martes, 18 de julio de 2017

Necesaria inversión de valores


"Las épocas vigorosas vieron en la falta de egoísmo algo despreciable." Friedrich Nietzsche


La organización de la sociedad de masas de la cual somos hijos, ha llegado a su inminente fin hace ya unos años, incluso los sistemas electorales ya no se manejan de forma partidaria sino resaltando los espacios en base a un liderazgo o un bloque específico, inclusive supuestamente bajo una misma ideología política como pueden ser los casos de los diversos peronismos, radicalismos, o incluso diversos partidos de izquierda troskista o socialista. Aunque lo curioso, es que a pesar de esta muerte de las democracias de masas o de los liderazgos que representan a clases sociales específicas, parece que la pendiente continúa, es decir, la demagogia, la decadencia, esto es, la socialización.

¿En qué consiste la socialización? ¿Por qué podemos llamarla demagogia? ¿Por qué es decadente? Todas las preguntas deben ser respondidas debidamente, porque estamos equivocando bastante el camino hacia una mejoría, por ser generoso con las necesidades. La socialización constituye un engaño, una trampa, aquella que quiere solucionar los problemas sólo en la superficie, donde parecen que todas las soluciones simples son las que más gustan a los oídos, y que la exacerbación de las "buenas consignas", y de las "simples soluciones" conmueven a muchos ciudadanos, que viendo las complicaciones de los distintos gobiernos, desde la oposición siempre resulta cómodo plantearlas, peor aún es cuando se plantean desde el gobierno, como lo son el caso de pretender combatir la inflación poniendo una cantidad de productos a precios controlados por el gobierno mismo, ¿combate la inflación? De ninguna manera, pero simula compromiso y decisión, lo cual no hace más que enmascarar la demagogia, nuevamente. Pero de ninguna manera esto es un problema de un partido o de un espacio, o siquiera de un gobierno, de hecho, el actual gobierno también realiza este tipo de acciones demagógicas, como es el caso que pretende hacer la reforma impositiva cuando vengan inversiones y el país crezca, es absurdo, pasa justamente al revés. El problema de no querer dar saltos cualitativos y sólo se fijen en dar saltos cuantitativos (más votos para elecciones inmediatas, pensamiento a corto plazo) en nuestra historia es progresivo (negativamente), y lo viene siendo hace tiempo. Incluso aquellos movimientos que pretendían hacer algo distinto en ese aspecto, o han terminado siendo cooptados, o sus partidos fueron desgarrados desde su centro, como lo son los dos partidos más importantes de Argentina: el radicalismo y el justicialismo.

Ambos movimientos empezaron por buscar una integración a la vida de la organización nacional a distintos sectores que comenzaban a ser cada vez más productivos económicamente, pero dicha integración no se veía en sentido clasista, sino más bien, "poner las piezas que faltan" y re-ubicar lo que queda para que la rueda siga girando, el problema fue cuando por falta de estructuración de los principios y las ideas, ambos movimientos acabaron dispersos por los elementos socializantes y clasistas, mientras que sus partidos se oligarquizaron, sufrieron la gangrena de lo inmóvil, y con ello, la imposibilidad de alcanzar su propia progresividad, su propia mejora constante. En el momento en que se trató de depurar las propias ideas para salir de la contaminación de estos elementos demagógicos, ya era demasiado tarde, en el caso del radicalismo, sus más valiosas perlas dieron un salto en apoyo del naciente justicialismo, y en el caso de este último, acabó por devorarse a sí mismo en sus mejores cuadros, y hoy día hay muy poco del movimiento puro que exista (por no decir que casi nada) y en su partido se consolidan el catálogo más vasto de los peores elementos de la política, apagando el deseo de muchos de cualquier nuevo intento de devolución a su mejor senda. Fuera de esos dos ejemplos históricos, los demás partidos no conforman más que una maraña de incoherencias por un lado y de extremismo totalitario por otro. Pero más allá de las profundas diferencias, todos coinciden en algo: la socialización, la nivelación de los individuos y la mediocridad de soluciones, que como dije, apuntan al efecto y no a las causas, inclusive muchas veces se las confunde, lo cual habla de la vergonzosa calidad que tiene la clase dirigente nacional. El hombre es una cuerda, un limbo entre la bestia y el super-hombre, diría a quien cité en el comienzo, y eso se ve también en la (in)evolución de los espacios en sus propuestas y en el enfoque de las ideas, que a simple vista denota que carecen de visión general, incluso desconocen cuál es la raíz profunda de su pensamiento, no les pertenece, alguien se las dio prestada, arrendada, para luego cobrarse el peso de intereses, y los intereses suben, así como la decadencia se profundiza: una idea dejada librada a su propia suerte es la pasividad de soltarse en el limbo, la mediocridad no se mantiene mucho tiempo en su propio peso, si no se dirige uno hacia lo más alto, desciende cada vez más.

