domingo, 11 de septiembre de 2016

Nuevo desafío político

"Este espíritu igualitario, en el seno mismo de una concepción agonística de la vida social, es uno de los rasgos que caracterizan la mentalidad de la aristocracia guerrera de Grecia y contribuye a dar a la noción del poder un nuevo contenido. La arkhé no podía ser ya la propiedad exclusiva de un individuo cualquiera; el Estado es, precisamente, el que se ha despojado de todo carácter privado, particular, el que escapando a la incumbencia de los gene, aparece ya entonces como asunto de todos." Jean-Pierre Vernant

Como había dicho anteriormente, la decadencia política y cultural corresponde no sólo a una cuestión de ciclos, me referí sobre todo a aquellos aspectos que parecerían ser sintomáticos, pero que en realidad, sin ser la causa primera, dan cuenta de aquello que se ha perdido y  que urge retomar para brindar movilidad nuevamente a una inercia que consume la voluntad de hacer y que eventualmente resiste a todo intento de superación. Con esto no vengo de moralista a tratar de decir como todo pesimista "¡Se han perdido los valores!", cuando en realidad lo que se perdió es la fluidés con la cual podemos darnos a nosotros mismos aquellos valores que la actualidad demanda para nuestro entorno, y principalmente para nosotros mismos. Por tanto, como siempre, enumero las nociones a tratar: En primer término, diferenciar las nociones de poder y potencia, que nos permiten caracterizar la acción desde lo individual y lo grupal de forma distinguida; en segundo lugar, retomar aquella crítica que yo había hecho a las nociones modernas de igualdad y libertad según estos otros dos conceptos que estoy incluyendo, para darle un sentido más efectivo a cada noción; y en tercer lugar, tratar de identificar nociones que podríamos llamar "coaguladas o estáticas" del poder, provenientes de forma más cercana en el proceso de burocratización del Estado moderno y la pérdida inminente de la vida política en cuanto a la acción y la creación de sentido.

Haciendo mención de los dos aspectos para los cuales pretendemos restaurar aquel dinamismo vital, se podría empezar definiendo dos conceptos que nos ayudaría a identificar criterios aplicables a cada uno, y que usualmente son confundidos como lo mismo. Me valgo de un par de citas para esto, de la gran amiga Hannah Arendt, que distingue en "Sobre la violencia" dos elementos importantes para la acción política: "Poder corresponde a la capacidad humana, no simplemente para actuar, sino para actuar concertadamente (...) Potencia designa inequívocamente a algo en una entidad singular, individual;es la propiedad inherente a un objeto o persona y pertenece a su carácter, que puede demostrarse a sí mismo en relación con otras cosas y con otras personas, pero es esencialmente independiente de ellos". Acá la autora hace una distinción sumamente importante, reúne los dos elementos de la acción política que conciernen a la formación personal de cada persona por un lado, y a la formación grupal por otro, que lamentablemente se las suele confundir, y esa confusión nos cuesta caro, ya que considerar potencia igual a poder, nos hace creer que no hay organización posible que pueda doblegar una potencia individual, así como tampoco había posibilidad de organizar un grupo de poder si se piensa que no hay potencia alguna en el accionar humano. Para cada concepto corresponde a utilizaciones clásicas, al fiel estilo de la autora, pero que nos es dada por Jean-Pierre Vernant con mayor detalle arqueológico en "Los orígenes del pensamiento griego". El autor expone, entre tantos, dos tipos de guerreros que responden a contextos diferentes de la acción: por un lado, los hippeis, que se destacan por la destreza personal y las habilidades individuales que puede disputar un duelo contra uno de manera eficaz, aquello que podríamos trasladar al contexto de la potencia definido por Arendt, donde se destacaría la personalidad política por sobre los grupos, quien sería el que crea las condiciones aptas para que un grupo se forme de la mejor manera posible; por otro lado, los hoplitas son en cambio aquellos que se forman grupalmente, aquel contexto en el cual no conviene desdibujarse del colectivo para no crear fisuras en él, cuyo origen se encuentra en la antigua falange. Estos grupos guerreros bien pueden tenerse en cuenta no como contrastes absolutos donde una persona debe optar por uno  o por otro, en todo grupo político dinámico y que busque posicionarse en el futuro, debe entonces tener de ambos, sin mencionar que resulta obvio que más allá de la coexistencia de estos dos tipos en cada persona, siempre va a primar más uno sobre el otro, aquello queda a disposición individual. La falange, o los hoplitas bien pueden servir para la formación de un partido, para brindar la coherencia grupal necesaria sin la cual surge la disgregación y la atomización, la huída de los militantes, así como el hippeis se vincula a aquellas potencialidades que una persona puede aportar al grupo desde su individualidad, lo cual permite a su vez que la coherencia grupal no desintegre a los sujetos, sino que les dé el mejor canal para que expresen sus habilidades, por lo tanto, se podría decir, que resulta imposible constituír grupos políticos formados correctamente sin alguna de estas dos figuras.


