jueves, 4 de febrero de 2016

Estado, libertad y democracia: Perspectiva de un final




"Estudiar es un trabajo, es lo que hacemos los docentes y los estudiantes: estudiar. Y es algo que requiere cierto aislamiento, soledad, desconectarse, es un encuentro con la propia soledad." Tomás Abraham



Stuart Mill: ¿Qué es la libertad?

El objeto del autor es la libertad social o civil, la naturaleza y los límites del poder que puede ejercer legítimamente la sociedad sobre el individuo. Hay una lucha entre libertad y autoridad. Se entendía por libertad la protección contra la tiranía de los gobiernos políticos, concepto que tomaron los griegos para evitar la concentración y el apego al poder de los tiranos que se encontraban en una posición antagónica a la del pueblo que gobernaban. El poder de los gobernantes es necesario pero también altamente peligroso, el fin de los patriotas era fijar los límites del poder que al gobernante le estaba consentido ejercer sobre la comunidad, y esta limitación era lo que entendían por libertad. Se intentaba de dos maneras: por un lado, obteniendo el reconocimiento de los derechos políticos, y por otro, el establecimiento de frenos constitucionales. Llegó un momento en el progreso de los negocios humanos en el que los hombres cesaron de considerar una necesidad natural el que sus gobernantes fuesen un poder independiente, con un interés opuesto al suyo. Se exigía que los gobernantes estuviesen identificados con el pueblo, que sus intereses fueran la voluntad e interés de la nación. Cuando la república democrática ocupo gran parte de la tierra se hablaba del poder de los pueblos sobre sí mismos. No expresaban la verdadera situación de las cosas. El pueblo que ejerce el poder no es siempre el mismo pueblo sobre el cual es ejercido. Y el gobierno de sí mismo no es el gobierno de cada uno por sí, sino el de cada uno por los demás. La voluntad del pueblo significa la voluntad de la porción más numerosa del pueblo.

La limitación del poder del gobierno sobre los individuos no pierde nada de su importancia aun cuando los titulares del Poder sean regularmente responsables hacia la comunidad. Es la tiranía de la mayoría, la sociedad misma es el tirano. Sus medios de tiranizar no están limitados a los actos que pueden realizar por medio d sus funcionarios políticos. Se necesita protección contra la tiranía de la opinión. Todo lo que da algún valor a nuestra existencia, depende de la restricción impuesta a las acciones de los demás. El principio básico que guía en sus opiniones sobre la regulación de la conducta humana es la idea de que debería obligarse a los demás a obrar según el gusto suyo y de aquellos con quienes el simpatiza. En dondequiera que hay una clase dominante, una gran parte de la moralidad del país emana de sus intereses y de sus sentimientos de clase superior. Otro gran principio determinante de las reglas de conducta impuestas por las leyes o por la opinión, tanto respecto a los actos como a las opiniones, han sido el servilismo de la especie humana hacia las supuestas preferencias o aversiones de sus señores temporales o de sus diosas. Así, los gustos o disgustos de la sociedad o de alguna poderosa porción de ella, son los que principal y prácticamente han determinado las reglas impuestas a la general observancia con la sanción de la ley o de la opinión. El único fin por el cual es justificable que la humanidad, individual o colectivamente, se entremeta en la libertad de acción de uno cualquiera de sus miembros es la propia protección. Que la única finalidad por la cual el poder puede, con pleno derecho, ser ejercido sobre un miembro de una comunidad civilizada contra su voluntad, es evitar que perjudique a los demás. Sobre sí mismo, sobre su propio cuerpo y espíritu, el individuo es soberano.




Hannah Arendt: ¿Qué es la política?


