no se veía en sentido clasista, sino más bien, "poner las piezas que faltan" y re-ubicar lo que queda para que la rueda siga girando, el problema fue cuando por falta de estructuración de los principios y las ideas, ambos movimientos acabaron dispersos por los elementos socializantes y clasistas, mientras que sus partidos se oligarquizaron, sufrieron la gangrena de lo inmóvil, y con ello, la imposibilidad de alcanzar su propia progresividad, su propia mejora constante. En el momento en que se trató de depurar las propias ideas para salir de la contaminación de estos elementos demagógicos, ya era demasiado tarde, en el caso del radicalismo, sus más valiosas perlas dieron un salto en apoyo del naciente justicialismo, y en el caso de este último, acabó por devorarse a sí mismo en sus mejores cuadros, y hoy día hay muy poco del movimiento puro que exista (por no decir que casi nada) y en su partido se consolidan el catálogo más vasto de los peores elementos de la política, apagando el deseo de muchos de cualquier nuevo intento de devolución a su mejor senda. Fuera de esos dos ejemplos históricos, los demás partidos no conforman más que una maraña de incoherencias por un lado y de extremismo totalitario por otro. Pero más allá de las profundas diferencias, todos coinciden en algo: la socialización, la nivelación de los individuos y la mediocridad de soluciones, que como dije, apuntan al efecto y no a las causas, inclusive muchas veces se las confunde, lo cual habla de la vergonzosa calidad que tiene la clase dirigente nacional. El hombre es una cuerda, un limbo entre la bestia y el super-hombre, diría a quien cité en el comienzo, y eso se ve también en la (in)evolución de los espacios en sus propuestas y en el enfoque de las ideas, que a simple vista denota que carecen de visión general, incluso desconocen cuál es la raíz profunda de su pensamiento, no les pertenece, alguien se las dio prestada, arrendada, para luego cobrarse el peso de intereses, y los intereses suben, así como la decadencia se profundiza: una idea dejada librada a su propia suerte es la pasividad de soltarse en el limbo, la mediocridad no se mantiene mucho tiempo en su propio peso, si no se dirige uno hacia lo más alto, desciende cada vez más.

En cuanto a la nivelación de los individuos, también se dice mucho entre dirigentes y algunos periodistas, de que nuestra sociedad va al colapso por el egoísmo, ¿cómo? Si de lo único que se habla en política es de la buena caridad, las buenas intenciones sociales y la gran sensibilidad desinteresada, y para colmo se vota con ese criterio, ¿cuál egoísmo entonces? Yo diría más bien, la falsa moralidad, o el moralismo de ponderar el desinterés...en el otro, claro, ya que el desinterés de los demás es un beneficio para uno, es decir, aquellos que ponderan con más fuerzas la caridad y el altruismo son quienes buscan en aquello un beneficio, ya sea porque lo hacen y buscan su "justa retribución", o bien, cuando el otro se inmola en nombre de todos. Se constituye entonces la ponderación del sacrificio colectivista, lo cual deja ver que aquella moral del desinterés esconde un profundo interés por mantener un status mediocre, tanto por parte de los dirigentes, como por parte de quienes pierden el interés supremo en sí mismos, no ven más allá del momento inmediato, y en consecuencia, por olvidarse de su egoísmo, de ocuparse de sí mismos, olvidan también cómo ocuparse correctamente de los otros, a quienes quieren en vano, hacer un bien. En el caso de los dirigentes, esto se ve en su falta de visión a futuro, falta de planificación, y también alimentado por un sistema pésimamente diseñado, donde el incentivo es precisamente vivir pura y exclusivamente del hoy, el diseño de este funcionamiento hace que las autoridades máximas, las que forman a la población y le dan un rumbo y una cadencia, terminen contagiando y hasta obligando por instrumentar políticas fallidas que incentivan a la población a contagiarse de esta falta de futuro, ¿quiénes les han prestado a nuestros antecesores la esponja para borrar nuestro horizonte? Si bien los políticos tienen muchísima culpa en esto, las personas como individuos pudiendo re-afirmarse y luchar taxativamente contra todo este estado de cosas, eligieron la pasividad de la situación y la conformidad, que les permite cada tanto un rato de soberbia, en el cual se lavan las manos siempre diciendo "la juventud está perdida", cuando se olvidan de que la juventud la formaron ellos.

Nuestra generación al estar profundamente desconectada de la anterior, siente hasta desprecio por los caminos y por los valores ponderados por nuestros antecesores, y me incluyo, ya que al ver un conjunto cada vez más pronunciado de fracasos cada vez peores, no podemos encontrar allí ningún ejemplo a seguir. Aunque a pesar de esto, debemos tomar esta situación heredada no como una horrible contingencia, la actitud a tomar en esto es una profunda inversión de valores, y tomar esto como un reto, elegir y abrazar lo que nos ha tocado, para hacer de la situación algo elegido por nosotros, para probarnos, y demostrar que el ser humano no es un mero ser que reproduzca objetos de placer y de consumo, sino también lleva consigo lo más alto, la capacidad de crear la realidad en la que vive, y desplegar todo su potencial de libertad, la libertad que crea. No se nace libre, se elige serlo mediante una completa valorización del mundo que se encuentra ante nosotros, ya no como una cosa extraña, sino como una extensión de nosotros mismos, como un acto de dominio para con las cosas y las realidades. Es ésta entonces la base que nos permitiría salir de la absoluta incertidumbre, la afirmación de la personalidad y del individuo constituye la base para contagiar a los demás, quitarles el sentimiento gregario y socializante, desprenderlos de la demagogia de depender del otro, y enseñarles sobre soberanía personal, ya que otra forma no existe de conseguir un objetivo aún mayor como lo es la organización nacional, para los futuros dirigentes, la tarea es el culto por la realización personal, para que de una buena vez, la población no se contente con rendirle culto a un líder "X", sino también y principalmente a sí mismos, culto a la propia elección de vida, de acuerdo a la orientación de cada uno. La mejor inclusión que se puede dar no es amontonar personas como ganado para que dependan de las prebendas, sino brindar un lugar, un estamento donde cada quien dedique su vida a lo que su propia perspectiva lleve, contribuyendo al bienestar de la población en su conjunto sin conformismo, ya que no habrá mejor ejemplo que aquel en donde la búsqueda no sea de la conformidad, sino ya de la excelencia.

