La respuesta del pueblo argentino ante las operaciones mediáticas globales durante la Copa del Mundo no fue un mero festejo deportivo ni un arrebato de chauvinismo irreflexivo. Como analizamos en entregas anteriores, representó un síntoma geopolítico profundo: la reaparición espontánea de una comunidad que, ante la percepción de una amenaza existencial contra su identidad, ignora las divisiones partidarias y se abroquela para defender lo propio.
Sin embargo, para encauzar esa energía social hacia un proyecto de poder duradero, es indispensable dar un salto de calidad analítico. Debemos abandonar la comodidad de la superficie mediática para ingresar de lleno en la teoría del Estado: pasar del discurso ideológico a la comprensión real de la Forma Política.
1. La distinción Amigo-Enemigo y la lección del «Gallego» Álvarez
Para entender la mecánica de lo que ocurrió, debemos remitirnos a la obra cumbre de Carl Schmitt, El concepto de lo político (1932). Schmitt planteaba que así como la moral se define por la distinción entre el bien y el mal, y la economía por lo útil y lo perjudicial, lo político posee una categoría autónoma e irreducible: la distinción entre el amigo y el enemigo.
Las implicaciones filosóficas de este criterio son tajantes: un colectivo humano puede compartir lengua, fe o relaciones comerciales, pero solo se constituye como un sujeto político real cuando conserva la capacidad soberana de determinar por sí mismo quién representa una amenaza para su forma de vida y está dispuesto a hacerle frente. Si un pueblo pierde la voluntad de definir a su enemigo, deja de existir políticamente y pasa a ser dirigido por voluntades ajenas.
Esta premisa fue leída con lucidez dentro del pensamiento nacional por Alejandro «El Gallego» Álvarez, histórico referente de Guardia de Hierro. Álvarez rescataba a Schmitt pero aportaba una corrección fundamental para una nación agredida:
«Enemigo político no es el adversario interno ni el compatriota que piensa distinto. Enemigo es únicamente aquel que no permite que vos existas».
A partir de esta máxima, Álvarez recordaba algo que la dirigencia política contemporánea parece haber olvidado: la política no comienza por la furia de destruir al enemigo, sino por la voluntad incondicional de defender al amigo, pacificando el frente interno para preservar la casa común. Cuando cadenas internacionales y usinas anglosajonas intentaron cancelar la identidad argentina, la sociedad no vio un debate parlamentario o deportivo; percibió un ataque existencial y actuó en consecuencia.
2. Del verdadero Kulturkampf al Estado prusiano: Tradición y modernización
En el debate público actual se utiliza livianamente el término «guerra cultural», ignorando su génesis histórica. El Kulturkampf (literalmente, la «lucha cultural») no nació como una contienda de tribunas mediáticas o de consumo digital, sino como la política de Estado llevada adelante por el Canciller Otto von Bismarck para consolidar la unificación del Imperio Alemán en la segunda mitad del siglo XIX.
Bismarck comprendió que la modernización de la Forma Política no exigía importar el dogma de la Revolución Francesa ni arrodillarse ante el modelo de la República liberal y unitaria. Bajo la conducción del Estado prusiano, Alemania demostró que era posible dar un salto industrial y tecnológico masivo conservando la identidad, la tradición y el principio de autoridad.
Como explicaba el economista y sociólogo Thorstein Veblen en sus reflexiones sobre el Estado dinástico, la Alemania bismarckiana logró combinar la más alta eficiencia técnica e industrial de la era moderna con una estructura orgánica previa, no atomizada por el individualismo burgués.
Esta hazaña geopolítica despertó el rechazo visceral del pensamiento liberal de la época. Como observó agudamente Julius Evola, la burguesía liberal jamás le pudo perdonar a Alemania haber creado una potencia continental unificada, fuerte y tecnológicamente de vanguardia, sin haber necesitado pasar por la guillotina jacobina ni por la disolución de sus jerarquías tradicionales.
Más aún, Evola dejaba una reflexión fundamental sobre el arquetipo militar que estructuraba esa experiencia: el espíritu militar prusiano no significaba una fría estética de cuartel, sino una ética de la responsabilidad y de la libertad auténtica (incluso en la subordinación), cimentada en relaciones orgánicas y personales, a años luz de la burocracia despersonalizada e irresponsable de las democracias parlamentarias.
En la historia argentina, esa misma matriz de modernización desde el Estado con impronta militar y visión estratégica tuvo sus expresiones en momentos bisagra:
Julio Argentino Roca, consolidando la soberanía territorial, el trazado ferroviario y el servicio militar obligatorio como factor de integración nacional.
Agustín P. Justo, impulsando la infraestructura estratégica, la profesionalización técnica de las Fuerzas Armadas y la aviación militar.
Juan Domingo Perón, llevando esa doctrina a su máxima expresión al articular la soberanía industrial, el desarrollo nuclear (CNEA), la siderurgia (SOMISA) y la proyección científica antártica.
En todos estos casos, la soberanía se defendió integrando la tradición nacional con la innovación tecnológica, lejos del palabrerío abstracto y de la imitación servil de modelos extranjeros.
