martes, 30 de agosto de 2016

República: Ethos de la libertad como realización


"El ethos implica también una relación para con los otros, en la medida en que el cuidado de sí convierte a quien lo posee en alguien capaz de ocupar en la ciudad, en la comunidad o en las relaciones inter-individuales el lugar que conviene -ya sea para ejercer una magistratura o para establecer relaciones de amistad-." Michel Foucault

En cuanto a la acción política, es menester establecer algunos criterios básicos, para entender la dinámica de la comunidad y distinguir fácilmente los mecanismos que dan vida a la política y la acción en torno a la ciudad. Como prioridad se debe establecer el criterio con el cual se forma políticamente a otra persona, entendiendo como principal definir la libertad, con el fin de dar aportes a la formación como una disciplina personal y de una filosofía doctrinal que sirva para difundirse de manera efectiva; en segundo lugar, establecer el tipo de autoridad necesaria para evitar concepciones que se liguen a un esquema dependiente y tiránico; en tercer lugar, en base a los criterios comunes de estas tradiciones filosóficas, marcar un ethos en torno a la misión argentina en la actualidad desde el ámbito más cercano a uno después de la familia, que es el del distrito, la ciudad o el barrio, donde uno pretende organizar; en cuarto lugar, definir una idea de república como forma de gobierno que estimule mediante el estado, la libertad como una práctica previamente definida y guiada hacia la realización de la comunidad. 

Podemos comenzar por desplegar "sobre la mesa" un fragmento del inmenso aporte efectuado por Julián Licastro en su Formación de cuadros, donde deja en claro una teoría sobre la libertad ligada a su misma práctica, es decir, tratar de salir de la abstracción carente de realización que actualmente se considera respecto de la libertad como un simple "hacer lo que venga en gana" al no existir actualmente una reflexión al respecto, cuando la libertad resulta de una práctica que se vuelve la propia teoría para fijar criterios de acción y de disciplina propia: "La libertad de acción imprescindible para hacer y obrar exige autodeterminación, es decir, decisión sobre lo propio, y esta es imposible sin tener poder, al menos la 'cuota de poder' que nos deja elegir entre distintas alternativas, en una situación configurada por la presencia de voluntades contrapuestas". En esto es importante hacer un paréntesis que tiene que ver con la noción de poder a la que Licastro hace mención; en contra de la noción establecida de poder como una continuidad ad eternum hasta el momento en que es derrocada la continuidad actual para producirse un salto y emprender en otra con la trampa del recurso historicista que pretende un acontecer pre-fijado e inmodificable, sorteamos dicha trampa con el recurso de la discontinuidad que bien ha traído Foucault en diversos trabajos, dando a entender el carácter contingente de aquello que parece fatal, pero que resultó de una lucha de voluntades previa al resultado obtenido, el ya tan conocido recurso genealógico. Por otro lado, es menester brindar la diferenciación entre dicho concepto de poder ligado a lo estático e inerte, y al concepto de poder en su carácter más real, es decir, dinámico, fluido y cambiante que refleja en sí las relaciones de fuerza entre personas, y la voluntad por detentar un auto-dominio y hacer de esas relaciones a priori presentadas como estáticas, un juego de tensiones constante que invite a la acción conjunta y a la práctica sobre uno mismo. Para esto resulta también interesante traer a colación el concepto empleado por Guattari y Deleuze que titularon en su obra "El Anti-Edipo", como un tratado ético donde se puntualiza, entre otros adversarios, aquella concepción estática del poder como aquello que tiende a lo muerto, y a ello oponen lo móvil, lo dinámico y lo activo, lo cual se puede entender no como un ataque hacia el poder en un sentido absoluto, sino como un intento de reemplazar una concepción de poder por otra; para aquello relacionan la noción de deseo con los mecanismos totalitarios empleados para el dominio de los otros, entendiendo la noción de dominación no como despliegue de relación masoquista, sino más bien, como una tecnología de dominio que surte efecto mediante la pasividad de quien es dominado. Por ello es que se hace hincapié en el complemento ético de la libertad, practicada primero garantizando el auto-dominio, para luego poder ejercer poder en su sentido nuevo, es decir, activo. 

Para establecer este sentido activo, es menester establecer en qué condiciones se encuentra la autoridad y en qué contexto es aplicable esto. Veamos, todo aquel que aspire a gobernar no puede lanzarse a la techné de lo posible (Aristóteles) sin antes posibilitar el propio campo de acción previo a asumir. Para aquello es imprescindible primero tomar contacto con la praxis de la libertad y la acción, para evitar la inexperiencia en el caso más leve, y en el más grave, la tiranía pasional de uno mismo, aquel deseo que por no querer conocerlo se nos impone y nos domina, aquel tirano que el Anti-Edipo busca combatir, para formar una autoridad que provenga de una justificación alta, es decir, ésta no se impone por la fuerza, sino que se realiza por medio de la propia acción. Esta noción resulta contraria a la idea liberal, y para esto me sirvo de un fragmento seleccionado de la obra de Evola: "(...) en el sistema (liberal) en el cual el problema social es resuelto de modo de asegurar determinados privilegios a un grupo pequeño, al precio de la mayor sujeción de todos los otros; y el tipo del tirano sería por lo tanto la concreción más perfecta de tal concepto o ideal de una libertad informa, si es que se lo piensa hasta el fondo. Distinta de esto es la libertad para hacer algo, la cual se liga a la naturaleza propia y a la función específica de cada uno, significando sobre todo el poder de actuar las propias posibilidades y de alcanzar la propia y particular perfección dentro de un determinado marco político y social (...) Se encuentra bajo el signo del clásico aserto sé tú mismo, por ende también de la cualidad y de la diferencia."; en esta ocasión el joven Evola en "Los hombres y las ruinas" nos brinda una definición precisa de lo que significa una libertad plenamente practicada, y en consecuencia, una autoridad plenamente ejercida en base a dicha práctica, lo cual da lugar indefectiblemente a la desigualdad inherente de las relaciones de fuerza, pero también a las cualidades personales explotadas hacia un fin mayor, que puede ser en nuestro caso, el de la práctica de la libertad en sentido ético. A ello debemos agregar que el "sé tú mismo", no significa encontrar un origen oculto en uno mismo, sino constituirse por la misma praxis de la transformación propia para alcanzar la verdad, traducida como la realización de sí.