Lucas Cianfagna.-


miércoles, 28 de junio de 2017

Ethos del Estado




"El Estado es el poder que pretende otorgar a tales valores el peso que a los mismos les corresponde en un ordenamiento normal, realizando así la idea de 'justicia' en sentido superior." Julius Evola

El nivel de organicidad de un Estado está íntimamente relacionado con la libertad, en la medida en la cual el Estado funcione como un órgano de representación de la comunidad. Esto lo he dicho hasta el hartazgo, pero conviene que sea recordado, ya que muchas veces se olvida el fundamento del Estado, y tal olvido nos lleva a consecuencias catastróficas, como son los casos de tiranía, lo que Charles Taylor definía de los hegelianos y rousseaunianos como "aquel delirio moderno por los antiguos", que no es más que exaltar aquella concepción del Estado como una entidad divina. La razón por la cual esta concepción estatal es peligrosa es bien conocida, y varios filósofos del ámbito del Idealismo germánico lo han previsto con una gran agudeza y el caballo de Troya lo tuvieron con Hegel, donde la organización estatal se la considera de carácter divino, se pierde el carácter divino del individuo, y así se pierde también la noción de personalidad y de individuo absoluto, y el absoluto pasa a ser el Estado, cosa que le ha costado al pobre Schelling su vida académica, pero luego de un siglo demostró tener razón. Tal y como Nietzsche explicara en su texto póstumo "La lucha de Homero", la función del estado helénico no era sino la de fortalecer el vínculo social mediante el impulso al constante perfeccionamiento de sus ciudadanos, en la medida en que cada uno compita y buscase lo mejor para sí, se circunscribía en un marco de potenciar las aptitudes de todos respecto de la patria, y con ello su elevación. Allí no había una consideración divina del Estado, sino más bien una consideración divina de los potenciales de las personas que el Estado hacía posible que se diesen. Esto deja ver la razón principal por la que países como el nuestro se viesen en el problema de la dependencia sobre el Estado, y tiene que ver con que la idea del individuo absoluto brilla por su ausencia, en un sentido de auto-determinación y soberanía personal que hiciera posible que la comunidad funcione en base a ciudadanos libres, y que el Estado lo hiciera como la herramienta que permita esta convivencia y cooperación social sin encadenamientos, esto es, evitar el totalitarismo, cosa que es posible solamente en una idea orgánica y que funcione en base a la voluntad, no a la coacción.

Esta idea que potenciaba la afirmación personal en base a una organización estatal que fuera la promotora de la misma idea se vio en el período dorado del Imperio Romano, así como también en el re-establecimiento de la idea imperial durante el temprano Medioevo con Carlo Magno en el Sacro Romano Imperio, y aunque también les ha valido el período de rebelión de la Liga Lombarda en los territorios de las famosas comunas que pensaban separarse, y tras perder en el campo de batalla, Federico de Barbarroja logró negociar la recuperación de dichas comunas mediante la normalización de la autoridad las cuales anteriormente venían sumiendo en ciertas injusticias a la población, lo cual demuestra que muchas veces el problema que pareciera de raíz económica es profundamente político, y quien tenía la legítima autoridad era quien re-establecía el normal ordenamiento de la política por encima de la economía. Esto también es importante, debido a que la demagogia se produce a partir de considerar el problema meramente económico, y en lugar de abogar por el establecimiento de un orden político legítimo, se busca garantizar la prebenda para beneficiar a demagogos que hacen del Estado un botín del cual hacerse, buscando el beneplácito de una población la cual termina siendo rehén de ellos, lo cual hemos vivido en gran parte en estos últimos años de forma exacerbada, y deja ver los peligros de no renovar autoridades cuando es necesario en pequeños estados, al momento de acceder al Estado nacional ya es demasiado tarde para todos. 

Evidentemente esta oligarquización de la política se da en el marco de esta concepción de Estado-dios para la población y por otro lado de Estado-botín para la clase dirigente, conforma la definición de aristocracia en decadencia, o bien, oligarquía. Maquiavelo que ha estudiado este problema en profundidad nos da las pautas necesarias, incluso reconoce los vicios del Imperio Romano que han potenciado su caída, y vio también en el ejemplo que di más arriba que los germanos habían entendido estas cuestiones, por supuesto que luego se han equivocado en otras cosas, pero el entender que la organización estatal debe potenciar las aptitudes de cada uno en lugar de esclavizar a todos de diversas formas, esto Maquiavelo ya lo había visto, y en ello basó su idea de unificar Italia y consolidar el poder estatal en desmedro de la fragmentación que pretendían los pequeños estados provinciales. En Argentina este problema es bien conocido, y acá tenemos ejemplos claros de personas que han estudiado estas problemáticas que tienen que ver con cómo los poderes provinciales actúan en desmedro no sólo del Estado nacional, sino también de aquellas provincias que se han desarrollado mejor, sufriendo la auténtica tiranía de la pobreza en las expresiones más tiránicas de oligarquías provinciales. Edward Gibson y Ernesto Calvo se han dedicado a estudiar el problema argentino relacionado con la organización federal, y han llegado a la conclusión de que el sistema federal vigente tiene como resultado la restricción de que el gobierno nacional pueda tomar decisiones de manera eficiente sin tener que contar con la aprobación de senadores y legisladores provinciales que están al acecho de no perder un abultado presupuesto con el cual pagar la mitad de la población en empleados públicos y mantener esclavizada a la otra mitad. En Argentina las provincias más castigadas por gobernadores demagogos son las que más están representadas legislativamente, a diferencia de las provincias mejor desarrolladas las cuales tienen que sufrir una peor coparticipación y las cuales se tienen que rendir ante el partido de turno con el fin de lograr mantenerse en pie, es decir, el sistema de incentivos está pésimamente diagramado y funciona como un perfecto sistema orientado al estancamiento crónico que vivimos hace años. 

