lunes, 12 de junio de 2023

El antídoto a la mentalidad revolucionaria


Cabalgar el tigre ante un sistema en decadencia..

La metáfora de “cabalgar el tigre” propuesta hace ya medio siglo por el pensador tradicionalista italiano Julius Evola, tendría en estos tiempos una vigencia superior a su formulación, sobre todo en momentos donde lo que alguna vez se hizo llamar Occidente decae por la impotencia de sus naciones y la incapacidad a priori de plantearse una restauración de fuerzas. Pero lejos de detenernos en el citado libro del autor, nos proponemos retomar algunos postulados de lo que legó a las juventudes italianas en un conjunto de escritos ante el fracaso de conformar, en su tiempo, una alternativa auténticamente de Derecha, cosa que la evolución de aquellos movimientos de fracaso como el Partido Social Italiano, ha devenido en lo que hoy sí representa un triunfo de la Derecha en Italia por parte de la flamante Primer Ministro, Giorgia Meloni desde Fratelli D’Italia, quien también estuvo obligada a cabalgar el tigre de todo un status quo de corrupción y políticas destructoras del orden político italiano, refiriéndonos a un orden orgánico, no meramente formal; un (des)orden de cosas en el que una alternativa verdadera de Derecha estuvo culturalmente proscripta ante el electorado, pero no así el neo-fenómeno llamado “eurocomunismo”, al cual se le reconocieron por los años 80 y luego en Europa como bloque las credenciales “democráticas”, que luego de un par de décadas terminaría de echar por tierra. El comunismo sólo cambió de estrategia, no de objetivos, y de eso hablaremos más adelante con la llamada “mentalidad revolucionaria” que ha impregnado a todo Occidente.  

Pero no sólo nos podríamos valer del pensador italiano y la experiencia actual positiva en dicho país, también podemos referirnos a la reciente experiencia política en Brasil, y por lo tanto, hablar de otro gran pensador que aportó a las ideas contrarrevolucionarias, que fue el Profesor Olavo De Carvalho, quien falleció hace a penas un año, pero cuyo legado de pensamiento fino, de incorrección política e irreverencia ante lo establecido nos deja varias reflexiones a retomar para dar un paso adelante en torno a una mentalidad restaurativa, y ante las propuestas que necesitamos para la superación de este estado de cosas que sobrevive sólo en la inercia mecánica que ha conformado como sistema la mentalidad revolucionaria de la cual describiremos en breve. Si un momento hay para dar vuelta esta situación, es en la actualidad, la fuerza que el sistema presentaba con su hegemonía cultural en ascenso ya no la tiene, sólo les quedan sus puestos mal habidos y su dinero financiado desde plutócratas inescrupulosos. Llegó el momento de poner todos nuestros esfuerzos en desmantelar la gran mentira que ha sido "el progreso histórico", la "ilustración", la "modernidad" y todo ese conjunto de pautas de guerra psicológica que nos han quebrado como occidentales. 


¿De qué se trata la mentalidad revolucionaria? 

En primer lugar, antes de referirnos a características de un sistema o de un estado de cosas, es preciso anticipar el germen de lo que buscamos combatir, a veces simplificado en lo que hoy se llama “izquierda” o “nueva izquierda”, o “progresismo”, pero que es en sí mismo producto de la más fina ingeniería social que ha logrado trastornar la mentalidad de millones de personas, al punto de generar verdaderos fanatismos, decisiones abruptas que involucran la vida de muchísimas personas, y hasta genocidios, desde la simple racionalidad instrumental que la misma izquierda habría criticado desde Frankfurt, pero que en realidad representarían la contraparte de esa razón de medios-fines, la cual se vincula hoy con un culto a la irracionalidad, un activismo insensato y el enaltecimiento de fuerzas caóticas, al decir de Evola.

La mentalidad revolucionaria no nace con la revolución francesa, pero sí se plasma en los hechos a partir de tal acontecimiento. Se trata de una mentalidad que sienta un antecedente, primero trastocando el mismo término “revolución” que en otro tiempo significaba “restaurar un sendero perdido”, muy distante de la nueva tónica que adquiere luego de 1789 donde pasaría a significar lisa y llanamiente “subversión”. Pero allí no termina, “revolución” no fue el único término a “subvertir” (valga la aclaración), sino también conceptos que parecieran ser patrimonio de la modernidad como lo son la idea de “Patria”, “Nación”, o incluso “Estado”, cuyas formas deletéreas y demagógicas sobreviven al día de hoy desde campañas electorales hasta lugares comunes en la academia. De todo esto se ha encargado de desmenuzarlo muy bien el politólogo argentino Agustín Laje en su obra del año pasado, “La Batalla Cultural: Reflexiones críticas para una Nueva Derecha”, donde realiza un repaso histórico y socio-político de toda la subversión cultural moderna y cómo surge el contexto de guerra por la cultura en Occidente.