Pero en esto no debemos soslayar el carácter político que confiere esta práctica de la libertad, y para ello me permito traer otro fragmento, en este caso de Foucault de su entrevista titulada "La ética del cuidado de uno mismo como práctica de la libertad", en la cual hace una reivindicación del cuidado de sí antiguo como un intento de revalorizar la práctica de la libertad en un contexto político: "Me parece que en la medida en que la libertad significa, para los griegos, la no-esclavitud -lo que constituye sin duda una definición de la libertad bastante alejada de la nuestra-, el problema es un problema totalmente político. Es político en la medida en que la no-esclavitud es a los ojos de los demás una condición: un esclavo no tiene ética. La libertad es pues en sí misma política. Y además, es también un modelo político en la medida en que ser libre implica no ser esclavo de sí mismo ni de los propios apetitos, lo que implica que uno establece en relación consigo mismo una cierta relación de dominio, de señorío que se llamaba arché, poder, mando."; además del ya mencionado principio de auto-dominio como imprescindible en la práctica de la libertad, hago un paréntesis importante respecto de la afirmación "un esclavo no tiene ética", debido a que puede prestarse a interpretaciones catastrofistas. De ningún modo se puede interpretar como una determinación fatal el concepto esclavo empleado por el autor, ni mucho menos aún revisando la historia griega, ya que la caracterización del esclavo trasciende el mero plano material o socio-económico como tenemos el vicio de exaltar una y otra vez en la actualidad. Se trata más bien de un concepto que remite a la impotencia y a la consideración del poder en su forma estática, pues si es un notorio error tratar de comprender relaciones de dominio abusivas por medio del recurso masoquista como "me gusta lo que me lastima", también es un error tratar de comprender el fenómeno de la esclavitud en los antiguos como una aceptación proveniente de la mera fuerza bruta. Al esclavo se lo relaciona principalmente a aquel que no puede tener dominio sobre sí, y por tanto, necesita que otros lo ejerzan sobre él. ¿No resulta entonces algo embarazoso pensar que al no habernos darnos una reflexión pertinente de libertad, estamos adoptando pasivamente la práctica de la esclavitud como la huida del deseo hacia lo fácil que implica no ejercer dominio sobre uno mismo? Esa inquietud ya la había planteado antes, pero lo vuelvo a hacer debido a que lo molesto resuena y pide motivos, lo cual aunque sea por bronca, consigue hacer mover un poco a quienes se han sentido punzados por mi definición de esclavitud.


Nos queda por tanto, definir un posible ethos ligado al contexto nacional, o más bien, local si se quiere empezar a hacer algo, lo mejor es buscar el primer ámbito cercano, que suele ser el barrio, la ciudad o el distrito. Y a colación de la realización de los Juegos Olímpicos, que se llevaron a cabo en Brasil, podemos establecer una relación metafórica y hasta quizás, por qué no, estética en cuanto a la fijación de un ethos, teniendo en cuenta en que el ser humano tiende a repetirse en aquello de lo cual no ha aprendido, o bien, que ha desaprendido. Para esto vuelvo a traer una cita de Nietzsche de "La lucha de Homero", de su prólogo a un libro nunca escrito: "Por medio de la lucha es como se ha de acreditar toda cualidad sobresaliente, esto es lo que dice la pedagogía popular helénica,(...) Cada ateniense, po ejemplo, debía desarrollar su individualidad en aquella medida que podía ser más útil a Atenas y que menos la pudiera perjudicar(...); cada jovenzuelo pensaba en el bienestar de su ciudad natal; cuando se lanzaba, o bien, a la carrera, o a tirar o a cantar,  quería aumentar su fama entre los suyos; su infancia ardía en deseos de mostrarse en las luchas ciudadanas como un instrumento de salvación para su patria; esto es lo que alimentaba la llama de su ambición, pero al mismo tiempo lo que la enfrentaba y la circunscribía."; las palabras del autor nos resultan sumamente cercanas si pensamos sobre todo en el esfuerzo invaluable que han tenido nuestros deportistas representándonos en los Juegos Olímpicos, y de lo cual podemos estar orgullosos sin ninguna duda. Ahora bien, es posible sólo sentir orgullo por y para los logros en deporte, pero quizás esos logros en medallas nos sirven más bien como un baluarte de inspiración muy concreta para exigirnos a nosotros mismos, no sólo en el deporte para quienes lo practican, sino también para las disciplinas del saber como la ciencia y la técnica, así como las artes, ya sea la música, el teatro o la plástica, como también el gobierno entendido debidamente como una techné muy precisa que relaciona una theoresis que se reinventa constantemente en base a una praxis que permite el reflujo de experiencias que amplían el conocimiento mismo. Esta misma valoración de la competencia es perfectamente adaptable al ejercicio de la libertad como una práctica de la cual requerimos constancia, esfuerzo y creatividad, sobre todo si lo que se pretende es constituir una acción política en el ámbito local; generar grupos donde las ideas y las formas de organización sean afines resulta lo primordial, pero primero ejercer en el seno del grupo para luego trascenderse a sí mismo: la disciplina de la libertad en sentido ético, la técnica del auto-dominio, y el arte de conducir ambas prácticas en el deseo de gobernar, librado ya de la tiranía de sí y de la esclavitud como falta de dominio propio.

Lucas Cianfagna.-

jueves, 25 de agosto de 2016

Reflexión en torno a un cuento




"La evolución reconoce la base ancestral del 'estar', pero tiende activamente al 'hacer' como función social en la comunidad actual, aunque sin llegar a la apología del 'tener' como principio justificador de la vida." Julián Licastro

Érase una vez un joven filósofo en algún lugar de la Tierra, que con la edad de 23 años cursaba en su carrera de Filosofía, la materia de "Sujeto como ideal", donde se veía la temática en varios autores, del idealismo alemán y cómo se busca establecer un sujeto capaz de crear la realidad y formarla, un tema que despertaba el interés de gran parte del estudiantado. En su primer día, la joven profesora pidió a todo su curso que cada uno se presentara, y diera una breve información sobre sí mismo. Cada uno expuso su situación, cuántas materias llevaba -o bien- cuántas le faltaban, por qué eligió la carrera y qué inquietudes tenía. Nuestro joven filósofo expuso brevemente su situación, aunque con cierto orgullo y sin titubear, compartió su anhelo sobre el pensamiento y cómo le había llamado la atención la orientación de la cátedra. Siendo el último en poder darse a conocer, la profesora continuó explicando cuál es el programa, la forma en que se darían los contenidos, la metodología de evaluación y la estructura de temas.