El ethos del Estado debiera ser entonces para la clase política, el de un órgano que represente a la comunidad en su conjunto y para la población, que promueva las propias potencialidades junto a la soberanía personal, esto requiere también una reorganización de la administración pública, que combinada con los avances tecnológicos garantizaría un Estado eficiente y mucho más abordable en términos de presupuesto, es decir, dejar de gastar más de lo que se tiene. Por otra parte, el federalismo como lo tenemos debe ser re-planteado, hay que entender claramente esto, la organización federal es totalmente restrictiva para que se respete la sub-división vertical del poder "Nación-Provincias-Municipios", y resulta restrictiva a la hora de la toma de decisiones ejecutivas. Restaurar un orden nacional y federal requiere que la concepción política sea más centralista, y en lo cultural dejar de considerar nuestra fundación nacional como un hecho pactado entre provincias, sino que por el contrario se necesita dar una concepción de nacionalidad que da identidad a sus sub-divisiones, es decir, Argentina es primero, luego las provincias. Un federalismo nacional centrado en el gobierno federal mantendría las autonomías las cuales no se pueden suprimir de manera alguna, pero que la centralidad esté en quien detenta la responsabilidad más alta, para que no sea ésta condicionada por las autoridades inferiores a la hora de tomar decisiones que afecten a la nación en su conjunto, que una parte se arrogue la potestad del todo es una anomia, y tenemos el compromiso de corregirla para que las cosas funcionen bien.

Lucas Cianfagna.-

domingo, 4 de junio de 2017

Realismo como nueva política integral


"Hemos dicho y somos siempre de la opinión de que algunos objetos, conocidos como racionalistas, a menudo carecen notablemente de humanidad. Si por un momento dejamos de considerar la posibilidad de que lo que falta para hacer aquel objeto más humano se pueda compensar con perfeccionismos formales, y profundizamos en la esencia del problema mismo, nos convenceremos de que el elemento racional se limita a una parte sin implicar la totalidad." Alvar Aalto

Este gran arquitecto finés es considerado una eminencia en la arquitectura en general, y sobre todo para sus compatriotas, pero no sólo por la perspectiva técnica-formalista, la cual de hecho combatió hasta el hartazgo, sino en la ampliación de una perspectiva filosófica, de la técnica (techné) en el sentido más clásico posible, de un arte en su más completa concepción; y nos trae a la mesa una reflexión en base a una forma de ver el mundo que ha tenido su desarrollo en la realidad occidental del siglo XIX y parte del XX, que él se vio en necesidad de criticar desde su disciplina y en mi caso, yo traigo a la mesa esta reflexión de él, porque como todo fenómeno, en Argentina se replica con delay. Más todavía teniendo en cuenta que venimos oscilando en un interminable péndulo de errores binarios y de falsas alternativas entre dos salvadores, el mensaje es claro, no estamos dando en el clavo con la solución hace tiempo, y eso es porque tampoco dimos con el clavo en el problema, que es ya sistémico. En nuestro caso como argentinos, venimos de mucho tiempo esperando un gran salvador, y sin miras de criticar liderazgos, el problema somos nosotros, y por eso hay que mirarse al espejo y dejar de echarle la culpa a los demás. También nos venimos alimentando de grandes relatos, grandes puestas en escena, grandes eslóganes, y todas consignas de campaña en tiempos de políticas de Estado, algo de todo eso no viene cuadrando. Por tanto, la reflexión del amigo Alvar tiene mucho que ver con la época de ahora, y veremos por qué.

En una sana actitud de un hartazgo sobre el estado actual de cosas, la población se manifiesta en diversos ámbitos y ocasiones, mostrándose inconforme con que siga todo igual en ciertos aspectos, el problema es la pretendida alternativa, es decir, pasamos de la demagogia populista, a la demagogia tecnocrática, como si el problema se arreglara de esa manera, y ahí viene un poco el planteo del amigo Alvar, sobre no quedarse en la formalidad, porque ese es el racionalismo que de realismo entiende poco y que tiende a divorciar a la persona de su realidad, encerrándola en la lógica matemática como si no existiesen factores diversos y dinámicos que puedan hacer cambiar la base de números, y entonces el buen finés apunta a volver a enfocar la solución desde el problema. Franz Matzke escribía todo un tratado sobre realismo en la posguerra desde la perspectiva nórdica de su generación, la cual el mismo Alvar toma como punto importante de crítica a la forma de pensar romántica, idealista y angustiosa que tenía la generación anterior; creo yo que esa crítica bien vale para nuestro contexto actualmente, guardando una cierta semejanza en edad respecto a quienes Matzke representaba cuando hablaba de su "Nueva objetividad" ("Neue Sachlichkeit"). Venimos de reciclar una militancia setentista con reivindicaciones totalmente insólitas de lo que es matarnos entre nosotros y decir que era por el bien nuestro. Habiendo tenido la posibilidad de elegir el realismo de decir "BASTA" y poner la realidad sobre la mesa para empezar a planificar a futuro, elegimos el día a día y el relato que anestesie la madurez, al punto en que nos quejamos con mucha fuerza de lo que cosechamos.

Ahora en un intento por sacarnos de encima la nostalgia del pasado de los 70, abrazamos una racionalidad tecnocrática la cual nos vuelve a sacar el protagonismo de los hechos a nada menos que nosotros, los partícipes. Algo similar a lo que pasó en Europa en el contexto del racionalismo, cuando la idea teológica de Dios perdía vigencia, pero el problema fue que el reemplazo no llenaba el vacío de respuestas, se llamó a la diosa Razón para que ponga las cosas en orden, tratemos de adivinar si lo que pasó después fue poner a Occidente en orden, o si fue justamente todo lo contrario. Entonces nos daríamos cuenta que el problema no es a quién se ponga en ese lugar, sino que el problema es que se vive girando en torno a eso, sea lo que sea, en lugar de tomar cartas en el asunto y aceptar que la responsabilidad no es del que me prometió solamente, sino también, del que creyó en esa promesa y decidió hipotecar su voluntad al mejor prometedor de soluciones. En política aún nos seguimos manejando en esos términos: entre la demagogia progresista, y la demagogia tecnocrática, una propone recetas repetidas creyendo que el problema es de quién las aplica (principio de arrogancia) y la otra también erra el diagnóstico pensando que la buena voluntad y la honestidad son suficientes, si bien son importantísimas para que una clase política se precie como tal, bajar la vara a esos únicos requisitos es seguir apuntando bajo. Algo en común tienen los dos grupos demagógicos, y es el hecho de que ambos mantienen un sistema en el cual no somos víctimas, sino no sería sistema y sería un estado de opresión absoluta, lo cual no se da, porque esto se vota y cuando se opta únicamente por lo que hay, es una forma de convalidar el hecho de que antes nadie luchó para no tener que conformarse, y ahí es donde apunto trayendo la reflexión de Alvar y de Matzke, ahí es donde apunto a tratar de hacer algo diferente de lo que se venía haciendo hasta ahora. 

