Cabalgar el tigre ante un sistema en decadencia..
La metáfora de “cabalgar el tigre” propuesta hace ya medio siglo por el pensador tradicionalista italiano Julius Evola, tendría en estos tiempos una vigencia superior a su formulación, sobre todo en momentos donde lo que alguna vez se hizo llamar Occidente decae por la impotencia de sus naciones y la incapacidad a priori de plantearse una restauración de fuerzas. Pero lejos de detenernos en el citado libro del autor, nos proponemos retomar algunos postulados de lo que legó a las juventudes italianas en un conjunto de escritos ante el fracaso de conformar, en su tiempo, una alternativa auténticamente de Derecha, cosa que la evolución de aquellos movimientos de fracaso como el Partido Social Italiano, ha devenido en lo que hoy sí representa un triunfo de la Derecha en Italia por parte de la flamante Primer Ministro, Giorgia Meloni desde Fratelli D’Italia, quien también estuvo obligada a cabalgar el tigre de todo un status quo de corrupción y políticas destructoras del orden político italiano, refiriéndonos a un orden orgánico, no meramente formal; un (des)orden de cosas en el que una alternativa verdadera de Derecha estuvo culturalmente proscripta ante el electorado, pero no así el neo-fenómeno llamado “eurocomunismo”, al cual se le reconocieron por los años 80 y luego en Europa como bloque las credenciales “democráticas”, que luego de un par de décadas terminaría de echar por tierra. El comunismo sólo cambió de estrategia, no de objetivos, y de eso hablaremos más adelante con la llamada “mentalidad revolucionaria” que ha impregnado a todo Occidente.
Pero no sólo nos podríamos valer del pensador italiano y la experiencia actual positiva en dicho país, también podemos referirnos a la reciente experiencia política en Brasil, y por lo tanto, hablar de otro gran pensador que aportó a las ideas contrarrevolucionarias, que fue el Profesor Olavo De Carvalho, quien falleció hace a penas un año, pero cuyo legado de pensamiento fino, de incorrección política e irreverencia ante lo establecido nos deja varias reflexiones a retomar para dar un paso adelante en torno a una mentalidad restaurativa, y ante las propuestas que necesitamos para la superación de este estado de cosas que sobrevive sólo en la inercia mecánica que ha conformado como sistema la mentalidad revolucionaria de la cual describiremos en breve. Si un momento hay para dar vuelta esta situación, es en la actualidad, la fuerza que el sistema presentaba con su hegemonía cultural en ascenso ya no la tiene, sólo les quedan sus puestos mal habidos y su dinero financiado desde plutócratas inescrupulosos. Llegó el momento de poner todos nuestros esfuerzos en desmantelar la gran mentira que ha sido "el progreso histórico", la "ilustración", la "modernidad" y todo ese conjunto de pautas de guerra psicológica que nos han quebrado como occidentales.
¿De qué se trata la mentalidad revolucionaria?
En primer lugar, antes de referirnos a características de un sistema o de un estado de cosas, es preciso anticipar el germen de lo que buscamos combatir, a veces simplificado en lo que hoy se llama “izquierda” o “nueva izquierda”, o “progresismo”, pero que es en sí mismo producto de la más fina ingeniería social que ha logrado trastornar la mentalidad de millones de personas, al punto de generar verdaderos fanatismos, decisiones abruptas que involucran la vida de muchísimas personas, y hasta genocidios, desde la simple racionalidad instrumental que la misma izquierda habría criticado desde Frankfurt, pero que en realidad representarían la contraparte de esa razón de medios-fines, la cual se vincula hoy con un culto a la irracionalidad, un activismo insensato y el enaltecimiento de fuerzas caóticas, al decir de Evola.
La mentalidad revolucionaria no nace con la revolución francesa, pero sí se plasma en los hechos a partir de tal acontecimiento. Se trata de una mentalidad que sienta un antecedente, primero trastocando el mismo término “revolución” que en otro tiempo significaba “restaurar un sendero perdido”, muy distante de la nueva tónica que adquiere luego de 1789 donde pasaría a significar lisa y llanamiente “subversión”. Pero allí no termina, “revolución” no fue el único término a “subvertir” (valga la aclaración), sino también conceptos que parecieran ser patrimonio de la modernidad como lo son la idea de “Patria”, “Nación”, o incluso “Estado”, cuyas formas deletéreas y demagógicas sobreviven al día de hoy desde campañas electorales hasta lugares comunes en la academia. De todo esto se ha encargado de desmenuzarlo muy bien el politólogo argentino Agustín Laje en su obra del año pasado, “La Batalla Cultural: Reflexiones críticas para una Nueva Derecha”, donde realiza un repaso histórico y socio-político de toda la subversión cultural moderna y cómo surge el contexto de guerra por la cultura en Occidente.