No faltó mucho tiempo para que uno de sus alumnos se hiciera conocer y lograra la desaprobación total de todo el resto; se trataba de un hombre de 70 años que cursaba su segunda carrera de grado, habiéndose recibido joven de psicoanalista, y habiéndose dedicado la mayor parte de su vida a la docencia, decidió jubilarse y emprender esta segunda carrera. El hombre era insoportable, sobrepasaba todo límite de comentario enriquecedor, era el monopolio de la palabra en clase, siempre tenía algo que decir sobre todo, y para colmo, trataba de llevar el ritmo de la clase hacia cualquier tema que a él se le ocurría. La profesora, que con una gran paciencia intervenía con sutileza pidiendo no desviarse del tema que se estaba tratando, lograba de alguna manera re-encausar la orientación de la materia en cada clase, y así, cada clase iba teniendo que subir un poco el tono de su pacífica autoridad para lograr contener los enojos de todo el resto de alumnos que quería cursar de manera regular y sin interrupciones. Un buen día, antes de empezar otra de sus clases, decidió proponer al curso una salida definitiva a este conflicto: a modo de finalizar este problema y devolverle al resto las ganas de seguir adelante con la materia, propuso que si se mantenía la línea temática de las clases hasta el fin de curso, ella iba a permitir añadir un día extra luego de haber rendido los últimos exámenes, donde aquellos dos alumnos que mejor nota tuvieran, podrían acceder a un debate propio sobre los temas que les dé la gana. El viejo vio una oportunidad de oro, y decide entonces esforzarse al máximo para lograr aquel deseo que pesaba tanto en su corazón, que era poder ser él quien pasase a ser el centro de la atención. Por otra parte, nuestro joven entusiasta también vio una oportunidad de oro allí, más allá de lo obvio que significa recobrar la tranquilidad de la clase, sino que también percibió una oportunidad de ponerse a prueba frente a alguien que claramente ha vivido muchos más años y experiencias que él, pero que podría bien ser un obstáculo interesante. En cuanto al resto de la clase, quedaron sumamente conformes, si bien no tenían interés en quedar para el debate, al menos con ello conseguirían continuar con sus planes de cursar y sumar otra materia más a su boletín final, la materia gustaba en líneas generales y también había una buena predisposición por la fama que tenía la cátedra entre los alumnos de la universidad, ya que se veían en ella autores interesantes.

Así el curso siguió de forma tranquila y estable, se llevaron a cabo los últimos exámenes y se dio a conocer la nota de todos. Como era de esperarse, aquellos que vieron la propuesta como una gran oportunidad fueron los dos que sacaron las mejores notas, con a penas medio punto de diferencia entre sí. Es así que llega el día de la última clase, para sorpresa de nuestro joven filósofo, el aula se llenó, incluso por aquellos compañeros que no eran muy concurrentes. Al ser el viejo quien por décimas había sacado mayor nota, fue quien escogió el tema a debatir entre ambos; y allí se permitió abordar la temática misma de la materia para criticarla, empezando el debate de esta manera:

-Anciano: Si bien me propuse aprender y conocer más sobre todo aquello que pueda, no pude evitar notar la ingenuidad manifiesta que existe en la razón de ser de la cátedra, y me propongo esbozar mis motivos. Para empezar, el ideal de un sujeto creador de su propia realidad resulta en un espiritismo excesivamente metafísico, arcaico y carente de sentido para el devenir de la historia. Los procesos por el cual el sujeto es transformado en la historia son evidentes, y éste está atado a aquellos ritmos y sin los cuales no podría definirse a sí mismo. Pero otro aspecto es importante, y tiene que ver con el deseo y aquello que nos ata al poste de lo inmediato y nos pide saciar nuestra sed, quiero decir, aquel ideal que se pueda tener no resulta más que una ilusión al querer despegarse del deseo mismo.

Nuestro joven filósofo se acomoda en su asiento, y comienza con una sonrisa..

-Joven: En primer lugar podría empezar diciendo que me permito invertir los roles sobre la acusación de ingenuidad, pero no me voy a detener aún en ello. Cuidado con considerar al devenir histórico como fuerza que obtiene el único sentido de los acontecimientos, no sea cosa de que dicho argumento sea también carente de sentido frente al proceso mismo de la historia, lo cual resultaría gracioso, ya que si lo que nos define es el ritmo histórico, tarde o temprano aquella postura terminaría por refutarse a sí misma cuando el ritmo histórico realice una nueva síntesis. Estamos de acuerdo en que el deseo inconsciente, así como la falta, la laguna, la sed, son cosas que se nos presentan, pero me permito diferir sobre la fatalidad que conllevan. Si el deseo resultase un hecho necesario, ¿qué nos ata al poste de lo inmediato cuando no se conformó deseo alguno? ¿Qué lugar cabe dentro de la gran fatalidad edípica para considerar un momento previo a la formulación de un deseo? Hasta en el niño con su capricho encontramos una potencia hacia al menos, aquello que le da placer, o aquello que su cuerpo le reclama, hay allí una potencia a ser llevada a cabo, ya sea con el juguete o con la comida, no debe confundirse la filosofía reflexiva en torno al sujeto y la voluntad con una superstición, no es aquello lo que nos compete. 


Algo consternado, el anciano pierde la comodidad y hace un esfuerzo mayor mientras los demás, inclusive la profesora, prestaban ávida atención.