Hannah Arendt nos cuenta que hay perjuicio de la gente hacia la política, y que por eso la política siempre ha tenido que ver con aclarar y disipar los prejuicios. El prejuicio está presente como criterio de la vida cotidiana, y no depende de un vínculo personal, sino que representa un gran papel en lo puramente social. En el ámbito político, no podemos movernos sin juicios porque el pensamiento político se basa esencialmente en la capacidad de juzgar. La eficacia y peligrosidad de los prejuicios ocultan una parte del pasado. Para disolver los prejuicios debemos re-descubrir los juicios pretéritos que muestran su contenido de verdad; esto es, hacer una especie de genealogía. Juzgar, tiene en nuestra lengua dos significados totalmente diferenciados, según nos dice Arendt: En primer lugar, se alude al subsumir clasificatorio de lo singular y particular bajo algo general y universal, al medir acreditar y decidir lo concreto mediante criterios regulativos. En segundo lugar, cuando nos enfrentamos a algo que no hemos visto nunca y para lo que no disponemos de ningún criterio, presupone la capacidad humana del juicio, que tiene que ver con la capacidad para diferenciar aquello que nos parece, de lo que se evidencia. La capacidad del juicio no es más que la amplitud para clasificar correcta y adecuadamente lo particular según lo general que por común acuerdo le corresponde, la pérdida de los criterios del mundo moderno es una catástrofe para el mundo moral si se acepta que los hombres no están en condiciones de juzgar las cosas en sí mismas. El punto central de la política es siempre la preocupación por el mundo y no por el hombre. Si se quiere cambiar una institución, sólo se puede renovar su constitución, sus leyes, sus estatutos y esperar que todo lo demás se dé por sí mismo. Surge entre los hombres un espacio que los une y los separa a la vez (privado o social y público). Los hombres son capaces de producir algo que no son ellos mismos, a saber, cosas, e incluso los ámbitos anímicos o espirituales son para ellos realidades duraderas. Este mundo de cosas en que los hombres actúan los condiciona y por este motivo toda catástrofe que sufre repercute sobre ellos y les afecta. El mundo humano, el resultado de producir y actuar humanos entendidos comúnmente es la esencia del hombre. Si fracasan deberían pensar en cambiar la esencia del hombre antes de cambiar el mundo, puesto que el mundo está profundamente "antropomorfizado".

La política se justifica como un medio para alcanzar un fin más elevado. La política es una necesidad ineludible para la vida humana. El hombre depende en su existencia de otros, y la misión y fin de la política es asegurar la vida en el sentido más amplio. Donde los hombres conviven, hay política. Es una particularidad del hombre que pueda vivir en una polis y su organización representa la forma de convivencia humana. La convivencia es una forma de vida marcada por la necesidad. Lo que distingue la convivencia humana en la polis era la libertad, y dicha libertad está garantizada por la idea de ciudadanía, esto es, de compromiso y responsabilidad frente a las decisiones públicas que se tienen que tomar, así como lo pensaron los griegos cuando constituyeron la polis, como una forma de librarse del mito y de la tiranía, decidieron poner su voluntad en la libertad de la ciudadanía.



Max Weber: El político y el científico

Lo propio de Occidente es el “caudillaje político”, que surge con la figura de un demagogo. El cuadro administrativo que representa hacia el exterior a la empresa de dominación política está vinculado por dos medios que afectan directamente al interés personal: la retribución material y el honor social. Las organizaciones estatales deben ser clasificadas en dos categorías:
-En primer lugar, el equipo humano, con cuya obediencia a de contar el titular del poder posee en propiedad los medios de administración.
-En segundo lugar, el cuadro administrativo está separado de los medios de administración en el mismo sentido en que hoy en dia el proletariado o el empleado están separados de los medios materiales de producción dentro de la empresa capitalista.

