miércoles, 30 de diciembre de 2015

Tragedia: El héroe aniquilando el éxito

  


«Por lo demás, detesto todo aquello que únicamente me instruye pero sin acrecentar o vivificar de inmediato mi actividad.» Johann W. von Goethe




El ciclo del tiempo

La modernidad ha podido lograr grandes avances científicos y técnicos, lo cual nos facilita en gran medida nuestros labores y cuestiones diarias. Sin embargo, ¿es preciso afirmar que estamos mejor que antes? Desde la perspectiva de la duración de vida sí, mas no en lo que concierne a calidad de vida, lo cual también ha sido fuertemente transfigurado por la misma idea materialista que tenemos acerca del tiempo, y del desarrollo mismo. La idea de un progreso indefinido que caracterizó el iluminismo del siglo XIX, sigue teniendo vigencia para muchos al día de hoy, se piensan grandes utopías en torno a un progreso material en el cual dicho desarrollo técnico termina por suplir "todo lo que necesitamos", la idea de un Mundo Feliz como la describía Huxley, es aterradora y espantosa, lejos está de ser siquiera algo imaginable para nosotros. De ninguna manera el progreso material puede eclipsar aquello que se manifiesta -o al menos interpretamos de esa forma- como una sucesión de ciclos similares, ésto no quiere decir, por supuesto, que se trate de que la historia se repite. No hay forma de que un hecho se repita en manera alguna, lo que sí podemos constatar son similitudes de períodos que nosotros mismos catalogamos desde nuestra propia percepción, que no es más que toda metáfora que surge de nuestra invención la cual adquiere una fuerza extraordinaria al principio, va controlando su propia fuerza y va madurando hasta que cae, y luego nos vemos en la obligación de crear otra, ¡por supuesto que tal ejercicio practicado durante siglos y hasta milenios nos trae a colación cierta "similitud" respecto de las otras veces! No hay necesidad objetiva de catalogar al tiempo en ciclos, pero sí una necesidad de tomar una convención que estructure un conocimiento, de lo contrario viviríamos en el caos. Pero volviendo a lo anterior, si realmente no podemos afirmar con certeza aquello que encasillamos dentro de un orden cíclico, pero que en gran medida nos viene sirviendo por el momento, menos aún podemos caer en el absurdo de una idea de que a mayor progreso técnico se está "mejor" que antes, puesto que "mejor" para unos no es "mejor" para otros, y lo que llamamos mejor fue la idea de alguien de llamar mejor una cosa y luego usada para llamarla de otra, ¿hasta cuándo seguiremos hablando de verdades irrefutables en lugar de errores irrefutables?


Ocaso del optimismo racionalista
La vieja idea de que "el conocimiento de un sujeto racional traerá el progreso" es una sucesión de errores tras otra. Por un lado, no todo conocimiento es racional, puesto que hay demasiadas cosas que no son cognoscibles, así como tampoco el hombre es un sujeto racional. La idea de sujeto previa a la acción es la que todavía nos mantiene presos de la identidad de cartón, el "yo" como justificación suficiente o "causal" de uno, en lugar de una identidad basada en lo que dice qué somos, que es nuestro accionar, prueba máxima de nuestra valía y es en definitiva, lo que dice más que un nombre, o al menos, lo que le da real significado. Por otra parte nos queda lo racional, que comprende sólo aquello que es perceptible de ser razonado, el cálculo y la evaluación previa no permiten concretar acciones, sino la parte irracional que resulta fundamental para vivir de forma plena, ésto es: por más probabilidad que conozcamos que poseemos, creer que podemos hacerlo siempre es irracional, porque la certeza de no y de sí no existe, por tanto, la probabilidad remota de lograr tal acto o no siempre desafía nuestra decisión, por tanto resulta siempre la creencia algo de carácter irracional, por más que la probabilidad de concretar el acto sea de 99,9%, ese 0,01% siempre estará jugando. Así como suena enfermizo calcular la distancia por la mitad constantemente y doblando siempre la distancia faltante para cruzar una calle o ir a otro extremo de una habitación, debería darnos cierta familiaridad, ya que estamos muy acostumbrados a la idea de buscar lo seguro en todo, incluso en aquello que nos demanda un salto hacia el vacío. No tenemos relaciones estables porque así no podríamos salir lastimados, nos sobre-abrigamos en invierno para no pescar ni un simple resfriado, mantenemos los ojos grabados a fuego sobre los hijos chiquitos esperando que nunca se caigan, que nunca se lastimen, lo cual los vuelve torpes y brutos con el tiempo. Así como cuando llegamos a dar cuenta de todo a lo que no nos "atrevimos" lo tenemos guardado en una caja la cual no se abrirá nunca, una caja maldita que en caso de ser abierta revela todas nuestras más bajas miserias: el arrepentimiento.