Si algo nos enseña la historia desde el acontecimiento revolucionario, es que hay un sentido de subvertir cuanto concepto exista en el orden social, cultural y hasta tradicional para lograr fines. Y con esto descartamos de plano la tesis de que se trate de un puro idealismo, tal aspecto sólo sirve para las masas de seguidores sin criterio propio, pero para los fines de los agentes revolucionarios, el pragmatismo de las ideas es la principal bandera, por supuesto, sin nunca renunciar al objetivo último que es la revolución permanente (en términos de Trotsky), del cambio irreversible de estructuras a partir de una guerra psicológica, una guerra que incitaría los sentimientos colectivistas y las posturas de mentalidad-colmena. Para la psiquis europea y sobre todo mediterránea resultó difícil imponer varios de estos aspectos, pero donde tuvo un éxito inucitado fue en China, cuya dirigencia de manera pragmática y sin medir medios, priorizó todo lo necesario para concretar el fin de seguir “revolucionando” la civilización china, es decir, cambiarla y trastocarla de manera irreversible, lo que en términos del mismo Mao sería “el gran salto hacia adelante”.
La mentalidad revolucionaria es aquella mentalidad que tiene un culto positivista que pondera el desarrollo tecnológico como ético en sí mismo, otorgándole un status de autonomía de la reflexión política y de un centro de decisión soberana (fundamental), al punto de que en Occidente se ha podido hablar con mucha razón de la corporatocracia, donde el nivel de autonomía tecnológica respecto de la política les permitió no depender de los Estados para que dichas corporaciones tomen sus propias decisiones e incluso generen una mayor influencia sobre los individuos, pasando por arriba las regulaciones o reglas impuestas por un Estado soberano (Perkins, 2004). Porque son estas mismas corporaciones las que terminan financiando y promoviendo la mentalidad revolucionaria, las fórmulas deletéreas de la sociedad, la decadencia de la civilización que está alcanzando un punto 0 al agotar los modelos vigentes. La apelación a la “ideología” que comenzaría con la Ilustración francesa sería todo un nuevo objeto de estudio y hasta una rama científica que serviría para revolucionar la sociedad vigente y aplicar ingeniería social que terminaría por hacer posible el triunfo de estas fuerzas sobre lo que llamaban “antiguo régimen” (Laje, 2022). De manera que estamos ante un mundo y una civilización montados sobre aparatos de guerra psicológica constante, que no tienen reparo en trastornar a millones de personas ante audacias ideológicas totalmente imprudentes y desmedidas con tal de generar un cuerpo colectivo bien adoctrinado y carente de voluntad real como individuos. La supuesta defensa del individuo es otra artimaña de la demagogia moderna, ilustrada y revolucionaria que sólo ve átomos dispersos y listos para ser aglutinados en el nuevo contrato social, en ese proyecto de “nuevo hombre” que significa la revolución como un nuevo chip implantado en las mentes de los incautos. Ningún individuo real e integral es defendido por estos postulados, ya que el mismo individuo ha sido subvertido como tantos otros importantes conceptos que hacen a la clásica Ciencia Política o incluso a la rama de la Sociología Política que dejaba de interesarse por buscar las causas del orden, para buscar los gérmenes de los agitadores y hacer apología de ellos.
La mentalidad revolucionaria en lo político..
La política revolucionaria se basa en el paradigma republicano-liberal de Estado centralizado y de burocracia intensiva, donde se ha acentuado y consolidado a lo largo de los siglos el clientelismo, la corrupción, la concentración de recursos públicos y la división partisana de la sociedad en grupos de interés heterogéneos. Esta división partisana lejos de sintetizar un orden y una unidad integral de la nación en su soberanía, devienen en una “ética pluralista”, que no es otra cosa que una ética partisana, una ética de la guerra civil por la cual es lícito cualquier acción desintegradora y cualquier política de destrucción cultural y de degradación de la autoridad soberana en pos de hacer prevalecer intereses particulares, privados, siendo tal la destrucción misma de la política en nombre del partido, porque prima una actitud política de partido, sobre una actitud política de Estado (Schmitt, 2015).
