miércoles, 12 de enero de 2022

Nueva Derecha: De pie frente a la banalidad totalitaria


Conviene que hagamos algunas reflexiones sobre lo que consideramos acerca de la izquierda como tal, y más propiamente del progresismo contemporáneo, para no caer en esa generalización en que se suele incurrir cuando se habla del sector de la derecha. En primer lugar, hay que remarcar el prejuicio que existe en el propio campo: cuando se caracteriza a la izquierda desde una posición moral, no se entiende que estamos discutiendo en términos políticos, como diría Carl Schmitt, lo político tiene sus propias características y dialécticas. No depende de otras disciplinas ni enfoques para ser definido. Por lo cual, una conceptualización política desde un sentido moral sólo puede servir a fines morales, pero no necesariamente políticos, y a veces, hasta es contra-producente, como lo es el caso de caracterizar "cómo es la izquierda".

¿A que nos referimos? A algo muy concreto, y es esa tendencia a absolutizar el rol de la izquierda como si se tratase de la encarnación misma del mal, idea peligrosa, puesto que toda dualidad bien-mal no debidamente superada termina desembocando en un fatalismo, y de la peor clase, lo cual es por definición contrario a la idea de libertad que desde estas filas se trata de defender. La idealización de la izquierda como una fuerza con una esencia propia es algo que ya había analizado una gran filosofa del pasado siglo que fue Hannah Arendt, no respecto a la izquierda, pero sí respecto a la noción de "mal" vinculada a lo político y al totalitarismo. 

Lo que ella refería con su famoso texto de "La banalidad del mal", es la naturaleza puramente mecanicista e irreflexiva de la acción política, que por su propia dinámica de repetición termina generando una burocracia tal que es capaz por sus propios medios de ejecutar las acciones más deplorables a nivel humano. Sin pretender darle una interpretación monopólica al fenómeno de la izquierda, parece bastante comparable con la lógica argumental de Arendt. 

Veamos, la izquierda actual, o la Nueva Izquierda, como la han definido varios autores, se compone en su acción política concreta de personas que llevan a la práctica ideas que sólo se les han fijado por una continua repetición, casi como un estímulo-respuesta de asociación inmediata "Izquierda buena, derecha mala" y sus derivaciones posteriores, de la misma manera en que podríamos nosotros incurrir si no tomamos las debidas precauciones y si no nos prestamos a una reflexión ética de lo que significa para nosotros una Derecha, y por qué nos oponemos a esta hegemonía cultural izquierdista.

Este alejamiento de la reflexión real sobre los postulados que dice defender, es incluso uno de los puntos que más se suelen denunciar de la Nueva Izquierda, y sobre todo el alejamiento de aquellos postulados con su aplicación y los efectos producidos en la realidad misma, como son el caso del feminismo y su impacto real en la defensa de la mujer, produciendo mujeres que denuncian a otras por sospechar del propio discurso feminista, o los "social justice warriors" que en la práctica no son más que censuradores crónicos bajo la excusa de defender una sociedad más justa e "igualitaria", como si aquellas dos cosas fueran compatibles. Por todo esto, es imperioso que no se pierda el debate interno, aún sin llegar a conclusiones definitivas, pero sin duda que debemos apuntar alto si queremos mantener la buena exigencia sobre nosotros mismos. 

Ahora bien, cabe incluir algunas reflexiones sobre la necesidad de darle un fundamento quizá más sólido a la idea de Nueva Derecha, en vez de dejarla caratulada como la mera unión de sectores afines en contra de la Nueva Izquierda y el progresismo, ya que si queremos renovar las formas de pensar mientras somos fieles a ciertos principios, no podemos estancarnos en categorías que forman parte de la antigua división de la cual venimos, así como de la misma manera no conviene hablar ya de "libertarios", "conservadores", "nacionalistas" en sentido estricto, sino ya de "derechistas" en la actitud eminentemente política de designar amigos y enemigos.

