miércoles, 29 de julio de 2026

La verdadera batalla cultural: Amigos vs enemigos de un proyecto soberano




La respuesta del pueblo argentino ante las operaciones mediáticas globales durante la Copa del Mundo no fue un mero festejo deportivo ni un arrebato de chauvinismo irreflexivo. Como analizamos en entregas anteriores, representó un síntoma geopolítico profundo: la reaparición espontánea de una comunidad que, ante la percepción de una amenaza existencial contra su identidad, ignora las divisiones partidarias y se abroquela para defender lo propio.

Sin embargo, para encauzar esa energía social hacia un proyecto de poder duradero, es indispensable dar un salto de calidad analítico. Debemos abandonar la comodidad de la superficie mediática para ingresar de lleno en la teoría del Estado: pasar del discurso ideológico a la comprensión real de la Forma Política.

1. La distinción Amigo-Enemigo y la lección del «Gallego» Álvarez

Para entender la mecánica de lo que ocurrió, debemos remitirnos a la obra cumbre de Carl Schmitt, El concepto de lo político (1932). Schmitt planteaba que así como la moral se define por la distinción entre el bien y el mal, y la economía por lo útil y lo perjudicial, lo político posee una categoría autónoma e irreducible: la distinción entre el amigo y el enemigo.

Las implicaciones filosóficas de este criterio son tajantes: un colectivo humano puede compartir lengua, fe o relaciones comerciales, pero solo se constituye como un sujeto político real cuando conserva la capacidad soberana de determinar por sí mismo quién representa una amenaza para su forma de vida y está dispuesto a hacerle frente. Si un pueblo pierde la voluntad de definir a su enemigo, deja de existir políticamente y pasa a ser dirigido por voluntades ajenas.

Esta premisa fue leída con lucidez dentro del pensamiento nacional por Alejandro «El Gallego» Álvarez, histórico referente de Guardia de Hierro. Álvarez rescataba a Schmitt pero aportaba una corrección fundamental para una nación agredida:

«Enemigo político no es el adversario interno ni el compatriota que piensa distinto. Enemigo es únicamente aquel que no permite que vos existas».

A partir de esta máxima, Álvarez recordaba algo que la dirigencia política contemporánea parece haber olvidado: la política no comienza por la furia de destruir al enemigo, sino por la voluntad incondicional de defender al amigo, pacificando el frente interno para preservar la casa común. Cuando cadenas internacionales y usinas anglosajonas intentaron cancelar la identidad argentina, la sociedad no vio un debate parlamentario o deportivo; percibió un ataque existencial y actuó en consecuencia.

2. Del verdadero Kulturkampf al Estado prusiano: Tradición y modernización

En el debate público actual se utiliza livianamente el término «guerra cultural», ignorando su génesis histórica. El Kulturkampf (literalmente, la «lucha cultural») no nació como una contienda de tribunas mediáticas o de consumo digital, sino como la política de Estado llevada adelante por el Canciller Otto von Bismarck para consolidar la unificación del Imperio Alemán en la segunda mitad del siglo XIX.

Bismarck comprendió que la modernización de la Forma Política no exigía importar el dogma de la Revolución Francesa ni arrodillarse ante el modelo de la República liberal y unitaria. Bajo la conducción del Estado prusiano, Alemania demostró que era posible dar un salto industrial y tecnológico masivo conservando la identidad, la tradición y el principio de autoridad.

Como explicaba el economista y sociólogo Thorstein Veblen en sus reflexiones sobre el Estado dinástico, la Alemania bismarckiana logró combinar la más alta eficiencia técnica e industrial de la era moderna con una estructura orgánica previa, no atomizada por el individualismo burgués.

Esta hazaña geopolítica despertó el rechazo visceral del pensamiento liberal de la época. Como observó agudamente Julius Evola, la burguesía liberal jamás le pudo perdonar a Alemania haber creado una potencia continental unificada, fuerte y tecnológicamente de vanguardia, sin haber necesitado pasar por la guillotina jacobina ni por la disolución de sus jerarquías tradicionales.

Más aún, Evola dejaba una reflexión fundamental sobre el arquetipo militar que estructuraba esa experiencia: el espíritu militar prusiano no significaba una fría estética de cuartel, sino una ética de la responsabilidad y de la libertad auténtica (incluso en la subordinación), cimentada en relaciones orgánicas y personales, a años luz de la burocracia despersonalizada e irresponsable de las democracias parlamentarias.

En la historia argentina, esa misma matriz de modernización desde el Estado con impronta militar y visión estratégica tuvo sus expresiones en momentos bisagra:

  • Julio Argentino Roca, consolidando la soberanía territorial, el trazado ferroviario y el servicio militar obligatorio como factor de integración nacional.

  • Agustín P. Justo, impulsando la infraestructura estratégica, la profesionalización técnica de las Fuerzas Armadas y la aviación militar.

  • Juan Domingo Perón, llevando esa doctrina a su máxima expresión al articular la soberanía industrial, el desarrollo nuclear (CNEA), la siderurgia (SOMISA) y la proyección científica antártica.

En todos estos casos, la soberanía se defendió integrando la tradición nacional con la innovación tecnológica, lejos del palabrerío abstracto y de la imitación servil de modelos extranjeros.

3. La trampa ideológica y la falacia del pluralismo liberal

La modernidad en Occidente nos acostumbró a discutir la política como una cartilla de opciones ideológicas (izquierda contra derecha, liberalismo contra progresismo). Pero en este juego de tribunas se invisibiliza la variable determinante: la Forma Política, es decir, la estructura y la función real de organización y decisión del Estado, al margen de la doctrina que proclame.

Ya en el siglo XVII, Thomas Hobbes formuló una lección de realismo político insoslayable: la función soberana en un Estado es absoluta e indelegable; si el Estado la delega, el verdadero soberano pasa a ser otro. Cuando una nación entrega la gestión de su economía a organismos multilaterales, su defensa a alianzas extranjeras o su legislación a fundaciones transnacionales, la etiqueta ideológica de su gobierno pasa a ser irrelevante: ha dejado de ser soberana.

Por su parte, Carl Schmitt expuso la falacia del pluralismo liberal al demostrar que la famosa «división de poderes», presentada como un mecanismo para proteger al ciudadano, en la práctica no elimina el poder: lo hace invisible, irresponsable e inhallable.

El Estado es una unidad de decisión; si hubiera tres poderes independientes, habría en rigor tres Estados. La fragmentación liberal ha servido para que nadie asuma la responsabilidad del mando y para que el poder real lo ejerzan actores no electos tras bambalinas. Como señala acertadamente Daniel Estulin, la bipolaridad ideológica (las «grietas» electorales) es una herramienta de ingeniería psico-social diseñada para mantener a las sociedades peleando por lo accesorio mientras los factores de poder avanzan sobre lo estratégico.

