domingo, 28 de mayo de 2017

Recuperar el sí mismo político


"En el orden colectivo y político revisten la misma dignidad propia, en la vida individual, a los valores y a los principios de una moral absoluta: principios imperativos que requieren un directo, intrínseco reconocimiento (y es la capacidad de tal reconocimiento que diferencia una categoría determinada de ser, de otra) y que no son perjudicados por el hecho de que en uno o en el otro caso del individuo, por debilidad, donde siendo impedido por fuerza mayor, no sepa realizarlos o sepa realizarlos sólo en parte, y en un punto y no en el otro de su existencia: porque hasta los que no abdican interiormente, hasta en la abyección y en la desesperación el reconocimiento no será menor." 
Julius Evola

La antigüedad clásica nos enseña más de lo que incluso pensábamos que ya hacía, no sólo desde las artes, la experiencia en economía, política, sino incluso los criterios filosóficos y ontológicos para entender conceptualmente dónde se encuentran los quistes y los coágulos dentro del desarrollo político en la actualidad. Me propongo entonces definir aunque sea a groso modo no tanto los aspectos anecdóticos (que son importantes), sino más bien el funcionamiento y en qué condiciones de posibilidad surgen las oligarquías, o bien, los grupos que tienden a funcionar a partir de la paralización del poder en manos de un grupo y en desmedro de otro. Como había descrito en mi anterior ensayo, una oligarquía es por definición una aristocracia o una nobleza venida en decadencia, y su aparición nunca está en independencia del poder político, en cualquiera de sus formas y magnitudes. Ahora bien, es importante destacar que el fenómeno de oligarquización de la política, responde a un aprovechamiento de una cierta crisis cultural, social o también económica, para que un grupo se posicione planteando dicotomías que tienden a dividir el entramado social y categorizar dos grandes grupos en los que supuestamente se compone tal sociedad, la famosa "grieta". Así también, como expliqué en mi ensayo anterior, el discurso oligarquizador disgrega la integración social y favorece la lucha interna, tiende a desvalorizar las grandes hazañas, a los grandes héroes, para sólo quedarse con una idea de guerra que un grupo libra para limpiarse de la contaminación que le produce el otro grupo. En la antigüedad clásica, esto ocurría a partir de grupos beneficiados de la casta dirigente, o bien, de empleados de una burocracia estatal que tiende a ser cada vez más ineficiente, a la vez que busca disciplinar el conjunto social, es decir, socializarlo, desligarlo de todo ejercicio de soberanía personal. Esto empezó con la creencia de algunos antigüos (que ha sido reciclada por Hegel, Rousseau, y compañía), que es la supuesta omnipotencia del Estado, lo cual ha traído profundización y aceleración rotunda de la decadencia que ya se empezaba a vivir.

En el Imperio Romano, esto comenzó cuando se tenía la creencia de que la voluntad de las personas es inexistente, por tanto, la voluntad debía ponerse sobre algo que las exceda, a saber, la organización estatal. Esto se vio por ejemplo, a partir de ciertos aspectos económicos que trajeron una profundización de la crisis que había comenzado por una pequeña escasez de un cierto bien, y terminó derivando en la destrucción del comercio, en la aniquilación de los avances tecnológicos en la actividad agraria, y en la escasez generalizada de comida, en la imposibilidad de acceder a la vivienda, en la creciente suba de impuestos, en una inflación indomable y demás problemas que no son nada que no vivamos al día de hoy, el precio de no aprender de los errores en la historia. Esto resulta sumamente llamativo, ya que durante Roma se han desplegado toda una serie de escuelas que han mejorado la perspectiva existencial de sus predecesores como los fueron los clásicos griegos Sócrates, Platón y Aristóteles, en continuidades de sus enseñanzas ampliadas a la nueva realidad cultural, pasando por los cínicos, los epicúreos, los estoicos y los neoplatónicos; para que luego, en cambio, se pase a una anulación total de las grandes enseñanzas sobre cuidado de sí para pasar luego a un esquema donde la burocracia es cada vez mayor y la acción política es cada vez más neutralizada por estas encimas burocráticas que diluyen todo intento de fluidés, como si se tratase de la sociedad como un cuerpo gangrenado que alcanza un estado crítico, al punto en que provocó el colapso del Imperio, y con su respectivo intento de restauración con cierto éxito pero sin los mismos resultados durante la primer mitad del Medioevo. En la modernidad, las ideas de Hegel, el espíritu en la magnificencia del entramado estatal han anulado cualquier posible intento de afirmación soberana de un individuo absoluto, no hace falta ser muy suspicaz para ver (y reconocido por sus mismos exponentes) la inmensa influencia en este sentido de Hegel en los experimentos totalitarios que vio la modernidad. Ahora bien, hay que entender que de esto no se ha librado la humanidad una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, o incluso la Guerra Fría, muy por el contrario, las prácticas de disciplinamiento social y de anulación de la voluntad política constituyeron el leitmotiv de las socialdemocracias europeas en lo político, del modelo de bienestar en lo económico, y del modelo científico en favor de nuevas oligarquías económicas en lo cultural.