-Anciano: Quisiera entender de qué manera has invertido los roles como dijiste, ya que no me queda claro. Quizás hayas dado argumentos formidables, pero aún no me has dicho de qué manera, como aparentemente se manifiesta en tus palabras, has pretendido defender el supuesto de la cátedra, es decir, ¿cómo el espíritu puede crear la realidad? Tratemos de aprender con esto, sobre todo teniendo en cuenta tu juventud, es algo que debe aprovecharse. Me has nombrado los motivos por los cuales lo que dije previamente está equivocado, según tu respuesta, pero aún aguardo algo más que retórica, sin ofender, pero siendo que decidiste defender la idea de la cátedra. En la historia de la modernidad la subjetividad ha sido una construcción interesante, pero siempre ligada a una realidad más grande, que son los procesos que dan lugar a esta subjetividad que luego los hombres tratan de volver suya, pero que no por nada, siempre se les escapa, y quedan entonces abandonados tras darse cuenta que el sujeto mismo, o sea, el Hombre, como tal ha muerto en su intento por definir una historia y un ritmo que lo excede de manera infinita. 

Nuestro joven filósofo trataba de articular la mejor respuesta posible, ya que había mucho qué tocar, pero se permitió acomodarse los anteojos, mirar hacia el pupitre, subir la cabeza y continuar con mucha paciencia, ya que para esto se había dedicado previamente.

-Joven: Le aconsejo en primer lugar que deje de lado su preocupación, ya que confía tanto en el propio ritmo de la historia, espere con él la respuesta sobre los roles, ahora no interesa. Usted me pide que dé mis fundamentos sobre por qué defiendo la promesa de la cátedra, asumiendo que así lo fuera, y que deje las posturas retóricas respecto de lo que dijo antes. En primer lugar me resultó muy interesante la promesa de la cátedra, y quizás esté de acuerdo en sí con su propuesta, a lo mejor no con los modos en que se suele postular para alcanzarla, ni de las formas en las cuales se la considera, quizás allí haya algún principio de ingenuidad sobre el que usted quería saber, de cualquier forma, no sería una respuesta completa. Nuevamente, estamos de acuerdo en la construcción moderna de la subjetividad y que incluso ha tenido técnicas de sí muy precisas, provenientes incluso de períodos anteriores a la misma modernidad, de eso no hay duda. Ahora bien, esas subjetividades que usted señala que en vano los hombres tratan de volver suyas, son en sí producto de los mismos, ya que a pesar de los acontecimientos se establece una, al fin y al cabo, sin los hombres, no hay subjetividad construida, ni tampoco historia, ya que dichos ritmos que usted se empeña en señalar son también una creación de abordaje humanos, no vayamos a caer en esa soberbia historicista de creer cómo se dio la historia de una forma fatal sabiendo qué es lo que ocurrió, como aquel dicho "Todos somos periodistas con el diario del lunes por la mañana". En cuanto a la alusión de la frase de Foucault, resulta penoso que la utilice para reforzar una idea pesimista, ya que ni siquiera eso planteó el autor con respecto al tema, sino como una forma de sacarnos de encima un lastre que veníamos arrastrando sin sentido, y abrir el paso, retomando en parte la tradición filosófica clásica, aquellas formas de conocimiento de sí y de acceso a la verdad, pero dados en un contexto nuevo. 

El viejo soltó una carcajada que causó la impresión de todos los oyentes, y dándose por satisfecho, trató de poner en ridículo al joven que ya comenzaba a mostrarse nervioso ante el tumulto de gente que observaba y escuchaba todo..

-Anciano: Eso pensé, no has presentado argumentos consistentes para dar vuelta alrededor de esa maraña abstracta que llaman "espíritu", o "potencia", o "voluntad", una vez más, la risa me excede en toda la verborragia religiosa que esbozaste. ¿Cómo puede el espíritu formar el cuerpo, o aún peor, crear la realidad? ¿Acaso hay un espíritu antes de que una persona nazca? ¿Decide el espíritu la vida que le ha tocado vivir..o será que el único "espíritu" posible es el del devenir incesante del cual no hay ninguna escapatoria? Los religiosos dan risa cuando tratan de defender el concepto de Dios a partir de tales elementos supersticiosos y arcaicos, ¿o acaso no resulta evidente el absurdo que conlleva? 

Nuestro joven filósofo recupera la calma, y esta vez le toca a él sonreír una vez más, con picardía.