Potencias globales como China o Rusia, más allá de sus sistemas ideológicos, entienden la Forma Política: poseen capacidad de decisión centralizada y sostienen proyectos de largo plazo porque no delegan la función soberana.

Para la Argentina, la alternativa a la República Liberal colapsada no debe ser la copia de autocracias ajenas, sino la reconstrucción de un federalismo orgánico y estratégico:

  • Descentralización de la gestión ejecutiva a nivel provincial y municipal para responder al mandato directo del pueblo.

  • Concentración indelegable de la decisión estratégica a nivel nacional.

  • Integración definitiva entre el ámbito civil y el militar en proyectos clave de infraestructura, ciberdefensa, desarrollo nuclear, vectores autónomos y control territorial del Atlántico Sur.


4. Jubilar el Latinoamericanismo y el Hispanismo Anacrónico

Desde esta misma perspectiva realista debemos revisar la política exterior. El mito del «latinoamericanismo» o la «Patria Grande» no es solo una muletilla del progresismo contemporáneo; es, en su origen, una pesada herencia del nacionalismo católico y del hispanismo tradicionalista de mediados del siglo XX.

Aquel tradicionalismo intentó proyectar la ilusión de la Hispanidad (la unidad fundada en la lengua y la fe compartida) como si fuera una categoría de poder geopolítico. Se quedaron congelados en el siglo XVI o en la década de 1940, creyendo que la hermandad cultural bastaba para articular un bloque de Estados.

La geopolítica dura se mueve por razones de Estado, no por nostalgia colonial. La realidad empírica es implacable: ante el reclamo imprescriptible de Argentina sobre las Islas Malvinas y la denuncia por la militarización del Atlántico Sur, la logística demuestra que puertos y aeropuertos de países vecinos, como Uruguay, Chile y Brasil, han funcionado históricamente como puntos de apoyo y escala técnica para la Royal Air Force y la Royal Navy británicas.

Los gobiernos de la región, indistintamente de su alineamiento partidario, responden a sus propios intereses comerciales y militares con Londres. Aceptar esto no es promover la discordia regional, sino adquirir madurez estratégica.

Asimismo, resulta llamativa la ingenuidad del progresismo local al proyectar empatía ideológica sobre figuras como Lula da Silva. Lula no actúa como un «compañero de causa continental», sino como la cabeza temporal de Itamaraty, la Cancillería brasileña, cuya burocracia permanente responde exclusivamente al interés nacional de Brasil. Mientras la política argentina se enreda en fotos partidarias, Brasilia consolida acuerdos de cooperación militar y ejercicios navales conjuntos con el Reino Unido en el Atlántico Sur.

Es hora de jubilar utopías hispanistas y latinoamericanistas que datan de hace ochenta años. La integración no se implora desde el sentimentalismo; se negocia desde el poder. Argentina debe asumirse como el centro gravitatorio de su propio Proyecto Civilizatorio Austral: una potencia bicontinental fundada en su matriz patagónica, atlántica y antártica.


Conclusión: Ponernos a la altura del pueblo

El diagnóstico es claro. La sociedad argentina no padece un déficit de pertenencia ni de voluntad soberana; lo que ha quedado en evidencia es la pequeñez de una clase política que juega en ligas menores, atrapada en peleas de redes sociales e incapaz de comprender la dinámica del poder global.

Salir de la parálisis exige abandonar la nostalgia de repetir recetas obsoletas, dejar de mendigar fraternidad a quienes velan por sus propios intereses y superar la trampa de las ideologías vacías.

El desafío es ponernos a la altura del potencial de nuestra Patria: construir un Estado inteligente, centralizado en su decisión estratégica y federal en su ejecución; una Forma Política con capacidad de disuasión, soberanía tecnológica y proyección austral. La gente ya demostró estar lista; únicamente falta edificar el proyecto nacional que esté a la altura de esa demanda.

Lucas Cianfagna.-

viernes, 24 de julio de 2026

La campaña anti-Argentina, el "efecto Malvinas" y una lección de paciencia estratégica

 

En los últimos días hemos sido testigos de una serie de ataques y coberturas marcadamente sesgadas contra la Argentina en diversos medios y plataformas internacionales. No hace falta recurrir a teorías de la conspiración ni a especulaciones infundadas para notarlo: basta con analizar la simultaneidad de los enfoques, la agresividad de las críticas y la articulación del discurso para dar cuenta de que estamos ante una campaña coordinada. Hay elementos concretos que lo demuestran.

En esta oportunidad, el argumento recurrente para atacar al país ha sido la importación de la agenda woke, mediante la cual ciertos sectores mediáticos y políticos del primer mundo pretenden acusar a la Argentina de "racismo" o de "falta de diversidad". Resulta paradójico y hasta hipócrita que este tipo de moralina inquisidora provenga precisamente de naciones con un denso historial de colonialismo, segregación racial y explotación global. Se pretende juzgar la composición demográfica e historia social argentina con categorías culturales ajenas, utilizando la corrección política como una herramienta de presión geopolítica.

A su vez, la pasividad o complicidad de varios países de la región ante estos ataques vuelve a dejar al descubierto algo evidente: no existe un concepto político ni un sujeto político unido llamado "Latinoamérica", tal como desde el progresismo local durante décadas se nos quiso vender bajo consignas vacías. Frente a las dinámicas del poder global, cada nación responde a sus propios lineamientos e intereses, demostrando que la pretendida "unidad continental" es más un mito ideológico que una realidad geopolítica.

Sin embargo, para entender el trasfondo real de esta hostilidad no hay que mirar únicamente la agenda ideológica de turno, sino la profunda incomodidad que generó un hecho puntual que caló muy hondo en la diplomacia internacional: la visibilización global e intempestiva de la causa Malvinas.

La bandera que descolocó a Londres

El episodio central de esta tensión se produjo tras la victoria de la Selección argentina frente a Inglaterra. En medio de los festejos, los jugadores desplegaron una bandera hecha de forma artesanal sobre una sábana de hotel (confeccionada y entregada por un hincha en el lugar, vale aclarar para evitar confusiones) con un mensaje directo y sin rodeos: "Las Malvinas son argentinas".

Esa imagen, transmitida en vivo para cientos de millones de espectadores, rompió con cualquier intento de neutralidad de los organismos internacionales. En el Reino Unido la reacción fue inmediata y desmedida. Lejos de tomarlo como una manifestación espontánea, el aparato diplomático británico inició una fuerte ofensiva para lograr sanciones ejemplares contra la AFA y contra los futbolistas involucrados.