Michel Foucault señalaba con sumo detalle, en el compendio de conferencias que se titula "La vida de los hombres infames", el desarrollo e impacto de la medicina como forma de guiar la conducta de las personas, incluso produciendo resultados opuestos a los que se esperaban. A partir de este modelo europeo socialdemócrata, se trató de tener una política activa en materia de salud para establecer patrones culturales los cuales retroalimentarían la tendencia del discurso a afirmarse dentro de esa sociedad. Para decirlo en otras palabras, los negocios farmacéuticos y de hospitales a partir de la salud pública fueron posibles mediante la subordinación de la política a un discurso científico o médico que cambiara los patrones culturales, y a su vez, de manera imperceptible retroalimenta el esquema, al introducir en la sociedad el discurso que buscan validar desde la misma práctica científica, logrando así un disciplinamiento político en base a un discurso dado, que independientemente de ser o no verdadero, logra mantener un statu quo de una clase dirigente que garantiza su bienestar a partir de anular la voluntad de las personas, principalmente evitando que intenten recuperar la política como el gran arte de poder hacer móvil el poder, su ejercicio y el gobierno, para nuevamente, establecer nuevas formas de oligarquías político-económicas, que mantienen su tejido entre clase dirigente-empresarios prebendarios y sindicalistas que estancan la posibilidad de una renovación de autoridades, impiden la eficiencia y vuelven grilletes a las instituciones que debieran ser las que velen por los intereses de la ciudadanía. Este disciplinamiento se establece a partir de este tejido de poder coagulado y normalizado sobre el deterioro cultural, aprovechando esto al mejor estilo de Orwell, donde la ignorancia y la brutalidad  financiadas con el conformismo banal y el acostumbramiento a estar siempre peor, constituyen el caldo de cultivo para que la gangrena burocrática afecte al conjunto entero de la sociedad, lo cual la llevaría a su paulatina pero segura desintegración.

Tal como lo mencionara Julián Licastro, el avance tecnológico que podría ser aprovechado para el mejoramiento de la vida, se transforma en un tecnocratismo que tiende a anular la práctica política como si se tratase de que los problemas se resuelven con una planilla de Excel. Se podría decir que hay un relanzamiento del positivismo en las disciplinas humanas, un "neo-positivismo" que intente refundar esa gran racionalización del poder en la medida en que la política se vea cada vez más comprometida, más ensuciada y las personas menos dispuestas a hacer algo al respecto. En esto el posmodernismo de los discursos políticamente correctos se entrelaza de alguna manera con la demagogia de los políticos cazadores de votos, mientras que también permite a este nuevo positivismo encolumnarse como una supuesta alternativa a la decadencia que se vive, lo cual ya es conocido, tenemos sobrada experiencia. La virtud en una sociedad decadente se encuentra para este momento, en la no-política, bien, en la anti-política, en el sueño de Kelsen, de Hegel, de que la dominación sea reemplazada por el automatismo de la población en un eterno "Deus ex machina", donde paradójicamente se cumple el deseo de Marx, una sociedad sin dominación, sin diferenciación donde cada uno hace de forma automática "lo que tiene que hacer". 