Matzke señalaba que lo que separa su generación de la que lo precedió, es el hecho de no formar parte de la cultura de la  guerra inútil, del conflicto absurdo entre naciones, y eso además, los hace tomar una actitud de mayor frialdad y distancia respecto del sentimentalismo romántico y de todas esas formas de anestesiar la realidad con componentes emocionales que prometan un "futuro mejor", ellos se cansaron, la nueva juventud nórdica (nueva para ese momento) dijo "Basta" a la expresión pusilánime de estados de ánimo que no conducen a ningún lado, basta de lamentos, basta de promesas, basta de angustias, basta de sentimentalismo, acá se hace o no se hace, el futuro se construye, y la realidad vive muy de espalda a lo que nosotros podamos sentir de ella, así que los sentimientos dejémolos para lo más profundo de nosotros, que para el resto de la existencia ya tenemos lo más excelso y lo más apreciable que puede haber, que es la realidad, nada más que eso. No en un futuro, ni en una promesa de "modelo", es ahora, y el ahora no deja tiempo para angustiarse. Este nuevo realismo habla de cómo el humanismo ha caído en un mensaje vacío, en una promesa que no se ve reflejada, en un agotarse en el discurso, por lo tanto, le quita a la realidad ese falso barniz de sentimientos y de aflicciones que se le ponían para tratar de dibujarlo a la propia imagen, de eso también se dijo basta, y nosotros podríamos empezar a hacer lo mismo. 

En lugar de seguir con el sentimentalismo para dibujar la realidad, dibujar los datos o mentirnos a nosotros mismos, podemos empezar a preguntarnos "qué se puede hacer", "cómo se puede hacer" y qué plan a largo plazo podemos armar para concretarlo. Últimamente veo muchas personas que se quieren lanzar a competir en política, porque según ellos "necesitamos conseguir algo ya, antes de que pase más tiempo", eso es una forma de decir "no tengo ideas, pero tengo ansiedad y falta de templanza, algo de eso debe servir para mejorar algo", o sea, no hay idea de qué hacer, cómo hacerlo y de qué manera, sino que en todo caso, la opción para estas personas es repetir, y no sólo en las propuestas o en las acciones concretas, sino también en el punto de partida que dice "lleguemos y después vemos qué hacemos", lo cual ha sido el leitmotiv de nuestra clase dirigente a lo largo de los años, o sea, el plan es el "no plan". Pero en primera instancia, como se ha señalado varias veces, la primera soberanía a conquistar es la personal, la que como Matzke planteó, nos mantiene fríos y distantes a la charlatanería, el mesianismo y la demagogia sentimental de algunos que pretenden que la realidad es mala y ellos son buenos, a todo eso no imponemos otra cosa que nuestra fría distancia, y la claridad de conceptos, la conexión directa con la realidad y la templanza en el pecho que nos lleva a analizar la realidad ya no como meros tecnócratas con el formalismo de respuestas, sino como protagonistas que se piensan inmersos en los problemas que existen, para que las respuestas y la planificación también tengan un correlato en la misma realidad. No hay liberación posible en categorías con arreglos a un grupo determinado que "nos venga a salvar", sino en nosotros mismos, conocerse a sí mismo, mirarse al espejo y entender dónde se está es el mejor punto de partida, asumir que si el hombre no se convierte en el salvador de sí mismo, nada lo podrá nunca salvar.

Lucas Cianfagna.-

domingo, 28 de mayo de 2017

Recuperar el sí mismo político


"En el orden colectivo y político revisten la misma dignidad propia, en la vida individual, a los valores y a los principios de una moral absoluta: principios imperativos que requieren un directo, intrínseco reconocimiento (y es la capacidad de tal reconocimiento que diferencia una categoría determinada de ser, de otra) y que no son perjudicados por el hecho de que en uno o en el otro caso del individuo, por debilidad, donde siendo impedido por fuerza mayor, no sepa realizarlos o sepa realizarlos sólo en parte, y en un punto y no en el otro de su existencia: porque hasta los que no abdican interiormente, hasta en la abyección y en la desesperación el reconocimiento no será menor." 
Julius Evola

La antigüedad clásica nos enseña más de lo que incluso pensábamos que ya hacía, no sólo desde las artes, la experiencia en economía, política, sino incluso los criterios filosóficos y ontológicos para entender conceptualmente dónde se encuentran los quistes y los coágulos dentro del desarrollo político en la actualidad. Me propongo entonces definir aunque sea a groso modo no tanto los aspectos anecdóticos (que son importantes), sino más bien el funcionamiento y en qué condiciones de posibilidad surgen las oligarquías, o bien, los grupos que tienden a funcionar a partir de la paralización del poder en manos de un grupo y en desmedro de otro. Como había descrito en mi anterior ensayo, una oligarquía es por definición una aristocracia o una nobleza venida en decadencia, y su aparición nunca está en independencia del poder político, en cualquiera de sus formas y magnitudes. Ahora bien, es importante destacar que el fenómeno de oligarquización de la política, responde a un aprovechamiento de una cierta crisis cultural, social o también económica, para que un grupo se posicione planteando dicotomías que tienden a dividir el entramado social y categorizar dos grandes grupos en los que supuestamente se compone tal sociedad, la famosa "grieta". Así también, como expliqué en mi ensayo anterior, el discurso oligarquizador disgrega la integración social y favorece la lucha interna, tiende a desvalorizar las grandes hazañas, a los grandes héroes, para sólo quedarse con una idea de guerra que un grupo libra para limpiarse de la contaminación que le produce el otro grupo. En la antigüedad clásica, esto ocurría a partir de grupos beneficiados de la casta dirigente, o bien, de empleados de una burocracia estatal que tiende a ser cada vez más ineficiente, a la vez que busca disciplinar el conjunto social, es decir, socializarlo, desligarlo de todo ejercicio de soberanía personal. Esto empezó con la creencia de algunos antigüos (que ha sido reciclada por Hegel, Rousseau, y compañía), que es la supuesta omnipotencia del Estado, lo cual ha traído profundización y aceleración rotunda de la decadencia que ya se empezaba a vivir.

