"No ha de confundirse el 'ser' con el 'deber ser', la polìtica es algo." Niccolo Macchiavelli
Tristemente, a pesar del transcurso de 5 siglos, se hace necesario tocar un tema, cuya necesidad me causa vergüenza ajena, pero que me veo obligado a hacerlo y a desentrañar varias cuestiones que parece que no se han entendido bien. Me inspiré en algunos escritos de amigos desde lo positivo y dichos desde otros que al día de hoy me resultan abrumadores, es decir, medio milenio de creación de teoría política parece que no bastan para quienes piensan volver al estado teocrático, a las inquisiciones, tribunales de fe y otras yerbas que resultan asquerosas para la vida hoy en día. Una vez más disfruto metiendo el dedo en la llaga de aquellos adoradores del pasado y aquellos cuyo pensamiento no es sino, algo nocivo para el espíritu creativo que hoy más que nunca, se necesita en quienes lleven a cabo una tarea de cambio.
Desmitificación del supuesto capricho moderno
A partir del Renacimiento se produce una revalorización -vale decir- de forma completa respecto al hombre y sus disciplinas más diversas, pasando por el arte, la ciencia y la filosofía. A partir de este momento las disciplinas comenzaron a cobrar autonomía, ¿de qué? de los postulados teológicos y metafísicos, es decir, del dogmatismo filosófico, la escolástica y la lógica del optimismo racionalista; esto es, separar la ética de las propias disciplinas, por ejemplo, al día de hoy a nadie se le mueve un músculo si se plantea algo tan elemental como la astronomía, la biología o la geografía como carentes de ética teológica, es incluso algo reclamado y con justa razón. Maquiavelo quiso hacer esto mismo con la política, y recibió (y sigue recibiendo) duras críticas, desde lo moral, hasta en lo religioso que se acerca a un extremismo de tal característica; y llega a ser sorprendente cómo los naturalistas y defensores de la escolástica y del dogmatismo lógico se escandalizan cuando se propone la separación de la actividad política respecto de la religión, y querer primar la experiencia sobre la prédica exclusivamente teórica, es decir, se escandalizan con el desarrollo científico pleno. Primero, el análisis de dicho autor no se centró en lo racional y lo normativo, sino en lo práctico y lo histórico, es decir, se consideró por primera vez la política como ciencia autónoma que mediante su experiencia puede transformarla en técnica por un lado, y por otro lado, se le reconoció un carácter histórico, algo que el dogmatismo moral y filosófico condenan hasta el hartazgo, es decir, para esta vieja forma de pensar, lo histórico es "pecaminoso", porque se estaría mostrando el origen de la cosa, por tanto, se determina que su creación no sucede antes del hombre, ¡sino por el hombre mismo! En segundo lugar, desenmascarar la virtud sacerdotal y considerarla nociva para los objetivos políticos en términos reales y prácticos, sobre todo, para la acción de los príncipes. La virtud sacerdotal es una virtud agotada y proveniente del odio hacia toda fortaleza, toda audacia y libertad, cuyo reflejo en la comunidad lo dan las grandes y profundas necesidades de medidas políticas concretas que se encuentran en tensión con esta virtud decadente, a saber, pobreza, debilidad y sometimiento, marcadas por un fuerte ascetismo, una negación de la voluntad humana y un naturalismo que encubre todo posible análisis de los conceptos que empleamos y ponemos en práctica. ¿Qué quiero decir con esto? Que el naturalismo, el dogmatismo lógico y filosófico, lejos de presentar hoy un forma de pensar alternativa, presentan una que entorpece el pensar mismo. Aunque cuidado, con esto no quiero decir que no haya servido nunca, pero si se encontró agotada ya por finales del siglo XV, con muchísima más razón, lo está ahora.
