jueves, 23 de febrero de 2017

Un punto de partida firme



"Sólo quien se mantiene verdaderamente en pie puede decirse que se encuentra en un alto nivel. La consigna de un hombre así será Tradición, entendida en su aspecto dinámico. Suyo será el estilo de quien, donde las circunstancias cambien, cuando las crisis se precipiten, donde nuevos factores actúen, y los precedentes diques peligren; conserve su sangre fría, su disposición para abandonar lo que debe ser abandonado, para que lo esencial no quede comprometido, sabe avanzar estudiando impasiblemente formas adaptadas a las nuevas circunstancias y con ellas sabe imponerse, tanto que una inmaterial continuidad sea restablecida o mantenida y cada actuación privada de base o a la propia aventura sean evitados. Esta es la tarea, este es el estilo de los verdaderos dominadores de la historia, bien distinto y más viril del simplemente 'revolucionario'." Julius Evola.-

Estamos ante un mundo que vuelve a grandes dudas respecto a cómo debe ubicarse cada país en un contexto de crisis sobre el ya caduco modelo de la "globalización", y con esto no me refiero a la tecnología o al aspecto puramente material, sino más bien a lo que concierne el posicionamiento frente al mundo, esto es, en términos incluso más allá de lo cultural. En esto me propongo ser molesto para la opinión común del nacionalismo burdo, el cual sólo sabe mirarse al ombligo y como consecuencia, nunca sale de su pequeño radio de órbita; también me refiero al nostálgico extremista de ideas europeas, no habiendo adoptado una debida identidad americana como nuestros próceres nos han instado, acá es necesario poner puntos sobre las íes, de modo que podamos pararnos firmemente, con vista al futuro de manera eficaz y trascendente. 

En cuanto a la palabra "revolucionario" conviene tomarla con mucha precaución para no caer en demagogias de posiciones extremistas, ni tampoco en modas ya desgastadas. Lo que conviene primero que todo es entonces, analizar de qué manera se dan los cambios de perspectiva a nivel mundial, cómo los países se ubican en este vertiginoso cambio de rumbo, y sobre todo qué postura debiéramos adoptar, y sobre todo, bajo qué punto nos paramos respecto a ese mundo, es decir, ¿basta con "argentinos", o se puede -debe- proyectar algo incluso mayor? En el mundo se ven distintas revueltas que muchos llaman con bastante pretención "nacionales", las cuales en muchos casos merecen demoledoras críticas, como el caso de ciertas expresiones que vuelven al mito "europeísta" como un intento demagogo de ocultar posiciones inconfesables; y otras en cambio son de tinte payasesco, como lo es el caso de Trump, al cual vergonzosamente se lo considera una "alternativa" a un sistema del cual pertenece, o incluso algunos van más lejos y lo pretenden reivindicar como un "restaurador de la dignidad nacional". Un demagogo es un demagogo, los hay en Estados Unidos, en Inglaterra, en Francia, en Rusia, etc, por eso es que no sólo se debe superar lo reciclado, sino incluso saber identificar aquellas supuestas alternativas que son más bien la crónica de un final anunciado, para ello hay que establecer las ideas de manera prudente. 

Si hablamos de Argentina, conviene entonces comprender que nuestra meta no puede ser de ninguna manera el mero país, puesto que la idea de integración continental está más vigente que nunca, pero la cual debe trascender las simples inquietudes económicas, mercantiles y de intercambio, puesto que Argentina siempre tuvo la potencialidad para ser un faro, en lo cual Brasil ha tomado cierto timón de forma merecida en algunos aspectos, su sentido histórico no cambió en ese aspecto, más allá de la corrupción que la vivimos todos. Pero esa luz no puede tampoco limitarse a una amalgama de conciencias nacionales, debe formar una idea que las agrupe por encima de ellas, es decir, retomar aquel rumbo de las gestas nacionales que impulsaban la conciencia americana, he ahí lo primordial en cuando al destino elegido como revolucionario. Esto en el terreno político se traduce en una integración de sistemas, pero los cuales requieren, o al menos el nuestro más que nada, configurar estructuras que estén a la altura de las necesidades, ya que estos 40 años últimos han evidenciado el fracaso del sistema liberal ante la garantía de legitimidad de sus autoridades e instituciones. La población misma expresa en varias oportunidades el hartazgo, aunque quizás de forma molecular, o sea, en pequeños tramos, pero en la medida en que la bola de nieve crezca, las moléculas se agrupan, y ante un eminente "organismo de hartazgos" las consecuencias pueden ser brutales. 