En el Imperio Romano, esto comenzó cuando se tenía la creencia de que la voluntad de las personas es inexistente, por tanto, la voluntad debía ponerse sobre algo que las exceda, a saber, la organización estatal. Esto se vio por ejemplo, a partir de ciertos aspectos económicos que trajeron una profundización de la crisis que había comenzado por una pequeña escasez de un cierto bien, y terminó derivando en la destrucción del comercio, en la aniquilación de los avances tecnológicos en la actividad agraria, y en la escasez generalizada de comida, en la imposibilidad de acceder a la vivienda, en la creciente suba de impuestos, en una inflación indomable y demás problemas que no son nada que no vivamos al día de hoy, el precio de no aprender de los errores en la historia. Esto resulta sumamente llamativo, ya que durante Roma se han desplegado toda una serie de escuelas que han mejorado la perspectiva existencial de sus predecesores como los fueron los clásicos griegos Sócrates, Platón y Aristóteles, en continuidades de sus enseñanzas ampliadas a la nueva realidad cultural, pasando por los cínicos, los epicúreos, los estoicos y los neoplatónicos; para que luego, en cambio, se pase a una anulación total de las grandes enseñanzas sobre cuidado de sí para pasar luego a un esquema donde la burocracia es cada vez mayor y la acción política es cada vez más neutralizada por estas encimas burocráticas que diluyen todo intento de fluidés, como si se tratase de la sociedad como un cuerpo gangrenado que alcanza un estado crítico, al punto en que provocó el colapso del Imperio, y con su respectivo intento de restauración con cierto éxito pero sin los mismos resultados durante la primer mitad del Medioevo. En la modernidad, las ideas de Hegel, el espíritu en la magnificencia del entramado estatal han anulado cualquier posible intento de afirmación soberana de un individuo absoluto, no hace falta ser muy suspicaz para ver (y reconocido por sus mismos exponentes) la inmensa influencia en este sentido de Hegel en los experimentos totalitarios que vio la modernidad. Ahora bien, hay que entender que de esto no se ha librado la humanidad una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, o incluso la Guerra Fría, muy por el contrario, las prácticas de disciplinamiento social y de anulación de la voluntad política constituyeron el leitmotiv de las socialdemocracias europeas en lo político, del modelo de bienestar en lo económico, y del modelo científico en favor de nuevas oligarquías económicas en lo cultural.

Michel Foucault señalaba con sumo detalle, en el compendio de conferencias que se titula "La vida de los hombres infames", el desarrollo e impacto de la medicina como forma de guiar la conducta de las personas, incluso produciendo resultados opuestos a los que se esperaban. A partir de este modelo europeo socialdemócrata, se trató de tener una política activa en materia de salud para establecer patrones culturales los cuales retroalimentarían la tendencia del discurso a afirmarse dentro de esa sociedad. Para decirlo en otras palabras, los negocios farmacéuticos y de hospitales a partir de la salud pública fueron posibles mediante la subordinación de la política a un discurso científico o médico que cambiara los patrones culturales, y a su vez, de manera imperceptible retroalimenta el esquema, al introducir en la sociedad el discurso que buscan validar desde la misma práctica científica, logrando así un disciplinamiento político en base a un discurso dado, que independientemente de ser o no verdadero, logra mantener un statu quo de una clase dirigente que garantiza su bienestar a partir de anular la voluntad de las personas, principalmente evitando que intenten recuperar la política como el gran arte de poder hacer móvil el poder, su ejercicio y el gobierno, para nuevamente, establecer nuevas formas de oligarquías político-económicas, que mantienen su tejido entre clase dirigente-empresarios prebendarios y sindicalistas que estancan la posibilidad de una renovación de autoridades, impiden la eficiencia y vuelven grilletes a las instituciones que debieran ser las que velen por los intereses de la ciudadanía. Este disciplinamiento se establece a partir de este tejido de poder coagulado y normalizado sobre el deterioro cultural, aprovechando esto al mejor estilo de Orwell, donde la ignorancia y la brutalidad  financiadas con el conformismo banal y el acostumbramiento a estar siempre peor, constituyen el caldo de cultivo para que la gangrena burocrática afecte al conjunto entero de la sociedad, lo cual la llevaría a su paulatina pero segura desintegración.

Tal como lo mencionara Julián Licastro, el avance tecnológico que podría ser aprovechado para el mejoramiento de la vida, se transforma en un tecnocratismo que tiende a anular la práctica política como si se tratase de que los problemas se resuelven con una planilla de Excel. Se podría decir que hay un relanzamiento del positivismo en las disciplinas humanas, un "neo-positivismo" que intente refundar esa gran racionalización del poder en la medida en que la política se vea cada vez más comprometida, más ensuciada y las personas menos dispuestas a hacer algo al respecto. En esto el posmodernismo de los discursos políticamente correctos se entrelaza de alguna manera con la demagogia de los políticos cazadores de votos, mientras que también permite a este nuevo positivismo encolumnarse como una supuesta alternativa a la decadencia que se vive, lo cual ya es conocido, tenemos sobrada experiencia. La virtud en una sociedad decadente se encuentra para este momento, en la no-política, bien, en la anti-política, en el sueño de Kelsen, de Hegel, de que la dominación sea reemplazada por el automatismo de la población en un eterno "Deus ex machina", donde paradójicamente se cumple el deseo de Marx, una sociedad sin dominación, sin diferenciación donde cada uno hace de forma automática "lo que tiene que hacer". 

Falta entonces reconstruir el discurso a partir de librar a la política del disciplinamiento tecnocrático y de todo barniz discursivo que pretenda hacer de la sociedad una gran suma de ceros, de individuos amorfos y producidos en serie. Entonces es importante volver a un nuevo clasicismo, a un nuevo renacimiento, donde la virtud sea el arte como gran acto metafísico de poder llevar la voluntad propia adelante, donde la política no se vea manchada por una oligarquía burocrática o prebendaria que la estanque, sino que sea el gran ejercicio de dominación en el sentido más móvil y dinámico posible, es decir, recuperar el sentido puro de aristocracia como gobierno de los mejores, donde no sean mejores porque se arroguen a sí mismos el derecho, sino por demostrarlo todos los días, y en caso contrario abandonar y dejar el camino libre a los otros, tal y como Aristóteles planteara en la decadencia de su tiempo, un gobierno despótico se diferencia de uno virtuoso, en que el primero gobierna mediante el servilismo social, mientras que un gobierno virtuoso ejerce el verdadero poder, a partir de la constitución de sujetos libres, pero que se den la libertad a partir de la propia afirmación en la vida de la comunidad. Para decirlo lisa y llanamente, Maquiavelo como el gran padre de la ciencia política, nos indicó el camino, volvamos a la virtud de los príncipes, para combatir este oligarquismo y recuperar la política para el que verdaderamente la considera un arte, esto es, el príncipe.