Contractualismo..el mito de los siglos precedentes
Dentro de la filosofía tradicional, está la base del contractualismo, cuyos exponentes más importantes fueron Locke, Hobbes y Rousseau, entre otros. No es imperioso hacer un análisis sobre cada uno, más allá de lo que se le puede criticar o tomar como positivo de ellos, sino ir al denominador común dentro del contractualismo, cuyo principio no deja de ser de filosofía añeja. En primer lugar, el principio del sujeto como aquel que define la acción humana, esto es, la "causa en sí" o la tan conocida "esencia" que se define por sí misma, al mejor estilo de una tautología inductivista, que aparece como justificación del contrato social y de la supuesta necesidad del "libre albedrío" o "igualdad entre los hombres". La necesidad de un sujeto previo a la acción, es como dije, una tautología; por un lado, no explica nada, y por el otro, se asemeja más a una pretención que a una explicación legítima de las acciones del hombre en la comunidad. Una prueba del absurdo de esto, es pensar que la bondad o la maldad es hereditaria o tiene un componente "causal" anterior al comportamiento, cuando es de hecho el desarrollo de las acciones lo que determina un posible juicio de bondad o maldad en dicha persona. ¿Quiénes somos para determinar quién es bueno de nacimiento o quién es malo? Es por eso en que para justificar tal absurdo, se necesita dar vuelta un razonamiento en el final de su conclusión, y es entonces donde parece irrefutable decir "el hombre actúa de tal forma porque así fue determinado", cuando en realidad es una artimaña muy simple, en la cual se llega a la conclusión de que determinamos "bueno" o "malo" para la comunidad (o incluso lo personal) según nuestra experiencia obtenida por dichas acciones, de ahí se invierte la conclusión, y como resultado, está el mito de "la bondad en sí", o bien, "la igualdad" como estado ideal al cual irrevocablemente se debe dirigir la humanidad o como pretendían los contractualistas, que "el sujeto otorga libertad", en lugar de que la acción sea la que determine la libertad o no del sujeto.
Necesidad de una nueva virtud..llamada excelencia
Ya hemos hablado en contra de la virtud sacerdotal como perjudicial para la vida política y del contractualismo como un error del proceso de razonamiento, nos queda entonces proponer una virtud que se vuelve una necesidad en plena época de decadencia de valores y de tipos. La virtud noble es aquella que piensa en la realidad más allá de cualquier influencia ideológica, convicción y prejuicio; aquella que busca la liberación del dogma en la aceptación de la realidad, y aplicar ese realismo en el terreno político e incluso de la propia vida. Para ello, no podemos contentarnos con los preceptos morales de la mayoría, ni tampoco podemos reposar sobre la filosofía tradicional, puesto que para lograr los objetivos propuestos, es imperiosa la audacia, el ingenio, la astucia y la tenacidad. Como he explicado anteriormente, el poder tiene una connotación que no ha sido suficientemente analizada y que requiere revisión constante, ya que se necesita la aptitud ante todo y la correcta predisposición para ejercerlo en la vida personal primero, y en la vida política luego; si seguimos haciendo uso del razonamiento "doña Rosa" sobre lo que significa el poder, no es posible avanzar en ningún aspecto. En esta tarea debemos recurrir nuevamente a los maestros teóricos del poder, para quitar una vez más aquel lastre que la ciencia ha cargado por siglos y que pareciera que nuevamente ha vuelto, por un lado, de parte de aquellos que buscan la vuelta del pasado de forma irrevocable, y por otro lado, aquellos sumidos en el relativismo posmoderno, que utilizando los viejos métodos, logran elaborar teorías absurdas y con una fuerte carga moral las cuales se pretenden científicas. Y es ahí donde irrumpo, ¿qué papel juega la nueva virtud en esto? El papel de devolver a la ciencia política su lugar correspondiente una vez más y poder responder a las insistencias, "¿Debe realmente la religión estar separada de la política? -¡Pero hombre, hace 5 siglos que lo venimos planteando!".
Lucas Cianfagna.-

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