Ya hemos tratado el mito del pluralismo y su totalitarismo intrínseco disfrazado de buenos modales y respeto por las diferencias, así como también mencionamos que el debate no sólo no está saldado, sino que tiene más vigencia que nunca, puesto que la involución de la idea pluralista llega hasta nuestros días bajo la figura del progresismo y su intolerancia a la disidencia política, al ser una fuerza destructora de la actividad política real, necesita degradarla ya no al mundo de lo social como fue en el S. XX, sino ya al orden de lo más efímero y superficial que puede tener un individuo del S. XXI, “su cuerpo y su decisión”, como si fuese algo que le importase a alguien, si no fuera por el hecho de pretender establecerlo como una política obligatoria. El pluralismo que representaba una decadencia del principio político en manos de lo social, hoy deviene en una decadencia mayor donde lo privado se pretende público, y lo verdaderamente público (político) termina censurado por su propia naturaleza polémica, en nombre del respeto y la tolerancia no se admite que somos sujetos políticos, que tenemos una representación como conjunto y como parte de un todo que nos defiende de cualquier delirio totalitario; en nombre del respeto y la tolerancia no se admite la disidencia por miedo a sentirse ofendidos. Quizá la mejor imagen para entender este nuevo contexto de hegemonía de los ofendidos, la dio el mismo Laje en su último trabajo publicado, “Generación idiota: Una crítica al adolescentrismo”, donde precisamente señala un punto de contacto con todo esto, que es el concepto de “idiota” entendido como lo hacía la Grecia Antigua, aquel que pudiendo tener parte en los asuntos públicos elige no hacerlo y desentenderse, con el agravante de que en la actualidad además de eso, se invierte la ecuación al punto en que los asuntos que en otro tiempo serían considerados del puro ombligo del idiota, pasan a ser obligatoriamente los temas de mayor relevancia pública.
Ahora, si queremos ir por el lado de los sistemas, organismos o mecanismos institucionales, nos encontramos ante la falacia de los “pesos y contra-pesos" que se ha difundido como parte del presupuesto republicano, cuando en verdad, si un organismo falla, no depende (o no podría) del otro organismo que lo controla, sino de su propia incompetencia, o más aún, de la incompetencia de quienes no están a la altura del cargo. La fantasía de “poderes” que se controlan entre sí es una falta de respeto al intelecto, ya que los requisitos de un cargo no van a depender del accionar de otro cargo, sino de que la persona reúna los atributos requeridos, el control no se puede establecer por fuera, sino que debiera estar hecho por sus pares, como bien ocurre en el órgano judicial cuando funciona. Esta fue la trampa “revolucionaria” la que afirmaba que no podía dividirse la soberanía (cosa que estamos de acuerdo), y en lugar de unificar los criterios del poder público los dividen en “tres poderes”, cosa por demás imposible, ya que si hay tres poderes, hay tres estados; el poder público siempre es uno, sino son más poderes.
En cambio, cuando pudieron defender la descentralización administrativa precisamente para “acabar con la tiranía” de “antiguos regímenes que concentran el poder y el nepotismo”, defendieron la centralización burocrática, la multiplicación del empleo público y el manejo discrecional en una sóla instancia del presupuesto (nacional). Si tenemos el atrevimiento de intentar vincular la “división de poderes” horizontal “controlándose” entre ellos, y la centralización de recursos públicos, tenemos que pensar lo peor, ¡y lo hacemos! Por esa misma razón entendemos que el germen revolucionario, que tiene como máscara de proa los más íntimos ideales, esconde una lisa y llana vocación del poder por el poder mismo y el manejo de recursos públicos arbitrariamente, y hasta en casos extremos, es la misma mentalidad la que llevó a los experimentos totalitarios, porque es la misma base de ideas: ingeniería social para “mejorar a la humanidad” porque la realidad tal como es “no nos gusta”.