La administración política en la que los medios de administración son propiedad del cuadro administrativo dependiente, la llamaremos asociación “estamentalmente” estructurada. En el Estado moderno se realiza pues, al máximo, la separación entre el cuadro administrativo y los medios materiales de la administración. El Estado moderno es una asociación de dominación con carácter institucional que ha tratado, con éxito, de monopolizar dentro de un territorio la violencia física legítima como medio de dominación y que ha reunido todos los medios materiales en manos de su dirigente y ha expropiado a todos los funcionarios estamentales que antes disponían de ellos por derecho propio, sustituyendo con sus propias jerarquías supremas. Inicialmente, los servidores del príncipe eran gente que no quería gobernar por sí mismos, actuaban al servicio de jefes políticos. Se puede hacer política (tratar de influir sobre la distribución del poder entre las distintas configuraciones políticas y dentro de cada una de ellas) como político ocasional. Políticos ocasionales lo somos todos nosotros cuando depositamos nuestro voto o aplaudimos o protestamos en una reunión política. Políticos semi-profesionales son los delegados y directivos de asociaciones políticas que desempeñan esas actividades por necesidad, sin vivir principalmente de ellas. Hay dos formas de hacer de la política una profesión. Quien vive para la política hace de ello su vida en un sentido íntimo; o goza del ejercicio del poder, o alimenta su conciencia dándole un sentido a su vida. Quien vive de la política trata de hacer de ella una fuente duradera de ingresos, y es acá donde se relaciona aquello que Arendt decía sobre los prejuicios, y cómo hoy se considera este único aspecto como la regla en política. Quien vive para la política tiene que ser además económicamente libre. La dirección de un Estado o partido por gente que vive para la política significa un reclutamiento plutocrático de las capas políticamente dirigentes. Los políticos profesionales de esta clase no están obligados a buscar una remuneración por sus trabajos políticos. Con el ascenso del funcionario profesional, se opera también la evolución de los políticos dirigentes. La transformación de la política en una empresa, hizo necesaria una preparación de los individuos para la lucha por el poder y sus métodos y determinó la división de los funcionarios públicos en dos categorías: funcionarios profesionales y funcionarios políticos. Éstos últimos pueden ser trasladados o destituidos a placer. El ministro era simplemente el representante de la constelación de poderes políticos existente, y su función era defender las medidas políticas que estos poderes determinasen. Una vez que consiguieron desposeer a la nobleza de su poder político estamental, los principales la atrajeron a la Corte y la emplearon en el servicio político y diplomático. La función de los abogados es dirigir con eficacia los asuntos que los interesados le confían. 

El auténtico funcionario no debe hacer política, sino limitarse a administrar, sobre todo imparcialmente. El funcionario ha de desempeñar su cargo sin ira y sin prevención. Parcialidad, lucha y pasión constituyen el elemento del político y sobre todo del caudillo político. Toda actividad de éste es colocada bajo un principio de responsabilidad. El funcionario ejecuta precisa y concienzudamente una orden de la autoridad. El honor del caudillo político está en asumir personalmente la responsabilidad de todo lo que hace, responsabilidad que no puede ni debe rechazar o lanzar sobre otro. Los funcionarios son malos políticos, irresponsables en sentido político y por tanto éticamente detestable. Desde la instauración de la democracia, el demagogo es la figura típica del jefe político en Occidente, el boss no tiene principios políticos firmes, carece totalmente de convicciones y sólo pregunta cómo pueden conseguirse los votos. Sólo nos queda elegir entre la democracia caudillista con maquinaria o las democracias sin caudillos, es decir, la dominación de políticos profesionales sin vocación, sin esas cualidades íntimas y carismáticas que hacen al caudillo. Son tres las cualidades decisivamente importantes para el político: pasión, sentido de la responsabilidad y mesura. Pasión en sentido de posibilidad de entrega apasionada a una causa. La pasión no convierte a un hombre en político si no está al servicio de una causa y no hace de la responsabilidad para con esa causa la estrella que oriente la acción. Mesura es la capacidad para dejar que la realidad actúe sobre uno sin perder el recogimiento y la tranquilidad, para guardar la distancia con los hombres y las cosas.