Si algo nos enseña la historia desde el acontecimiento revolucionario, es que hay un sentido de subvertir cuanto concepto exista en el orden social, cultural y hasta tradicional para lograr fines. Y con esto descartamos de plano la tesis de que se trate de un puro idealismo, tal aspecto sólo sirve para las masas de seguidores sin criterio propio, pero para los fines de los agentes revolucionarios, el pragmatismo de las ideas es la principal bandera, por supuesto, sin nunca renunciar al objetivo último que es la revolución permanente (en términos de Trotsky), del cambio irreversible de estructuras a partir de una guerra psicológica, una guerra que incitaría los sentimientos colectivistas y las posturas de mentalidad-colmena. Para la psiquis europea y sobre todo mediterránea resultó difícil imponer varios de estos aspectos, pero donde tuvo un éxito inucitado fue en China, cuya dirigencia de manera pragmática y sin medir medios, priorizó todo lo necesario para concretar el fin de seguir “revolucionando” la civilización china, es decir, cambiarla y trastocarla de manera irreversible, lo que en términos del mismo Mao sería “el gran salto hacia adelante”.

La mentalidad revolucionaria es aquella mentalidad que tiene un culto positivista que pondera el desarrollo tecnológico como ético en sí mismo, otorgándole un status de autonomía de la reflexión política y de un centro de decisión soberana (fundamental), al punto de que en Occidente se ha podido hablar con mucha razón de la corporatocracia, donde el nivel de autonomía tecnológica respecto de la política les permitió no depender de los Estados para que dichas corporaciones tomen sus propias decisiones e incluso generen una mayor influencia sobre los individuos, pasando por arriba las regulaciones o reglas impuestas por un Estado soberano (Perkins, 2004). Porque son estas mismas corporaciones las que terminan financiando y promoviendo la mentalidad revolucionaria, las fórmulas deletéreas de la sociedad, la decadencia de la civilización que está alcanzando un punto 0 al agotar los modelos vigentes. La apelación a la “ideología” que comenzaría con la Ilustración francesa sería todo un nuevo objeto de estudio y hasta una rama científica que serviría para revolucionar la sociedad vigente y aplicar ingeniería social que terminaría por hacer posible el triunfo de estas fuerzas sobre lo que llamaban “antiguo régimen” (Laje, 2022). De manera que estamos ante un mundo y una civilización montados sobre aparatos de guerra psicológica constante, que no tienen reparo en trastornar a millones de personas ante audacias ideológicas totalmente imprudentes y desmedidas con tal de generar un cuerpo colectivo bien adoctrinado y carente de voluntad real como individuos. La supuesta defensa del individuo es otra artimaña de la demagogia moderna, ilustrada y revolucionaria que sólo ve átomos dispersos y listos para ser aglutinados en el nuevo contrato social, en ese proyecto de “nuevo hombre” que significa la revolución como un nuevo chip implantado en las mentes de los incautos. Ningún individuo real e integral es defendido por estos postulados, ya que el mismo individuo ha sido subvertido como tantos otros importantes conceptos que hacen a la clásica Ciencia Política o incluso a la rama de la Sociología Política que dejaba de interesarse por buscar las causas del orden, para buscar los gérmenes de los agitadores y hacer apología de ellos.  


La mentalidad revolucionaria en lo político.. 

La política revolucionaria se basa en el paradigma republicano-liberal de Estado centralizado y de burocracia intensiva, donde se ha acentuado y consolidado a lo largo de los siglos el clientelismo, la corrupción, la concentración de recursos públicos y la división partisana de la sociedad en grupos de interés heterogéneos. Esta división partisana lejos de sintetizar un orden y una unidad integral de la nación en su soberanía, devienen en una “ética pluralista”, que no es otra cosa que una ética partisana, una ética de la guerra civil por la cual es lícito cualquier acción desintegradora y cualquier política de destrucción cultural y de degradación de la autoridad soberana en pos de hacer prevalecer intereses particulares, privados, siendo tal la destrucción misma de la política en nombre del partido, porque prima una actitud política de partido, sobre una actitud política de Estado (Schmitt, 2015).