Para sumar el aporte conceptual de Olavo De Carvalho en Brasil, el autor nos deja ante desandar el camino gramsciano de batalla cultural que subvierte el sentido común, en esto es preciso devolver el sentido común a aquellos principios normales para cualquier individuo pre-revolucionario, o más aún, contrarrevolucionario. Lo que hace a una civilización grande son los frutos expresados en una lealtad común de valores heroicos y respeto por las tradiciones de quienes nos precedieron, por un lado, y por otro, los frutos expresados en una solidaridad real y en unión en la verdadera diversidad que contiene cualquier sociedad, sin necesidad de caprichos ideológicos progresistas. El profesor Carvalho nos recuerda desde lo político, la necesidad de defender las soberanías que hacen a nuestra civilización de la amenaza globalista que perpetúa la mentalidad revolucionaria a escala mundial, y frente a la cual nos queda tener o generar instituciones flexibles para establecer las reformas necesarias para salvaguardar nuestra libertad en el contexto del Estado y de la legitimidad legal. Todo eso fuera de "estructuras rígidas y de cambio permanente" que plantea la mente-colmena de la revolución gramsciana. Para todo esto, más que mecanismos, requerimos de las personalidades apropiadas, puesto que el intento de un individuo aún en el cargo más alto de jerarquía puede significar un vano esfuerzo ante toda la insurgencia progre-globalista que va a intentar por todos los medios derrocar a un mandatario de auténtica representación de Derecha, como lo ha logrado en Brasil y en EE.UU.
El antídoto ya tiene un caso de éxito..
Y en términos prácticos tenemos un reciente y vivo ejemplo de lo que podría ser un antídoto, que es la anteriormente mencionada Meloni como Primer Ministro de Italia, consolidando en una victoria política una batalla cultural de años, ya sea en los principios que defiende, como también en las políticas que ya han tenido buenos resultados en los primeros 100 días de gobierno. Pero lo realmente destacable de esta temprana experiencia, es la capacidad de conformar una alternativa competitiva por un lado, y por otro, imprimiendo un liderazgo eminentemente mediterráneo, romano, del tipo que nos interesa a nosotros en Argentina y Sudamérica para barrer con el germen revolucionario y abrazar principios de orden social y político que contemple los cambios necesarios pero siempre en función de una idea-fuerza trascendente al puro orden económico y productivo, pero ordenándolo. El liderazgo de Meloni fue una novedad incluso para el mismo ámbito de la Nueva Derecha, donde los tipos de líderes que nos tenían acostumbrados como Trump o Bolsonaro impusieron un estilo mucho más confrontativo y demagógico que llevó a algunas pequeñas imprudencias a la hora de ponerse en la línea de fuego de los medios y su bombardeo constante. En el caso de la italiana, ha conseguido confluir un liderazgo con el carisma necesario para conducir simbólicamente un proceso político nuevo, pero además, con la seriedad y la racionalidad necesarias para tomar las medidas y las reformas que el país necesita para restaurar un orden virtuoso, lejos de cualquier delirio totalitario, ya que lo que se encuentra de fondo no es una idea coercitiva, sino una sustentada en raíces profundas. Por eso nuestro pensamiento tiene raíces (es radical en sentido profundo y tradicional), y para lo cual no requiere someter a otros, sino que mantiene una funcionalidad orgánica de natural tensión entre vínculo y libertad de sus partes, como una sociedad virtuosa que se encuentra en una unidad integral que contempla la autonomía relativa de sus miembros.
Lo que nos deja ante la necesidad de buscar un fundamento nuevo, pero al mismo tiempo, un fundamento vivo de las estructuras sociales, una ética de la unidad nacional que no represente un mero patriotismo, sino un pensamiento que va más allá del poder en su propia justificación. Estamos hablando de un principio ordenador, que tanto Meloni como su juventud entienden que contempla fuertemente a Italia, pero que va más allá de ella, puesto que en ser un ejemplo vivo, se puede comenzar la lenta pero necesaria reconstrucción de Occidente en sus raíces, como lo están haciendo desde el jus sanguinis en la propia Italia. La reconstrucción del verdadero ser occidental que se encuentra todavía como potencia dormida y aplacada, pero que en cada chispazo nuevo de elementos jóvenes y despiertos, puede iretomar una vez más la custodia de esa eterna antorcha de libertad y dignidad que llevamos con orgullo y en nuestro fuero, pese a toda la guerra psicológica revolucionaria y los intentos colectivistas, quienes somos orgullosos hijos de Occidente.
Lucas Cianfagna.-

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