En cuanto a la nivelación de los individuos, también se dice mucho entre dirigentes y algunos periodistas, de que nuestra sociedad va al colapso por el egoísmo, ¿cómo? Si de lo único que se habla en política es de la buena caridad, las buenas intenciones sociales y la gran sensibilidad desinteresada, y para colmo se vota con ese criterio, ¿cuál egoísmo entonces? Yo diría más bien, la falsa moralidad, o el moralismo de ponderar el desinterés...en el otro, claro, ya que el desinterés de los demás es un beneficio para uno, es decir, aquellos que ponderan con más fuerzas la caridad y el altruismo son quienes buscan en aquello un beneficio, ya sea porque lo hacen y buscan su "justa retribución", o bien, cuando el otro se inmola en nombre de todos. Se constituye entonces la ponderación del sacrificio colectivista, lo cual deja ver que aquella moral del desinterés esconde un profundo interés por mantener un status mediocre, tanto por parte de los dirigentes, como por parte de quienes pierden el interés supremo en sí mismos, no ven más allá del momento inmediato, y en consecuencia, por olvidarse de su egoísmo, de ocuparse de sí mismos, olvidan también cómo ocuparse correctamente de los otros, a quienes quieren en vano, hacer un bien. En el caso de los dirigentes, esto se ve en su falta de visión a futuro, falta de planificación, y también alimentado por un sistema pésimamente diseñado, donde el incentivo es precisamente vivir pura y exclusivamente del hoy, el diseño de este funcionamiento hace que las autoridades máximas, las que forman a la población y le dan un rumbo y una cadencia, terminen contagiando y hasta obligando por instrumentar políticas fallidas que incentivan a la población a contagiarse de esta falta de futuro, ¿quiénes les han prestado a nuestros antecesores la esponja para borrar nuestro horizonte? Si bien los políticos tienen muchísima culpa en esto, las personas como individuos pudiendo re-afirmarse y luchar taxativamente contra todo este estado de cosas, eligieron la pasividad de la situación y la conformidad, que les permite cada tanto un rato de soberbia, en el cual se lavan las manos siempre diciendo "la juventud está perdida", cuando se olvidan de que la juventud la formaron ellos.

Nuestra generación al estar profundamente desconectada de la anterior, siente hasta desprecio por los caminos y por los valores ponderados por nuestros antecesores, y me incluyo, ya que al ver un conjunto cada vez más pronunciado de fracasos cada vez peores, no podemos encontrar allí ningún ejemplo a seguir. Aunque a pesar de esto, debemos tomar esta situación heredada no como una horrible contingencia, la actitud a tomar en esto es una profunda inversión de valores, y tomar esto como un reto, elegir y abrazar lo que nos ha tocado, para hacer de la situación algo elegido por nosotros, para probarnos, y demostrar que el ser humano no es un mero ser que reproduzca objetos de placer y de consumo, sino también lleva consigo lo más alto, la capacidad de crear la realidad en la que vive, y desplegar todo su potencial de libertad, la libertad que crea. No se nace libre, se elige serlo mediante una completa valorización del mundo que se encuentra ante nosotros, ya no como una cosa extraña, sino como una extensión de nosotros mismos, como un acto de dominio para con las cosas y las realidades. Es ésta entonces la base que nos permitiría salir de la absoluta incertidumbre, la afirmación de la personalidad y del individuo constituye la base para contagiar a los demás, quitarles el sentimiento gregario y socializante, desprenderlos de la demagogia de depender del otro, y enseñarles sobre soberanía personal, ya que otra forma no existe de conseguir un objetivo aún mayor como lo es la organización nacional, para los futuros dirigentes, la tarea es el culto por la realización personal, para que de una buena vez, la población no se contente con rendirle culto a un líder "X", sino también y principalmente a sí mismos, culto a la propia elección de vida, de acuerdo a la orientación de cada uno. La mejor inclusión que se puede dar no es amontonar personas como ganado para que dependan de las prebendas, sino brindar un lugar, un estamento donde cada quien dedique su vida a lo que su propia perspectiva lleve, contribuyendo al bienestar de la población en su conjunto sin conformismo, ya que no habrá mejor ejemplo que aquel en donde la búsqueda no sea de la conformidad, sino ya de la excelencia.