Ya hemos tratado el mito del pluralismo y su totalitarismo intrínseco disfrazado de buenos modales y respeto por las diferencias, así como también mencionamos que el debate no sólo no está saldado, sino que tiene más vigencia que nunca, puesto que la involución de la idea pluralista llega hasta nuestros días bajo la figura del progresismo y su intolerancia a la disidencia política, al ser una fuerza destructora de la actividad política real, necesita degradarla ya no al mundo de lo social como fue en el S. XX, sino ya al orden de lo más efímero y superficial que puede tener un individuo del S. XXI, “su cuerpo y su decisión”, como si fuese algo que le importase a alguien, si no fuera por el hecho de pretender establecerlo como una política obligatoria. El pluralismo que representaba una decadencia del principio político en manos de lo social, hoy deviene en una decadencia mayor donde lo privado se pretende público, y lo verdaderamente público (político) termina censurado por su propia naturaleza polémica, en nombre del respeto y la tolerancia no se admite que somos sujetos políticos, que tenemos una representación como conjunto y como parte de un todo que nos defiende de cualquier delirio totalitario; en nombre del respeto y la tolerancia no se admite la disidencia por miedo a sentirse ofendidos. Quizá la mejor imagen para entender este nuevo contexto de hegemonía de los ofendidos, la dio el mismo Laje en su último trabajo publicado, “Generación idiota: Una crítica al adolescentrismo”, donde precisamente señala un punto de contacto con todo esto, que es el concepto de “idiota” entendido como lo hacía la Grecia Antigua, aquel que pudiendo tener parte en los asuntos públicos elige no hacerlo y desentenderse, con el agravante de que en la actualidad además de eso, se invierte la ecuación al punto en que los asuntos que en otro tiempo serían considerados del puro ombligo del idiota, pasan a ser obligatoriamente los temas de mayor relevancia pública. 

Ahora, si queremos ir por el lado de los sistemas, organismos o mecanismos institucionales, nos encontramos ante la falacia de los “pesos y contra-pesos" que se ha difundido como parte del presupuesto republicano, cuando en verdad, si un organismo falla, no depende (o no podría) del otro organismo que lo controla, sino de su propia incompetencia, o más aún, de la incompetencia de quienes no están a la altura del cargo. La fantasía de “poderes” que se controlan entre sí es una falta de respeto al intelecto, ya que los requisitos de un cargo no van a depender del accionar de otro cargo, sino de que la persona reúna los atributos requeridos, el control no se puede establecer por fuera, sino que debiera estar hecho por sus pares, como bien ocurre en el órgano judicial cuando funciona. Esta fue la trampa “revolucionaria” la que afirmaba que no podía dividirse la soberanía (cosa que estamos de acuerdo), y en lugar de unificar los criterios del poder público los dividen en “tres poderes”, cosa por demás imposible, ya que si hay tres poderes, hay tres estados; el poder público siempre es uno, sino son más poderes.  

En cambio, cuando pudieron defender la descentralización administrativa precisamente para “acabar con la tiranía” de “antiguos regímenes que concentran el poder y el nepotismo”, defendieron la centralización burocrática, la multiplicación del empleo público y el manejo discrecional en una sóla instancia del presupuesto (nacional). Si tenemos el atrevimiento de intentar vincular la “división de poderes” horizontal “controlándose” entre ellos, y la centralización de recursos públicos, tenemos que pensar lo peor, ¡y lo hacemos! Por esa misma razón entendemos que el germen revolucionario, que tiene como máscara de proa los más íntimos ideales, esconde una lisa y llana vocación del poder por el poder mismo y el manejo de recursos públicos arbitrariamente, y hasta en casos extremos, es la misma mentalidad la que llevó a los experimentos totalitarios, porque es la misma base de ideas: ingeniería social para “mejorar a la humanidad” porque la realidad tal como es “no nos gusta”.


Para sumar el aporte conceptual de Olavo De Carvalho en Brasil, el autor nos deja ante desandar el camino gramsciano de batalla cultural que subvierte el sentido común, en esto es preciso devolver el sentido común a aquellos principios normales para cualquier individuo pre-revolucionario, o más aún, contrarrevolucionario. Lo que hace a una civilización grande son los frutos expresados en una lealtad común de valores heroicos y respeto por las tradiciones de quienes nos precedieron, por un lado, y por otro, los frutos expresados en una solidaridad real y en unión en la verdadera diversidad que contiene cualquier sociedad, sin necesidad de caprichos ideológicos progresistas. El profesor Carvalho nos recuerda desde lo político, la necesidad de defender las soberanías que hacen a nuestra civilización de la amenaza globalista que perpetúa la mentalidad revolucionaria a escala mundial, y frente a la cual nos queda tener o generar instituciones flexibles para establecer las reformas necesarias para salvaguardar nuestra libertad en el contexto del Estado y de la legitimidad legal.  Todo eso fuera de "estructuras rígidas y de cambio permanente" que plantea la mente-colmena de la revolución gramsciana. Para todo esto, más que mecanismos, requerimos de las personalidades apropiadas, puesto que el intento de un individuo aún en el cargo más alto de jerarquía puede significar un vano esfuerzo ante toda la insurgencia progre-globalista que va a intentar por todos los medios derrocar a un mandatario de auténtica representación de Derecha, como lo ha logrado en Brasil y en EE.UU.


El antídoto ya tiene un caso de éxito.. 