Falta entonces reconstruir el discurso a partir de librar a la política del disciplinamiento tecnocrático y de todo barniz discursivo que pretenda hacer de la sociedad una gran suma de ceros, de individuos amorfos y producidos en serie. Entonces es importante volver a un nuevo clasicismo, a un nuevo renacimiento, donde la virtud sea el arte como gran acto metafísico de poder llevar la voluntad propia adelante, donde la política no se vea manchada por una oligarquía burocrática o prebendaria que la estanque, sino que sea el gran ejercicio de dominación en el sentido más móvil y dinámico posible, es decir, recuperar el sentido puro de aristocracia como gobierno de los mejores, donde no sean mejores porque se arroguen a sí mismos el derecho, sino por demostrarlo todos los días, y en caso contrario abandonar y dejar el camino libre a los otros, tal y como Aristóteles planteara en la decadencia de su tiempo, un gobierno despótico se diferencia de uno virtuoso, en que el primero gobierna mediante el servilismo social, mientras que un gobierno virtuoso ejerce el verdadero poder, a partir de la constitución de sujetos libres, pero que se den la libertad a partir de la propia afirmación en la vida de la comunidad. Para decirlo lisa y llanamente, Maquiavelo como el gran padre de la ciencia política, nos indicó el camino, volvamos a la virtud de los príncipes, para combatir este oligarquismo y recuperar la política para el que verdaderamente la considera un arte, esto es, el príncipe.

Lucas Cianfagna.-

domingo, 21 de mayo de 2017

Poder: Genealogía y cultura en Occidente


"Petrarca se preguntaba si en la historia había existido algo diferente de las loas de Roma. Nosotros, que tenemos una conciencia histórica ligada con la aparición de la contrahistoria y de la contrahistoria caracterizada, nos preguntamos en cambio: '¿Hay, en la historia, algo diferente del llamado y del miedo a la revolución?' Y añadimos simplemente esta pregunta: '¿Y si Roma de nuevo conquistara a la revolución?' " Michel Foucault

Esta frase de Foucault es sumamente importante, especialmente por lo que hay detrás de su planteo, el cual no es inocente ni es neutral. En una serie de conferencias dictadas por él en el College de France, entre finales de 1975 y comienzos de 1976 publicada actualmente como "Genealogía del racismo", el autor expone sobre dos tipos de discurso que conciernen al poder: el de soberanía y el de guerra de razas. Uno parte desde la historiografía y la cultura indo-europeas, planteando la continuidad del poder, el proceso de conversión del poder entre antepasados, resaltando glorias, hazañas, conquistas; en el afán por caracterizar la dignidad del soberano y la libertad que de él irradia al resto de la sociedad, es decir, se toma al conjunto como una integración donde todos participan de alguna u otra manera a las glorias de la civilización, principalmente este discurso de poder parte de la caída de Troya y la fundación de Roma por sus descendientes, a su vez, esta historiografía se extiende hasta la primer mitad del Medioevo, lo cual establece el derecho y la jurisprudencia constituída por los protagonistas y los victoriosos; de haber alguna cuestión de raza, sólo se limitaba a la consideración del choque entre dos sociedades diferentes, es decir, la noción de salvaje entendida como aquella en la que el "otro" constituye alguien externo que ha tomado contacto con "nosotros". En cambio, el discurso de la guerra de razas se caracteriza por intentar desmontar este pasaje ininterrumpido de la gloria del poder, mediante el recurso de la lucha y de la usurpación de unos hacia otros. Surge a partir del reclamo bíblico de carácter "anti-roma" por sobre los desposeídos y desheredados, del derecho a su venganza, del derecho a "tomar aquello que nos fue arrebatado", el derecho únicamente fundado a partir de la usurpación y de la fuerza, del derecho a las promesas, a la redención. Y en este caso en particular, la guerra de razas no se realiza en un contexto de una sociedad integrada contra otra que viene del "afuera", sino entre dos elementos que nacieron en el mismo seno, pero que se desarrollaron desigualmente, siendo esta historiografía una toma de posición abierta por un sector al cual se trata de proteger, y purificar a partir de la derrota del otro.

¿Qué importancia tendría analizar esto? Principalmente, entender que la decadencia que se vive, no es producida por generación espontánea, sino que viene de un arrastre histórico. Cabe señalar, que el discurso de guerra de razas que aún se utiliza en ciertas sociedades, tiene fuerte cabida, y el origen de su aplicación Foucault lo marca a partir de la decadencia de la nobleza francesa en los siglos XVII y XVIII, lo cual tiene un aditamento de entrada: si la nobleza que revive tal discurso para posicionarse como un actor que busca una redención en la historia está en decadencia, significa que tal discurso parte de un origen oligárquico, ya que por definición, una aristocracia decadente es una oligarquía lisa y llanamente. Las distintas ideologías que en sus comienzos podían no haber tenido este recurso, lo comenzaron a emplear en sus variantes más extremas, sin duda, lo cual caracteriza a toda idea en descomposición y anacronismo. Se vio con el racismo de Estado en un sentido biológico proporcionado por el nazismo, como en un sentido de clase, de necesidad de purificar el elemento de "nuestro" sector, contaminado por el otro sector. Esta fue la configuración de las relaciones de poder en los siglos XIX y XX, tanto en el Occidente capitalista y sus expresiones totalitarias, como en el socialismo en la parte oriental del mundo. A vuelo de pájaro, nos olvidamos que la forma de historiografía empleada parte de una casta en decadencia la heredamos, y con ella reemplazamos aquella historiografía fundada desde la gloria y el esplendor civilizatorio. 