En el sentido de compromiso político, he hablado mucho del aspecto individual, es hora de mencionar el aspecto grupal de las necesidades políticas. Para empezar, debemos quitarnos el anhelo mesiánico y dependiente de un "líder" determinado, lo que se necesita hoy más que nunca, es una clase que conduzca de manera eficaz, no como una elite iluminada, sino más bien como una que sabe estar a la altura de las circunstancias, ya vimos el baño de sangre que significó el romanticismo de los 70', a su vez que nos dejamos estar bastante respecto de la demagogia de los dirigentes. Es hora como juventud de  tomar cartas en el asunto y demostrar que se tiene con qué, en la medida en que la exigencia sea siempre mayor y la sabiduría acompañe el trayecto, en esto el realismo como síntesis entre idea y realización debe ser absoluto. El realismo debe ser el primer criterio para moverse organizativamente en las diferentes entidades a corregir (gremios, instituciones, leyes, etc), de modo que no basta con una formación política y grupal, sino que aquello debe estar acompañado de una idea que logre encontrar asidero en la realidad. Discrepo respecto de quienes pretenden esperar a que la cosa se caiga por su propio peso, y aún siendo así, no debemos estar exentos de accionar, ya que lo que se haga hoy puede marcar trascendentemente las influencias de mañana, aún en el fracaso, siempre alguien estará dispuesto a recoger el guante, y si se logra mirar más allá de la actualidad, se puede marcar el rumbo, el cual podrán retomar seguramente con mayor facilidad los que encontrando una situación aún peor, sea más fácil proclamar "¡Bien, empecemos de una vez!".

Estamos ante una verdadero nuevo clasicismo, en el sentido de que la época venidera se presenta como la gran demoledora de falsos mitos, de dogmas impracticables y se abre paso hacia un realismo nuevo, una nueva esencialidad que trata sobre una nueva reconciliación entre teoría y praxis, idea y realidad, aquel realismo es el único que puede existir, ya que necesitamos plantarnos ante la realidad con firmeza, pero con miras hacia arriba, hacia superar incluso lo dado, lo condicionado. Un amigo filósofo diría que el árbol necesita hundir sus raíces para alcanzar esa altura sublime, de la misma manera se constituye este nuevo sentido de la realidad, pero para lo cual, debemos sacarnos de encima todas esas modas europeístas, euro-centristas, eurasiáticas, "identitarias", etc. Uno de los grandes fetiches europeos es la moda anti-islámica, y digo moda porque quizás su defensa de la religión lo sea también, hay indignación por la inmigración, pero no la hay por encontrar catedrales históricas con cobro de entrada, ¡eso no los indigna! La estupidez medio pelo argentina suele copiar esas modas, incluso creyéndose un bastión de la defensa euro-descendiente, cuando nuestros principales aliados son los vecinos que comparten una identidad y destino común, el racismo es otro infame ídolo a derribar, así como también el güelfismo que siempre persiste entre el nacionalismo burdo que sólo sabe -como dije antes- mirarse al ombligo y creer que sólo se puede ser como uno, a ellos les cito "¡Cuídense de que no los aplaste una estatua!".