Quien viene haciendo un gran labor en re-pensar estas categorías y las catacterísticas de un enfoque político de la Nueva Derecha es Agustín Laje, sin lugar a dudas. Dicho autor ha dado una vuelta de tuerca interesante en un análisis reciente, que tiene que ver con algunas consideraciones que hacen a posibles dogmatismos de ciertos elementos que no pueden desprenderse de su pasado ideológico para conformar eficazmente la Nueva Derecha. 

Se refirió por un lado al economicismo propio de algunos sectores libertarios, algo que ya otros autores como Julius Evola han denominado: "el demonismo de la economía", el creer que la economía es el principio y el fin, que produce una confusión notable entre necesidades reales como se ve en un contexto sudamericano y el extremo de creer que todo tiene una solución de mercado, cuando ni siquiera sus exponentes más importantes creían tal cosa, desde el clásico Adam Smith hasta el paleo-libertario más contemporáneo Murray Rothbard. Esto deviene en un dogmatismo propio de la izquierda, lo cual solemos criticar y de lo cual hay que librarnos. El demonismo de lo económico es no comprender la primacía y la autonomía de lo político respecto de las esferas "sociales", del mundo "natural" y de los aspectos vegetativos (pasivos) de la vida de las personas que responden más bien a necesidades que a principios, es decir, lejos de la libertad de lo que se reafirma activamente, aquello que sólo le pertenece al mundo de lo político, capaz de ordenar jerárquicamente e imprimir una forma, una ética, un destino.

Por otra parte, Laje menciona otro dogmatismo importante que es muy común en los ambientes derechistas de la Argentina: el hiper-religiosismo, y no me refiero a la actitud religiosa en sí, sino a la imposibilidad de trascender postulados teológicos para la construcción de una idea política, es decir, se vuelve a caer en lo que antes mencionábamos, el prejuicio de lo moral, recordando (las veces que haga falta) que lo político contiene sus propias categorías, no necesita el auxilio de ningún otro enfoque. Así como la moral tiene las categorías de "bueno/malo", la economía tiene sus categorías de "rentable/no-rentable", y la estética "bello/feo", la política tiene las suyas propias, al decir de Schmitt, "amigo/enemigo", y ninguna otra conforma una necesidad ni en amigos ni en enemigos.

Ahora bien, una tercera observación que realizó fue la que más llama la atención por su contundencia y su sentido realmente polémico, es decir, auténticamente político: el cuestionamiento a la caracterización de "conservadores", puesto que, "no hay realmente mucho para conservar del orden actual". Pero no siendo aún suficiente, redobla la apuesta afirmando que es preciso incluso usar la palabra "reaccionario" sin miedo, cosa que nos sorprende enormemente, pero que sin duda adherimos. Así como también podríamos adherir a la categoría usada en el mundo de habla inglesa como es "radical right", o "derecha radical", sin confundir con el argentino partido radical (U.C.R.), el cual está prácticamente en las antípodas de lo que tratamos de definir e impulsar.

En este punto sería bueno detenerse, porque es quizá el punto donde se pueda dar un fundamento sólido a la Nueva Derecha. La radicalidad en una postura propiamente de derecha significa que tal postura posee "raíces", no hace a una cuestión extrema, sino a algo que "tiene los pies sobre la tierra" como la misma etimología lo anticipa, de manera que gran favor nos hacen nuestros detractores al usar el término. Contar con un principio a defender y con un fundamento civilizacional como lo puede ser la defensa de Occidente, los valores heroicos, la jerarquía, la libertad entendida en el marco de responsabilidad personal y con ello el anti-igualitarismo, le da una connotación distinta a un término que se pretendía usar como una simple etiqueta. 

Es ahí precisamente donde tenemos la posibilidad de trascender el puro plano retórico de definirse por aquello a lo que combatimos, sino más bien por aquello que defendemos. De la misma manera en que podemos, al decir de Laje, afirmar que no hay nada para conservar en una época donde un verdadero orden de cosas está invertido, donde los principios propios de un orden normal (normativo) están dados vuelta. Es precisamente una actitud de "restauración" la que nos compete, una "revolución" pero con su antiguo significado, del que tuviera antes de la infame y ya mencionada "Revolución francesa". Lejos de buscar subvertir un orden, se lo buscaría restituir en todas sus cualidades.