-Joven: Bien, ahora sí es posible completar aquello que mencioné al principio, y es que la ingenuidad que me di el lujo de mencionar como "cambio de roles", es lo que ha marcado enteramente todas sus respuestas. Verá, afirmar que el espíritu debe ligarse necesariamente a una forma fantasmal es una ingenuidad suya, y es por eso que aclaré previamente que me interesaba el lineamiento de la cátedra pero entendido de otra manera. Cuando decido hablar de espíritu, no me refiero sino a la voluntad o la potencia misma de llevarse a cabo a si mismo. El hecho de que usted no vea ninguna voluntad más allá de la manifestación de sucesos históricos, no prueba en absoluto que la voluntad humana no existe, prueba solamente que usted ha renunciado a la propia. Y quizás pueda engañar a algunas gentes usando la artimaña de comparar el concepto con una superstición, pero ridiculizar mi propio argumento parece ser la única vía para que no sea usted quien termine en completo ridículo. La otra artimaña es limitar mi propio desarrollo del concepto al terreno en el que usted está cómodo, que es el del tiempo y la historia, es decir, el hecho de que haya mencionado la imposibilidad de que un espíritu forme el cuerpo y cree la propia realidad, tiene que ver con que usted pretende someter el espíritu mismo a la tiranía del tiempo, donde lógicamente resulta imposible que haya un espíritu antes de la formación del cuerpo y de la realidad cronológicamente hablando. Pero es ahí donde radica el error y la ingenuidad, ya que considerar al espíritu o la potencia como un mero producto de los hechos y sucesos, no se condice con su real significado, o sea, lo que trasciende lo corpóreo. Por supuesto que no debe entonces ser entendido de un modo absoluto, ya que eso nos separa totalmente de su propia noción y se termina incurriendo en aquel infinito inalcanzable, o aquel conocimiento de lo universal que le he criticado; pero en cambio establezco esta noción vinculada a lo humano, que se expresa mediante la propia realización. Usted me pregunta, en tono de triunfo, cómo podría el espíritu crear la propia realidad entendido éste como una potencia y aquella como algo dado previamente. Y a eso contesto lo siguiente, si el espíritu humano es algo que busca trascender el tiempo, no se puede incurrir en la superstición de un fantasma que previamente decide en qué cuerpo de bebé meterse antes de nacer, sino que la voluntad, la potencia busca crear a partir de su realización como tal, no en un sentido cronológico, sino en un sentido de llevar la propia potencia al acto humano. Pensar que la potencia está antes en un sentido estrictamente cronológico es limitarla al tiempo, que no sólo no debe pensarse de esta forma, sino que incluso no puede, ya que sino se estaría apartando la noción de voluntad fuera del mismo ser humano, y como bien se sabe, cuando no se asigna voluntad a uno mismo, se le asigna a todas las demás cosas, lo cual explica el pesimismo de sus argumentos. Por otra parte, en el mismo aspecto reside otro de los errores, considerar la trascendencia limitada a la noción de tiempo es anular el principio mismo de trascendencia, y habiendo aclarado la necesidad de desligarla de cargas absolutas, algo tan simple como un proyecto a futuro desplegado por personas resultaría imposible según su premisa, cosa que sabemos que no pasa. Por último me gustaría darle un cierre de oro a por qué ha cometido ingenuidades en toda su argumentación. Usted nuevamente equivocó la conclusión, ya que me llamó religioso por no entender a dónde yo apuntaba, y a ello contesto de forma muy simple: hombre, no sea atolondrado, el hecho de que usted se defina por la negativa, no quiere decir que si yo adopto una postura persuadida aquella es religiosa, de hecho, yo mismo soy ateo, pero con la simple diferencia en que eso no me impide realizarme a mí mismo ni llevar a cabo en actos mi propia potencialidad, es más, me atrevería a decir que no hay otra forma de serlo, ya que tomar una postura de forma persuadida se logra por la aceptación de la realidad, la afirmación de la existencia y por realizar aquello que la propia voluntad pretende. Si queremos sacarnos de encima toda la vieja metafísica de asignar una voluntad al mundo, al universo, a la historia misma y robarla cual acto prometeico, aquello no logra sentido sino definiendo la voluntad humana como lo que crea la realidad por el simple hecho de que la intercede, la interpela, la cuestiona y la modifica, es decir, la realiza a partir de su participación en la misma. No se confunda, es usted quien está más cerca de aquellos dogmas oxidados que dice criticar, ya que la negación constante de toda existencia corresponde a la angustia sin resolver, a la cobardía y a la soberbia que le brinde alguna embriaguez de vez en cuando. No se confunda, usted simplemente está enojado y angustiado por no encontrar a Dios, lo aqueja el sentimiento del absurdo. No es ningún ateo, porque serlo implica necesariamente realizarlo, y como usted ha renunciado a la voluntad propia, no puede siquiera ser algo por retórica.

Lucas Cianfagna.-

miércoles, 17 de agosto de 2016

La discontinuidad de la tradición occidental


"Mientras el pensamiento creía poder sostenerse en lo fundamental, en espacios puramente teóricos, el mundo obraba por su cuenta; pero, si lo fundamental declinó, la fijación práctica de lo abstracto puede ejercer una influencia perniciosa en la existencia común. Resulta entonces necesario detenernos de nuevo a examinar nuestros absolutos, y a limpiar de excrecencias y añadiduras superfluas un ideal apto para servir de polo al sentido lógico de la vida." Juan D. Perón

Retomando aquello anterior, es importante continuar desarrollando la cuestión de la tradición y cómo puede continuar en un contexto que podríamos llamar de edad de hierro, en términos de ciclos históricos. Para esto me propongo tomar los autores que más me han enriquecido a lo largo de mi aún muy joven incursión en la filosofía, rescatando un punto muy preciso, para que sirva de una continuación de aquella tradición occidental que tanto se busca rescatar desde algunos sectores católicos, pero que de ningún modo han logrado, sino que por el contrario, lo que más han conseguido es exacerbar las posiciones anti-tradicionales, por lógica ningún espectro ideológico moderno está exento de incurrir en actitudes excluyentes, exclusivistas, prejuiciosas y hasta contradictorias. Como bien ha hecho Evola, primero conviene sacarse de encima el pensamiento fatal y el contraste absoluto; en segundo lugar, retomando a Nietzsche, conviene buscar una buena descripción de aquello que llamamos como tradición helénica; en tercer lugar, mediante Foucault, desenmascarar las posiciones exclusivistas que tienen incluso quienes plantean una unidad trascendente de las tradiciones; y en cuarto lugar, incluir la actualización de Agamben respecto del rol del sujeto moderno y la desubjetivación, como prácticas de escisión ontológica, y a su vez, su mismo carácter profano.

Para empezar, el pensamiento del Vedanta ya sufrió sus pertinentes críticas en su momento, y se retomaron luego con las críticas hacia René Guénon, particularmente una me permitió abrir paso hacia otras dos que considero sumamente importantes para establecer un criterio sobre aquello a lo que podemos llamar espíritu, y por ende, sus derivados. La primer crítica que se les hizo, fue que si afirman que Brahman es todo, ¿qué lugar queda para una consideración contingente o accidental de Brahman? Para esta pregunta Evola mismo había trazado una contestación contundente cuando afirma que esa frase sólo tiene sentido en el presupuesto de un principio distinto de Brahman. Asimismo, se puede considerar el acorralamiento que surge hacia el dualismo metafísico, es decir, el contraste absoluto entre dos planos de existencia resultará burdo e inconsistente, a seguir: si Brahman no contempla esta forma accidental de considerarlo, dejaría de ser todo, y si por el contrario, lo considera, también deja de serlo, puesto que como había dicho, una consideración contingente de Brahman tiene sentido sólo bajo un principio contingente o accidental de Brahman mismo, lo cual deja ver la pérdida de su carácter absoluto, ingresando dentro de la categoría accidental. La segunda pregunta que contradice esto podría ser: si toda voluntad fuera de Brahman es una ilusión, ¿no debiera serlo también aquella que se empeña en afirmar que no hay otra voluntad más que la de Brahman? En sí mismo parecería Brahman, un principio que está destinado a negarse a sí mismo, al igual que quienes lo afirman. Y como tercer pregunta, cabría decir: si el contraste es absoluto entre un plano existencial y el otro, ¿cómo se puede afirmar tener conocimiento de tal otro? Esto es, si el contraste entre un plano y otro de la existencia es absoluto, no hay pista alguna de este plano que nos conduzca a algún conocimiento sobre el otro; y en este caso también hay un jaque-mate respecto de las dos posibles respuestas, ya que de no haber un contraste absoluto entre dos planos, no formarían más que parte de este mismo, donde la realidad es gradual y no absoluta, donde existen jerarquías de verdad y no proposiciones excluyentes en última instancia. Si buscamos eliminar el contraste entre humano y divino, el primer lugar para empezar es en la metafísica obsoleta.