Y en términos prácticos tenemos un reciente y vivo ejemplo de lo que podría ser un antídoto, que es la anteriormente mencionada Meloni como Primer Ministro de Italia, consolidando en una victoria política una batalla cultural de años, ya sea en los principios que defiende, como también en las políticas que ya han tenido buenos resultados en los primeros 100 días de gobierno. Pero lo realmente destacable de esta temprana experiencia, es la capacidad de conformar una alternativa competitiva por un lado, y por otro, imprimiendo un liderazgo eminentemente mediterráneo, romano, del tipo que nos interesa a nosotros en Argentina y Sudamérica para barrer con el germen revolucionario y abrazar principios de orden social y político que contemple los cambios necesarios pero siempre en función de una idea-fuerza trascendente al puro orden económico y productivo, pero ordenándolo. El liderazgo de Meloni fue una novedad incluso para el mismo ámbito de la Nueva Derecha, donde los tipos de líderes que nos tenían acostumbrados como Trump o Bolsonaro impusieron un estilo mucho más confrontativo y demagógico que llevó a algunas pequeñas imprudencias a la hora de ponerse en la línea de fuego de los medios y su bombardeo constante. En el caso de la italiana, ha conseguido confluir un liderazgo con el carisma necesario para conducir simbólicamente un proceso político nuevo, pero además, con la seriedad y la racionalidad necesarias para tomar las medidas y las reformas que el país necesita para restaurar un orden virtuoso, lejos de cualquier delirio totalitario, ya que lo que se encuentra de fondo no es una idea coercitiva, sino una sustentada en raíces profundas. Por eso nuestro pensamiento tiene raíces (es radical en sentido profundo y tradicional), y para lo cual no requiere someter a otros, sino que mantiene una funcionalidad orgánica de natural tensión entre vínculo y libertad de sus partes, como una sociedad virtuosa que se encuentra en una unidad integral que contempla la autonomía relativa de sus miembros. 

Lo que nos deja ante la necesidad de buscar un fundamento nuevo, pero al mismo tiempo, un fundamento vivo de las estructuras sociales, una ética de la unidad nacional que no represente un mero patriotismo, sino un pensamiento que va más allá del poder en su propia justificación. Estamos hablando de un principio ordenador, que tanto Meloni como su juventud entienden que contempla fuertemente a Italia, pero que va más allá de ella, puesto que en ser un ejemplo vivo, se puede comenzar la lenta pero necesaria reconstrucción de Occidente en sus raíces, como lo están haciendo desde el jus sanguinis en la propia Italia. La reconstrucción del verdadero ser occidental que se encuentra todavía como potencia dormida y aplacada, pero que en cada chispazo nuevo de elementos jóvenes y despiertos, puede iretomar una vez más la custodia de esa eterna antorcha de libertad y dignidad que llevamos con orgullo y en nuestro fuero, pese a toda la guerra psicológica revolucionaria y los intentos colectivistas, quienes somos orgullosos hijos de Occidente.


Lucas Cianfagna.- 

martes, 30 de mayo de 2023

Ni statuos quo, ni antisistema; es el interés nacional lo que importa

Un caso interesante para analizar es el de Boric como despliegue de perfil político fuera de la tónica bolivariana de sus pares Maduro y Lula, pero que tampoco es reducible a un fenómeno socialdemócrata, que lo es. Al decir de Phillippe Schmitter, un país arraigadamente institucionalizado, no permite que las fugas por izquierda o derecha dinamiten el sistema mismo, razón por la cual también, al momento de asumir el resultado electoral del 2021, José Antonio Kast, candidato de fuga por derecha, lo saluda y le desea el mejor de los éxitos en su mandato. El gesto de saludar al ganador de la elección tiene dos funciones, por un lado, reconocer la propia derrota, pero por otro lado, es una forma indirecta pero importantísima de legitimación del sistema vigente y sus reglas.

Lejos entonces de lo que otros autores dirían sobre candidatos que terminan polarizando el sistema e incluso creando las dos alternativas en los extremos del espectro ideológico, no estaríamos ante líderes antisistema propiamente dicho, sino ante líderes de un espectro ideológico extremo, según definiciones convencionales. Pero esto no es suficiente para explicar otras cosas, por ejemplo, que el principal sector que retiró su apoyo a Boric son aquellos que pertenecen a una izquierda radicalizada y realmente antisistema, grupos pro-mapuches que hacen apología del delito y el terrorismo, al ver que el flamante presidente no estuviera dispuesto a dinamitar las estructuras del propio Estado chileno. De la misma manera en que Kast legitimó las estructuras e instituciones vigentes ante reconocer el resultado y seguir apostando a construir poder de forma abierta y transparente, hizo dos cosas: por un lado, destruir el argumento de que para ser de derecha (no centrista) hay que ser anti-sistema; y por otro lado, mucho más importante, al igual que sus pares de otros países, demostró que es posible una construcción de proyecto de poder por parte de un candidato auténticamente de derecha y reafirmándose como una opción viable y competitiva en el tiempo. De esto tenemos prueba reciente con el triunfo de su partido en las elecciones para constituyentes de la nueva asamblea.

