miércoles, 30 de diciembre de 2015

El cosquilleo del pasado, ¿vergüenza, nostalgia o superación?






Claramente a todos nos ha pasado, o al menos me atrevería a decir que a casi todos, el experimentar una leve sensación rara y confusa que uno siente entre el hoy y el ayer de la propia vida, esa conexión entre el presente y el pasado de uno, provocan un sentimiento de cosquilleo, en el cual uno puede sentir varias cosas dependiendo del presente y del momento en que encara uno el presente. Este abanico de sentimientos los experimenta también los pueblos, las sociedades en general de igual forma, aunque en medidas más borrosas y desvanecidas.
I. Negación: La negación hacia el propio pasado es muy común de aquellos que pretenden desconocerse a sí mismos, quienes pretenden hacerse con una imagen hecha por otros, o por un <<Otro>>. Lo mismo pasa con un pueblo, cuando desconoce su propia historia, o no la quiere recordar con precisión, o decide omitir algún recuerdo que le cause dolor o que le cause una sensación de angustia en relación a un descubrimiento que ha hecho de sí mismo, pero que aún no ha tenido el coraje de admitir ni mucho menos dejarlo a la vista de todos.
II. Nostalgia: Un residuo común sobre muchos, ¿quién no ha experimentado alguna vez ésto? ¿Quién no se ha dejado conmover por aunque sea un minuto, por aquello que pensamos que fue mejor o que dejó de ser por alguna razón terrible, o que pensamos que necesariamente debe volver porque fue un error el que se haya ido? Suele pasar, cuando uno se plantea si lo que ha hecho hasta el momento fue algo positivo o bueno para sí. Lo mismo pasa con los pueblos, cuando añoran un pasado que conocieron, o cuando admiran un pasado que ni llegaron a saborear, pero que los relatos de fogata le han bastado para despertar en él un deseo de vuelta atrás, de romanticismo. Todos lo hemos tenido alguna vez, la diferencia está en poder superarlo o no, y eso es justamente lo que se deben plantear muchos de los cuales ven valores del pasado como rescatables, o verdades como absolutas e inmutables, siendo que las verdades no son más que un conjunto de metáforas y metonimias que con el tiempo se gastan cual moneda cuyo valor se pierde hasta convertirse en puro metal. ¿No sería hora de crear nuestras propias monedas, nuestras propias metonimias y metáforas, es decir, nuestros propios valores?
III. Inocencia: La eterna inocencia del animal de nobles aspiraciones, aquella que hace y deshace y no se arrepiente ni por lo hecho ni por lo deshecho, todo para él es una experiencia, una vivencia, y puede darse el lujo de llevar a cabo los actos más honorables por sus propios impulsos naturales, que no son más que la aceptación de sí mismo, para darle un canal positivo a los impulsos. No es el ascetismo ni la represión, sino la aceptación de dichos impulsos lo que hacen que sea una fuerza creativa, una voluntad de crear, destruir y reconstruir, según sea necesario y se desee. La inocencia de los animales con grandes aspiraciones, aquel humano que dejó de valorar lo viejo, añorarlo o sentirse avergonzado, para aceptarlo, aceptar todo lo que venga de la existencia para poder ser UNO con la EXISTENCIA. Aceptar la carga del pasado, no renegar de él, llevar a cabo la propia existencia, sin negarse a sí mismo, un auténtico medidor de valor:  ¿Cuánta historia es capaz de soportar sobre sí? Se convierte en el peso más liviano una vez que se acepta tal carga, y es cuando uno puede poner su memoria en suspenso y así elegir qué es lo que necesita de ella, al mismo tiempo que pone su memoria en suspenso, pone sus recuerdos en suspenso, teniéndolos como simples retratos de algo que fue, de algo que necesitó saber para avanzar, para poder comprendernos a nosotros mismos. Como pueblo se dan también tales cosas, pero no le hablo principalmente a los pueblos, le hablo a aquellos individuos de grandes aspiraciones, de los más nobles ideales, de la personalidad más fuerte y capaz de crear aquello que dicen que ya vino creado.
Es ésa la idea de un nuevo hombre, un hombre que el Renacimiento necesitó para dar a luz a los nuevos ideales que traerían consigo la modernización política, el más dichoso arte y las expresiones más acabadas de lo que es la creatividad y el genio. La ciencia y el avance de la jovialidad frente a lo viejo y lo caduco, frente al dogma religioso y el cientificismo optimista-racionalista, oponemos un saber alegre y un arte que convierta al hombre en Dios. Son aquellos de nobles ideales los que sienten esa necesidad del espíritu de la manera más ontológica posible lo cual obliga a uno a la embriaguez, a esa necesidad de sufrir un letargo en el que temporalmente, los recuerdos se desvanecen para dar espacio a lo nuevo, a lo creativo, a lo sublime. Son épocas quizás excepcionales, como se vivió en su momento en Grecia con la Tragedia, en Italia con el Renacimiento, en Francia con el Neo-Clasisismo. La Argentina como foco de América debe guiar esa reconstrucción de unidad cultural que permite una civilización superior en todos los órdenes, pero no puede hacerlo, sin este tipo de aspiraciones de una sociedad de inquietudes diferentes, de aspiraciones diferentes y de personalidades diferentes que logren aspirar hacia una conquista de su propia existencia, para ser uno con ella.


Lucas Cianfagna.-

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