3. La trampa ideológica y la falacia del pluralismo liberal
La modernidad en Occidente nos acostumbró a discutir la política como una cartilla de opciones ideológicas (izquierda contra derecha, liberalismo contra progresismo). Pero en este juego de tribunas se invisibiliza la variable determinante: la Forma Política, es decir, la estructura y la función real de organización y decisión del Estado, al margen de la doctrina que proclame.
Ya en el siglo XVII, Thomas Hobbes formuló una lección de realismo político insoslayable: la función soberana en un Estado es absoluta e indelegable; si el Estado la delega, el verdadero soberano pasa a ser otro. Cuando una nación entrega la gestión de su economía a organismos multilaterales, su defensa a alianzas extranjeras o su legislación a fundaciones transnacionales, la etiqueta ideológica de su gobierno pasa a ser irrelevante: ha dejado de ser soberana.
Por su parte, Carl Schmitt expuso la falacia del pluralismo liberal al demostrar que la famosa «división de poderes», presentada como un mecanismo para proteger al ciudadano, en la práctica no elimina el poder: lo hace invisible, irresponsable e inhallable.
El Estado es una unidad de decisión; si hubiera tres poderes independientes, habría en rigor tres Estados. La fragmentación liberal ha servido para que nadie asuma la responsabilidad del mando y para que el poder real lo ejerzan actores no electos tras bambalinas. Como señala acertadamente Daniel Estulin, la bipolaridad ideológica (las «grietas» electorales) es una herramienta de ingeniería psico-social diseñada para mantener a las sociedades peleando por lo accesorio mientras los factores de poder avanzan sobre lo estratégico.
Potencias globales como China o Rusia, más allá de sus sistemas ideológicos, entienden la Forma Política: poseen capacidad de decisión centralizada y sostienen proyectos de largo plazo porque no delegan la función soberana.
Para la Argentina, la alternativa a la República Liberal colapsada no debe ser la copia de autocracias ajenas, sino la reconstrucción de un federalismo orgánico y estratégico:
Descentralización de la gestión ejecutiva a nivel provincial y municipal para responder al mandato directo del pueblo.
Concentración indelegable de la decisión estratégica a nivel nacional.
Integración definitiva entre el ámbito civil y el militar en proyectos clave de infraestructura, ciberdefensa, desarrollo nuclear, vectores autónomos y control territorial del Atlántico Sur.
4. Jubilar el Latinoamericanismo y el Hispanismo Anacrónico
Desde esta misma perspectiva realista debemos revisar la política exterior. El mito del «latinoamericanismo» o la «Patria Grande» no es solo una muletilla del progresismo contemporáneo; es, en su origen, una pesada herencia del nacionalismo católico y del hispanismo tradicionalista de mediados del siglo XX.
Aquel tradicionalismo intentó proyectar la ilusión de la Hispanidad (la unidad fundada en la lengua y la fe compartida) como si fuera una categoría de poder geopolítico. Se quedaron congelados en el siglo XVI o en la década de 1940, creyendo que la hermandad cultural bastaba para articular un bloque de Estados.
La geopolítica dura se mueve por razones de Estado, no por nostalgia colonial. La realidad empírica es implacable: ante el reclamo imprescriptible de Argentina sobre las Islas Malvinas y la denuncia por la militarización del Atlántico Sur, la logística demuestra que puertos y aeropuertos de países vecinos, como Uruguay, Chile y Brasil, han funcionado históricamente como puntos de apoyo y escala técnica para la Royal Air Force y la Royal Navy británicas.
Los gobiernos de la región, indistintamente de su alineamiento partidario, responden a sus propios intereses comerciales y militares con Londres. Aceptar esto no es promover la discordia regional, sino adquirir madurez estratégica.
Asimismo, resulta llamativa la ingenuidad del progresismo local al proyectar empatía ideológica sobre figuras como Lula da Silva. Lula no actúa como un «compañero de causa continental», sino como la cabeza temporal de Itamaraty, la Cancillería brasileña, cuya burocracia permanente responde exclusivamente al interés nacional de Brasil. Mientras la política argentina se enreda en fotos partidarias, Brasilia consolida acuerdos de cooperación militar y ejercicios navales conjuntos con el Reino Unido en el Atlántico Sur.
Es hora de jubilar utopías hispanistas y latinoamericanistas que datan de hace ochenta años. La integración no se implora desde el sentimentalismo; se negocia desde el poder. Argentina debe asumirse como el centro gravitatorio de su propio Proyecto Civilizatorio Austral: una potencia bicontinental fundada en su matriz patagónica, atlántica y antártica.
Conclusión: Ponernos a la altura del pueblo
El diagnóstico es claro. La sociedad argentina no padece un déficit de pertenencia ni de voluntad soberana; lo que ha quedado en evidencia es la pequeñez de una clase política que juega en ligas menores, atrapada en peleas de redes sociales e incapaz de comprender la dinámica del poder global.
Salir de la parálisis exige abandonar la nostalgia de repetir recetas obsoletas, dejar de mendigar fraternidad a quienes velan por sus propios intereses y superar la trampa de las ideologías vacías.
El desafío es ponernos a la altura del potencial de nuestra Patria: construir un Estado inteligente, centralizado en su decisión estratégica y federal en su ejecución; una Forma Política con capacidad de disuasión, soberanía tecnológica y proyección austral. La gente ya demostró estar lista; únicamente falta edificar el proyecto nacional que esté a la altura de esa demanda.
Lucas Cianfagna.-