Lo que nos queda es, para producir un mínimo análisis serio es pensarlo comparativamente con otro caso, y mejor si puede poner en riesgo nuestra hipótesis inicial, como para que la falsación, si resiste análisis, demuestre algo de realidad. Podemos introducir los casos de Joe Biden acordando en EE.UU. con el ala más radicalizada y violenta de los sectores de izquierda afines al Partido Demócrata, o bien al caso de Pendro Sánchez en España, que traicionando de entrada lo que había prometido a su electorado más sobrio hizo lo contrario de lo que prometió en campaña antes de ser elegido Presidente del gobierno: acordar con separatistas y comunistas, lo cual hizo a penas asumió.

En ambos de los casos mencionados, sin ir a detalles, su giro comprometedor hacia posiciones radicalizadas pero poco practicables logró lo mismo que Boric por haberse negado a implementarlas, esto es, que ese mismo sector radicalizado que apoyó al gobierno terminara dándole la espalda más tarde o más temprano. Pero por otra parte, en estos dos casos mencionados, podemos destacar algo que no mencionamos antes en el análisis chileno, que en uno (EE.UU.) se está ante una crisis de años de las propias estructuras internas que hacen al Estado permanente (government), es decir, a los organismos e instituciones que toman decisiones y planifican el destino del país más allá del gobierno de turno (administration). Por otro lado, en el otro país (España) su única institución lejanamente comparable a eso es la monarquía, la cual por escándalos anteriores y mala prensa, termina corrida todo lo que se pueda de la coyuntura política, con lo cual más que crisis interna, hay desconexión con el gobierno de turno que tome decisiones, cosa que VOX pareciera intentar reconstruir.

Por otra parte, en el caso chileno, vemos exactamente lo contrario, unas estructuras internas permanentes bien constituídas, que hagan que sus presidentes, más allá de querer llevar a cabo políticas de extremos ideológicos, no se corran del interés nacional planteado por esas mismas estructuras, algo que a la Argentina le viene faltando desde hace varias décadas. Ni Kast sería capaz de privatizar el cobre, ni Boric sería capaz de permitir una fractura en el Estado por parte de grupos separatistas, el equilibrio entonces no está determinado sólo por sus instituciones que garantizan las reglas electorales, sino más bien, por poseer un "government" que mantenga coherencia de élite, y no permita correrse del interés nacional. De la misma manera ocurre en Brasil, más allá de los discursos de ambos candidatos, y de acciones que plantearon la fuga por izquierda o derecha de la línea ideológica, Itamaraty no les permitiría hacer cualquier cosa en nombre de ideologías, el destino de Brasil está posicionado por un buen lugar emergente en este nuevo orden internacional, y ese lugar no puede quedar amenazado.

Tal vez debamos apuntar a pensar en reformas profundas, más profundas que cambiar algunas reglas de juego. Argentina necesita patriotas, pero no para formar sólo presidentes, sino para ocupar eficiente, realista y previsiblemente el Estado argentino para garantizar que el barco llegue a buen puerto, esté el gobierno que esté. Puesto que, como afirmaría Schmitter, los liderazgos disruptivos anclados en un sistema sólido adquieren sus mejores cualidades: dinamizan un sistema que se ha encontrado caduco en representar las verdaderas demandas, recogen identidades expresadas en clivajes que el status quo ha mantenido guardado bajo la alfombra, se ven poco condicionados por factores externos y hasta los desafían rompiendo con el "no se puede" de la dirigencia tradicional, y por aceptar reglas de juego pueden perder y aún así dejar como resultado un sistema renovado, revitalizado y actualizado en sus fuerzas en pugna, que exprese intereses reales, y que permita en ellos cristalizar mejor un horizonte común en la política nacional.


Lucas Cianfagna.- 

domingo, 28 de mayo de 2023

Federación o Muerte; hoy más que nunca

 


Algunas definiciones 

La cuestión de los regímenes como el federalismo, ha sido tratado por cierta literatura contemporánea, pero nunca a modo prescriptivo, sino meramente como descripción de modelos, tipos ideales y formas de categorizar un régimen de Estado que goza, afortunadamente, de buena prensa, pero a su vez tristemente, es lo único que tiene, buena prensa; el resto queda para la teoría.