Guillermo O'Donnell: Democracia, Estado y agencia

Trata sobre la crisis de los Estados en países recientemente democratizados, cuyos regimenes no parecen encaminarse a democracias representativas e institucionalizadas, a diferencia de lo que sucedió con los países democratizados en las últimas dos décadas, cuyos regimenes son verdaderas democracias políticas. Puede decirse que en ambos casos se trata de poliarquías, pero que las primeras no son institucionalizadas, que no se ha teorizado aún sobre ellas por tratarse de un tipo diferente de poliarquías. Como ejemplos presenta los casos de Argentina, Brasil y Perú que, a pesar de haber pasado por modalidades diferentes de transición democrática, comparten características que convergen a dar como resultado una situación no institucionalizada. La idea de la que parte el autor para afirmar la crisis de estos estados es que los estados se relacionan de modo complejo con sus respectivas sociedades, y como consecuencia de dicha relación y de las características de cada estado y cada sociedad, surge un tipo de democracia que habrá de consolidarse, y que Estado no debe asimilarse al aparato estatal o al sector público o burocracia estatal, ya que esas son sólo partes del estado, pero no son él en su totalidad, lo cual podría considerarse en buena medida, una continuación del trabajo de Weber respecto de la burocracia y la conformación de los Estados, adaptado al continente. El Estado es un conjunto de relaciones sociales que establecen un determinado orden, al cual respalda con la coerción centralizada o monopolizada, sobre un territorio dado. Dicho orden no es igualitario ni imparcial, sino que sustenta relaciones de poder asimétricas; pero es un orden en tanto que representa una base de normas y expectativas estables o predecibilidad social. Una dimensión constitutiva del estado y como consecuencia de dicho orden es el sistema legal. La legalidad del sistema democrático incluye los derechos y garantías constitucionales y poderes públicos capaces de hacer cumplir esa legalidad. En los estados autoritarios la legalidad es trunca y el cumplimiento de las órdenes reproduce el orden social existente.

La crisis de los estados de Argentina, Brasil y Perú se manifiesta en las tres dimensiones del estado que plantea el autor: Primero, la del Estado como conjunto de burocracias capaces de cumplir sus funciones de manera eficaz. Segundo, la de la efectividad de la ley. Tercero, la del estado como agente autorizado de los intereses nacionales y el bien público. O'Donnell sostiene que la grave crisis socio-económica que sufre la mayoría de los países recientemente democratizados fomenta el crecimiento de zonas marrones, que son descritas como aquellas en las cuales se presentan restricciones extra-poliárquicas, como el respeto por los derechos participativos y democráticos, pero la violación al mismo tiempo del componente liberal de la democracia. Este proceso proviene de la crisis del estado en tanto sistema legal efectivo, en tanto conjunto de burocracias y en tanto agente legitimado del bien común. Los estados ineficaces son incapaces de asegurar la efectividad de sus leyes y sus políticas a lo largo del territorio y la sociedad, y ésta es la crisis de un modelo de acumulación de capital orientado hacia adentro y centrado en el estado.

Es también consecuencia de las políticas neo-liberales (disminución de los ingresos personales, limitación en las perspectivas profesionales, malas condiciones laborales, ámbito político hostil), que genera un caldo de cultivo favorable a la corrupción. Además, al estar desesperados, los gobiernos recurren a medidas que aportan soluciones temporarias y que generan consecuencias fuertemente negativas para la distribución. De esta manera la crisis se prolonga y crece la desconfianza en que el gobierno pueda resolverla, por lo que para cada agente el camino más razonable es actuar, en primer lugar, en niveles desagregados, en segundo lugar, con horizontes temporales extremadamente cortos y en tercer lugar, con la expectativa de que todos harán lo mismo. El resultado de esta situación es un gigantesco dilema del prisionero, cuya consecuencia inmediata es una des-solidarización generalizada (donde cada agente actúa pensando en lo que es más eficaz y racional para sus movimientos defensivos). Las opciones más razonables son dos: actuar en forma individual o aliándose con el menor conjunto de agentes que puede garantizar el resultado esperado, o colonizar los organismos estatales que puedan ofrecer los beneficios deseados. Inmediatamente aparece la otra cara de la moneda de la crisis del estado, que es la atomización de la sociedad, que ya ni siquiera ve al estado como garante de un orden que otorga predecibilidad a las acciones.