Como comentario final, habría que destacar en contraposición a una idea "radical" en sentido estricto, una idea meramente "extrema", donde se podría depositar el mote de "totalitario", "usurpador del poder", "ilegítimo"; y con esto referirnos a la Nueva Izquierda. No sólo en cuestión de adherir a un orden invertido, a un sistema ilegítimo, incluso en el plano de las ideas llevadas a la acción, la izquierda resulta, retomando a Arendt, la banalidad de su pensamiento, y como ella misma definió al mal, también podríamos definir a la izquierda, al menos la actual, como carente de raíz de algún tipo, carente de fundamento primero y último, carente de principio, puesto que su único propósito es la destrucción de todo principio, de todo fundamento que le dé a un individuo la posibilidad de pararse frente a la caótica y totalitaria realidad que el sistema impone.

Puesto que no hay peor totalitarismo donde los liderazgos se diluyen y el sentido burocrático, mecanicista y repetitivo de un cuerpo muerto, impone sus reglas por inercia, allí encontramos nuevamente una idea extrema, porque es llevada al extremo desde un supuesto sentido lógico que se perdió entre las miles de repeticiones, carente de reflexión, carente de una ética, de un ethos determinado; pero no una idea radical, porque todo ello implica precisamente carecer de raíz alguna, inclusive aquellas viejas raíces que la izquierda de antaño pudo haber sostenido alguna vez.


Debemos estar muy despiertos en el momento actual de la historia en el que la Nueva Izquierda amenaza a todo el continente con tomar todas las instituciones por asalto, como lo expresaron sin medias tintas en el documento del Foro de Sao Paulo. Entender cómo son nuestros enemigos, no en términos morales, sino en términos precisamente políticos, porque ellos mismos se declaran enemigos frente a nosotros, frente a quienes sostenemos un orden que prevalezca sobre el caos totalitario que tanto reivindican. Tenemos una respuesta hacia los enemigos del orden, del imperio de la legalidad, de la unidad nacional, de la libertad personal, en nombre de un igualitarismo que destruye la verdadera diversidad de pensamiento; a todo ello se le podrá oponer una Nueva Derecha con un radical fundamento, ya no desde la unión contra todo lo que son ellos, sino precisamente desde la defensa de  lo que somos, que ya hemos mencionado.


Lucas Cianfagna.-

sábado, 1 de enero de 2022

La integración que no supimos conseguir

 



Hoy 1 de enero no sólo abre un nuevo año, también conmemora otro aniversario de la creación del Mercosur, tan criticado como elogiado en la historia de la región, que surge como un intento de dar un primer marco a una integración de fronteras económicas y comerciales de un continente. De ninguna manera podemos culpar a los detractores de la idea de una integración regional sudamericana a la luz de su fracaso, por muchísimos factores este objetivo se vio imposibilitado de concretarse desde aquel primer intento de acercamiento allá por el año 1989 entre Argentina y Brasil, alianza que sería fundamental para cualquier integración en el Cono Sur. Es entendible que luego de haber pasado por diversos momentos ideológicos en la región donde todos los gobiernos en cada década nueva más o menos seguían el compás de los vientos políticos de turno, desde el paradigma abierto de los 90's (al menos esa fue la idea) hasta el giro socialista "del siglo XXI" de la primera década de los 2000, donde en ambos casos los esfuerzos quedaron a mitad de camino. 

Pero más allá de entender a quienes rechazan la idea, tampoco podemos darles la razón en que no es posible ni muchos menos en que no es necesaria una integración. América latina tiene quizá el resultado opuesto al modelo europeo del cual los autores han escrito ríos de tinta hablando de las bondades de su modelo de integración, aunque hoy día se han evidenciado las arbitrariedades y el exceso de burocracia de la Unión Europea, entendemos perfectamente que eso tampoco lo queremos.