Más allá de la teorización sobre tipos ideales y modelos de aproximación, nos interesa generar una reflexión prescriptiva, en criollo: tomar partido por una idea que no ha sido desarrollada demasiado últimamente, más allá de los esfuerzos de algún periodista o divulgador, como es el caso de Santiago Cúneo con su propuesta como precandidato a Presidente en Argentina este 2023, por la que toma partido abiertamente por un diseño de nación confederal. También podríamos mencionar la labor de batalla cultural del divulgador y referente Eric Harris desde su espacio "Se Acabó La Joda", donde enarbola también una idea descentralizada de diseño institucional que genere mayor competencia y equilibre los incentivos, también expresado en una nueva bandera confederal de color azul con 24 estrellas a su alrededor.

Lo que sí trataremos a nivel teórico, es una mínima aproximación a la diferencia fundamental entre federación y confederación, ya que a veces se utilizan de manera intercambiable, pero su diferencia resulta fundamental; tanto para una definición de un régimen de Estado, como para una posible aproximación hacia un modelo de integración regional. La federación y la confederación convienen para distintos ámbitos, y no son susceptibles de ser fusibles uno del otro.


Federación, confederación y secesión 

“Federación” implica por un lado la acción de varias unidades políticas con cierto grado de autonomía por “federarse” justamente, viniendo la raíz del término de foedus, que significa “pacto”. Es decir que toda federación, sea cual sea su origen histórico o procedimental, se estableció a partir de un pacto. Si ocurre de abajo hacia arriba (en términos de distribución de poder vertical) tenemos el ejemplo de Argentina con sus “pactos pre-existentes" al principio de su historia independiente, o el caso de EE.UU. en un término acuñado por la literatura anglosajona llamado “coming together” (unión mutua), o en el caso de “putting together” que es cuando uno o varios poderes federados actúan como centro gravitatorio para una nueva unión, caso de la Confederación Argentina (más allá de diferenciar términos, la dinámica en este caso es la misma); o bien, si se produce de arriba hacia abajo como en los casos de Rusia o India, cuyo poder central era pre-existente, pero en necesidad de mantener unidos nuevos territorios conquistados, se apuesta por descentralizar para ganar a través de confianza y cierta autonomía atribuida (Stepan, 1999). 

Mientras por otro lado, la confederación implica alianza de territorios esencialmente soberanos para la consolidación de una idea/proyecto que los trasciende, pero en nombre de nunca renunciar a sus soberanías. Un ejemplo histórico indiscutido es la conformación de Suiza como nación moderna en un diseño confederal de constitución; el país helvético, si bien conserva la denominación oficial de “confederación”, en los hechos, termina siendo una federación a partir de cierta evolución de la solidaridad y asentamiento de sus pactos políticos. Al día de hoy no existen prácticamente ejemplos de confederaciones propiamente dichas puestas en práctica, los países más federales y descentralizados no dejan de tener un contra-peso en el Estado federal que aglutina a sus territorios federados, ya que áreas como política exterior son inalienablemente asuntos soberanos. Siendo la soberanía un término moderno acuñado por Bodino ante el surgimiento de los Estados-Nación, no puede concebirse dicho término separado de la idea de nación misma, esto es, no se puede hablar de soberanías sub-nacionales sin deslizarse por el separatismo o la secesión, ya que la confederación aplicada en lo práctico opera más como una figura de Derecho Internacional que como una real aplicación para un sistema de Estado. 

La soberanía es un concepto de evolución de la unidad política a través de la historia, poner la soberanía en un nivel inferior hoy equivale a designar una unidad política nueva, pero entonces más pequeña, un estado-nación nuevo secesionado de su unidad anterior. Esto trae otros problemas, como ocurre a nivel práctico con los intentos de separatismo en diversos países como España, que es un fuerte componente étnico-identitario y hasta racista en algunos casos, identificando de manera regresiva a la nación con una única y monolítica etnia. Discursos que al no prosperar como políticas en un Estado unificado y fuerte (Alemania 1933-45), pretenden establecerse a partir de la separación de los elementos que “ya no podrían purificar”. También existen argumentos (o excusas) a nivel económico que de manera insólita propician la idea de separación porque “la Nación nos cuesta mucho”, cosa que lamentablemente, no estarían del todo errados, salvo por enunciar que de separarse resolverían sus problemas, los ejemplos de balcanización muestran en la historia más bien todo lo contrario. Pero precisamente conviene detenerse en ciertas consideraciones que hacen al carácter empírico de un diseño federal, que tiene que ver con el presupuesto y las consideraciones que hacen a la efectividad de mecanismos federativos de políticas. 


El paradigma de Estado logístico: ¿en crisis? 

