lunes, 29 de febrero de 2016

Menos educación, ¡más cultura!

"Sería injusto en este caso responsabilizar a la falta de capacidad del personal de facultades o ministerios de una situación que posibilita a muchos mediocres tener un papel destacado en las universidades. Esto reside más bien en las leyes de la cooperación humana, especialmente de la cooperación entre varios organismos; entre la facultad que propone los candidatos y el ministerio." Max Weber



Algunas aclaraciones



La razón del título es la misma que logra una comparación chocante, y es generar interés, o al menos, impacto para que se hable de esto, creo que no tendría ni que aclarar que el uso de la metáfora no es exclusivo de los poetas, sino también de quien quiere dejar algo en claro, a lo que voy es: no tomar literal lo que se dice (digo) y tratar de comprender qué es lo que deja. En lo que refiere a la educación de ninguna manera pretendo señalar a los profesores y maestros, a ellos el mayor reconocimiento por su sacrificio constante y su auténtica vocación, en cambio, me propongo marcar el discurso politiquero barato, que basa un 80% de su campaña en educación, siendo los resultados evidentes y se ve que la cultura en Argentina ha sufrido un deterioro tremendo desde hace más de 2 décadas, profundizándose más en esta última, ahondando en préstamos del Banco Interamericano y en esa estupidez de la inclusión, que como bien dijo Abraham, no es un problema educativo sino de seguridad, ¿de qué sirve incluir si lo que hay para "compartir" es la miseria cultural? Y todavía queda el vestigio de los intentos de educación proselitista, lo que nos deja en una incómoda conclusión, la educación que han fomentado en estos últimos años fue precisamente la anti-cultural, con lo cual plantear esta dicotomía (educación-cultura) a modo de metáfora no resulta demasiado descabellado. Es decir, si esta es la educación que prometieron, ¡cómo sería si no la prometieran!




Anomalía nacional



Mucho se ha hablado de la decadencia de una cultura, desde Spengler, pasando por Évola, en fin, nombres sobran, pero poco se ha hablado de cómo actúa la decadencia, o al menos, en términos filosóficos cómo se configura socialmente la decadencia desde una perspectiva filosófica. Como bien analizó Guillermo O'Donnell desde el lado de la Ciencia Política, la insuficiencia institucional es lo que provoca formas demasiado imperfectas de práctica del régimen político, lo cual a su vez genera una desconfianza atroz, también parafraseándolo a Rosanvallon, la desconfianza se organiza para elegir un candidato cada 4 años y otros que los representen en un parlamento, lo cual hay una tendencia hacia la fracción y la fragmentación social, lo cual es el verdadero síntoma de la decadencia, que no es otra cosa que el fragmento yendo por su lado, no conformando la organización del todo. Ahora bien, conviene profundizar el aspecto que O'Donnell describe detalladamente, empezando por el origen de la cuestión. Hubo una desidia de parte de la clase política que gobierna hace 40 años, en promover todo lo que no fuera cultura y dejarse arrastrar por todo tipo de corrientes absurdas y "de moda", dándole poca o nada de atención a estimular aspectos que conciernen a la curiosidad por el pensamiento, la ciencia y mismo el arte, salvo algunos casos contados que -nuevamente- no nombraré para no ser tildado de proselitista político de fulano o sultano; y a su vez, olvidar el aspecto constitutivo de un pueblo, que es su constitución y su cultura, la cual está incluída en el principio de supremacía constitucional, al menos en el caso nuestro, lo cual subordina a ella las propias leyes. Muchos estaríamos de acuerdo en que la llamada supremacía constitucional no es un ente divino ni inmutable, se puede discutir en determinado momento cuando no representa en absoluto una entelequia que pueda dar una guía para una comunidad, a esto se lo conoce como crisis, y es perfectamente normal, el problema reside en la falta de planteo de dicha crisis, y más aún, en el planteo de los posmodernos que pretenden que todo dé igual y que no ordenemos nada, son la representación de la desidia a nivel personal y social, lo más decadente a lo que se puede llegar, y peor aún, dejan abierto el terreno para la acción de los demagogos que se aprovechan de una sociedad embrutecida.




La universidad..también está en cuarentena



El ámbito del que formo parte como estudiante y que presencio buena parte del año, se nota en algunas autoridades -afortunadamente no todas- y sobre todo, como una tendencia importante en una gran parte del estudiantado, el dejarse engatusar por esa charlatanería pseudo-científica de la teoría de género, la cultura de la violación, el feminismo matriarcal y el uso y abuso de la aplicación del enfoque marxista en disciplinas científicas (algunas) que hoy dominan en su programa educativo, y luego hay asombros cuando se ve el descenso de la UBA en cuanto a universidades de otros países en los rankings de calidad educativa, mi pregunta entonces sería: ¿dónde está el asombro? Los intentos por ejemplo, de la "antropología social" -si es que eso existe- de adaptar el discurso marxista a las teorías de cómo se conforman las culturas. Hacen reivindicaciones absurdas de las culturas indígenas como si fuesen superavanzadas y hacen la vista gorda en cuanto a los sacrificios humanos que los imperios más grandes del continente efectuaban, pero a su vez se escandalizan cuando recuerdan la masacre de los fascismos en Europa, a eso le llaman relativismo cultural, donde se relativiza lo que conviene para justificar una idea, un rasgo típico del posmodernismo. Esa obsesión de muchos absurda hasta en lo filosófico, carente de fundamento y de base ontológica aparece no sólo en la Antropología, que solía ser una noble disciplina que ayudaba al entendimiento propio, pero se vio contaminada por ese "dejar hacer", la pasividad, ese seguir la moda vulgar del momento. Citando a un personaje de la famosa serie nacional de "Los simuladores", la década del 90 fue la segunda década infame en nuestro país, sobre todo en el aspecto cultural, donde el mal gusto y lo vulgar tomó rango de jerarquía, y por debajo la cultura (en los ámbitos correspondientes) se tiene que disputar una pelea contra la posmodernidad, si al menos fuese una pelea contra los retrógradas, que aún hoy dan batalla en un tono quijotesco con sus absurdos antisemitas y ultra-religiosos, ¡pero disputar con posmodernos! Hasta acá hemos llegado con la ineptitud de nuestras autoridades, que como siempre permiten estas cosas, que no impulsan el aspecto cultural, ni tratan de actualizarlo y conformar uno más fresco (genuinamente, no intentos demagogos). No se encuentra en ninguno la iniciativa de cargarse al hombro la tarea de culturizar, la cual han tomado nuestros líderes históricos más respetados que ellos mismos dicen reivindicar, total ¿qué importa la cultura? ¡Si se les puede prometer educación!


Lucas Cianfagna.-

No hay comentarios.:

Publicar un comentario