Las presiones no se limitaron al ámbito de la FIFA. Existieron maniobras e intentos concretos de condicionar a la UEFA y ejercer presión sobre la figura de Gianni Infantino para forzar un castigo formal. Sin embargo, este despliegue de lobby chocó de frente con el marco legal del país anfitrión. Desde la propia administración de los Estados Unidos, con declaraciones explícitas de funcionarios como Anthony Giuliani, se dejó sentado que en suelo norteamericano prevalece la Primera Enmienda, la cual garantiza la libertad de expresión por encima de cualquier pretensión de censura diplomática.

El "efecto Streisand" y las búsquedas globales

El intento británico por acallar la manifestación terminó produciendo el resultado exactamente opuesto al deseado. Al intentar penalizar el mensaje, lo único que lograron fue multiplicar su alcance de manera exponencial.

Los datos de tráfico global son contundentes: tras el partido y la posterior controversia diplomática, las búsquedas en Google a nivel mundial sobre el conflicto de las Islas Malvinas y la historia de la soberanía en el Atlántico Sur se incrementaron un 2300%. Audiencias masivas en Asia, África, Europa y Norteamérica, que quizás no tenían en el radar la vigencia del reclamo colonial, se abocaron a investigar el origen de la disputa impulsadas por la propia histeria mediática que desató el reclamo británico.

La lección histórica: la importancia de la paciencia estratégica

Este episodio reciente nos deja una enseñanza fundamental que trasciende el ámbito mediático. La recuperación de la soberanía sobre el Atlántico Sur exige paciencia estratégica. El Reino Unido juega al desgaste temporal, esperando que el reclamo se enfríe o caiga en el olvido. Frente a esa postura, la perseverancia diplomática, política y cultural argentina ha demostrado ser la herramienta más eficaz para generar quiebres reales.

La historia argentina demuestra que los mayores avances sobre el archipiélago se consiguieron precisamente mediante la constancia y el trabajo diplomático sostenido:

  • La Resolución 2065 de la ONU (1965): Bajo la presidencia de Arturo Illia y gracias a una gran gestión de la Cancillería argentina, se logró que la Asamblea General de la ONU aprobara una resolución histórica. Por primera vez, la comunidad internacional reconoció formalmente la existencia de una disputa de soberanía, encuadró el caso como una situación colonial a desmantelar e instó a las partes a negociar, derribando la postura británica de negarse al diálogo.


  • Los Acuerdos de Comunicaciones (1971): A través de una estrategia de presencia pacífica pero firme, la Argentina terminó siendo el único conector real de las islas con el continente. Se construyó la pista de aterrizaje en Puerto Argentino, la Fuerza Aérea realizó vuelos semanales de LADE, YPF abasteció de combustible al archipiélago y se otorgaron becas de estudio y atención médica a los isleños. Nunca el país estuvo tan integrado fácticamente a las islas como en aquel período.


  • La propuesta de co-soberanía a Perón (1974): Fruto de la firmeza del reclamo y del aislamiento diplomático británico, en junio de 1974 el gobierno del Reino Unido le presentó de manera confidencial a Juan Domingo Perón una propuesta de condominio o administración compartida sobre las islas. El proyecto incluía el flameo de ambas banderas, el uso oficial de ambos idiomas y la alternancia de gobernadores. Como diría el propio Perón en aquel entonces, el objetivo era "poner un pie en las islas" para no salir nunca más y consolidar la soberanía definitiva con el paso del tiempo. Lamentablemente, la muerte del presidente pocas semanas después paralizó las negociaciones.


Cada uno de estos hitos demuestra que los logros geopolíticos no son fruto de exabruptos improvisados, sino de sostener una causa nacional firme en el tiempo hasta forzar la apertura de ventanas de oportunidad.

Un resultado que va más allá del juego

Si bien el desarrollo del torneo pudo haber dejado un sabor amargo en lo estrictamente deportivo tras la derrota en la final, el saldo geopolítico y cultural terminó siendo profundamente favorable para la Argentina.

La campaña de desacreditación y los señalamientos ideológicos que hoy vemos operar en distintos portales no son más que la respuesta a una incomodidad real. Quedó demostrado que, cuando la Argentina utiliza las vitrinas globales para reafirmar sus causas nacionales sagradas y mantiene una postura inflexible sobre sus derechos, las dobles varas externas quedan al descubierto. La causa Malvinas volvió a posicionarse en la agenda internacional con una fuerza que no se veía en años, recordando a propios y ajenos que la soberanía no se negocia y que la historia la escriben los pueblos que tienen la paciencia, y la determinación para sostenerla.

Lucas Cianfagna.-

viernes, 17 de julio de 2026

Julio Argentino Roca y el Origen de la Argentina Austral

 


Hoy se cumplen 183 años del nacimiento de Julio Argentino Roca y es una fecha clave para entender de dónde venimos, pero sobre todo, para pensar hacia dónde tenemos que ir. Más allá de los debates actuales, Roca fue el estadista que diseñó la arquitectura de nuestro territorio y el que entendió, antes que nadie, que el destino de Argentina estaba en el sur.

Cuando hoy hablamos de que "Nuestro norte es el Sur" y defendemos nuestro proyecto civilizatorio austral, el gran antecedente histórico lo encontramos en su gestión. La famosa "Campaña del Desierto" no fue un hecho al azar: fue una maniobra de estricta necesidad estratégica. Si el Estado nacional no hacía presencia en la Patagonia (articulando alianzas clave con los pueblos indígenas locales), ese territorio crucial y lleno de recursos iba a ser absorbido por Chile. Eso hubiera balcanizado el cono sur y nos habría dejado sin salida bioceánica para siempre.

Pero el verdadero hito, el que define nuestra identidad como una Nación Bicontinental, pasó en 1904. Fue bajo el gobierno de Roca que la Argentina inauguró el observatorio meteorológico en las Islas Orcadas del Sur, iniciando la ocupación civil y científica permanente en la Antártida. Ningún otro país del mundo tiene una presencia tan antigua e ininterrumpida en el Continente Blanco. Ese movimiento maestro de Roca no fue un capricho: fue el kilómetro cero de nuestra proyección antártica. Él vio con claridad que el ser argentino no se agotaba en la pampa, sino que nuestro verdadero eje soberano exigía custodiar los mares del sur y los accesos interoceánicos frente a las ambiciones de las potencias globales de la época.

A nivel interno, Roca unificó los ejércitos de cada provincia bajo un solo mando nacional para terminar con las divisiones que nos desangraban. Conectó el territorio a través del ferrocarril, creó el Registro Civil (que hasta entonces manejaba la Iglesia) y sancionó la Ley 1420 de educación pública, gratuita y laica. ¿El objetivo? Construir una matriz cultural criolla común y fuerte. Bajo su mandato, el país no solo logró estabilidad, sino que desarrolló una industria alimentaria de alta productividad que nos plantó con fuerza en el mapa mundial.


¿Cuál es el desafío que nos queda hoy?