Estas dos figuras que empleó Vernant, y que me propongo hacer una analogía pertinente con las nociones de Arendt, me permito entonces transpolarlas a aquellos dos valores fundadores de nuestro Estado en sentido histórico que son la igualdad y la libertad. Como ya había dicho, nos cuesta mucho no permitirnos reflexionar sobre cómo darle una aplicación práctica a esta teoría de la igualdad y la libertad, pero yo me propongo por otra parte, reformular la teoría, ya que si ésta no consigue su aplicación práctica, entonces es mejor reformularla en base a lo que ya se ha visto como prácticas en sentido de acción. Resulta evidente a cuál figura corresponde cada valor. En cuanto a la igualdad, la noción de falange griega va muy bien con la coherencia grupal y la disciplina partidaria, lo cual no significa autoritarismo, como así se lo suele asociar, muy por el contrario, es la misma idea que aplica a un funcionario de carrera que se dedica a trabajar en el Estado, de lo cual carecemos totalmente, pero que ya vendría siendo hora de aplicar. La igualdad no puede ser entendida en su sentido negativo o pasivo como un derecho natural del cual disponemos todos, la igualdad debiera estar asociada al compromiso, sin el cual no existe en absoluto democracia, se transforma en otra cosa, por ejemplo, en el burocratismo que no permite funcionarios de carrera sino prevendas partidarias, o bien, en el plano partidario, meros militantes de volantes o pegatinas, lo cual sin duda es importante, pero para la formación interna que hace crecer al partido no es lo principal. Aquel compromiso resulta una idea activa o afirmativa de la vida política, que reconoce iguales a aquellos que participan, no sólo en militancia, sino también en otros posibles ámbitos, en ese caso, sería responsabilidad nuestra modificar aquellas instituciones para que la representación política no sea abstracta y numérica, sino que ésta sea más bien funcional a la idea que se busca expresar, por tanto, la igualdad no puede sino practicarse dentro de una voluntad de hacer, en su sentido más primario, y en un escalón mayor, organizarse en un grupo coherente. En cuanto a la libertad, ya he dicho suficiente al respecto, pero podría agregar la importancia que tiene frente a cada grupo, como un elemento que equilibre la coherencia grupal con la posibilidad de explotar las habilidades propias en el lugar que el grupo proporcione. En el caso de la conducción o el liderazgo, aquella libertad es entendida como formativa del mismo grupo, y es de hecho su expresión más acabada, ya que no hay libertad más grande que aquella que crea sus propios medios de obrar.