¿Entonces qué queremos? Bueno, esa pregunta realmente es más fácil contestarla al interior de cada país sin duda, pero de todas maneras no es en vano hacérnosla desde un punto de vista del objetivo que estaríamos proponiéndonos si buscamos una integración, o al menos un bloque regional que permita atender a varias necesidades y desafíos que ya existían, y que con la arbitrariedad de las instituciones globalistas que la pandemia desenmascaró, nos hacen poder retomar este planteo.

Citando un poco al autor chileno José Briceño Ruiz, contamos desde la década de los 90's con el ya mencionado eje de regionalismo abierto que comenzó siendo, con las debidas reservas, el consenso de todo el continente como una forma de integración comercial y de posiciones de mercado en el mundo, el cual dio como resultado la creación del Mercosur. 




Dicho eje que llegó a ocupar prácticamente la totalidad del mapa latinoamericano (con las excepciones de Cuba y Nicaragua, además de los tres países de la parte superior del Cono Sur como lo son Guayana Francesa, Guyana y Surinam), se había alineado en distintas velocidades y tónicas a la situación del mundo "unipolar" donde EE.UU. había ganado la Guerra Fría, el comercio internacional se ampliaba y se creaban instituciones globales que irían configurando el mundo que conocemos hasta ahora ya en declive como paradigma. 

Esta carrera globalista que dio un ganador luego de varios siglos de competencia internacional (EE.UU.) marcaría la tónica de las instituciones que surgirían, así como las reformas que también culminarían en las estructuras vigentes como lo es la misma Unión Europea. Esto para Latinoamérica significó un desafío enorme, en un escenario generalizado de fracaso de la década del 80 de los modelos de sustitución de importaciones, quiebre de balanza de pagos y vuelta a la democracia en gran parte de los casos.

El regionalismo abierto fue aplicado, como dije antes, con velocidades distintas y por lo tanto logrando resultados distintos. Un país que supo aprovechar esta, y las otras modalidades de integración para fortalecer su posición geopolítica en el mundo fue sin dudas Brasil. El paradigma abierto de integración encontró a dicho país con una constitución recientemente creada, actualizada a las reformas que su última dictadura había efectuado en materia de objetivos estratégicos y había logrado introducir inclusive una mirada "sudamericana" expresamente establecida en la misma, lo cual resultó una novedad para el resto de los países. 

El realismo político de Brasil les ha permitido comprender los distintos períodos y aprovecharlos, aún en aquellos momentos que se perfilaban más ideológicos, ya que la clave fue esa, la ideología no acabó con su política estratégica al final del día, algo totalmente opuesto, por ejemplo, al caso argentino, en cualquiera de los períodos.

El fracaso del regionalismo abierto se dio principalmente al interior de los distintos gobiernos durante la década del 90', donde muchas veces el camino se recorrió a medias, ya que los puntos fuertes de lo que este paradigma proponía, no eran sólo los de abrirse al comercio y posicionarse en mercados más diversos, también eran los de actualización tecnológica, mejora de la productividad a nivel industrial y una mayor adaptación a nuevos desafíos en materia educativa. 

Los desfasajes entre los ambiciosos objetivos de integración y el resultado de uniones aduaneras imperfectas (como tanto se dijo) produjeron resultados negativos en lo social, que serían el perfecto caldo de cultivo para que la década siguiente, durante los años 2000, pudieran re-surgir las izquierdas populistas con su marcado discurso totalitario que ya conocemos. 

En esta década el eje abierto se había contenido en todo el cinturón del Pacífico desde Chile hasta México, con sus relaciones directas con EE.UU. quien sería el país que permitiría colocar estratégicamente a dichos integrantes en los otros mercados globales, dejando a la región más continental y de cara al Atlántico ante otros dos ejes que surgirían. 

Por un lado, el eje bolivariano capitaneado por Venezuela ante el liderazgo mesiánico de Hugo Chávez, que aprovecharía la década de alza en el precio del petróleo para financiar un proyecto de más ambicioso que se quedaría trunco por la propia dependencia en ese único recurso. En este eje lo acompañaban Bolivia, Nicaragua, Cuba y Ecuador, teniendo como prioridad oponerse a todas las instituciones creadas en la anterior década bajo la retórica "anti-imperialista", y bajo objetivos de mayor inclusión social de aquellos sectores que el fracaso del modelo anterior habían dejado. 