Aniquilación del éxito
En lo que concierne al éxito material, no estoy en contra en absoluto, ¿quién no desea un progreso personal en ese aspecto? He ahí el error de la "humildad" cuando un hombre mediocre de un pasar mediocre o ligeramente austero establece que él no necesita el éxito, lo que en realidad se refiere es que al no poder conseguirlo, tuvo que decir que no lo necesita, es decir, tuvo que forzar su propia necesidad, sin haber establecido el correspondiente cambio de gusto, por tanto, tiene una idea vaga de lo que es el éxito, en voz baja lo desea, pero al no poder obtenerlo por razones de fuerza mayor o falta de creatividad propia, le queda el orgullo, por tanto "no lo necesita", lo cual es bastante lógico, si orgullo es todo lo que queda es evidente que va a sacarle provecho de algún lado; por otra parte, existen quienes lo tienen en abundancia y en el cual depositan todo su orgullo de forma inversa al ejemplo anterior, alegando que se tiene el secreto de la felicidad, cuando en verdad, no se tiene más que una idea fija de lo que significa el éxito mediante la culminación de una utopía, pero al final resulta que no la culminan, ya que nunca es suficiente, de la misma forma en que el "humilde" no consigue auto-satisfacerse sino por la misma utopía, y para eso ambos tuvieron que inventarse su "más allá" para soportar la auto-destrucción de sus propias utopías en el terreno de lo real, ya que más allá del orgullo o el éxito, no tienen nada que los exalte. Vendría siendo hora de dejar de tomar la mediocridad como valor, la vulgaridad y lo que significa el agotamiento propio de necesitar cada vez más o de idealizar una realidad inexistente, y comenzar a tomar como valor, como conocimiento necesario aquello que nos haga vivir, aquello que nos dé más razones para apreciar nuestro alrededor. El absurdo está en buscar la vida eterna o en buscar una vida lo más estirada posible y esquivando la muerte todo lo que se pueda, desperdician una vida tratando de buscar cómo evadir la muerte, lo cual es estúpido y muestra la ineptitud: la muerte no puede ser evadida, por lo tanto los toma por su propia fuerza, mientras que lo que en realidad se pone en manifiesto es que aquello que evadieron todo el tiempo, fue la vida. Ahí es cuando volvemos al mito prometeico donde el hombre acepta lo trágico de la existencia, y el atreverse resulta la verdadera doctrina de vida, en la cual aspirar a lo más alto y grande siempre conlleva la caída del propio poder, ya que el poder no se posee, sólo se ejerce, y todo ejercicio de poder es momentáneo, por tanto, no es posible ejercer el poder y conservarlo, se requiere el constante ejercicio del mismo, para lo cual no se necesita otra cosa que ejercer poder sobre uno primero. Con la caída del héroe, cae la propia gloria, una gloria que con la suficiente hazaña y tenacidad salpicando este espíritu en donde se alcance, puede llevar a la verdadera eternidad, que es al menos, una página en la historia.

Lucas Cianfagna.-

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