En un contexto de caída de la ilusión neo-liberal que se creía vencedora definitiva, se debe entonces demostrar que el individuo que proponían era un atomismo disolvente, donde la persona se pierde como "igual" en el gran conglomerado pastoril, y donde el mercado lleva al ganado a una muerte que no sospechan. Nosotros como revolucionarios proponemos un individuo, pero uno que esté dotado de personalidad, uno integrado al entorno, pero que al mismo tiempo por su firmeza no dependa de él. Ése individuo es el que compondrá la clase dirigente que puede tomar riendas, con mayor firmeza que las generaciones anteriores, tanto ética como vitalmente, se debe configurar una gran voluntad inquebrantable, donde nos hagamos señores de nuestro destino, de nuestra historia, un gesto de atrevimiento. Retomando el comienzo, nuestro punto de partida es el de grandes personalidades que se proyectan hacia adelante, tomando la identidad argentina, para luego expandirla, hacia el rumbo inconcluso de la identidad americana, tanto cultural, como política e idealmente, constituir una integración a grados mayores y más vastos, aquella integración que garantice una libertad real, de voluntades desbordantes, como nunca ha vivido este continente, el cual acarrea una historia cuya realización queda todavía vigente. 

Lucas Cianfagna.-

miércoles, 15 de febrero de 2017

Nuevo clasicismo


"¡Cómo son bellas, cómo son puras estas libres fuerzas no manchadas más por el espíritu!" Friedrich Nietzsche

Existen todo tipo de debates, no sólo desde la filosofía concretamente, sino también desde la arquitectura, como gran techné abarcativa de las disciplinas humanas, en la cual se discute la tendencia de las perspectivas existenciales. A menudo se discute entre el enfoque "posmoderno", el "conservador" y el "clasicista". No tengo reparo alguno en inclinarme hacia uno de ellos, por la simple razón de que se trata de traer a la mesa de la cultura chata y agotada que se vive hoy día, una perspectiva que no sea un mero seguir la rueda dialéctica, sino plantarse más allá de la misma y poder proponer un "renacimiento" en la forma en la cual se para uno frente a la existencia, y eso abarca todos los órdenes, sobre todo el político, del cual no debe nunca estar disociada.

Hay que partir de una base: las tendencias conservadoras se amparan en un principio que varía según el devenir mismo, y cuya dialéctica no es más que un ajuste a la situación, como un seguir el afluente, y en base a ello conservar lo que se pueda que hasta el momento permaneciera intacto. Pero hay también un punto de contacto entre esta tendencia y la posmoderna, en que sosteniendo una postura relativista, acude a esta estrategia dialéctica, sólo que desde el lado de lo que irrumpe y destruye, pero nunca como una nueva creación, sino como una pseudo-creación, algo que surge desde la pasividad y la contemplación ante lo destruído; curioso es que quienes defienden estas posturas lo hacen en nombre de ideologías y de valores nuevos, siendo que en realidad el aspecto destructivo por sí sólo no forma valores, es una pseudo-postura, un posicionamiento desde la mera reacción, desde la disolución, en lugar de la re-edificación, empleando términos arquitectónicos. Así como también hay un conservadurismo, ya que aceptando el puro principio disgregador "todo da igual", por lo que la realidad al no ser estática, sino dinámica, cuando se está en plena caída libre, a medida que se acelera la velocidad la disgregación resulta cada vez mayor, pero desde ambas tendencias se arriba a esto, ya sea retardando la caida o acelerándola.

Queda claro que ambos polos dialécticos se contentan con dos actitudes surgidas desde la debilidad: la contemplación pasiva por un lado, y el odio destructor por otro, lo cual no da lugar a ninguna integración del hombre con su realidad existencial, ni mucho menos restituído en su postura volcado a crear realidad, sino que acá lo que hay se limita a dos opciones graficadas en un mismo escenario simbólico: una turba de gente destruyendo una galería de arte y los dueños contratando personal de seguridad para tratar de conservar lo que aún no fue despedazado. Cuando los posmodernos o los mismos conservadores acusan de "reaccionario" al defensor de una postura clasicista, resulta una risa, ya que quienes se valieron de una reacción en lugar de una afirmación o un principio de actividad, fue justamente esta corriente posmoderna o disolutiva en general, y la postura conservadora no hace sino tomar una posición frente a esta reacción, postura que podría ser útil cuando se ejerce violencia respecto a perspectivas altamente fundadas, pero que para los tiempos que corren, demuestran que sólo quieren retener un curso que ya fue fijado por la misma voluntad humana ante la posibilidad que tuvo de reinventarse, eligiendo en cambio echarse a perecer ante el desvanecimiento de las cosas que acontecen en el devenir, imitando a la naturaleza en sus ciclos de degradación continua, y en vista de la tensión entre las posturas, cada una permanece en estado informe, mientras esto siga, inclusive la tendencia creativa, que por sí misma y de forma absoluta es insuficiente.

