"Cuando se habla de 'Humanidad', se piensa en lo que 'separa' y distingue al hombre de la Naturaleza. Pero tal separación no existe en realidad; las propiedades 'naturales' y las propiedades 'humanas' son inseparables. El hombre, aún en sus más nobles y elevadas funciones, es siempre una parte de la Naturaleza y ostenta el doble carácter siniestro que aquella. Sus cualidades terribles, consideradas generalmente como inhumanas, son quizás el más fecundo terreno en el que crecen todos aquellos impulsos, hechos y obras que componen lo que llamamos Humanidad."Friedrich Nietzsche
Como lo señala la cita al comienzo, el problema ha sido arrojarnos a los brazos del positivismo irreflexivo, que dio luz a una serie de formulaciones teóricas -llámese ideales ilustrados-, que pretendían trazar un esquema reciclado del viejo humanismo renacentista, pero que por el dominio del discurso anglosajón lejos estuvo del mismo, sino más bien, el discurso humanista ha tratado de reaparecer a partir de un dominio que le era ajeno, en un terreno desconocido y cuyos resultados terminaron volviendo a los ideales que se pretendían humanos, en tiranías totalitarias, donde el Estado lejos del ideal de ordenamiento social acabó por ser el epicentro de una seguidilla de actos de barbarie. Pero no podemos de ninguna manera disociar este escenario terrible de lo que es una discontinuidad histórica y ciertas tendencias que pretenden pasar desapercibidas, pero que han constituido la base de grandes desmadres en la humanidad.
Para empezar, estudiar a los griegos está lejos de ser un mero capricho estético en cuanto a su arte, su teatro, su concepción jurídica, su política, su filosofía, etc; sino que también conviene analizar con precisión qué ha ocurrido con aquellos discursos que pretendían justificar un dominio específico de personajes anónimos, pero bien peligrosos, como lo fue la oligarquía griega y el accionar sofista, por ejemplo, en Roma igual, luego devenidos en venecianos, luego neerlandeses, londinenses y hoy washingtonianos, suena bastante familiar la escena si se la compara prudentemente. Y en esto no hay casualidad cuando se busca un patrón común, el desarrollo del Renacimiento fue para quienes señalaba Maquiavelo como los culpables de la convulsión italiana como una piedra en el zapato. Sus financiamientos en base a conflictos religiosos -que ni siquiera era de su debida incumbencia, sino de su debido negocio- fue debidamente amenazado una vez se identifique alguien que empeñe la ardua tarea de la re-unificación italiana mediante un paradigma nuevo, lo que llamamos Estado en el sentido moderno de la palabra, Medici o Borgia, lo importante es la tarea, que a priori resultó frustrada. Toda esa potencia que se le llamó humanismo resultó refrenada y reconvertida nuevamente, en las manos de quienes luego se arrogaron el título civilizatorio, pero que claramente dejan ver su barbarismo vestido de cultura, y para colmo de una cultura que les es ajena, pero que debieron adoptar, al igual que los bárbaros del norte que invadieron Roma habrían destrozado lo que quedaba de su imperio, pero las formas culturales que adoptaron no podían ser otra que la de los vencidos, lo cual nos deja ver quienes se han opuesto a una idea real de civilización: los mismos salvajes de siempre.
El discurso triunfante de un humanismo gangrenado y envenenado hasta la médula se puede notar cuando en lugar de establecer el equilibrio entre la apreciación reflexiva del ser humano, su actividad como científico, como artista, como poeta, como dramaturgo, como ser político y social, quedó totalmente disociado de sí, el científico estudia a sus pares como si fueran ratas en un laboratorio, y dentro del mismo contexto, el humanismo se llevaba consigo a sus muertos por cada siglo, ya sea mediante revoluciones, tiranías, disciplinamiento o hambre. Los tres gigantes ideológicos devenidos del ideal ilustrado de igualdad tiránica han arrastrado consigo una serie de tragedias avaladas por el mismo discurso que los vio nacer, como si se tratase de una novela de Frankenstein, o del mito del Golem. Basta con ver la situación europea para comprobar las raíces de este discurso, no en un sentido étnico, pero sí estratégico, donde a pesar del triunfo hegemónico de lo que bastardean en nombre de lo "occidental", les duele la realidad de que culturalmente no se domina si no se tiene como base aquello que supo ser culturalmente elevado, y me refiero a la cultura clásica, que ha marcado un camino en cuanto al pensamiento, las artes, ciencias y todo tipo de disciplinas.
