Sobre el cuerpo y la mente
En diversos debates y conversaciones cotidianas que nada tiene que ver con lo intelectual, surgen pruebas del resto del optimismo racionalista y del odioso legado del empirismo lógico y toda su verborrágea estéril y tan falta de sentido real. Parménides aún persiste en el inconsciente de muchos, en el sentido de lo estático, de lo infinito, de lo formal, de lo ideal, fuera de eso, está la realidad, la cual una buena parte de filósofos ha ignorado por completo. El gran pecado de los filósofos ha sido cercenar la cabeza del cuerpo, considerar la mente y el alma como los importantes, y en consecuencia y no tan en consecuencia, al cuerpo y me remito a Platón, una carga que el alma busca liberar. Muchos aún en su afición por la filosofía plantean semejante cosa al día de hoy, habiendo tecnología de sobra con la cual pueden desconectar su cuerpo entero y vivir en estado vegetativo, digo, ¿no era que querían liberar la conciencia y ser uno con ella? ¿No que tanto desprecian el cuerpo? No podrían, a pesar de sus pensamientos. Ellos sienten odio, asco por el cuerpo, ¡pero a qué le tendrían que agradecer si no es a su cuerpo de poder experimentar el sentimiento de propio asco hacia él!
Personas, no individuos
Recientemente he tenido un par de conversaciones interesantes con familiares y seres queridos, y uno ha parafraseado a otra persona, diciendo "La humanidad evoluciona, pero no cambia", lo cual me ha dejado sorprendido en cierta medida, ya que fue otro indicio que me permite ver cuánto egiptismo tiene atravesada a la filosofía aún el día de hoy y a pesar de los cambios de perspectiva, método, modelo, cuesta hacer llegar dicha forma de pensar a todos y es cierto, tardará otro buen tiempo más, sobre todo en una época donde la información es tal que sobrecarga a cualquiera, no los culpo por eso. Pero volviendo a la frase citada antes, es menester explicar ciertas cosas. Para empezar, un individuo es en términos abstractos algo indivisible, es decir, un "ente" del cual no se pueden desprender más cosas, y es entendido según se ha explicado en el racionalismo clásico como "igual a sí mismo", de manera que lo que se ha hecho es transpolar una abstracción al terreno de lo real, lo cual es harto peligroso, ya que se presta a confusiones que al día de hoy siguen vigentes, como quien dice que "somos individuos". Tal sentencia es falsa, si bien es cierto que un individuo es igual a sí mismo, invariable y por tanto infinito, eso sólo es posible en un mundo de ideas, un mundo de abstracción y de verdades absolutas, no lo es nunca en el mundo real, el único que queda para vivir. Las personas no son de ninguna manera individuos, ya que poseen muchas cosas para "dividir" o "extraer" sin las cuales no pueden vivir, como lo son influencias de todo tipo: genéticas, de entorno, propias, etc. De manera que establecer la permanencia de algo que no es permanente es vano, pretencioso y constituye un error del razonamiento. La "causalidad" de "el ser en sí", antes de la persona es una ocurrencia de filósofos que encuentra en el lenguaje una fuente de conocimiento que no puede dar nunca, como he explicado en otro escrito, el lenguaje no es sino un mero sistema de nombres que constituyen relaciones entre el humano y las cosas, y es designado por el ser humano en un momento determinado, como una forma de abreviar una explicación, no constituye la explicación misma, error fatal. Dicha forma de pensar basada en una permanencia infinita del ser, o el mismo concepto de esencia, sustancia, ser, son propios del razonamiento egiptista que la filosofía ha tenido por siglos. El hombre bajo su pensamiento moralizante crea conceptos considerándolos dioses, eternos, cuando son invenciones suyas. No existe tal cosa como el ser en sí, ni la cosa en sí, la realidad cambiante nos muestra su propia forma, la cual deviene constantemente y en ella estamos inmersos, un buen ejemplo de ello es el agigantado paso que la humanidad da durante cada era, para lo cual su fuerza se deriva de su propia inteligencia.