Heredamos el octavo territorio más grande del mundo, una plataforma bioceánica y bicontinental con un potencial estratégico tremendo. Lamentablemente, de 1976 en adelante, las dirigencias políticas se achicaron. Compraron un molde de "Occidente" sumiso, cortoplacista y endeudado, dictado por las finanzas abstractas de Londres o los centros del Atlántico Norte, transformándonos en una periferia que vive de la dependencia financiera y de dádivas.

Mientras el hemisferio norte se desgasta en crisis de deuda y conflictos artificiales, nuestro cuadrante austral es un reservorio de estabilidad y arraigo existencial. Pero para dejar de ser espectadores pasivos en el tablero internacional, tenemos que recuperar esa visión de grandeza. Una geopolítica propia exige rechazar los alineamientos automáticos que nos licúan, fortalecer nuestra disuasión tecnológica en el Atlántico Sur y defender nuestro Occidente propio: el criollo, el del trabajo y la soberanía del espíritu.

Tener un país fuerte y soberano depende de que nos atrevamos a pensar el espacio en siglos, con paciencia estratégica, tal como lo hicieron los que sentaron las bases de la patria.

Lucas Cianfagna.-

miércoles, 1 de julio de 2026

Perón y la Argentina prometeica




En otro aniversario de la partida del Gral. Perón, y lejos de la nostalgia de quienes pretenden replicar los años cuarenta de manera lineal, existe una dimensión de Juan Domingo Perón que la política actual prefiere ignorar: su carácter como el último estadista que tuvo la Argentina. Perón no fue un mero administrador de la coyuntura, sino un innovador estratégico que concibió al país como el núcleo de un proyecto civilizatorio con códigos geopolíticos propios, rompiendo con los moldes del alineamiento automático.

Abordar su figura hoy exige entender qué significa verdaderamente lo prometeico. Como plantea el filósofo Jason Reza Jorjani, el espíritu prometeico es la insurrección de la voluntad humana contra los límites impuestos por los destinos preestablecidos. Ser prometeico es dominar la vanguardia científico-tecnológica para forjar autonomía. Perón encarnó esto en el cuadrante austral: la física nuclear en la Isla Huemul, el desarrollo aeronáutico del Pulqui y la proyección sistemática hacia la Antártida y el Atlántico Sur no eran respuestas folclóricas, sino la certeza de que la soberanía real se mide en la capacidad de controlar el conocimiento y las cadenas de valor.

Esta lectura se distancia de los sectores del nacionalismo católico que intentaron subordinar el movimiento al pensamiento vaticano, olvidando que el propio Perón identificaba a la burocracia romana como parte de una sinarquía global ajena a nuestro interés. Si actualizamos ese concepto a la luz de los proyectos globales que analiza Daniel Estulin, el mapa actual nos muestra un ajedrez de escala secular. Londres opera como una "Nueva Jerusalén", tejiendo redes de inteligencia y balcanización financiera; las élites de Nueva York actúan como una "Nueva Babilonia", un nihilismo tecnocrático que busca licuar los Estados-nación mediante flujos de capital abstracto; mientras tanto, China representa una forma revolucionaria de reactualizar su tradición imperial milenaria, combinando hipertecnología y capitalismo de Estado bajo sus propios términos.

El peronismo posterior desvirtuó por completo esta visión. En los noventa se lo intentó reconvertir en un apéndice subordinado a la Nueva Babilonia liberal, y luego las izquierdas abstractas licuaron su sentido de arraigo en agendas globalistas de disolución identitaria. Perón, en cambio, entendía el revés de la trama. La Tercera Posición no era neutralidad pasiva ni aislamiento, sino una propuesta de integración continental y disuasión tecnológica para no ser devorados por esos proyectos supranacionales.

Argentina es Occidente, pero a nuestra propia manera: una síntesis criolla, mestiza y austral. Dejar de ser espectadores pasivos en el teatro de operaciones global exige desmantelar la cartografía mental de la subordinación. No se trata de volver al pasado con melancolía, sino de recuperar la audacia del innovador que entendió que, para que el último país del sur sea respetado por los grandes tableros, debe consolidarse como un proyecto civilizatorio autónomo, con arraigo, tecnología y soberanía real.

Lucas Cianfagna.-

martes, 23 de junio de 2026

Nuestro Norte es el Sur: El proyecto civilizatorio de la Argentina Austral



El estreno del último documental, "El ajedrez de Londres", en mi canal de Somos Occidente, expone una verdad incómoda que la geopolítica convencional prefiere ignorar: la élite de Londres no opera bajo la coyuntura del día a día; su planificación se mide en siglos. A través de las tesis que analizamos, como el "Proyecto Gran Corán" o "Londres Nueva Jerusalén", desnudamos un entramado financiero y de inteligencia que utiliza el control asimétrico, la balcanización regional y la disolución de los Estados-nación para asegurar su zona de influencia global en el siglo XXI.

Frente a este mapa de dominación supranacional, donde presidentes y primeros ministros suelen actuar como meros camareros sirviendo los intereses de las finanzas abstractas, la Argentina se encuentra ante una disyuntiva existencial. Tradicionalmente, se nos ha querido imponer un molde de "Occidente" homogéneo y subordinado, dictado desde los distintos proyectos de élites financieras. Sin embargo, nuestra realidad es otra: Argentina es Occidente a su manera. No somos el patio trasero ni la prolongación del proyecto de nadie, sino una síntesis criolla, mestiza y austral; una civilización propia con un destino histórico inalienable.


La diferenciación del proyecto de Londres y la trampa del Atlántico Norte


Mientras el Proyecto Nueva Jerusalén de la City londinense teje su hegemonía mediante think tanks como la Chatham House, redes encubiertas de inteligencia y el control absoluto del sistema financiero global, para la Argentina, la definición de un rumbo estratégico a largo plazo exige, como primer paso ineludible, una clara diferenciación respecto de la anglosfera y sus proyectos, no sólo porque en relación a nosotros, a la manera de Schmitt, constituyen un "otro", sino porque inclusive, se encuentran en decadencia respecto de su fuerza gravitatoria que en otras épocas ejercían respecto de los países de segundo y tercer orden. Históricamente, las potencias anglosajonas han pretendido imponer una cartografía mental y un modelo de "Occidente" estandarizado que reduce a las naciones australes a la periferia económica y la subordinación geopolítica. Frente a este diseño ajeno, la máxima "Nuestro norte es el Sur" deja de ser una mera consigna geográfica para convertirse en un código geopolítico soberano: la afirmación de que nuestro espacio no es el apéndice de ningún centro de poder del hemisferio norte, sino el núcleo de un proyecto civilizatorio bicontinental con intereses y vectores propios.