En el texto póstumo de Nietzsche, titulado "La lucha de Homero" como intento de un prólogo, el autor es bien claro para describir las prácticas del Estado heleno como un valuarte ético y estético: "El sentido originario de esta singular institución no es el de válvula, sino el de estimulante; se desterraba a los que sobresalían para que se restablecieran los resortes de la lucha; es ésta una idea que se opone a nuestro exclusivismo del genio en el sentido moderno, pero que parte del supuesto de que en el orden natural de las cosas siempre hay varios genios, que se estimulan recíprocamente, aunque se mantengan dentro de los límites de la masa. Esta es la esencia de la idea helénica de la lucha: aborrece la hegemonía de uno solo y teme sus peligros; quiere allegar, como medio de protección contra el genio, un segundo genio".  Este es quizás el punto más importante por el cual me reservo mis diferencias con aquellos que sostienen un Estado absoluto como modo de alcanzar la tradición; el Estado heleno, por su parte mantiene una idea más asimilable al principio de república, sin el componente cívico que los romanos agregaron, pero con un sentido de ética emanado de una realidad que a priori podría ser terrible, pero canalizada hacia una suprema producción estética. Aquel exclusivismo de un grupo, o del genio mismo que el autor denuncia, es aquella misma actitud que tristemente se tiñe de nostalgia en los deseos de los llamados "tradicionales" pidiendo por la vuelta de un Estado absoluto, y en casos más aberrantes, de ese decadentismo moderno que significó el totalitarismo como intento burdo de imitarlo; la ética de la mejora y la perfección constantes, no deja hueco alguno por el cual se pueda meter alguno de estos injertos modernos deformados, aquí el principio de jerarquía y poder es bien claro: dinamismo y legitimidad constante al servicio de una libertad desigual, practicada con ética.

Siguiendo con la reivindicación de la tradición helénica, podemos tomar el aporte que Foucault ha dado en sus conferencias sobre la "Hermenéutica del sujeto",  e inclusive en su primera lección, deja ver un aspecto importante: "A mi juicio se debe a que la épiméleia aparece como algo melancólico, algo cargado de connotaciones negativas, algo a lo que no se le confiere la suficiente capacidad de fundamentar una moral positiva para toda la sociedad. En la Antigüedad, por el contrario, gozó siempre de una significación positiva; constituyó el origen de los sistemas morales más estrictos de Occidente. El cristianismo, que como toda religión que se precie no posee una moral propia, se nutrió de esta tradición". He aquí una parte importante, ya que se traza una línea de tradición más allá de las formas tradicionales, y en esto el autor fue bien claro, el cristianismo fue una más de ellas, una contingencia, lo cual no significa que esté desmereciendo su articulación de la tradición helénica misma, pero sí me permito señalar cuándo ha pasado a formas de contraste, de decadencia, de dependencia, o bien, modernas respecto del sentido tradicional, y que luego, tienden por sus mismos defensores, a ser exclusivistas, principio de la intolerancia religiosa. Me permito acompañar mi argumento con otro fragmento: "Esta noción de la preocupación por uno mismo está en la actualidad un tanto perdida en la sombra. La razón de que esté en la sombra se debe en parte a que esta moral tan estricta -surgida del principio 'ocúpate de ti mismo'-, a que estas reglas tan austeras, nosotros las hemos retomado de otros sistemas de pensamiento -ya que aparecen tanto en la moral cristiana como en la moral moderna no cristiana, pero en un clima totalmente distinto-." Y ahí va el otro aspecto que considero de suma importancia para aclarar malentendidos; no se trata pues, de que la tradición fue perdida con el advenimiento de la modernidad, sino que la modernidad como tal, fue un proceso contiguo al desarrollo primero de las formas cristianas que incurrieron en prácticas anti-tradicionales, que vistas en un proceso de secularización -como bien pudo estudiar Max Weber-, dichas prácticas no sólo se complejizaron, sino que también se extendieron a la población civil común; por ejemplo mediante el concepto de sacramento (en lo judicial) y de tomar los dispositivos de la economía, lo cual fue un acto que bien puede calificarse de profano, y que sin el cual, no tendríamos aquellas formas de disciplina que se calificarían posteriormente como decadentes.

Agamben retoma este trabajo de Foucault, y decide ahondar sobre los aspectos biopolíticos de su obra. Continuando con la cuestión de las prácticas profanas, se evidencia en la economía, cuando las instituciones religiosas fueron escindiendo ontológicamente la acción del ser, brindando a la acción sobre los recursos un carácter secundario respecto al ser que no podía ser otro que la existencia de la institución misma. He aquí un acto de profanación propiamente dicho, que no sólo no fue detenido a partir de la modernidad, sino que incluso, a pesar de ciertas fuerzas de reacción, acabaron por ampliar sus horizontes gracias a la Reforma; el otro acto de profanación fue el de judicializar en base a un objeto que es el mismo órgano de disciplina, los procesos y derechos de castigar, con esto se establece una harta contradicción: la creación del sacramento significó otro gran acto de profanación, sin el cual no podían resolver aquellas cuestiones territoriales y de complejización de los hechos jurídicos. Cito: "Sin embargo, como suele suceder, la fractura que de este modo los teólogos habían intentado evitar y quitar de Dios sobre el plano del ser, reaparece en la forma de una cesura que separa en Dios el ser y la acción, la ontología y la praxis(...)", "En vez de la experiencia mesiánica del cumplimiento de la ley y el tiempo, tiene lugar una hipertrofia inaudita del derecho que, al pretender legislar sobre todo, manifiesta sin querer la pérdida de toda legitimidad por un exceso de legalidad". Evidentemente, hubo más hechos que marcar, pero para no extenderme demasiado, son muy puntuales aquellos dos aspectos que Agamben menciona: la economización y la judicialización de las sociedades, pero a su vez enmarcados ambos por un proceso de subjetivación con sus respectivas diferencias, pero que conlleva una continuidad considerable entre la institucionalidad religiosa medieval y la modernidad. La noción de profano, el autor la confiere a una noción jurídica del derecho romano, y la utiliza como positiva, pero en el sentido de restituir a los hombres aquellas cosas que han quedado relegadas y separadas de su uso común, lo cual hasta tiene un aire prometeico, y por tanto sagrado. La escisión entre la ontología y la praxis, o bien, entre acción y ser, constituyen la misma escisión que las posturas decadentes han logrado con la separación entre espíritu y humanidad, lo cual nos ha puesto innumerables veces en actitudes pasivas y profanas, si se quiere, en lo que respecta a nuestra tradición occidental misma. Por ello, la respuesta es bastante simple y contundente:
Borrar la idea de contraste absoluto, reinterpretar en sentido político la herencia helénica, identificar y acorralar el exclusivismo, y por último, devolver a lo humano su carácter de potencia trascendente, que es básicamente lo que aquí dejé plasmado.