Lucas Cianfagna.-

domingo, 21 de mayo de 2017

Poder: Genealogía y cultura en Occidente


"Petrarca se preguntaba si en la historia había existido algo diferente de las loas de Roma. Nosotros, que tenemos una conciencia histórica ligada con la aparición de la contrahistoria y de la contrahistoria caracterizada, nos preguntamos en cambio: '¿Hay, en la historia, algo diferente del llamado y del miedo a la revolución?' Y añadimos simplemente esta pregunta: '¿Y si Roma de nuevo conquistara a la revolución?' " Michel Foucault

Esta frase de Foucault es sumamente importante, especialmente por lo que hay detrás de su planteo, el cual no es inocente ni es neutral. En una serie de conferencias dictadas por él en el College de France, entre finales de 1975 y comienzos de 1976 publicada actualmente como "Genealogía del racismo", el autor expone sobre dos tipos de discurso que conciernen al poder: el de soberanía y el de guerra de razas. Uno parte desde la historiografía y la cultura indo-europeas, planteando la continuidad del poder, el proceso de conversión del poder entre antepasados, resaltando glorias, hazañas, conquistas; en el afán por caracterizar la dignidad del soberano y la libertad que de él irradia al resto de la sociedad, es decir, se toma al conjunto como una integración donde todos participan de alguna u otra manera a las glorias de la civilización, principalmente este discurso de poder parte de la caída de Troya y la fundación de Roma por sus descendientes, a su vez, esta historiografía se extiende hasta la primer mitad del Medioevo, lo cual establece el derecho y la jurisprudencia constituída por los protagonistas y los victoriosos; de haber alguna cuestión de raza, sólo se limitaba a la consideración del choque entre dos sociedades diferentes, es decir, la noción de salvaje entendida como aquella en la que el "otro" constituye alguien externo que ha tomado contacto con "nosotros". En cambio, el discurso de la guerra de razas se caracteriza por intentar desmontar este pasaje ininterrumpido de la gloria del poder, mediante el recurso de la lucha y de la usurpación de unos hacia otros. Surge a partir del reclamo bíblico de carácter "anti-roma" por sobre los desposeídos y desheredados, del derecho a su venganza, del derecho a "tomar aquello que nos fue arrebatado", el derecho únicamente fundado a partir de la usurpación y de la fuerza, del derecho a las promesas, a la redención. Y en este caso en particular, la guerra de razas no se realiza en un contexto de una sociedad integrada contra otra que viene del "afuera", sino entre dos elementos que nacieron en el mismo seno, pero que se desarrollaron desigualmente, siendo esta historiografía una toma de posición abierta por un sector al cual se trata de proteger, y purificar a partir de la derrota del otro.

¿Qué importancia tendría analizar esto? Principalmente, entender que la decadencia que se vive, no es producida por generación espontánea, sino que viene de un arrastre histórico. Cabe señalar, que el discurso de guerra de razas que aún se utiliza en ciertas sociedades, tiene fuerte cabida, y el origen de su aplicación Foucault lo marca a partir de la decadencia de la nobleza francesa en los siglos XVII y XVIII, lo cual tiene un aditamento de entrada: si la nobleza que revive tal discurso para posicionarse como un actor que busca una redención en la historia está en decadencia, significa que tal discurso parte de un origen oligárquico, ya que por definición, una aristocracia decadente es una oligarquía lisa y llanamente. Las distintas ideologías que en sus comienzos podían no haber tenido este recurso, lo comenzaron a emplear en sus variantes más extremas, sin duda, lo cual caracteriza a toda idea en descomposición y anacronismo. Se vio con el racismo de Estado en un sentido biológico proporcionado por el nazismo, como en un sentido de clase, de necesidad de purificar el elemento de "nuestro" sector, contaminado por el otro sector. Esta fue la configuración de las relaciones de poder en los siglos XIX y XX, tanto en el Occidente capitalista y sus expresiones totalitarias, como en el socialismo en la parte oriental del mundo. A vuelo de pájaro, nos olvidamos que la forma de historiografía empleada parte de una casta en decadencia la heredamos, y con ella reemplazamos aquella historiografía fundada desde la gloria y el esplendor civilizatorio. 

En el caso de Argentina, conviene entender que los conflictos en ese aspecto también subsisten por esta forma de guerra de razas que caracteriza toda la mirada posible sobre nuestra sociedad. La necesidad de un sector normalizar al otro y purificarse, destruir la amenaza de los "fulanos", de los "menganos", del "oficialismo", de la "oposición", etc. Si repasamos el origen de las distintas esferas oligárquicas que nacieron en el seno de nuestra sociedad, surgen a partir de la decadencia de una clase dirigente que devenida en burócrata estatal, o en convidada del anterior régimen, usufructúa el sector público haciéndose con la esclavitud de la sociedad en su conjunto. Y, oh casualmente, su táctica a nivel político, es utilizar un discurso de guerra de razas para retomar una posición, o habiéndolo hecho, afirmarla a partir de una reacción de los elementos de un sector sobre el otro. Y en el caso de nuestra sociedad, más allá de las ideas fundantes, la decadencia de todas ellas en su aplicación es evidente, y responde a la fundación misma como nación, siempre incapaz de darse una soberanía y un traspaso continuo del poder en buenas manos. Ya que esa fundación soberana, nos daría por fin el criterio de apreciar a los héroes, y superar las luchas intestinas en pos de una integración total, y aquello lo marca el fijarse a sí mismo un futuro como país. No es sorpresa que le demos más importancia a las distintas "grietas", en lugar de prestársela a las grandes causas y los grandes héroes, como aquellos que dieron todo por nosotros en Malvinas. Nuestra prioridad nunca es continuar un importante legado de quienes han dado todo y nos han llevado a grandes conquistas, sino por el contrario, buscamos siempre el discurso redentor, de mitos utópicos y de revanchas tomadas. 