 

Asumir esta postura implica comprender que la Argentina es Occidente, pero a su propia manera. No compartimos el nihilismo tecnocrático ni las agendas de disolución estatal que hoy caracterizan a los proyectos de las élites noratlánticas; nuestra identidad se cimenta en una síntesis criolla, mestiza y austral, cuya proyección simbólica y cultural constituye un activo estratégico irrenunciable. Entender el ser argentino como una reserva de arraigo, territorio y voluntad de autonomía es lo que nos permite disputar el sentido de nuestra propia soberanía. A partir de jugar bajo nuestros propios códigos estratégicos podremos dejar de ser espectadores pasivos y consolidar a la Argentina Austral como un actor central y disuasivo en el escenario global.

Históricamente, el Imperio Británico nos asignó el rol de una estancia proveedora, un satélite económico integrado a su división internacional del trabajo. Hoy, esa misma lógica se traduce en la persistente ocupación militar de nuestras Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur. No se trata de un mero capricho histórico; es un enclave estratégico vital para el control de los accesos interoceánicos y la contención de nuestra proyección hacia las riquezas del mañana. Diferenciarnos de la agenda de Londres es, ante todo, un acto de supervivencia y de estricta justicia histórica. 

Pero cuidado, a Londres no le interesa la Argentina de manera particular, este mismo esquema en el Siglo XXI se traduce en el rol que ocupa la OTAN como principal caballo de batalla de sus fichas a nivel militar, pudiéndose involucrar en Europa sin tener que estar dentro de la Comunidad Europea, de la misma manera en que puede involucrarse en Medio Oriente sin la necesidad de pasar primero por la burocracia de Bruselas. Si tenemos en cuenta el rol que ocupa la organización Five Eyes ("5 ojos"), cuya existencia antecede a la misma OTAN, nos damos cuenta que la zona de influencia Anglo, tanto en el Atlántico como en el Pacífico sirven de contención tanto a Europa como al extremo Asia.

El ajedrez de Londres, es un juego de 5 tableros simultáneos.


La proyección antártica como eje civilizatorio


Para romper con la visión subordinada y dejar de ser espectadores en el teatro de operaciones de los principales proyectos globales, Argentina necesita consolidar su propio proyecto civilizatorio. Este no se diseña copiando recetas ajenas en los centros del norte, sino asumiendo nuestra verdadera geografía: la de una Nación bicontinental.

Nuestra mirada debe anclarse definitivamente en la proyección antártica. El mapa de nuestro país no termina en los límites del continente americano; se extiende a través del Mar Argentino, de las islas del Atlántico Sur y del Continente Blanco. El Tratado Antártico, del cual somos firmantes originarios, no debe entenderse como un congelamiento de nuestras legítimas aspiraciones, sino como el marco jurídico fundamental donde el resguardo de la paz, la ciencia y la soberanía cooperativa nos posicionan como un actor central del cuadrante austral. El futuro científico, tecnológico y energético de la patria se juega en el hielo y en los mares del Sur.

Para esto Argentina ha jugado a favor de una alianza con EE.UU., lo cual condicionará nuestra política exterior en el largo plazo. Esto no significa necesariamente algo negativo, sino que el punto de partida para entender de acá en más nuestras posibilidades, es entendiendo que EE.UU. se ha replegado en su región hemisférica. Y sabiendo esto, es fundamental entender que para que aquello se traduzca en la mejor expresión de nuestros intereses y códigos geopolíticos, es jugando a ser un actor bilateral fuerte. En eso no hay otra opción. Para que Washington respete las aspiraciones soberanas del último país austral, debemos aceptar su presencia en el hemisferio, pero no de manera incondicional, sino buscando el equilibrio que constituya nuestras aspiraciones históricas respetadas.

Washington entendió en los comienzos de su independencia, que necesitaría convivir con los británicos a pesar de separarse de su proyecto político. En esta época de zonas de influencia, reafirmar la presencia estadounidense en el hemisferio no debe significar subordinación, sino convivencia con paciencia estratégica. La misma que, por ejemplo, ha sabido tener Irán en su región, hasta que pudo establecer un diferencial que equilibre la relación con su vecindario en su propio favor.

La IA, robótica y el desarrollo de la cadena de producción de drones ha demostrado que "periferia" no significa imposibilidad de defender lo propio, e incluso, la tendencia igualadora que tiene este potencial tecnológico va a disparar la próxima carrera geopolítica cuyo recurso principal es el conocimiento, transformando todos los órdenes; las relaciones económicas que antes pensábamos deficitarias en términos de guerra, hoy se vuelcan en favor de esas cadenas de valor; y por otro lado, los sistemas políticos se van a ver en jaque ante un corrimiento real del flujo de poder hacia instituciones informales que verdaderamente lo ejercen, lo cual nos traerá también un desafío institucional nuevo: mayores cadenas de mando, mayor descentralización de las cadenas de valor y desdibujamiento de la frontera entre civil y militar.


Hacia una geopolítica propia: "Nuestro norte es el Sur"

Ejecutar nuestros propios códigos exige subvertir la cartografía mental que nos impusieron y adoptar una máxima innegociable: "Nuestro norte es el Sur".

Asumirnos como un país verdaderamente austral significa comprender que nuestra aparente periferia actual es, en realidad, nuestra mayor fortaleza para el mañana. Mientras el hemisferio norte se desgasta en conflictos artificiales, crisis de deuda terminales y reordenamientos demográficos gestionados por las élites globales para debilitar las soberanías nacionales, el cuadrante austral y la Argentina emergen como un auténtico reservorio de estabilidad, recursos estratégicos y arraigo existencial.

Una geopolítica propia nacida desde este punto de partida requiere:

  1. El rechazar de plano el alineamiento automático con los proyectos globales que buscan licuar los intereses de los pueblos en función de proyectos que nos son ajenos; lo cual no significa poder designar aliados tácticos temporales o estratégicos más a mediano y largo plazo.

  2. La consolidación del Atlántico Sur y la Antártida como zonas soberanía irrenunciable, fortaleciendo la presencia efectiva de nuestro desarrollo científico y de nuestras capacidades de defensa nacional. Y en vista de los últimos despliegues en las guerras de este siglo, comprender que con poco, podemos hacer mucho para disuadir.

  3. La defensa de nuestro Occidente propio: aquel que no rinde pleitesía al nihilismo tecnocrático de los proyectos de élites, sino que reivindica la familia, el trabajo, el arraigo a la tierra y la soberanía del espíritu.

Comprender cómo mueve sus piezas el adversario es el paso previo indispensable para empezar a jugar nuestro propio juego. Argentina posee la historia, el territorio y la profundidad cultural necesaria para trazar su propio rumbo. Un rumbo con los pies firmes sobre el suelo patrio y la mirada clavada, con orgullo, en el Sur.