Lucas Cianfagna.-


martes, 9 de agosto de 2016

Hermenéutica de la tradición


"En general, hoy el 'hombre tradicional' se nos debe presentar como un tipo bastante libre en cuanto a vínculos y formas exteriores, pero muy sólidamente radicado en aquello que es el fondo común, invariable, perenne de toda gran tradición histórica." Julius Evola

En cuanto al intento de fortaleza que se han propuesto algunas personas de ponerle a la tradición occidental, me permito hacer la pertinente crítica, tratando de poner el acento en algunos autores modernos y contemporáneos que al menos nos dan herramientas, sino también dejando entre ver de forma explícita o implícita, una inclinación por retomar de la manera en que consideraron la adecuada la riqueza del pensamiento occidental y de la tradición en su diversidad filosófica. Para esto es imprescindible tratar de desligarnos del hermetismo de los autores que trataron de representar el tradicionalismo europeo, cuando muchos de ellos, han incurrido en prácticas totalmente anti-tradicionales, yendo al caso, como lo es del racismo en su sentido más positivista, de alimentar supersticiones antisemitas y de desprecio bien disimulado de las expresiones culturales ajenas. Después de todo, la tradición se encarga en mantener una identidad y dominio propio, ejercer un ordenamiento y establecer los vínculos con lo sagrado en sus más diversas formas, lo cual no quiere decir que se deba hacer de una única manera, porque entonces se estaría incurriendo en el costumbrismo y no en la tradición propiamente dicha, en el amor al pasado y no a lo eterno que sufre transformaciones, siendo la tradición una instancia trascendente en la historia que se busca posicionar acorde a los tiempos presentes.

Por esto mismo, propongo fijar -como es de costumbre- tres puntos para esclarecer aquello a lo que apunto: en primer lugar, desligarnos de la interpretación dogmática de la obra de Julius Evola y dejar de buscar ser apóstoles de su pensamiento, ya que si algo trataba de evitar, es el bastón existencial de considerarse "los más evolianos", y tratemos de focalizar en su aporte en un sentido lo más realista posible; en segundo lugar, esclarecer la postura de los autores modernos y más contemporáneos -desde la influencia kantiana- a modo de desmitificar su pensamiento de posmodernos y reaccionarios; en tercer lugar, ahondar sobre la ontología del presente, a modo de superar el decadentismo fatalista y el culto a la contemplación existente en el pensamiento de varios de los últimos exponentes.

En cuanto a la crítica evoliana, diría a modo esquemático que lo principal es abandonar las formas viejas del platonismo, y con esto no me refiero abandonar dicha corriente, sino soltar aquellos elementos que son más bien nocivos en cuanto a la acción y la realización humana. Para empezar, terminar con el dualismo metafísico, si algo buscaba el autor acabar, era precisamente con los contrastes existenciales y conceptuales, así como también el contraste entre humano y divino, también aplica a tradición y modernidad, inclusive a nociones como empírico e ideal. Estas formulaciones de falsas dicotomías son propias de las tradiciones fatales, que se mantienen de algún modo u otro, en base a la reducción dialéctica de los procesos históricos, de los conceptos y de la existencia misma, en cuales posiciones no hay jerarquías, sino toma de postura según lo que se postule, algo así como una actitud excesivamente retórica, y hasta a veces demagógica, respecto a posturas, lo cual deja el terreno apto para una posición contemplativa hasta el hartazgo. La tradición occidental, fundada sobre la filosofía como forma cultural más general, ve como primeros gestos, las reflexiones de los personajes en la tragedia griega, cuyas respuestas a los interrogantes, además de no considerarse cerradas, se plantean en términos de superación de la doxa y del sentido común en las formas más superficiales de pensamiento; ya sea desde la respuesta de Edipo a la Esfinge, como más adelante fue la búsqueda de la verdad en Sócrates, la elevación del alma en Platón, el abordaje de la metáfora en Aristóteles, como también estuvo en Heráclito y Parménides, con posturas encontradas, pero el trasfondo de tradición se logra ver en un primer gesto a partir de esto que se puede considerar abordar la reflexión más allá de la estructura lógica imperante, tema que retomaré más adelante. Por otra parte, en Evola el sujeto como creador y como afirmador de existencia, no debiera necesariamente ser tomado como un espíritu en su sentido más burdo quien elige existir antes de siquiera nacer, sino bien, como una aceptación existencial en toda su plenitud, es decir, nadie elige dónde y cómo nace, ni tampoco la época que se le presenta, pero sí elige cómo transitarla y cómo intervenir en ella, cuanto mayor sea su participación e intervención en los sucesos que lo circundan, mayor capacidad creadora y despliegue de voluntad habrá de realizarse, que es al fin y al cabo, el objetivo de la defensa del sujeto como potencia.