Actualmente en Argentina se sigue reproduciendo aquel discurso de humanismo gangrenado, basta con ver las "eminencias" en ciencias "sociales" (término de raíz positivista que aún no pensamos largar) para darse cuenta que seguimos marcados por la pedantería pedagógica del siglo XIX y XX, por el disciplinamiento conformista y por la decadencia discursiva, que ya no sólo contempla a estos señores de los datos y las hipótesis, sino también sus hijos bobos que llamamos "relativistas", los cuales causan una carcajada cuando todavía se disponen a adquirir seriedad en un debate. Pero no nos enojemos con los nuevos engendros del facilismo y de la pseudo-ciencia, miremos mejor a quienes contemplan con un privilegio discursivo, aquellos que contribuyen a que nada cambie, y que toda actitud disruptiva y creativa pase para ellos a ser "una etapa adolescente". Aquellos que alejan a los futuros científicos del interés filosófico, a los futuros filósofos del interés científico, o a los futuros políticos del interés científico y filosófico, contra ellos es que tenemos que apuntar, porque nos ha costado un par de generaciones que habiéndolas disociado de las prácticas que conciernen a la humanidad y la cultura, acaban prácticamente por no interesarse en ninguna.
Evidentemente hay una relación asimétrica de fuerzas -como lo es en todo orden-, donde los conceptos y las aplicaciones están orientadas a la eficiencia del mercado y a la alimentación del Estado como una máquina autosustentable, misión peligrosa si las hay, puesto que hemos visto lo que es capaz de hacer un Estado aplicado a una burocracia que se aceita a si misma y cuyo fin es únicamente su propia preservación, mientras que la preservación de la comunidad y de la cultura pasa a quedar en el olvido. Por eso vuelvo al inicio, no es un mero capricho estético la inquietud por los griegos -más allá de que eventualmente se vuelve también eso, no voy a mentir- siendo más aún, presentan problemas y conflictos que son de actualidad, y ni siquiera es necesario remontarse a la historia de la edad de hierro, basta con ver los mitos para darse cuenta de la infinidad de problemas que se plantean, no para copiar las soluciones, sino al menos para dar cuenta de la composición misma del problema.
Las reflexiones en torno a la creación de polis dan cuenta de las necesidades jurídicas y políticas de administrar comunidades donde los conflictos de intereses alcanzaban planos cada vez mayores y contradictorios. Dentro del discurso que me ensaño en denunciar, existen caracterizaciones facilistas de los conceptos como igualdad, sin que exista realmente una reflexión en torno a la misma, así como su relación con el concepto de ciudadanía. Tal relación resulta hasta ajena, como si la responsabilidad de la vida política no tuviese importancia, pero los esclavos gustan de llamarse "personas con derechos", porque así continuarían cumpliendo la función de esclavos, pero con nombres pomposos que les sirvan de soma, de relajación, de estímulo constante; al fin y al cabo, ¿qué es sino un hombre que produce para otros y no le interesan los asuntos públicos? La antigüedad tenía tal nombre para esa condición, ahora ese término nos estremece, pero parece que si no es con un concepto, la realidad nos es ajena.
La organización de los individuos aislados es la perfecta resistencia a este orden de cosas, porque el problema no es la libertad, el problema en todo caso, es el concepto abstraído de toda realidad posible, es decir, la tiranía del concepto que nos hace imaginar una realidad en otro plano, sin actuar en éste. La libertad, como bien decía Foucault es imprescindible, pero se practica incondicionalmente de un modo ético, ya que tratar de invertir un esquema discursivo requiere trabajo, organización y disposición, pero sobre todo, practicar todo aquello que se busca dentro de lo posible, y para esto, requiere que aquello que pensamos, reflexionamos y proponemos gire en torno a las aplicaciones posibles. La flexibilidad de conceptos vale para dar un marco de revisión y aplicación práctica a los mismos, para lo cual es imperioso entonces movernos de lugar, ya que es imposible salir de la abstracción inerte, si no se mira el problema desde un sitio distinto.
Lucas Cianfagna.-