Lucas Cianfagna.-

sábado, 20 de junio de 2026

20 de junio: La Enseña que Belgrano nos legó



Manuel Belgrano, ese hombre cuya sangre hervía ante las dificultades de una Patria naciente, nos legó mucho más que una enseña: nos legó un símbolo vivo de lo que podemos ser cuando el patriotismo deja de ser una palabra y se convierte en acción concreta.

Como él mismo expresó con humildad profunda: “Mucho me falta para ser un verdadero padre de la Patria, me contentaría con ser un buen hijo de ella”.

Belgrano no solo creó la Bandera Azul y Blanca en las baterías de Rosario. Su visión iba mucho más lejos. Al frente del Ejército del Norte, en medio de las campañas en el Alto Perú, llevó a sus tropas hasta las orillas del mítico Lago Titicaca, el corazón sagrado de las antiguas civilizaciones andinas.

Allí, en ese lugar cargado de historia ancestral, donde el Sol de Inti había iluminado imperios milenarios, buscó imbuir a nuestra naciente bandera de los atributos más profundos del continente: la sabiduría, la resiliencia y la grandeza de aquellos pueblos originarios. No se trataba solo de independencia de España, sino de forjar una nueva identidad americana, integrada, soberana y unida en todo su territorio.

Una Patria de grandes dimensiones, que mirara hacia el Sur y hacia sus raíces más auténticas. Ese gesto simbólico y estratégico nos habla de un patriotismo que no se conforma con lo inmediato, sino que construye futuro integrando la historia completa de nuestra tierra. Hoy, como argentinos de bien, es nuestro deber patrio retomar ese legado: defender la unidad de la Patria, promover la soberanía plena sobre todo su territorio y trabajar sin descanso por una Argentina integrada, productiva y con un proyecto civilizatorio con nuestros códigos geopolíticos.

Porque si Belgrano soñó una Argentina grande, unida e independiente desde el Río de la Plata hasta los Andes, a nosotros nos toca convertir ese sueño en realidad concreta. No con lamentos, sino con acción decidida y sentido de soberanía.¡Viva la Bandera! ¡Viva Belgrano! ¡Viva la Patria!

Lucas Cianfagna.-

#DíaDeLaBandera #20deJunio #Belgrano #BanderaArgentina #CausaArgentina #Soberanía

jueves, 4 de junio de 2026

🇦🇷⚔️ 4 de junio: Argentina es Occidente a su manera

 



Revuelta de Argentina contra el status quo mundial

El Grupo Obra de Unificación (G.O.U.), un grupo de jóvenes oficiales, decidió tomar el poder ante una sucesión de gobiernos que habían socavado las instituciones mismas del Estado argentino y habían puesto en peligro a la institución misma de las Fuerzas Armadas (FF.AA.). Imbuidos en aspiraciones nacionalistas y de forjar un destino de país industrial y tecnológico, decidieron que no había mejor sector que el militar para encargarse de aquellos segmentos productivos que se identificaban como estratégicos; era otra época.

Esta rebelión contra el "sentido de la historia" en que Argentina tenía un camino subordinado al orden mundial significó también establecer una hipótesis de conflicto seria: el avance del comunismo y de los "frentes populares" que desde Chile instigaban secesiones territoriales. Al igual que previendo el resultado de la SGM, intentarían liderar un proceso político que dejara a la Argentina en una mejor posición a nivel geopolítico.

Argentina estaba dispuesta a combatir el comunismo y ser occidentales, pero a nuestra manera, con nuestras propias aspiraciones, y sin atender discursos únicos, algo similar a lo que podría pasar hoy, con otra tónica y otras ideas. Cosa que tiempo después de aquel evento significó el proyecto de inserción e integración de Argentina a nivel regional desde su propio liderazgo como país en el Fin del Mundo, encabezado por uno de aquellos jóvenes oficiales del 43, el entonces Cnel. Perón.

La herencia en Argentina

Significó el comienzo de un antes y un después, en lo bueno y lo malo para la política argentina, sin dudas. Porque con aquel acontecimiento surgiría el peronismo, y ese particular modo de hacer política que sería objeto de amores y odios viscerales. Surgiría también algo no menor, que es el nacionalismo argentino desligado de esa reivindicación puramente religiosa y se abriría una vertiente que estuviera más preocupada por los temas de interés nacional y de valor estratégico, así como también de todo aquello que hace a la identidad argentina, más allá de la religión católica. De igual manera podemos decir que fue uno de los tantos y extendidos intentos en todos los países hispanohablantes del continente de depurar, reformar o revolucionar sus FF.AA. y darles, según el caso, el rol que la situación y el contexto de época les reclamaría.

La lucha por la integración y la presencia soberana efectiva sobre el territorio ha sido una bandera de aquellos años, y que por decisiones o negligencias ha resultado en el tiempo aún una deuda pendiente para el pueblo argentino. Con la vuelta de la democracia hemos confundido el repudio a los años más oscuros de la historia con el desarme, la indefensión y el camino hacia la irrelevancia geopolítica que tantas veces hemos mencionado en este espacio, por el cual no queda otra alternativa que reajustar el criterio más allá de ideologías del momento (o momentos anteriores) y actuar con las herramientas que tenemos.



Actualidad geopolítica: Del globalismo al tecno-feudalismo

El mundo ante el cual nos perfilamos ya no responde únicamente a la vieja lógica de Estados-nación en pugna; asistimos a una mutación sistémica. Hemos transitado de un globalismo de fronteras laxas a una suerte de tecno-feudalismo o "ilustración oscura", donde las élites globales y los grandes conglomerados tecnológicos pujan por concentrar el poder real, erosionando las soberanías tradicionales y planteando un escenario de gobernanza atomizada y tecnocrática.

En este marco de fragmentación, la cartografía estatal se reorganiza en bloques rígidamente enfrentados. El escenario que el especialista Guillermo Lafferriere bautizó como "Yalta 2.0" se ha complejizado. La vieja estrategia de Kissinger de buscar un orden tripolar aislando a China o atrayendo a Rusia fue sepultada por la rigidez de Washington. El tablero actual muestra una Eurasia abroquelada por el espanto y la necesidad de supervivencia frente a Occidente.

Por un lado, el frente europeo sigue tensionado al límite: a pesar de los intensos esfuerzos de Moscú, Ucrania ha demostrado una capacidad de resistencia enorme, sosteniendo el conflicto mediante operaciones asimétricas y ataques con drones a puntos clave del territorio ruso que frustran cualquier resolución rápida. A este eje de fricción euroasiático se sumó de manera abierta la desestabilización en Oriente Medio con la entrada directa de Irán a principios de este año, consolidando un bloque de resistencia multipolar donde Pekín opera como el gran soporte financiero y logístico del Este, y Rusia e Irán actúan como los arietes político-militares.