Por último, cabe señalar un aspecto fundamental, que es el que ya he mencionado, sobre la necesidad de devolver al poder su aspecto dinámico, y deshacernos de esa concepción estática del poder, aquello que supone dominación, inercia y peligro de destruir el poder mismo. El desarrollo de la burocratización del Estado como tendencia moderna ha sido descrita por Max Weber con total claridad, y por lo cual, nos exhorta a explotar las subjetividades direccionado a la política como la constitución de instancias más allá de lo burocrático, expresando una movilidad de poderes. El término "coagulación" fue empleado por Foucault en la entrevista titulada "Estos son mis valores", donde explica su preocupación por esto mismo que menciono. Aquello que quiero proponer respecto de la libertad y la igualdad, viene a colación con la necesidad de modificar las instituciones existentes, y crear aquellas que nos permitan realizar estas nociones en lo concreto. Para aquello conviene deshacernos del burocratismo (no del concepto de burocracia en su sentido puro) en el sentido de deshacernos de aquellas tendencias que vuelven al poder algo que tiende a su propia muerte, es decir, el burocratismo tiende a entorpecer la comunicación social y las relaciones de fuerza, por tanto, se necesitan de estructuras de poder dinámicas que correspondan a su ejercicio constante, y no a una ley de hierro. La tensión de poderes constituye la natural desigualdad respecto de quienes lo disputan, por ello la igualdad debe encontrarse en estructuras partidarias y organizativas que busquen la coherencia interna y permitan a su vez la expresión de la potencia personal. A su vez, es necesario comprender que la libertad no se ejerce en un ámbito de emancipación total del pueblo respecto a las autoridades, sino por el contrario, creando instituciones, lugares que permitan la tensión de las partes sin que aquello ponga en peligro la supervivencia del Estado y del poder, sino más bien que funcione como un re-vitalizador de la estructura social. Una estructura de cuerpos que garantice flexibilidad y creatividad en resolución de conflictos entre partes, evitando la tiranía de la autoridad por un lado, y el exceso de avance de los representados por el otro. Garantizar un contexto de expresión de la libertad como auto-determinación y fortaleza, sin que vaya en desmedro con las formas grupales y colectivas, y permitiendo que éstas guarden la identidad, constituye la nueva tarea que tenemos por delante quienes buscamos poner las cosas en movimiento y queremos con ello constituirnos como actores.



Lucas Cianfagna.-

jueves, 1 de septiembre de 2016

Conspiración y discurso

"Para hablar del poder hay que desplazarse por los modos en que se enuncia una verdad que legitima el relato de los que mandan, y puntualizar la diferenciación ética que distingue a los sujetos.(...) La verdad , además, se articula a una preocupación sobre las condiciones, los límites y las prácticas que un aspirante debe cumplir para estar preparado en el momento de recibirla y adoptarla." Tomás Abraham

Existen diversas posturas respecto de aquello que el "sistema" promueve, y en contra-partida todo lo que no promueve está prohibido o silenciado. Me parece que esa explicación es insuficiente, debido a que en primera instancia existe una confusión bastante generalizada que no distingue dos aspectos que son bien diferenciados: contenido discursivo y relaciones de fuerza marcadas por el discurso. Por un lado, se piensa que el contenido discursivo es inseparable de las relaciones de fuerza que el discurso mismo modela, lo cual sólo deja terreno apto para dos tipos de conclusión: lo que dé tranquilidad y sea correcto (discursivamente) debe ser bueno, en caso de adherir, y por ende lo relegado de este discurso, sea aquello que naturalmente está equivocado; luego, si no se adhiere al discurso, se cree a la inversa, que lo correcto es equivocado, y aquello incorrecto debe ser lo verdadero. Por ello me parece importante diferenciar ambos aspectos, ya que la discusión entre "discurso opresor" o "discurso justo" no dependen más que de la pura subjetividad, donde voy a encontrar argumentos tanto a favor de uno como de otro, lo cual no permite un análisis serio, sino más bien una pelea de gustos discursivos.

Para cortar definitivamente con la paranoia conspirativa, en primer lugar, se debe comprender cómo se componen los discursos, que contienen sus elementos de armado consciente y también inconsciente -conocido como causas no reconocidas-, así como las consecuencias no intencionadas, en términos de Antony Giddens, todo discurso por más meticuloso que sea en su producción, separación, prohibición y límite, va a conseguir siempre una resistencia que lo oponga; eso por un lado. Por otro, esa resistencia no se debe a que aquella guarda una verdad que el discurso nos oculta, una realidad sacra, sino que por el contrario, lo que el discurso busca ocultar más bien, sería aquel origen no-sacro del mismo. Como he explicado yo, y no ha sido en absoluto invención mía, todo discurso instalado se pretende como natural y de razón universal, como si se tratara de un acontecimiento fatal, por ello es que hago tanto hincapié en una postura crítica que permita ver qué es lo que el discurso se encarga de producir, separar, prohibir y limitar; y luego, se aplique la genealogía para saber cuáles fueron las posibilidades de aparición del discurso, en qué momento, cómo se logró implantar, y por último, cómo reaparece cuando pareciera haberse retirado.