Pero al mismo tiempo en el resto de la región acontecería un tercer eje conducido por Brasil llamado "revisionista", que a pesar de adherir a este giro retórico izquierdista, no tenía el mismo nivel de delirio ideológico y estaba mejor posicionado en objetivos realistas, en el caso del país luso-parlante sería otra oportunidad aprovechada para mejorar su situación mejor que nadie.




La habilidad de Brasil consistió en aprovechar el giro ideológico sin caer por ello en la conducción venezolana de un eje pre-destinado al fracaso, sino que por el contrario logró aprovechar ese petróleo barato que la alianza con el eje bolivariano le trajo para potenciar la base de su crecimiento industrial, mientras de paso, generaba un eje regional nuevo del cual sería su capitán y centro de gravedad para el resto de los países que lo integraban: Argentina, Paraguay y Uruguay. 

Esto les permitió aventajar al resto de la región por un lado, y generar una competencia al liderazgo del eje abierto que era México, el que sería su competencia natural en materia de incersión, comercio e industria, puesto que México depende mucho de su comercio con EE.UU., mientras que Brasil tiene otras aspiraciones como potencia emergente en acercarse a Europa y los emergentes orientales como India. 

¿En qué situación nos encontramos? En una muy complicada, porque el gobierno Argentino ha decidido brindar la apertura de la campaña de Lula Da Silva, quien también se ha reunido con varios líderes fuera del continente ya en tono de ser el próximo presidente de Brasil, lo cual va a traer varios inconvenientes. En primer lugar, su discurso marcadamente socialdemócrata y afín a todas las exigencias del globalismo lo ubican como un potencial problema, no sólo para Brasil, sino para toda la región por la relevancia que aquel país significa en el rumbo que todo el resto pueda seguir. 

Otro aspecto no menor es el Grupo de Puebla, que en mi opinión es una fachada más presentable del mismo proyecto castro-chavista del Foro de Sao Paulo que podría dinamitar cualquier posibilidad de que tanto Brasil como la región adquieran algún rol relevante en el mundo, por lo que 2022 va a ser un año decisivo para todo el futuro de nuestros países.

Una alianza con Brasil se hace más que necesaria, sobre todo en tiempos de globalismo que da sus últimos intentos de control totalitario mediante sus instituciones internacionales, sus corporaciones y los Estados que aún pretenden llevar a cabo un dominio tal, al cual, hay que decirlo está sometido todo el aún vigente eje de regionalismo abierto que persiste en gran parte de la costa pacífica en Latinoamérica. 

Brasil aún conservando el potencial revisionista (sin aún el delirio izquierdista del PT) con el agregado de tener un liderazgo disruptivo como el de Bolsonaro, permite una proyección internacional como fuerza emergente a la cual, o nos subimos, o quedamos en el camino sin retorno.


(el mapa no contempla las elecciones recientes en Honduras y Chile; así como tampoco la ideología del gobierno de México, puesto que comercialmente se encuentran en una posición distinta de necesidades y posibilidades que no le permite a dicho país romper con el eje abierto)


La lección que nos deja esto, es que no podremos despegar si no tomamos cartas en el asunto y dejamos de convalidar los delirios de varios "referentes" que son capaces de condenar a toda una población a la miseria con tal de repartirse un botín de dinero y poder. Adquirir relevancia geopolítica no significa sólo un renombre a nivel internacional, significa encarar el futuro tomando decisiones y apostando a que nuestros países vivan cada vez mejor. 

Los intentos que la Nueva Derecha está realizando para afianzar valores como la libertad, la soberanía y la identidad, deben estar complementados por el realismo político de poner primero el sentido común y pensar qué objetivos se puede tener en el caso de cada país, y luego darnos cuenta, que como demostró el fracasado chavismo que no se puede vivir aislados, también nos daremos cuenta que los vínculos regionales son tan necesarios como lo son los valores que con ellos buscamos defender.


Lucas Cianfagna.-