Curiosamente estas tres posturas coinciden con el triple principio de dominio expresado en la filosofía hindú, en la cual, describe las vías de las manos: en cuanto a la mano derecha se encuentra el aspecto creativo (Brahma) y el conservativo (Vishnu); en cuanto a la vía de la mano izquierda se encuentra el aspecto destructivo en cuanto a delimitaciones y contornos (Shiva), que bien pueden compararse a las tres tendencias en cuanto a la perspectiva existencial que se vive en la cultura. El problema estaría en la falta de dirección de las tres tendencias, ya que cada una ocupa en sí un lugar importante, pero mientras se posea el criterio correcto para cada una, sin que ninguna pueda suprimir a las otras, lo cual es posible desde el punto de vista de la tendencia destructora. Plantear un nuevo clasicismo es un gran desafío y dichoso de emprender, pero para ello no hay que tomar ninguna de las posturas de manera absoluta, sino como complementos que se subordinan en su correspondiente lugar, ya que para tal movimiento se requiere una actividad organizada, cualquiera sea el ámbito: político, artístico, cultural o incluso civilizatorio, ¡soñar no cuesta nada! Pero tampoco es suficiente, ante todo, se requiere un criterio de dominio, no de apasionamiento romántico, eso ya está harto agotado.

La tendencia creativa tiene un lugar preponderante cuando se vive un límite de agotamiento, para lo cual se requiere una cierta ayuda de la tendencia disruptora, guiada hacia barrer con lo inservible, mientras se mantiene el dominio, de manera de no ser destruído por el afluente, sino más bien, llevado, he ahí la diferencia entre una sana disrupción y un "romper todo lo que hay" (incluso el sí mismo). En cuanto a la tendencia conservadora, tiene un papel pero no es sino hasta que logra asentarse la postura, y no me refiero a la aceptación general, sino al ejercicio de asumir esa postura como propia, hay que recordar que las ideas no vienen de los conjuntos, sino de las grandes individualidades, por lo cual, asentarse en un nuevo clasicismo, si se quiere eso, se debe hacer primero desde lo personal, y allí mismo la tendencia que conserva bien sirve para mantener aquello que se asimila. Pero cuidado, esto no se trata de una perspectiva abstracta, en absoluto, ni tampoco refiere a una idea pre-concebida, esto hay que tenerlo presente, ya que una idea que forma parte de la posibilidad incierta y remota, es una quimera, no tiene forma, contorno, ni criterio sino a partir de la realidad, es decir, de que exista concretamente en lo real. Bien se sabe, que como dijo el maestro Evola, "una idea sólo tiene valor en cuanto actúa y en la medida en que actúa: no porque es 'buena', 'verdadera', 'justa', etc. "; por lo tanto, la idea-fuerza tiene sentido en la medida en que se encuentren elementos para su concresión, lo cual significa, que está estrechamente atada a una práctica, que lejos de ser abstracta no puede ser realizada en la quimera informe e incierta de la vaga idea, sino que se debe hacer en la realidad concreta y cierta, para convertirse así en un saber, donde confluya lo teórico y lo práctico sin que sean esquizofrénicamente separados como han pretendido siempre los dogmatismos empiristas y racionalistas. Lo que nos compete como neo-clasicistas es una nueva apreciación de la realidad, a partir del dominio de sí y de las fuerzas empleadas, ya sea para crear, conservar o destruir, siempre en la medida de lo necesario.

 Lucas Cianfagna.-