Lucas Cianfagna.-


miércoles, 28 de junio de 2017

Ethos del Estado




"El Estado es el poder que pretende otorgar a tales valores el peso que a los mismos les corresponde en un ordenamiento normal, realizando así la idea de 'justicia' en sentido superior." Julius Evola

El nivel de organicidad de un Estado está íntimamente relacionado con la libertad, en la medida en la cual el Estado funcione como un órgano de representación de la comunidad. Esto lo he dicho hasta el hartazgo, pero conviene que sea recordado, ya que muchas veces se olvida el fundamento del Estado, y tal olvido nos lleva a consecuencias catastróficas, como son los casos de tiranía, lo que Charles Taylor definía de los hegelianos y rousseaunianos como "aquel delirio moderno por los antiguos", que no es más que exaltar aquella concepción del Estado como una entidad divina. La razón por la cual esta concepción estatal es peligrosa es bien conocida, y varios filósofos del ámbito del Idealismo germánico lo han previsto con una gran agudeza y el caballo de Troya lo tuvieron con Hegel, donde la organización estatal se la considera de carácter divino, se pierde el carácter divino del individuo, y así se pierde también la noción de personalidad y de individuo absoluto, y el absoluto pasa a ser el Estado, cosa que le ha costado al pobre Schelling su vida académica, pero luego de un siglo demostró tener razón. Tal y como Nietzsche explicara en su texto póstumo "La lucha de Homero", la función del estado helénico no era sino la de fortalecer el vínculo social mediante el impulso al constante perfeccionamiento de sus ciudadanos, en la medida en que cada uno compita y buscase lo mejor para sí, se circunscribía en un marco de potenciar las aptitudes de todos respecto de la patria, y con ello su elevación. Allí no había una consideración divina del Estado, sino más bien una consideración divina de los potenciales de las personas que el Estado hacía posible que se diesen. Esto deja ver la razón principal por la que países como el nuestro se viesen en el problema de la dependencia sobre el Estado, y tiene que ver con que la idea del individuo absoluto brilla por su ausencia, en un sentido de auto-determinación y soberanía personal que hiciera posible que la comunidad funcione en base a ciudadanos libres, y que el Estado lo hiciera como la herramienta que permita esta convivencia y cooperación social sin encadenamientos, esto es, evitar el totalitarismo, cosa que es posible solamente en una idea orgánica y que funcione en base a la voluntad, no a la coacción.

Esta idea que potenciaba la afirmación personal en base a una organización estatal que fuera la promotora de la misma idea se vio en el período dorado del Imperio Romano, así como también en el re-establecimiento de la idea imperial durante el temprano Medioevo con Carlo Magno en el Sacro Romano Imperio, y aunque también les ha valido el período de rebelión de la Liga Lombarda en los territorios de las famosas comunas que pensaban separarse, y tras perder en el campo de batalla, Federico de Barbarroja logró negociar la recuperación de dichas comunas mediante la normalización de la autoridad las cuales anteriormente venían sumiendo en ciertas injusticias a la población, lo cual demuestra que muchas veces el problema que pareciera de raíz económica es profundamente político, y quien tenía la legítima autoridad era quien re-establecía el normal ordenamiento de la política por encima de la economía. Esto también es importante, debido a que la demagogia se produce a partir de considerar el problema meramente económico, y en lugar de abogar por el establecimiento de un orden político legítimo, se busca garantizar la prebenda para beneficiar a demagogos que hacen del Estado un botín del cual hacerse, buscando el beneplácito de una población la cual termina siendo rehén de ellos, lo cual hemos vivido en gran parte en estos últimos años de forma exacerbada, y deja ver los peligros de no renovar autoridades cuando es necesario en pequeños estados, al momento de acceder al Estado nacional ya es demasiado tarde para todos. 