De los animales y las personas
El hombre al carecer de cuernos, garras, colmillos y otros atributos de la fuerza, se ve obligado a utilizar la inteligencia como supervivencia y conquista de su espacio. El animal común en cambio está atado corto al poste de lo inmediato, es decir, es guiado constantemente por su propio pathos de su instinto. Ésto se expresa en una metáfora en la cual el hombre se encuentra con el animal y el primero trata de establecer una conversación con él:
Hombre: ¿Por qué nunca me dices el secreto de tu felicidad, y te limitas a mirarme?
El animal en ese momento sólo atina a pensar "Es que siempre se me olvida lo que voy a decir", pero derrepente, olvida ésto también.
El hombre mediante su capacidad de comprensión y de interpretación de los hechos, está condenado a vivir su vida en diferido, a poder estirar conceptos, hechos, razonamientos en el tiempo a pesar de que hayan muerto ya, lo cual es comparable a la mayoría de estrellas que vemos en el cielo que hace años dejaron de brillar. Así de limitada es la percepción humana que tiene que contentarse con analizar realidades que ya sucedieron y ya devinieron en otras nuevas, ¿acaso no es suficiente motivo éste para entender que no se puede pensar en una realidad invariable, en un concepto infinito y mucho menos en el ser humano como alguien que no cambia?
De la lógica y la experiencia
El hombre al inventar el lenguaje le ha hecho una estatua gigante a su vanidad cuando olvida ésto, ya que por su ciega confianza hacia el lenguaje, lo formal, lo lógico, olvida que de ninguna manera el lenguaje explica hechos, sólo los ordena de una forma inteligible. De manera que así como es necesario revalorizar ciertos conceptos y establecer nuevos, es necesario entender que la necesidad de adaptación es más que imperiosa y no podemos prescindir de ello, así como lo que fue necesario para el hombre en una época, deja de serlo incluso más rápido de lo que se cree. Otra argumentación común al hablar sobre ciertos temas de política es la falta de sentido histórico y de cambios, por lo cual muchos esbozan "Esto no va a cambiar, va a seguir así siempre", y cuando se les piden razones, se limitan a hablar de sus edades, como si fuera ésa la pregunta que se les hizo: "Tengo 60 años", "70", "80", "viví demasiado y he visto demasiado", como si la humanidad no hubiese vivido más y experimentado más. Si bien es muy común, resulta excesivamente arbitrario y vano hablar en tales términos, ya que considerando los años que la humanidad lleva viviendo sobrepasan millones de veces la edad de dichas personas, es decir, se establece una conclusión tan absoluta y tajante sobre un hecho que como cualquier otro (incluso hechos que ya se han presentado en el pasado con formas peores y más terribles), requiere para su resolución de su tiempo de maduración y de la voluntad de las personas, no de sentencias arbitrarias que sirven más de excusas que de explicaciones. Decir que algo no cambia porque "se vivió muchos años" es una sentencia propia del ego, ya que, ¿quién podría establecer un número tan corto, tan ínfimo en comparación a la historia humana como una cifra de absoluto valor y valedera para justificar una sentencia? Sólo aquellos que se contentan con lo fácil, con saber menos.
Falta de un análisis histórico
La falta de un análisis histórico se hace visible ante conclusiones vanas, sin evaluación previa, como dije antes, no culpo a quienes no tienen idea de cómo usar la tecnología, pero sí a aquellos que son lo demasiado soberbios para hablar de cuanto no saben pero no son lo suficientemente ávidos para sentarse unos minutos a comprender cómo se origina aquello que da por sentado como algo que surge puramente del ahora, teniendo acceso a una computadora, a un libro y sobre todo, tiempo libre para dedicarlo a ello. La comodidad intelectual de esta época da asco, pero ese asco me produjo un sentimiento de reacción que me llevó a la acción, es decir, a la búsqueda de ese pathos de la distancia, necesario para no dejar nunca de elevarme y siempre buscar hasta la propia crítica sobre cosas que uno piensa y que se da cuenta que debe dar el salto hacia adelante. Muchas de las sentencias pesimistas y carentes de voluntad al tener el olor a la impotencia, se perciben más como autocríticas bien disimuladas que como críticas a otro. Con lo cual, volviendo al problema inicial, soy capaz de contestar a la cita del principio, "la humanidad evoluciona, pero no cambia", por una cita de mi propia autoría:
"La persona que asegura que la humanidad no cambia, no está hablando de la humanidad, sino de sí misma."
Lucas Cianfagna.-

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