Hoy se cumplen 183 años del nacimiento de Julio Argentino Roca y es una fecha clave para entender de dónde venimos, pero sobre todo, para pensar hacia dónde tenemos que ir. Más allá de los debates actuales, Roca fue el estadista que diseñó la arquitectura de nuestro territorio y el que entendió, antes que nadie, que el destino de Argentina estaba en el sur.
Cuando hoy hablamos de que "Nuestro norte es el Sur" y defendemos nuestro proyecto civilizatorio austral, el gran antecedente histórico lo encontramos en su gestión. La famosa "Campaña del Desierto" no fue un hecho al azar: fue una maniobra de estricta necesidad estratégica. Si el Estado nacional no hacía presencia en la Patagonia (articulando alianzas clave con los pueblos indígenas locales), ese territorio crucial y lleno de recursos iba a ser absorbido por Chile. Eso hubiera balcanizado el cono sur y nos habría dejado sin salida bioceánica para siempre.
Pero el verdadero hito, el que define nuestra identidad como una Nación Bicontinental, pasó en 1904. Fue bajo el gobierno de Roca que la Argentina inauguró el observatorio meteorológico en las Islas Orcadas del Sur, iniciando la ocupación civil y científica permanente en la Antártida. Ningún otro país del mundo tiene una presencia tan antigua e ininterrumpida en el Continente Blanco. Ese movimiento maestro de Roca no fue un capricho: fue el kilómetro cero de nuestra proyección antártica. Él vio con claridad que el ser argentino no se agotaba en la pampa, sino que nuestro verdadero eje soberano exigía custodiar los mares del sur y los accesos interoceánicos frente a las ambiciones de las potencias globales de la época.
A nivel interno, Roca unificó los ejércitos de cada provincia bajo un solo mando nacional para terminar con las divisiones que nos desangraban. Conectó el territorio a través del ferrocarril, creó el Registro Civil (que hasta entonces manejaba la Iglesia) y sancionó la Ley 1420 de educación pública, gratuita y laica. ¿El objetivo? Construir una matriz cultural criolla común y fuerte. Bajo su mandato, el país no solo logró estabilidad, sino que desarrolló una industria alimentaria de alta productividad que nos plantó con fuerza en el mapa mundial.
¿Cuál es el desafío que nos queda hoy?
Heredamos el octavo territorio más grande del mundo, una plataforma bioceánica y bicontinental con un potencial estratégico tremendo. Lamentablemente, de 1976 en adelante, las dirigencias políticas se achicaron. Compraron un molde de "Occidente" sumiso, cortoplacista y endeudado, dictado por las finanzas abstractas de Londres o los centros del Atlántico Norte, transformándonos en una periferia que vive de la dependencia financiera y de dádivas.
Mientras el hemisferio norte se desgasta en crisis de deuda y conflictos artificiales, nuestro cuadrante austral es un reservorio de estabilidad y arraigo existencial. Pero para dejar de ser espectadores pasivos en el tablero internacional, tenemos que recuperar esa visión de grandeza. Una geopolítica propia exige rechazar los alineamientos automáticos que nos licúan, fortalecer nuestra disuasión tecnológica en el Atlántico Sur y defender nuestro Occidente propio: el criollo, el del trabajo y la soberanía del espíritu.
Tener un país fuerte y soberano depende de que nos atrevamos a pensar el espacio en siglos, con paciencia estratégica, tal como lo hicieron los que sentaron las bases de la patria.
Lucas Cianfagna.-
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