Siguiendo respecto a la cuestión de la influencia de Immanuel Kant como tradición idealista, que es el punto de partida de Evola para desarrollar el sujeto como potencia, podemos establecer dos líneas que Kant traza sobre sí a partir de la cual, su pensamiento queda dividido en dos posturas tan encontradas como distantes. Por una parte, está la corriente fundada sobre la razón universal, la cual tiene en sus exponentes los autores que se le desprenden: Georg W. F. Hegel, Karl Marx y Jürgen Habermas, como principales. Esta corriente se aboca a la búsqueda de una racionalidad que pueda ser un fundamento definitivo, se trata de encontrar un significado sacro en la historia y la razón que pueda ser vislumbrada mediante los abordajes específicos de cada autor, ya sea en Hegel con el espíritu de la historia, en Marx con el materialismo dialéctico y en Habermas con la teoría de la acción comunicativa, lo cual deja ver en los tres casos, su tendencia más cercana a lo moderno en cuanto a su actitud contemplativa y fatal en gran parte (sin ser absolutos), y de poner en contraste conceptual el espíritu de su materialidad, como si se tratase de un núcleo ubicado en un plano diferente y cuyo hallazgo siempre se halla en tela de juicio, debido a que de existir ese otro plano, no es cognoscible para nosotros, si precisamente el contraste es absoluto. Por otra parte, Kant desarrolla una segunda corriente, en mi consideración más ligada a las críticas esbozadas sobre el interrogante del hombre, que llamó ontología del presente, la cual me propongo tomar para desarrollar y mostrar su importante aporte como corriente de la cual puede uno retomar los aspectos más esenciales de la tradición filosófica occidental. En esta segunda corriente, se destacan tres principales autores que han contribuido desde sus abordajes respectivos a tratar de re-insertar la tradición en un contexto moderno y contemporáneo, tratando de fijar cómo se llega al pensamiento actual haciendo una revisión previa: Friedrich Nietzsche, Max Weber y Michel Foucault. Las principales características que agrupan a los tres es, la postura de primacía de la voluntad del sujeto frente al contexto que lo rodea, y como abordaje se utiliza principalmente la genealogía, que se encarga de estudiar en qué condiciones fueron posibles los sucesos históricos, y romper con un sentido oculto como algo sacro, sino de mostrar la naturaleza violenta de las voluntades que se disputan y eventualmente una triunfa sobre las demás.

En el caso de Nietzsche, retoma la tradición interpretativa de textos más allá de la lógica formal como lo fue con la metáfora en Aristóteles y Heráclito, como mencioné; y contribuye hacia una genealogía de los valores morales occidentales y el fruto de su decadencia ubicado en posturas decadentes de las religiones y las debidas influencias de la postura sacerdotal emanada del hinduismo, como bien ha desarrollado Evola, y proponiendo como postura una voluntad de poder que trata de fijar esta potencia del espíritu en una integración de lo externo y lo interno, y por consiguiente, del mismo con la materia (subordinándola), por ello critica el dualismo metafísico y el contraste conceptual de la mayoría de corrientes decadentes hacia las cuales Nietzsche pone el ojo, exaltando la tradición guerrera y de acción, por sobre la decadencia de la contemplación. Por otra parte Max Weber, realiza un estudio dirigido a las religiones puntualmente y a la incidencia de las mismas en las formas del capitalismo y las condiciones modernas como un proceso de racionalización, su abordaje genealógico muestra en qué condiciones surgieron las posturas religiosas, cómo nos competen y qué herramientas ofrecen para superar la determinación cultural mediante un sujeto-actor, y para lo cual se sirve de la vocación como una forma de explotar las propias potencialidades, lo cual presenta características comunes con la conducta y el cultivo propio de las virtudes en la antigüedad clásica. Michel Foucault se emprende en una tarea mucho más ambiciosa, logrando abarcar la empresa genealógica de estos autores precedentes y logrando agregar una empresa crítica como modo de llevar este estudio genealógico a la práctica en cuanto al discurso. Foucault emprende la genealogía del sujeto moderno mismo, fijando sus raíces luego de la caída del Imperio Romano y cómo este sujeto continúa como una variación secular de las formas de conocimiento medieval ligados a la dependencia fatal del aprendiz y el maestro, degradando las formas clásicas de acceso a la verdad. Es muy importante resaltar esto, ya que se lo suele enmarcar a Foucault como un autor posmoderno, y lejos de ello, se postula como un gran recuperador del espíritu de la antigüedad como prácticas de acceso al conocimiento, rescatando tres aspectos esenciales de la tradición clásica: en primer lugar, retomar la interpretación literaria y buscar una reflexión en la literatura traspasando las fronteras entre lo pensable y lo impensable, esto es, interpretar problemáticas que atraviesan a la humanidad como lo son la locura, la razón, la sexualidad y el saber mismo. En segundo lugar, rescata el cuidado de sí propio del gnothi seauton -conócete a tí mismo- que caracterizó el período desde la intervención socrática, hasta inclusive las prácticas romanas epicúreas y estoicas; en las técnicas de cuidado reivindica la actitud autónoma de los clásicos frente a la actitud más bien monástica y moderna de la dependencia y el contraste absoluto entre aprendiz y maestro. En tercer lugar, rescata el sentido de libertad como práctica ligada a la comunidad y aplicada en un sentido ético de responsabilidad; en este aspecto Foucault resalta lo inseparable que se vuelve la libertad de la ética, siendo en sus palabras "libertad es la condición ontológica de la ética, pero la ética es la forma reflexiva que adopta la libertad".

Para seguir la premisa original, es importante no soslayar el papel de estos autores contemporáneos de la ontología del presente, y su posibilidad de re-insertar la tradición bajo las condiciones de posibilidad actuales, como modo de resolver la angustia existencial y el nihilismo pasivo de una realidad supuestamente consumada. Si queremos que lo tradicional prime sobre lo moderno, no debemos establecer contrastes absolutos, sino más bien designativos, a modo de generar las pertinentes jerarquías puestas en un mismo plano, y no posturas dialécticas separadas por supuestos planos diferentes. La aceptación de la realidad y la postura activa de mantener la tradición de filosófica más allá de las contingencias de la historia es lo que nos ubica como tradicionales. No queremos adoradores de una costumbre pasada, ni de una única forma espiritual, más aún si esa forma ha demostrado ser decadente por ponernos en una situación de contraste y dependencia, necesitamos para ello una espiritualidad ante todo actualizada, que nos ubique dentro de una verdadera concepción de tradición que se vuelva a ubicar como privilegiada, de autonomía, libertad y voluntad, frente a formas que han querido mostrarse tradicionales pero que han resultado inertes, fatales y dependientes, o sea, modernas.

Lucas Cianfagna.-