Al igual que la venganza contra Roma, nuestros discursos siempre se basan en la redención de los oprimidos, y la eliminación del "otro", del opresor, en la destrucción de lo que "contamina" al grupo que se quiere defender. En nuestra incapacidad de construir de manera genuina, nos vemos obligados a inventar mitos utópicos y redentores, en la medida en que dejamos que nuestra comunidad sea gobernada por los peores hombres que adoptando un discurso de guerra decadente, disponemos pasivamente de nuestra realidad, y al no gustarnos, somos capaces de convalidar cualquier cheque en blanco que nos diga que hay una realidad mejor que se encuentra al otro lado de la orilla. Aquella nobleza en decadencia que pone en boga esta forma de poder, se le opone la vuelta de los príncipes, cuya actividad en política se engrandece con la búsqueda de legitimar su dominio de manera constante, y poniéndose a prueba con su pueblo, busca formarlo y darle una coherencia que supere cualquier guerra interna que pueda arrastrar la ya existente decadencia, sabiendo disentir con el soberano, siendo no por eso leal hasta la muerte, ya que lo que va más allá de la circunstancia, es el destino fijado como cultura. A la pregunta con que Foucault finaliza una de sus conferencias, convendría agregar otra: ¿no es conveniente entonces construir sobre la realidad y la aceptación categórica de que no hay promesa que valga sino que vale retomar la senda de quienes han sido sabios y el ejemplo de quienes se han atrevido a actuar? Ya no con sus fracasos y sus aplicaciones vanas, sino en sus grandes principios, rescatando aquellas valoraciones que tiendan a hacernos más grandes como cultura. A la pregunta hecha por el autor, "¿Y si Roma de nuevo conquistara a la revolución?" contestamos soberanamente que la revolución que vale la pena, es aquella que nos haga llegar a Roma, es decir, a la edad dorada que alguna vez como civilización y nosotros como país, supimos alcanzar.


Lucas Cianfagna.-

miércoles, 29 de marzo de 2017

Una rectificación correspondiente

                           
                 Libertad summis infimisque aequanda.-

Resulta que hablar de la palabra "derecha" en términos políticos termina en una descalificación de inmediato, en parte se justifica por el actuar de elementos extremistas que, al igual que en la izquierda, y tomando el caso en Argentina, no hay nada qué rescatar de todo ello. Cuando esto sucede, lo único que se puede hacer es arremangarse y comenzar creando algo nuevo, y estableciendo una serie de conceptos, que si bien no son un invento de hoy, sí se los puede estructurar y combinar de una manera que atienda a la realidad actual y a su vez, nos libre del anacronismo de discusiones estériles, pero también nos permita saldar algunas de las cuales nombraré alguna para profundizar esto. Para introducir el tema de la derecha, es necesario aclarar todos los campos necesarios para dar cuenta de qué puede ser considerado de derecha sin tener que responder a las críticas por "liberal" o "fascista", y para ello hay que abordar dos áreas: la jurídica y la filosófica.

En lo que concierne a la cuestión de la filosofía jurídica, o incluso la ciencia jurídica me sorprende muchísimo que aún exista un debate sobre si se pueden conciliar las nociones de voluntad popular y gobierno, o mejor dicho, hacer coincidir en una misma dimensión al gobernante y al gobernado. Kelsen lo ha tratado de dejar constatado, aunque hasta sus seguidores advertían del agua que hacía su justificación en el terreno de la teoría política, no así en lo que concierne a la teoría pura del derecho, de la cual no podría casi hacerse una objeción. El problema de Kelsen es que al tratar de purificar la teoría del derecho, lo ha hecho muy bien, al costo de que al descender a ciencias menos exactas como las humanidades, acabara por no comprender muy bien los argumentos que utilizaría, o tuviera ciertos equívocos sobre ciertos conceptos filosóficos que lo llevan a hacer agua en su propuesta del parlamentarismo, o la misma noción de democracia liberal. Como diría un gran maestro mío, hay que hacerse las preguntas correctas, sobre la yuxtaposición de gobernantes y gobernados, ¿se acepta como verdad porque es una justificación de la idea, o se acepta la justificación de la idea por ser verdad? Es una pregunta retórica que siempre punza hondo en quien no responde satisfactoriamente. En cuanto a este intento por hacer coincidir gobernantes con gobernados, vuelvo a Aristóteles básico: un ente no puede ser en potencia y acto al mismo tiempo, ya que una es consecuencia de la otra, y no puede la causa ser consecuencia. Pero podemos ver también algunos de los argumentos de Kelsen respecto a esto: para empezar resulta un chiste que un autor con esa seriedad reduzca a una dictadura toda posibilidad fuera del modelo parlamentario, pero se pone mejor; el autor menciona que la voluntad popular (gobernados) produce el contenido normativo si es apropiadamente representada (gobernantes). Acá es inevitable no reir levemente, cuando se hace la salvedad de que la voluntad popular puede producir el contenido normativo "sólo si..está correctamente representada", el problema con esto es que el argumento defensor de tal idea de democracia, termina tropezándose con aquel germen anti-democrático que la misma idea suscita. Digamos, aquello de "si está correctamente representada" significa que el criterio de representatividad no viene de la voluntad popular -allí hay un problema entonces con la supuesta conciliación-, sino que en última instancia viene de un criterio que filosóficamente sea considerado superior al de la mera norma, lo cual toca otro equívoco de Kelsen al querer reemplazar la noción de Soberano por el de Norma Fundamental, lo cual vendría a ser el mismo concepto pero desprovisto de personalidad, pero en cuanto a la relación con las normas que de esta Norma Fundamental emanan, no deja de tener un carácter jerárquico, y aquello es lo que entra en contradicción con esta idea de coincidir gobernantes y gobernados, ya que al fin y al cabo, el criterio último, "la última palabra" es soberanamente de quien gobierna como ente formativo de quien es gobernado. 