El advenimiento de esta nueva post-polaridad es un hecho. La administración Trump busca forzar un alto al fuego en Ucrania y desactivar el gasto militar de la OTAN, pero la inercia del conflicto y los intereses de las élites corporativas globales dificultan un retorno al statu quo anterior. Ante este panorama, alinearse doctrinariamente con el Occidente geopolítico que lidera EE.UU. puede mitigar ciertas fricciones inmediatas, pero nos obliga a vigilar milimétricamente que nuestros lazos comerciales estratégicos —particularmente con China— no comprometan nuestra posición. Si Argentina decide reafirmar su pertenencia a Occidente, debe hacerlo bajo la premisa de la Guerra Fría original: garantizando sus propios códigos geopolíticos a largo plazo, y no rindiéndose a un nuevo Consenso de Washington ni cayendo en el viejo latinoamericanismo adolescente del que afortunadamente hemos salido.



Conclusiones

Teniendo en cuenta que operamos en este escenario de post-polaridad tecno-feudal y bloques de influencia, la neutralidad abstracta es inviable. Conviene apoyarse en todo tipo de alianzas que nos permitan el contrapeso necesario para lograr que aquellos objetivos de largo plazo que hacen a nuestros códigos geopolíticos no se vean comprometidos. Pero para ello, primero hay que hablar de cuáles son y por qué son irrenunciables: Malvinas, presencia en el Atlántico Sur y la proyección antártica.

Rivalizar a nivel regional con EE.UU. no sólo sería innecesario al día de hoy sino incluso contraproducente; por lo que la estrategia debiera ser la de equilibrar la defensa de los valores occidentales de la soberanía y la libertad, mientras se mantiene la máxima exigencia en nuestros reclamos territoriales. En un mundo fragmentado en zonas de influencia y redefiniciones civilizatorias a partir del uso de la tecnología, el Norte buscará consolidar su zona de influencia; nosotros debemos hacer lo propio en el Cono Sur, proyectando poder nacional y masa crítica regional de manera conjunta.

De esto podemos aprender de la historia de los años 40 y 50: tomar lo que nos sirve y descartar lo que no, entendiendo que cada época responde a sus propias circunstancias. Más allá de las divisiones ideológicas o económicas tradicionales, el 4 de junio nos rescata el sentido soberanista y la necesidad imperiosa de construir poder soberano, incluso en un escenario que incluya a la nación, pero que la integre en una unidad mayor que necesitamos para que ese poder soberano sea efectivo. Hoy, frente a las élites globales que decretan el fin de los Estados, podemos y debemos exclamar con más fuerza que los argentinos somos Occidente, pero a nuestra manera.

Lucas Cianfagna.-

martes, 19 de mayo de 2026

⚜️ Julius Evola: La antorcha encendida de la Tradición 🔥

 



19 de mayo - Aniversario de su nacimiento

Barón Giulio Cesare Andrea Evola: guerrero del espíritu, pensador incansable y esoterista de altura. Nació el 19 de mayo de 1898 y legó una obra que sigue ardiendo con fuerza propia, no como una reliquia del pasado, sino como una antorcha que ilumina el presente y desafía el futuro. Su pensamiento no invita a la nostalgia estéril, sino a una afirmación radical de lo que somos en medio de la disolución.



La Tradición no es regreso, sino permanencia superior.

Muchos confunden la Tradición con una simple vuelta al pasado o una regresión romántica. Evola la concibió de manera muy distinta: como una fuerza meta-histórica, dinámica y ordenadora, que actúa desde arriba y da sentido a la existencia más allá de las contingencias temporales. Mantener viva la llama significa resistir en la época de la disolución sin dejarse arrastrar por ella, trascendiendo las ruinas para reconquistar un orden vertical.

Como él mismo señaló: “La Tradición, en su esencia, es algo simultáneamente meta-histórico y dinámico: es una fuerza ordenadora universal al servicio de principios que tienen el carisma de una legitimidad superior”. No se trata de un museo de ideas muertas, sino de un poder actuante que sigue interpelándonos hoy.




El hombre como potencia y la progresividad vertical.

En El hombre como potencia (1927), Evola traza con claridad el camino del ser humano diferenciado. Lejos de ser un producto pasivo de la historia o de las circunstancias materiales, el hombre es ante todo potencia: capacidad de despertar, de dominarse a sí mismo y de afirmarse como centro invulnerable.

Una vez vencida la decadencia, la realidad se abre no como un progreso lineal y materialista, sino como una progresión ascendente de carácter vertical. El individuo que logra poseerse plenamente reconquista su dignidad ontológica y genera desde sí mismo una nueva cualidad de existencia. No espera salvación externa; la crea mediante su propia acción transformadora.



Cabalgar el tigre en la era prometeica.

Vivimos inmersos en el desafío de la tecnología, la inteligencia artificial y el transhumanismo: Prometeo desatado en su forma más extrema. La super-modernidad que Evola criticó con implacable lucidez avanza hoy a velocidad terminal, disolviendo formas y valores tradicionales.

Aquí adquiere plena vigencia Cabalgar el tigre. No se trata de huir ni de adaptarse pasivamente, sino de montar la bestia, de usar la misma disolución como campo de prueba y de prueba de fuego. Mantenerse en pie en medio de las ruinas, sin dejarse devorar por ellas. La carrera tecnológica es abierta y despiadada. Unos la viven como huida hacia adelante, otros como oportunidad de diferenciación radical. El tigre corre con furia; el hombre de Tradición lo cabalga con soberanía interior.




Geopolítica y las falsas Tradiciones.

En este conflicto global aparece también la super-modernidad disfrazada de retorno. China, Rusia y diversos actores eurasiáticos invocan la “Tradición”, pero con frecuencia la reducen a un instrumento de control social, autoritarismo pragmático o mera herramienta política. De ese modo manchan el nombre, ligándolo a expresiones regresivas, colectivistas y subordinadas a fines estatales inmediatos.

Evola jamás habría confundido el Imperium auténtico con imperios meramente materiales o con restauraciones autoritarias de carácter regresivo. La verdadera Tradición no se somete a objetivos pragmáticos ni se degrada a instrumento de poder terrenal; se impone desde lo superior y mantiene su carácter trascendente. Occidente debe elegir entre un Prometeo ciego, perdido en su propia hybris tecnológica, y un Prometeo despierto que sea capaz de trascender la falsa dicotomía entre la decadencia liberal y las “tradiciones” de exportación autoritaria.



El individuo absoluto y la rebeldía superior.

Por encima de todo, Evola encarna un pensamiento disidente radical, provocador y genuinamente rebelde. Contra toda predeterminación histórica, material o ideológica, defendió con vigor el concepto del individuo absoluto: no el átomo liberal disuelto en la masa informe, sino aquel que se posee plenamente, que trasciende las formas contingentes y se afirma como poder soberano. Señor de sí mismo.