Si algo generó el proceso de cambios políticos que decantaría en la “Revolución francesa” es consolidar un paradigma de Estado centralizado, acaparador de recursos, presupuesto y mecanismos de control, lo que equivale a decir: acaparador de atribuciones, poder real de decisión sobre la administración más fina de recursos y capacidad de generar empleados públicos. Tanto los jacobinos de la guillotina, como la dinastía Bonaparte y hasta los Borbones, acordaron en la necesidad de centralizar y quitar intermediarios de las decisiones mínimas para hacerse del gran botín de recursos. Historiadores europeos como Eric Hobsbawm, coinciden en que la “Revolución” tuvo más de propaganda y continuidad que de ruptura, incluso en lo que refiere al paradigma liberal que pretende combatir el nepotismo monárquico y el exceso de Estado, siendo que la “carrera abierta al talento” garantizaba para aquellos que no daban en los negocios una carrera vitalicia en la planta permanente del Estado mismo como profesionales, multiplicando hasta tres veces en las flamantes repúblicas liberales el gasto en burocracia y administración para generar las instituciones “revolucionarias” (Hobsbawm, 1962). Nada nuevo bajo el sol. 

Volviendo por un momento al mencionado Napoleón Bonaparte, entre el desarrollo de su guerra revolucionaria por el continente europeo para instaurar el nuevo código civil y comercial, y la declaración de derechos del hombre, llevó en su diseño de Estado un paradigma que compartía hasta con sus mismos enemigos que resistieron a sus invasiones: el del Estado como centro logístico de la guerra. Esto no es menor, ya que un enemigo que lograría sacarlo del mapa político europeo como Clausevitz, establecería el mismo criterio de continuidad entre “política” y “guerra” por medios diversos, pero con un hilo conductor, la logística como motor.  

La centralización respondía entonces, por un lado, a un concepto de representación política que responde al desarrollo de la idea de democracia, es decir, de representar al "demos", más allá de los territorios y las regiones al interior de cada nación; y por otro lado a una necesidad de continuación de la guerra, ya sea para consolidar la revolución, como para aplacarla (caso Bismarck y la unificación alemana). De todas maneras, el paradigma de centralización burocrática en mayor o menor medida había triunfado, y los Estados-Nación en el mundo occidental tendían en esta dirección sin excepciones, aunque con velocidades y matices distintos. Hasta en el EE.UU. del S. XIX/XX, el paradigma del General Sherman sería el mismo: el éxito de todo proyecto de nación está en la logística. Este paradigma que lideró la tensión entre guerra-política o revolución-restauración responde a un criterio tecnológico, ya que el Estado moderno hobbesiano se erige como una tecnología de poder, aparentemente desprovista  de la necesidad de una justificación por fuera o por encima de la misma idea política; vale decir, que el poder es en sí mismo la propia justificación del Estado, es una idea de poder sui generis, sin deberle nada a la moral, a la idea de Verdad, o a algún residuo metafísico. Se trata de lo político presentado como un fenómeno a priori autónomo de todo lo demás, cosa que luego sería desarticulada por el autor que estamos a punto de mencionar. 


El concepto de partisano como crisis 

Hasta acá pareciera que el paradigma logístico se habría consolidado e incluso ante los intentos globalizantes de los organismos internacionales habría sido un éxito para garantizar la “gobernanza global”, pero acá entra un aspecto fundamental que Carl Schmitt puso sobre la mesa al hablar del concepto de partisano y sus características. La lucha irregular del partisano sería abordada desde su histórica aparición precisamente como respuesta a las guerras napoleónicas y qué impacto tuvo a lo largo de la historia reciente en el Derecho Internacional. Ante las características que define Schmitt del partisano, conviene analizarlas en profundidad con los casos actuales y reales: intenso compromiso político con el territorio que habita, movilidad constante sin una táctica definida a priori, irregularidad en su función y si porta o no armas ya que configura un partido irregular, y por último su fuerte carácter telúrico, esto es, al romper con la naturaleza de regularidad de un Estado y su ejército, no requiere de logística, sino de vinculación directa y estrecha con el lugar. Considerando estas características fundamentales, el partisano no sería para Schmitt un resultado de la evolución tecnológica como podrían argumentar Hobbes y otros materialistas modernos, sino por el contrario, el sujeto político “partisano” sería el detonante del cambio tecnológico, ya que pone en jaque con sus cuatro componentes a la justificación de una centralización del poder en todo su presupuesto y sus atribuciones, a saber, en el carácter logístico de un Estado centralizado. 

Ante amenazas de guerra irregular como supone hoy el terrorismo y más propiamente el narcotráfico como fenómeno regional, conviene tomar estas mismas características del partisano descritas por Schmitt para entender su naturaleza. Para lo cual, cabe hacernos las preguntas pertinentes: ¿Mantienen las organizaciones terroristas o narcos un fuerte compromiso político? Sí, tanto sea en acciones separatistas desde ideologías fuertes, o en las bandas por cooptación o soborno del poder político regular. ¿Poseen una movilidad extrema cuyas tácticas se ajustan al día a día? Efectivamente, por eso se tienen fenómenos de “ajustes de cuentas”, o bien incendios ocasionados, toma de comisarías o intendencias, todo ello acorde a los sucesos políticos del momento. ¿Conservan el carácter irregular? Desde ya, al no reconocer al Estado como autoridad y hasta desafiarlo hasta en su existencia como identidad común, se está al margen de la ley, y no necesariamente teniendo a su medio armas de fuego o determinado nivel de tecnología militar. Y finalmente, ¿son telúricas estas figuras partisanas del terrorismo o el narcotráfico? Lo son, ya que lo más contundente que han hecho para desarticular el paradigma logístico es precisamente no depender de una logística, sino de la vinculación con el territorio en el que actúan. 


