Como he explicado anteriormente, los conceptos y términos que otorgamos mayor peso, se debe a una previa valoración clásica de ellos, y que la consecuencia de la decadencia que se vive hoy respecto de ciertas cosas se debe principalmente a su significado transmutado. En otros de mis escritos he explicado qué ocurre cuando el racionalismo adquiere el carácter moralizante, tornándose algo estéril, que conduce a convertir todo en una momia, en cargar un concepto hasta volverlo absoluto. Muchas veces se ha creído que la falta de valores absolutos la cual se vive hoy conduce necesariamente la depresión, la corrupción y a la degeneración del espíritu, cuando en realidad el proceso se da justamente al revés. No se le puede atribuir un valor independiente al nihilismo y una causalidad propia, ya que ésto es un error de razonamiento muy grave, la confusión de la causa con el efecto.
Es de hecho, la consideración de valores absolutos, de convertir todo concepto en una carga lo que deriva en una pérdida total de valor, puesto que es la respuesta de ahogo que expresamos ante una crisis producto de los mismos valores que hasta ese momento creíamos eternos, y que con el pasar del tiempo y el cambio constante, demuestran no serlo. La capacidad de ser lo bastante flexibles y poder otorgar nuevos significados y re-establecer conceptos es lo que asegura que ante una crisis de pérdida de valor, se resuelva de la manera más eficaz y rápida.
Esto viene a cuento respecto del valor que muchos le dan a la educación, pero que realmente no tienen un comprendimiento más allá del efecto que puedan ver de su deterioro. La educación es el medio para brindar fuerza a los hombres, los cría y los forma para lo que luego tiene que ver con su propia valoración de las cosas y de la vida misma, pero sobre todo, no empieza ésta durante su ingreso a la universidad, o la enseñanza media, sino en el nivel más inicial, cuando son a penas bebés recién devenidos en niños. Es ahí donde su ideal más grande se forja, donde le es necesario expresar su jovialidad y su energía infinita de niño, su creatividad y su impulso de adquirir un conocimiento mientras se hace, es decir, la necesidad de dibujar, pintar, ensuciarse, correr, trepar, caerse, rasparse, cortarse y todo aquello que no sea más que un peligro menor que le brinde el mayor de los aprendizajes, y sobre todo el mayor conocimiento sobre lo que la vida significa.
Quizás en este campo se ha avanzado mucho y hay muchas escuelas de enseñanza nuevas y novedosas para el nivel inicial que tienden a estimular este tipo de aspectos que son vitales para el más fuerte crecimiento de un niño. Lamentablemente toda esa energía desbordante y creativa se apaga una vez que se ingresa al primario. Durante esta etapa y en adelante, el niño comienza a experimentar lo que se conoce como la domesticación de su espíritu y su ansia de conocer y vivir. El conocimiento con su acentuación en lo lógico-matemático tiene un impacto devastador en la vida de alguien tan joven, volviéndolo alguien gris, totalmente degradado. La predominancia de este conocimiento gris como el que puede cambiar la forma de vida mediante conceptos eternos, es lo que produce el desencanto con el conocer del chico, y produce que éste se agote sólo de pensar lo que implica el aprendizaje. De ahí que se han frecuentado en la segunda parte del siglo pasado las "crisis de los 40", por no tener más que un aprendizaje liso y formal para ingresar en un mundo de consumo y producción puro, que no sabe de personas, sino de individuos productores y consumidores, en máquinas despiadadas que piensan sólo a corto plazo. Resulta aberrante pensar que tales criterios comenzados en el siglo XVIII -que si bien fueron necesarios en la medida en que la educación comenzó a propagarse- resultan hoy estériles y caducos, respecto a las necesidades de no menos de 3 siglos después, que hoy nos encuentra en un escenario totalmente distinto, donde el ingenio y la creatividad se hacen más necesarios, y no continuar en la comodidad burguesa del diario, del aprendizaje "necesario y justo" para lo que se vive.
Esta crianza de tipos así de personas derivó en la crisis que aún más conocemos como la de "no sé qué estudiar", "no sé qué hacer de mi vida". La falta de un estímulo primordial necesario que se cortó abruptamente durante la segunda parte de sus más tempranos años de aprendizaje, constituye la pérdida del valor mismo de la vida. Considerar todo el aprendizaje como algo burdo, estéril e inútil en la vida, es lo que deviene en lo que vemos ahora, y no dudamos en echar la culpa a los jóvenes mismos por ser criados de esa manera, ¡pero qué culpa pueden tener de ser corderos si se los cría de tal manera por otros corderos más grandes! Como dije anteriormente, el ser humano promedio al carecer de visión retrospectiva, comete el error de analizar el efecto mismo y encontrar una causa en sí mismo, sin darse cuenta que la juventud que hoy condena es sino producto de su propio trabajo.
La sociedad en la cual nos encaminamos requiere una actualización en las formas de enseñanza y sobre todo en la calidad en lo que refiere a estímulos, puesto que como demostré previamente en otros escritos, no somos individuos, sino personas. Ese estímulo que ni hace falta en los primeros años de vida, es necesario mantener luego durante las otras etapas de maduración para mantener ese fuego encendido, el cual nos impulsa a llevar a cabo nuestros propios ideales. Lo que no significa vivir de utopías, por el contrario, la aceptación de la realidad es el primer paso para vivirla de la mejor manera y atreverse a cambiarla sin miedos y resistencias. Para ello, debemos plantear un sistema de educación que no se tienda a lo mediocre, ni genere el agotamiento que se ve como "deterioro educativo", sino que plantee la necesidad de estímulos constantes y búsqueda de lo que realmente apasiona a cada persona para desarrollarse y elevarse. Una búsqueda ascendente de un conocimiento que se hace, es la personalización que requiere todo hombre que aspire lo más grande y se sienta ansioso por desbordar pasión y tenacidad ante la vida misma y su comunidad política.
Lucas Cianfagna.-

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