Otro equívoco de Don Kelsen es su defensa del iluminismo en el marco de un sujeto que está completamente excluído, y que el accionar se reduzca a hacer "lo que se puede", la vieja y repetida noción de que "mi derecho termina donde empieza el del otro", lo sorprendente es que esto sea para él una definición de libertad. Claramente en su estrechez positivista, la libertad está subordinada siempre a otra cosa externa al sí, lo cual anula la libertad por definición. Está ahí muy claro el desprecio por las disciplinas humanas en Kelsen, lo que no se entiende de eso es, si para desarrollar la teoría jurídica debía desligarse de las nociones inexactas propias de las ciencias sociales, ¿por qué incursionó en ellas? Esa fue incluso la razón por la cual, Kelsen ha caído en el error iluminista de juzgar negativamente lo que no se conoce o no se comprende, como aquel chiste donde el hombre pierde una moneda en la oscuridad pero la busca debajo del farol porque allí hay luz. El problema no se reduce al pobre Kelsen, a quien lo dejamos un rato tranquilo, sino sobre todo a quienes fueron sus detractores, incluso en defensa de tendencia de derecha, que ha llegado a los extremos. Me refiero al señor Carl Schmitt, quien trata a su vez de catalogar de derecha a nociones colectivistas, como considerar a la nación como una entidad que pre-existe a los individuos, o incluso, hacer coincidir nociones tradicionalistas con la defensa de una democracia directa, lo cual es hasta irrisorio, su pobreza del concepto estatal le ha quitado seriedad a una noción jurídica de derecha que sea respetable. El problema principal de Schmitt, es que es todo lo que Kelsen buscaba en un adversario de ideas, un pesimista que quiera llevar la noción moderna de democracia hasta su expresión más extrema filosóficamente, cerrar el parlamento y justificar una autocracia. Acá hay que ser contundentes, no podemos seguir sosteniendo ese pseudo-debate, debemos presentar los conceptos claros y las ideas justificadas de forma racional. 

Para empezar, dejemos un poco de lado la filosofía jurídica, Kelsen bastante nos ha ayudado con su teoría pura, la cual bien podría servir si se extrae del contexto positivista, y se aplica a una verdadera idea de Estado. Un Estado, bien puede ser definido como aquel órgano formativo de la nación, traducido a términos aristotélicos, es aquella voluntad que hace posible el pasaje de potencia al acto, o bien, la acción de gobierno, dando forma al conjunto, orientándolo. Por lo tanto, la idea de que la soberanía viene del pueblo, es un dogma y hasta supersticioso, ¿de qué manera lo informe y carente de voluntad propia (individual) puede dar lugar a un ente con voluntad que forme? Aquella incoherencia no ha sido lo suficientemente analizada, lo cual no significa que el conjunto de gobernados no pueda reconocer en el gobernante una autoridad competente, puede, pero eso no determina la capacidad soberana de ejercer la última voluntad sobre la acción de Estado. Otro tema a considerar, es que república no debe ser asociada al fenómeno liberal, ya que el primer pensador de la idea de república fue Platón, y en nada se parecía a aquel ordenamiento imperfecto que el liberalismo propone. En una república, que es sino una evolución de la idea monárquica debido a circunstancias distintas, no existe tal cosa repetida como "tres poderes", la república en su sentido estatal y soberano, tiene sólo un poder, que en todo caso, se expresa en tres posibles instancias, que son: el órgano ejecutivo, el judicial y el legislativo, el problema de exacerbar la idea de que son tres, supone el hecho de que no se esté estructurando el ordenamiento estatal para que cada autoridad cumpla con los requisitos necesarios, sino que siempre se está en sospecha de falta de idoneidad y honestidad, en lugar de corregir aquellas estructuras que hacen posible la elección de autoridades y los mecanismos para seleccionarlos, se opta por un sistema de contra-pesos que en realidad, lejos está de resolver este problema, ya que si se sospecha de falta de honestidad o idoneidad, ¿de qué sirve que los sospechosos se controlen entre ellos? O mejor, si nadie está libre de sospecha, ¿de qué sirve sostener autoridades? Las organizaciones intermedias podrían solucionar en gran parte este problema, por aquella razón se las trata de borrar el mapa, ya que la demagogia política está a la orden del día, y prefieren que un ciudadano "controle" con críticas que caen al vacío a la figura máxima, quien puede escudarse en una distancia conveniente, en lugar de que al tener contacto real con organizaciones que medien entre las autoridades más altas y los ciudadanos, se pueda ver la cadena de responsabilidades, ¿se imagina alguien lo loco que sería que se sepa cuál es el error de cada quien? O peor, ¿que se encuentren soluciones reales? ¡Qué disparates dice la derecha!

Para continuar con una definición ampliada de lo que puede ser una postura de derecha en estos tiempos que esté a la altura de las circunstancias, debe tenerse en cuenta que la orientación no es en modo alguno una justificación última de la realidad, ni una lucha a muerte contra la orientación distinta; sino una tendencia, un punto de partida. Como decía el buen Nietzsche, el hombre es una cuerda que tiende hacia la bestia o el Superhombre, trasladado a términos políticos, se puede decir que los matices no se encuentran en un punto fijo intermedio, sino que al estar uno en movimiento constante, la progresividad es una regla, y los matices se hallan en cambio hacia la decadencia o hacia el ascenso, lo cual requiere una integración, tanto de derecha como de izquierda. En nuestro caso, para que la derecha no sea extrema ni anacrónica, se debe tomar con seriedad y articular el elemento faltante que la izquierda posee y que resulta de suma utilidad siempre bajo la subordinación de la postura propia, es decir, la capacidad transgresora y disruptiva de la vía izquierda bien sirve para no caer en el conservadurismo, y poder plantarse a la realidad sin prejuicios morales que condicionen nuestro análisis. Para ser realistas necesitamos tener ideales, en la medida en que logremos conciliarlos en el reconocimiento de lo determinado, para pasar a un estado de transformación mediante la idea-fuerza. Combinar la capacidad que crea, la conservación de lo creado e integrar la ruptura de elementos que ya perecieron, allí se encuentra la progresividad en donde una idea matizada y profunda es posible, tanto para quienes son de izquierda, como para quienes somos de derecha. Con lo cual, es una cuestión de integración en grados y disyunciones, la tendencia que mejor refleja a cada uno debe ser defendida, no desde una actitud sectaria, sino por el contrario, de empezar a hablar como corresponde, desde los propios principios y sin tener miedo a ello.

Lucas Cianfagna.-