Evidentemente esta oligarquización de la política se da en el marco de esta concepción de Estado-dios para la población y por otro lado de Estado-botín para la clase dirigente, conforma la definición de aristocracia en decadencia, o bien, oligarquía. Maquiavelo que ha estudiado este problema en profundidad nos da las pautas necesarias, incluso reconoce los vicios del Imperio Romano que han potenciado su caída, y vio también en el ejemplo que di más arriba que los germanos habían entendido estas cuestiones, por supuesto que luego se han equivocado en otras cosas, pero el entender que la organización estatal debe potenciar las aptitudes de cada uno en lugar de esclavizar a todos de diversas formas, esto Maquiavelo ya lo había visto, y en ello basó su idea de unificar Italia y consolidar el poder estatal en desmedro de la fragmentación que pretendían los pequeños estados provinciales. En Argentina este problema es bien conocido, y acá tenemos ejemplos claros de personas que han estudiado estas problemáticas que tienen que ver con cómo los poderes provinciales actúan en desmedro no sólo del Estado nacional, sino también de aquellas provincias que se han desarrollado mejor, sufriendo la auténtica tiranía de la pobreza en las expresiones más tiránicas de oligarquías provinciales. Edward Gibson y Ernesto Calvo se han dedicado a estudiar el problema argentino relacionado con la organización federal, y han llegado a la conclusión de que el sistema federal vigente tiene como resultado la restricción de que el gobierno nacional pueda tomar decisiones de manera eficiente sin tener que contar con la aprobación de senadores y legisladores provinciales que están al acecho de no perder un abultado presupuesto con el cual pagar la mitad de la población en empleados públicos y mantener esclavizada a la otra mitad. En Argentina las provincias más castigadas por gobernadores demagogos son las que más están representadas legislativamente, a diferencia de las provincias mejor desarrolladas las cuales tienen que sufrir una peor coparticipación y las cuales se tienen que rendir ante el partido de turno con el fin de lograr mantenerse en pie, es decir, el sistema de incentivos está pésimamente diagramado y funciona como un perfecto sistema orientado al estancamiento crónico que vivimos hace años. 

El ethos del Estado debiera ser entonces para la clase política, el de un órgano que represente a la comunidad en su conjunto y para la población, que promueva las propias potencialidades junto a la soberanía personal, esto requiere también una reorganización de la administración pública, que combinada con los avances tecnológicos garantizaría un Estado eficiente y mucho más abordable en términos de presupuesto, es decir, dejar de gastar más de lo que se tiene. Por otra parte, el federalismo como lo tenemos debe ser re-planteado, hay que entender claramente esto, la organización federal es totalmente restrictiva para que se respete la sub-división vertical del poder "Nación-Provincias-Municipios", y resulta restrictiva a la hora de la toma de decisiones ejecutivas. Restaurar un orden nacional y federal requiere que la concepción política sea más centralista, y en lo cultural dejar de considerar nuestra fundación nacional como un hecho pactado entre provincias, sino que por el contrario se necesita dar una concepción de nacionalidad que da identidad a sus sub-divisiones, es decir, Argentina es primero, luego las provincias. Un federalismo nacional centrado en el gobierno federal mantendría las autonomías las cuales no se pueden suprimir de manera alguna, pero que la centralidad esté en quien detenta la responsabilidad más alta, para que no sea ésta condicionada por las autoridades inferiores a la hora de tomar decisiones que afecten a la nación en su conjunto, que una parte se arrogue la potestad del todo es una anomia, y tenemos el compromiso de corregirla para que las cosas funcionen bien.