En el caso de Argentina, conviene entender que los conflictos en ese aspecto también subsisten por esta forma de guerra de razas que caracteriza toda la mirada posible sobre nuestra sociedad. La necesidad de un sector normalizar al otro y purificarse, destruir la amenaza de los "fulanos", de los "menganos", del "oficialismo", de la "oposición", etc. Si repasamos el origen de las distintas esferas oligárquicas que nacieron en el seno de nuestra sociedad, surgen a partir de la decadencia de una clase dirigente que devenida en burócrata estatal, o en convidada del anterior régimen, usufructúa el sector público haciéndose con la esclavitud de la sociedad en su conjunto. Y, oh casualmente, su táctica a nivel político, es utilizar un discurso de guerra de razas para retomar una posición, o habiéndolo hecho, afirmarla a partir de una reacción de los elementos de un sector sobre el otro. Y en el caso de nuestra sociedad, más allá de las ideas fundantes, la decadencia de todas ellas en su aplicación es evidente, y responde a la fundación misma como nación, siempre incapaz de darse una soberanía y un traspaso continuo del poder en buenas manos. Ya que esa fundación soberana, nos daría por fin el criterio de apreciar a los héroes, y superar las luchas intestinas en pos de una integración total, y aquello lo marca el fijarse a sí mismo un futuro como país. No es sorpresa que le demos más importancia a las distintas "grietas", en lugar de prestársela a las grandes causas y los grandes héroes, como aquellos que dieron todo por nosotros en Malvinas. Nuestra prioridad nunca es continuar un importante legado de quienes han dado todo y nos han llevado a grandes conquistas, sino por el contrario, buscamos siempre el discurso redentor, de mitos utópicos y de revanchas tomadas. 

Al igual que la venganza contra Roma, nuestros discursos siempre se basan en la redención de los oprimidos, y la eliminación del "otro", del opresor, en la destrucción de lo que "contamina" al grupo que se quiere defender. En nuestra incapacidad de construir de manera genuina, nos vemos obligados a inventar mitos utópicos y redentores, en la medida en que dejamos que nuestra comunidad sea gobernada por los peores hombres que adoptando un discurso de guerra decadente, disponemos pasivamente de nuestra realidad, y al no gustarnos, somos capaces de convalidar cualquier cheque en blanco que nos diga que hay una realidad mejor que se encuentra al otro lado de la orilla. Aquella nobleza en decadencia que pone en boga esta forma de poder, se le opone la vuelta de los príncipes, cuya actividad en política se engrandece con la búsqueda de legitimar su dominio de manera constante, y poniéndose a prueba con su pueblo, busca formarlo y darle una coherencia que supere cualquier guerra interna que pueda arrastrar la ya existente decadencia, sabiendo disentir con el soberano, siendo no por eso leal hasta la muerte, ya que lo que va más allá de la circunstancia, es el destino fijado como cultura. A la pregunta con que Foucault finaliza una de sus conferencias, convendría agregar otra: ¿no es conveniente entonces construir sobre la realidad y la aceptación categórica de que no hay promesa que valga sino que vale retomar la senda de quienes han sido sabios y el ejemplo de quienes se han atrevido a actuar? Ya no con sus fracasos y sus aplicaciones vanas, sino en sus grandes principios, rescatando aquellas valoraciones que tiendan a hacernos más grandes como cultura. A la pregunta hecha por el autor, "¿Y si Roma de nuevo conquistara a la revolución?" contestamos soberanamente que la revolución que vale la pena, es aquella que nos haga llegar a Roma, es decir, a la edad dorada que alguna vez como civilización y nosotros como país, supimos alcanzar.


Lucas Cianfagna.-