Frente al colectivismo, frente al fatalismo histórico, frente a quienes pretenden resolver al hombre en una ecuación material o en un engranaje social predeterminado, el individuo absoluto elige, domina y arde con luz propia. Esa es su mayor contribución: enseñarnos una rebeldía de altura que no se conforma con lo dado y que reconquista la libertad interior en medio de la mayor opresión exterior.



Somos Occidente porque aún portamos esa llama.

Porque rechazamos por igual la regresión y la disolución. Porque la Tradición no es un pasado muerto, sino una fuerza viva que nos permite cabalgar el tigre de esta época sin ser devorados por él. Porque Evola nos recordó que, incluso en la ruina, el hombre diferenciado puede reconquistar su potencia y afirmar lo que verdaderamente es.

Mantengamos la llama encendida. No como mero recuerdo, sino como acto vivo, como rebeldía superior y como afirmación irrevocable de nuestra esencia.


Feliz aniversario, maestro.

Que tu obra siga inquietando conciencias, despertando espíritus y diferenciando a quienes aún son capaces de reconocerse en ella.


Lucas Cianfagna.-

martes, 13 de enero de 2026

Irán para los iraníes: La Revolución será Nacional o no será

 ISRAEL Y TRUMP PREPARAN OPCIONES SOBRE IRÁN, PERO LA VERDADERA LIBERTAD TIENE QUE NACER DESDE ADENTRO



Mientras Netanyahu reúne a su gabinete de guerra y Trump da señales de que podría aumentar la presión militar por la represión brutal del régimen iraní, el mundo mira.

Pero el futuro de Irán no puede definirse con bombas extranjeras ni con agendas de afuera. No esta vez.

Cuando el sha Mohammad Reza Pahlavi fue derrocado por los ayatolás, Irán no era perfecto, pero tenía herramientas para construir un futuro próspero.


Hoy, en cambio, suben la pobreza y la inflación, y el fracaso del régimen para administrar los enormes recursos del país ya no le deja margen para sostener ninguna pretensión de legitimidad.

El sha no era ingenuo. Entendía que el comunismo y el islamismo político eran amenazas existenciales. Su servicio de inteligencia, la SAVAK, combatió a ambos: de manera despiadada, sí, pero con una lógica estratégica.



Tampoco era un títere de Estados Unidos ni un fanático “occidentalista”. Se asoció con Israel y con Occidente para mantener un equilibrio regional, no por ideología, sino por supervivencia. Irán había sido un imperio de 2.500 años. Él actuaba en consecuencia.




Ahora, con la República Islámica tambaleando, la pregunta es: ¿Irán va a terminar como Siria, despedazado por la intervención extranjera y el caos interno?



Los iraníes necesitan un cambio de régimen, pero también necesitan reconstrucción nacional. Eso implica volver a levantar instituciones, reordenar prioridades y poner por delante, por encima de todo, el interés nacional de Irán.

Incluso el príncipe heredero Reza Pahlavi lo dijo con claridad: la ayuda puede y debe existir, pero no a través de la fuerza militar. Un respaldo económico y el acceso a activos congelados podrían darle a los iraníes más capacidad para recuperar su país.



Las amenazas externas son reales. Erdogan sueña con un orden neo-otomano. Netanyahu mira la región con ambiciones de dominio. Irán tiene que ser lo suficientemente fuerte para resistir a ambos, no convertirse en su campo de batalla.



Irán, además, ya está atravesado por una red de conflictos regionales que explica por qué cualquier presión externa puede convertirse en incendio generalizado. Desde hace décadas, Teherán busca “profundidad estratégica” apoyándose en aliados armados y estructuras paralelas: Hezbollah en Líbano, milicias en Irak, socios en Siria, y los hutíes en Yemen; articuladas en gran medida alrededor de la Guardia Revolucionaria y su proyección regional.

Ese entramado abrió varios frentes simultáneos: una disputa con Israel que dejó de ser solo “guerra en las sombras” y se volvió más abierta y directa, y un tablero levantino donde las derrotas o retrocesos de los aliados de Irán reacomodan el equilibrio de poder. En Líbano, por ejemplo, tras la guerra Israel–Hezbollah de 2024, el Estado libanés y su ejército avanzaron en planes de desarme y despliegue en el sur, con tensiones todavía latentes.



En el mar también se juega una parte clave: los hutíes han golpeado el comercio y la seguridad del Mar Rojo, forzando desvíos de grandes navieras durante largos períodos; incluso cuando la tensión baja, el retorno es gradual y condicionado por la seguridad.


Y, si Washington se involucra, el mapa se multiplica: Irán ha advertido que ante un ataque podría responder contra Israel y contra bases estadounidenses en la región, lo que convierte a Irak, Siria y el Golfo en escenarios potenciales de escalada, aun cuando el conflicto “principal” parezca estar en otro lado.

Y hay otro factor que suele omitirse: Irán es un país multiétnico, con grandes minorías concentradas en zonas fronterizas: azeríes en el noroeste, kurdos en el oeste, baluch en el sudeste, árabes en Juzestán, turcomanos en el noreste, entre otros, y con tensiones históricas por idioma, representación política y desarrollo desigual. 

En ese contexto, el Estado central teme que cualquier crisis mayor habilite una lógica de “centro vs periferias”.

Por eso, además de la disputa con Israel y la competencia con Turquía, el régimen enfrenta focos internos donde lo étnico y lo separatista se mezclan con lo militar. En el oeste, existen partidos y organizaciones kurdas con trayectoria (como el KDPI y Komala) y también estructuras armadas como PJAK, cuya dinámica se cruza con el tablero kurdo en Irak y Turquía. 



En el sudeste, el conflicto baluch, alimentado por pobreza, marginalidad y una frontera porosa con Pakistán, tiene expresiones insurgentes como Jaish al-Adl, que ha protagonizado ataques y mantiene el área en tensión constante.

Y en el sudoeste, Juzestán (clave por energía y salida al Golfo) aparece periódicamente atravesado por corrientes de separatismo árabe que el Estado interpreta como una amenaza estratégica. En el noroeste, también existen movimientos nacionalistas azeríes, a veces asociados al concepto de “Azerbaiyán del Sur”, que, aun sin ser mayoritarios, se vuelven políticamente relevantes cuando el centro se debilita y actores externos buscan palancas. 

Por último, el norte tampoco es un vacío: en el Cáucaso, Teherán ve con alarma cualquier corredor o reordenamiento que acerque a Turquía (y a potencias externas) a sus fronteras y reduzca su margen estratégico, otro recordatorio de que Irán no solo enfrenta enemigos: enfrenta tableros.

Una intervención militar solo repetiría desastres del pasado. Solo los iraníes pueden recuperar su Estado y asegurar un futuro por el que valga la pena pelear, porque nadie puede defender el interés nacional de Irán mejor que los propios iraníes.

Lucas Cianfagna.-