Federación: Territorio y representación funcional

Como conclusión final, se puede mencionar el aporte más importante sobre la teoría del partisano que engloba todos los planteos que mencionamos más arriba, y es que el partisano, a la manera en que Schmitt concluye su libro, representa una pregunta como enemigo del “¿Quién soy?”, y sobre todo, representa como desafío un nuevo entendimiento sobre la realidad territorial, o como diría él, “un nuevo nomos de la tierra”, entendiendo este término como la ley esencial, no positiva, sino existencial, de hecho (Schmitt, 2010). Esta nueva ley fundamental de la tierra, implica que combatir a un enemigo irregular que pone en riesgo la existencia misma del Estado, nos deja ante la pregunta de quiénes somos, más aún en un país como el nuestro que resulta azotado por la corrupción, la falta de un proyecto de nación y un horizonte cierto, más que nunca debemos preguntarnos por lo que somos o más bien, lo que queremos ser. Pero a ello le sigue la otra cuestión, que el desafío no puede darse sobre un paradigma perimido como lo es el del Estado centralizado y logístico para combatir a un enemigo que no sólo no necesita de esas herramientas, sino que incluso, aprovecha la centralización de los recursos y la conformación de un país macro-encefálico, para debilitarlo en sus regiones periféricas a partir de que la mayor parte de sus recursos para defenderse habrían sido sustraídos por el Estado central. 

La nueva aparición de fenómenos que hemos definido como partisanos en esta época que revolucionan la forma de entender la organización del Estado, nos deja ante la necesidad de invertir el esquema de asignación de recursos. Ciertamente no pueden las provincias o los estados sub-nacionales recibir las migajas de la coparticipación de lo recaudado por el Estado central, sino por el contrario, el Estado si es federal, debiera recibir el aporte de cada provincia para proveer a la estrategia de defensa nacional que mancomuna los esfuerzos regionales. Pero no debe confundirse esto con una confederación, ya que la misma supone un mero esquema de alianzas soberanas, y acá reafirmamos como único soberano el Estado-Nación, pero sí respetando la tradición de pactos pre-existentes que surgiera en la conformación de Argentina como país independiente, la federación de provincias que la componen supondrían una autonomía de disponer de recursos y burocracia propia, sin por ello mermar en lo fundamental del Estado federal que es el cumplimiento de la estrategia de defensa para su supervivencia y acrecentamiento de su poder como unidad política. 

La literatura descriptiva sobre el federalismo ha llevado a la academia a defender el status quo que sostiene la "democracia" por sobre la idea de federalismo, como si defender el "demos", o sea, la representación demográfica tuviese alguna virtud. Ya con el problema de los cupos vemos la ineficacia de su puesta en práctica, a ningún país ni a ninguna población se le solucionan sus problemas porque haya un equivalente proporcional de los atributos demográficos en las áreas de gobierno y del parlamento, porque lo fundamental de la representación política es precisamente eso: ¡Que sea política! Y por lo tanto, en defensa del interés de los ciudadanos en su carácter público como sujetos de derecho de una nación, es decir, el interés nacional es la única representación posible y práctica. 

Lo que demuestra funcionalidad es un territorio bien representado, porque eso garantiza además la única igualdad posible, la igualdad ante la ley, por la cual el voto de un compatriota no queda diluído en el distrito más populoso que definiría la elección para todo el país y consolida este esquema de un país macro-encefálico con un cuerpo raquítico, lo que también lleva a fenómenos como la creciente conurbanización, y de allí, marginalidad y florecimiento de fenómenos de narcotráfico y crimen organizado en las periferias de los centros urbanos; con lo cual, el arraigo territorial resulta un imperativo, no sólo para representar al conjunto total de ciudadanos en un bien común, sino también para tener una dimensión real de los problemas al nivel más llano posible. La federación como mecanismo para solucionar problemas y descomprimir la centralización compulsiva de recursos (robo a las provincias) requiere de un rediseño presupuestario y fiscal, pero como concepto más elevado, requiere recuperar el espíritu de nuestros padres fundadores, que desde posiciones diversas, llegaron a la misma conclusión más allá de nombres: que los pactos pre-existentes tendrían como objeto consolidar la unión nacional. 

Lucas Cianfagna.-