Pierre Rosanvallon: "Desconfianza y democracia"

Rosanvallon inicia el análisis señalando la discordancia en aquello que la teoría de los regímenes representativos habían ligado al proceso electoral: la legitimidad y la confianza. Aquí se resalta y se describe el carácter fundamental de estas cualidades políticas, su diferente naturaleza y su disociación, que ha sido la constante en los regímenes democráticos, constituyéndose en un problema central en la historia de los mismos. Señala el autor que en las cuestiones de la legitimidad se han centrado los principales estudios de historia y teoría política, al tiempo que la mayor parte de los esfuerzos se han realizado en búsqueda de ella, a través de una mayor participación en las urnas u otros mecanismos de democracia directa. No obstante, de manera paralela, se han venido desarrollando un conjunto de prácticas, de contrapoderes, que intentan compensar la erosión de la confianza mediante la organización de la desconfianza. Si bien esta dimensión ha sido objeto de análisis puntuales, estos no han sido resituados en un conjunto articulado dentro del propio sistema democrático, de su historia y su teoría, lo cual constituye parte de la novedad de la propuesta de Rosanvallon.

Dentro de lo que el autor plantea como expresión de la desconfianza a lo largo de la historia, señala dos grandes vías, la liberal y la democrática. En la primera, distingue algunos pensadores liberales del siglo XVIII, en cabeza de Montesquieu, los cuales ven en la desconfianza un “poder de prevención”, mostrando un interés central por la forma de contener la acumulación de poderes y no por la constitución de un gobierno bueno y fuerte. En cuanto a la vía democrática, en la cual se inscribe el análisis de Rosanvallon, la expresión de la desconfianza busca como objetivo el velar porque el poder sea fiel a sus compromisos, centrándose en la puesta a punto de mecanismos de control y veeduría ciudadana que actúen como contrapoderes. Esta desconfianza democrática se expresa, según el autor, de múltiples maneras, entre las que distingue tres modalidades principales: Primero, los poderes de control; Segundo, las formas de obstrucción, y tercero, la puesta a prueba a través de un juicio. Así vista, la contrademocracia no es lo contrario de la democracia, sino una forma de democracia que se antepone a la otra, con la cual conforma un sistema, y que está constituida por poderes indirectos diseminados en la sociedad. Para Rosanvallon, la importancia y amplitud de estos poderes indirectos hace de esta condición una verdadera forma política, bajo la cual se organiza la desconfianza frente a la democracia de la legitimidad electoral.

Si bien la dimensión más evidente del principio democrático la constituye el derecho de sufragio, mediante el cual se intenta dar legitimidad a los gobiernos, este vínculo electoral no ha sido prerrogativa para obligar a los elegidos a mantener sus compromisos. Frente a esta condición se superpuso la práctica efectiva de un cuestionamiento permanente y una presión organizada de manera más difusa y más exterior que sirviera de contrapoder. Señala Rosanvallon que desde los años próximos a la revolución francesa se designa esta forma complementaria de soberanía como el “Control”; cuando se habla de control estamos hablando de mantener una mirada permanente sobre los actos de los gobernantes, un estado de alerta que permita la vigilancia sistemática de sus actuaciones. Este control trata de encastrar la legitimidad electoral con la legitimidad social, haciendo de la reputación un factor determinante de la confianza en los individuos o en los regímenes. Entre las modalidades de estos poderes de control, Rosanvallon destaca la vigilancia, la denuncia y la calificación. La idea de vigilancia de las actuaciones de los gobernantes se da, en primera instancia, como una vigilancia cívica, la cual es directamente política, manifestándose en intervenciones de prensa, de asociaciones, de sindicatos, huelgas, etc. Después aparece otra forma de vigilancia, llamada por el autor como vigilancia de regulación, que se manifiesta como un flujo continuo de evaluaciones y críticas a un nivel muy descentralizado, y que opera a través de canales como encuestas o informes, intervención en las comisiones especializadas o la publicación de reportajes, influenciando los debates sobre la sociedad y estableciendo al público como una suerte de termostato regulador de las decisiones políticas. De esta manera, la figura del ciudadano-vigilante se superpone a la del ciudadano-elector.

Fuentes: 

http://www.elaltillo.com.ar/

http://www.estudiantesuba.com/

http://www.scielo.unal.edu.co/

Lucas Cianfagna.-

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