".Tú que vagas por toda la redondez de la vasta tierra, espíritu afanoso, ¡qué cerca me siento de tí!
-Te igualas al espíritu que tú concibes, no a mí. (Desaparece)" Johann Wolfgang von Goethe - Fausto
Este se ha convertido en uno de los principales problemas que el nacionalismo acarrea consigo, y que no ha tenido -salvo casos contados- la suficiente nobleza de hacerse la merecida autocrítica al respecto. El dogmatismo religioso lleva a idealizaciones extremas, llegando al punto de proponer una utopía romántica o de criticar cualquier acción sin ir más allá de la apariencia y tratar de entender bajo qué influencia se dio, y qué consecuencias puede traer, pero claro, el arraigo a los pre-conceptos de lo que les parece inequívoco los lleva a interiorizar las apariencias y convertirla en un argumento para una exteriorización de la causa anterior, que no es más que otro presupuesto absurdo que se propone cerrar su círculo pretencioso de encontrar la "verdad última".
La falta de comprensión histórica y de una aplicación hermenéutica interpretativa lleva a considerar expresiones literales y justificaciones de fenómenos por medio de absurdos fundados en una lectura superficial. La religión como tal es aún interpretada de forma literal y como si transcurriesen tiempos de crucifixión, éxodos o expulsión de fariseos del templo. La religión se ha gastado, al punto de mezclarse con un nacionalismo romántico, aritificial y totalmente caduco, lo cual lleva a fortalecer el fervor de quienes no son capaces de tener autonomía respecto a sus propias creencias e imponen un castigo moral a quienes se atreven a no seguir sus propias consideraciones de "cómo debería ser el nacionalismo", lo cual responde a una consideración aún más grave que muchas veces se deja ver: "cómo debería ser la realidad", sin intentar interpretarla en manera alguna, lo cual hace menos posible concretar algo, y como es evidente, eso termina por exacerbar aún más su fanatismo.
Debido a siglos de rigurosidad religiosa es que resultan hoy difíciles de comprender ciertas acciones, por ejemplo, las del nuevo Papa respecto a su acción política en sí. Se olvidan de que la Iglesia es política ante todo, su postura ha ido cambiando a lo largo de los siglos, a diferencia del puñado de fanáticos que dice representarla más que nadie, duela a quien le duela, la falta de sentido político para alguien que intenta hacer política es vergonzoso y hasta podría ser objeto de burla el día que salgan un poco de su hermético ambiente. La consideración metafórica de los escritos de cualquier religión es la base hermenéutica de índole interpretativa, que ayuda a comprenderse y a explicar ciertos aspectos de la realidad que uno puede ver reflejados en ellos, siempre y cuando se pueda establecer la relación entre ambos; esto es, las consideraciones literales no hacen a la persona un mejor creyente, hace a uno fanático y bruto, cuando en realidad ese impulso o creencia debiera ser lo que pueda permitir a uno superar interrogantes y darse una mejor explicación de las cosas.
La necesidad de una autonomía respecto a las creencias no es en modo alguno negarlas, por el contrario, es buscarles el lugar apropiado y el fundamento real a las mismas. Citando a un buen conocido, Dios es la parte irracional del ser humano, lo cual no quiere decir negarlo en manera alguna, es que no hay forma más lenta pero segura que aniquilar el impulso de voluntad de creer que mediante la racionalización de la creencia, siendo la creencia algo irracional. Así como hacemos un cálculo de probabilidades y podemos determinar un alto porcentaje de probabilidad de concretar una acción propuesta, no existen valores de 100% o 0%, ya que no existen nunca certezas, todo pequeño margen de error puede sorprendernos cuando menos lo esperamos, así como un pequeño margen y cuasi imposible de acierto puede darnos una gran sorpresa, pero de forma racional sería imposible desafiar la estadística y la probabilidad sino es por ese complemento necesario en el ser humano que es su lado irracional. Sin la irracionalidad, la persona no puede llegar a hacer nada, puesto que al no existir certezas de concretar algo por más probable que sea de lograrlo, se necesita creer en que se puede lograr, toda creencia es por tanto irracional, y es justamente ese creer de poder, que proporciona la voluntad de concretar -algo totalmente irracional- lo que logra que ese 0,0001% triunfe sobre el 99,9999%. En vista a esto, si tratamos de justificar lo irracional de manera racional, primero, estamos incurriendo en el primer error de no considerar el origen de dicho razonamiento; y por otro lado, nos estaríamos acostumbrando a razonar de forma irracional y a sentir de forma...¿racional? Tal desorden es digno de una psicopatía, por lo tanto, propongo poner cada cosa en su lugar: la creencia entendida desde su creación y para qué se creó, y por otra parte, la capacidad racional como un modo de ordenar nuestras posibilidades nos puede llevar a un mejor entendimiento de la realidad, a una interpretación válida y a desligarnos de toda atadura dogmática.
En este nacionalismo que viene adaptado al siglo XXI y a las necesidades de este tercer milenio que se asoma, no podemos permitirnos dar lugar a más dogmas. En una era de información y de saturación de información, debemos poder separar cada cosa para estudiarla con detenimiento y poder llegar a una conclusión que nos permita avanzar. Este nuevo nacionalismo viene de la mano con una necesidad de fuerte progreso científico y entendimiento mismo del ser humano respecto de sí mismo, lo cual nuevamente, no es en modo alguno tirar la creencia a la basura, sino por el contrario, es darle la utilidad necesaria que conlleva la propia capacidad de crear del nuevo hombre en este contexto, lo cual le da espacio a la creatividad en todos los campos posibles, siempre potenciado e impulsado por una irracionalidad necesaria, que cada quien la entiende como más le parece y quiere llamarla según la religión que profese; siendo el hombre un ser razonable, mas no racional, es también potencialmente libre. Por tanto, esta libertad personal no puede darse sin dicha autonomía de poder poner en su lugar lo racional y reconocer lo irracional como motor de lo anterior, ya que la racionalidad y la libertad potencial son las que nos permiten desplegarnos de la manera que más consideramos adecuada, siempre y cuando, creamos que podemos hacerlo.
Lucas Cianfagna.-

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