Lucas Cianfagna.-

domingo, 4 de junio de 2017

Realismo como nueva política integral


"Hemos dicho y somos siempre de la opinión de que algunos objetos, conocidos como racionalistas, a menudo carecen notablemente de humanidad. Si por un momento dejamos de considerar la posibilidad de que lo que falta para hacer aquel objeto más humano se pueda compensar con perfeccionismos formales, y profundizamos en la esencia del problema mismo, nos convenceremos de que el elemento racional se limita a una parte sin implicar la totalidad." Alvar Aalto

Este gran arquitecto finés es considerado una eminencia en la arquitectura en general, y sobre todo para sus compatriotas, pero no sólo por la perspectiva técnica-formalista, la cual de hecho combatió hasta el hartazgo, sino en la ampliación de una perspectiva filosófica, de la técnica (techné) en el sentido más clásico posible, de un arte en su más completa concepción; y nos trae a la mesa una reflexión en base a una forma de ver el mundo que ha tenido su desarrollo en la realidad occidental del siglo XIX y parte del XX, que él se vio en necesidad de criticar desde su disciplina y en mi caso, yo traigo a la mesa esta reflexión de él, porque como todo fenómeno, en Argentina se replica con delay. Más todavía teniendo en cuenta que venimos oscilando en un interminable péndulo de errores binarios y de falsas alternativas entre dos salvadores, el mensaje es claro, no estamos dando en el clavo con la solución hace tiempo, y eso es porque tampoco dimos con el clavo en el problema, que es ya sistémico. En nuestro caso como argentinos, venimos de mucho tiempo esperando un gran salvador, y sin miras de criticar liderazgos, el problema somos nosotros, y por eso hay que mirarse al espejo y dejar de echarle la culpa a los demás. También nos venimos alimentando de grandes relatos, grandes puestas en escena, grandes eslóganes, y todas consignas de campaña en tiempos de políticas de Estado, algo de todo eso no viene cuadrando. Por tanto, la reflexión del amigo Alvar tiene mucho que ver con la época de ahora, y veremos por qué.

En una sana actitud de un hartazgo sobre el estado actual de cosas, la población se manifiesta en diversos ámbitos y ocasiones, mostrándose inconforme con que siga todo igual en ciertos aspectos, el problema es la pretendida alternativa, es decir, pasamos de la demagogia populista, a la demagogia tecnocrática, como si el problema se arreglara de esa manera, y ahí viene un poco el planteo del amigo Alvar, sobre no quedarse en la formalidad, porque ese es el racionalismo que de realismo entiende poco y que tiende a divorciar a la persona de su realidad, encerrándola en la lógica matemática como si no existiesen factores diversos y dinámicos que puedan hacer cambiar la base de números, y entonces el buen finés apunta a volver a enfocar la solución desde el problema. Franz Matzke escribía todo un tratado sobre realismo en la posguerra desde la perspectiva nórdica de su generación, la cual el mismo Alvar toma como punto importante de crítica a la forma de pensar romántica, idealista y angustiosa que tenía la generación anterior; creo yo que esa crítica bien vale para nuestro contexto actualmente, guardando una cierta semejanza en edad respecto a quienes Matzke representaba cuando hablaba de su "Nueva objetividad" ("Neue Sachlichkeit"). Venimos de reciclar una militancia setentista con reivindicaciones totalmente insólitas de lo que es matarnos entre nosotros y decir que era por el bien nuestro. Habiendo tenido la posibilidad de elegir el realismo de decir "BASTA" y poner la realidad sobre la mesa para empezar a planificar a futuro, elegimos el día a día y el relato que anestesie la madurez, al punto en que nos quejamos con mucha fuerza de lo que cosechamos.

Ahora en un intento por sacarnos de encima la nostalgia del pasado de los 70, abrazamos una racionalidad tecnocrática la cual nos vuelve a sacar el protagonismo de los hechos a nada menos que nosotros, los partícipes. Algo similar a lo que pasó en Europa en el contexto del racionalismo, cuando la idea teológica de Dios perdía vigencia, pero el problema fue que el reemplazo no llenaba el vacío de respuestas, se llamó a la diosa Razón para que ponga las cosas en orden, tratemos de adivinar si lo que pasó después fue poner a Occidente en orden, o si fue justamente todo lo contrario. Entonces nos daríamos cuenta que el problema no es a quién se ponga en ese lugar, sino que el problema es que se vive girando en torno a eso, sea lo que sea, en lugar de tomar cartas en el asunto y aceptar que la responsabilidad no es del que me prometió solamente, sino también, del que creyó en esa promesa y decidió hipotecar su voluntad al mejor prometedor de soluciones. En política aún nos seguimos manejando en esos términos: entre la demagogia progresista, y la demagogia tecnocrática, una propone recetas repetidas creyendo que el problema es de quién las aplica (principio de arrogancia) y la otra también erra el diagnóstico pensando que la buena voluntad y la honestidad son suficientes, si bien son importantísimas para que una clase política se precie como tal, bajar la vara a esos únicos requisitos es seguir apuntando bajo. Algo en común tienen los dos grupos demagógicos, y es el hecho de que ambos mantienen un sistema en el cual no somos víctimas, sino no sería sistema y sería un estado de opresión absoluta, lo cual no se da, porque esto se vota y cuando se opta únicamente por lo que hay, es una forma de convalidar el hecho de que antes nadie luchó para no tener que conformarse, y ahí es donde apunto trayendo la reflexión de Alvar y de Matzke, ahí es donde apunto a tratar de hacer algo diferente de lo que se venía haciendo hasta ahora. 