Dicho esto, podemos pasar a la parte que me interesa, para librarnos de la moda conspiranoica (no digo con esto que no puedan existir conspiraciones, simplemente que de existir, no son ni perfectas, ni absolutas como se cree, ni tampoco que por ser conspiraciones pretendan ocultarnos la verdad): confundir contenido del discurso con la posición en la que uno ocupa tácticamente frente a él. En primer lugar, cuando alguien denuncia que hay una conspiración en el discurso para silenciar a la gente como él, quiere decir que esa persona ocupa un lugar dentro de aquello que el discurso separa, prohíbe o delimita, no significa que esa persona es poseedora de una verdad superior que las fuerzas del mal tratan de callar (principio de ego). En segundo lugar, si fuera la postura anterior válida, ¿por qué no podría serlo una postura exactamente igual pero ubicada dentro de la producción del discurso, o bien, aquel que el discurso privilegia? Este mismo podría alegar que el discurso es verdadero porque conserva, salvaguarda o protege un principio superior que trata de ser profanado por los falsificadores, de igual forma en que el contra-discurso dice que tal principio superior se trata de callar y quitar de nuestras mentes. 

El discurso produce, esto quiere decir que las relaciones de poder no se limitan a un "se prohíbe esto o aquello", sino que es "se promueve esto, esto lo descartamos, aquello otro lo prohibimos, y eso que queda está al margen de lo posible". Pero ya demasiado se ha hablado de lo que el discurso separa o prohíbe, prefiero entonces centrarme en aquella voluntad de verdad, o bien, lo que el discurso considera como pensable, y por contrapartida, lo que queda como impensable. La separación entre verdadero-falso constituye el límite de lo pensable para el discurso, lo cual trata de excluir cualquier tipo de grado o matiz dentro de lo verdadero o lo falso, aquello pasaría a quedar fuera de lo pensable. Esta es una de las principales razones por las cuales no se puede confundir contenido de discurso, de la posición táctica frente a él (de poder), ya que un discurso en su voluntad de verdad puede hasta parecernos objetivo y verdadero en algunos aspectos, simplemente estamos en una relación de desventaja por X o por Y. También la imposibilidad de pensar grados de verdad o falsedad conducen a estas posturas extremas entre "el discurso es verdadero" y "el discurso es la falsedad en vida", ya que un discurso que nos mantiene materialmente en una situación de desventaja táctica, puede producir dentro de su voluntad de verdad, algo real en rasgos generales, pero que al tener aspectos ambiguos que una persona puede notar, ya pretende calificarlo de falsedad "si oculta esto, debe ser todo lo demás falso también", tal cosa es absurda.


Puede ocurrir que un discurso que en relaciones de fuerza sea opresivo respecto a uno, pero su contenido no oculta objetivamente la verdad, sino que la produce, es decir, existen discursos basados en la verdad, que oprimen, lo cual puede conducir a suposiciones poco claras, vacíos, la sensación de que "algo falta acá". Aquellas lagunas, ambigüedades y vacíos que uno encuentra, deben buscarse como más allá de la dualidad verdad-falsedad, es decir, más allá de la voluntad de verdad de lo que limita aquello que se debiera pensar, ya que entonces, el contra-discurso supuestamente rebelde, pasaría a ser una consecuencia obvia del discurso instalado que se busca criticar. Volvemos al principio, todo discurso por más minucioso y complejo que pretenda ser, generará su resistencia, el desafío estaría entonces en generar una resistencia eficaz y que trascienda las fronteras discursivas, y para ello debe buscar más allá de la dualidad verdad-falsedad, en lugar de hacer lo que el discurso espera como resistencia inútil para asegurar su continuidad.

Lucas Cianfagna.-