Matzke señalaba que lo que separa su generación de la que lo precedió, es el hecho de no formar parte de la cultura de la  guerra inútil, del conflicto absurdo entre naciones, y eso además, los hace tomar una actitud de mayor frialdad y distancia respecto del sentimentalismo romántico y de todas esas formas de anestesiar la realidad con componentes emocionales que prometan un "futuro mejor", ellos se cansaron, la nueva juventud nórdica (nueva para ese momento) dijo "Basta" a la expresión pusilánime de estados de ánimo que no conducen a ningún lado, basta de lamentos, basta de promesas, basta de angustias, basta de sentimentalismo, acá se hace o no se hace, el futuro se construye, y la realidad vive muy de espalda a lo que nosotros podamos sentir de ella, así que los sentimientos dejémolos para lo más profundo de nosotros, que para el resto de la existencia ya tenemos lo más excelso y lo más apreciable que puede haber, que es la realidad, nada más que eso. No en un futuro, ni en una promesa de "modelo", es ahora, y el ahora no deja tiempo para angustiarse. Este nuevo realismo habla de cómo el humanismo ha caído en un mensaje vacío, en una promesa que no se ve reflejada, en un agotarse en el discurso, por lo tanto, le quita a la realidad ese falso barniz de sentimientos y de aflicciones que se le ponían para tratar de dibujarlo a la propia imagen, de eso también se dijo basta, y nosotros podríamos empezar a hacer lo mismo. 

En lugar de seguir con el sentimentalismo para dibujar la realidad, dibujar los datos o mentirnos a nosotros mismos, podemos empezar a preguntarnos "qué se puede hacer", "cómo se puede hacer" y qué plan a largo plazo podemos armar para concretarlo. Últimamente veo muchas personas que se quieren lanzar a competir en política, porque según ellos "necesitamos conseguir algo ya, antes de que pase más tiempo", eso es una forma de decir "no tengo ideas, pero tengo ansiedad y falta de templanza, algo de eso debe servir para mejorar algo", o sea, no hay idea de qué hacer, cómo hacerlo y de qué manera, sino que en todo caso, la opción para estas personas es repetir, y no sólo en las propuestas o en las acciones concretas, sino también en el punto de partida que dice "lleguemos y después vemos qué hacemos", lo cual ha sido el leitmotiv de nuestra clase dirigente a lo largo de los años, o sea, el plan es el "no plan". Pero en primera instancia, como se ha señalado varias veces, la primera soberanía a conquistar es la personal, la que como Matzke planteó, nos mantiene fríos y distantes a la charlatanería, el mesianismo y la demagogia sentimental de algunos que pretenden que la realidad es mala y ellos son buenos, a todo eso no imponemos otra cosa que nuestra fría distancia, y la claridad de conceptos, la conexión directa con la realidad y la templanza en el pecho que nos lleva a analizar la realidad ya no como meros tecnócratas con el formalismo de respuestas, sino como protagonistas que se piensan inmersos en los problemas que existen, para que las respuestas y la planificación también tengan un correlato en la misma realidad. No hay liberación posible en categorías con arreglos a un grupo determinado que "nos venga a salvar", sino en nosotros mismos, conocerse a sí mismo, mirarse al espejo y entender dónde se está es el mejor punto de partida, asumir que si el hombre no se convierte en el salvador de sí mismo, nada lo podrá nunca salvar.

Lucas Cianfagna.-