domingo, 28 de mayo de 2023

Federación o Muerte; hoy más que nunca

 


Algunas definiciones 

La cuestión de los regímenes como el federalismo, ha sido tratado por cierta literatura contemporánea, pero nunca a modo prescriptivo, sino meramente como descripción de modelos, tipos ideales y formas de categorizar un régimen de Estado que goza, afortunadamente, de buena prensa, pero a su vez tristemente, es lo único que tiene, buena prensa; el resto queda para la teoría.

Más allá de la teorización sobre tipos ideales y modelos de aproximación, nos interesa generar una reflexión prescriptiva, en criollo: tomar partido por una idea que no ha sido desarrollada demasiado últimamente, más allá de los esfuerzos de algún periodista o divulgador, como es el caso de Santiago Cúneo con su propuesta como precandidato a Presidente en Argentina este 2023, por la que toma partido abiertamente por un diseño de nación confederal. También podríamos mencionar la labor de batalla cultural del divulgador y referente Eric Harris desde su espacio "Se Acabó La Joda", donde enarbola también una idea descentralizada de diseño institucional que genere mayor competencia y equilibre los incentivos, también expresado en una nueva bandera confederal de color azul con 24 estrellas a su alrededor.

Lo que sí trataremos a nivel teórico, es una mínima aproximación a la diferencia fundamental entre federación y confederación, ya que a veces se utilizan de manera intercambiable, pero su diferencia resulta fundamental; tanto para una definición de un régimen de Estado, como para una posible aproximación hacia un modelo de integración regional. La federación y la confederación convienen para distintos ámbitos, y no son susceptibles de ser fusibles uno del otro.


Federación, confederación y secesión 

“Federación” implica por un lado la acción de varias unidades políticas con cierto grado de autonomía por “federarse” justamente, viniendo la raíz del término de foedus, que significa “pacto”. Es decir que toda federación, sea cual sea su origen histórico o procedimental, se estableció a partir de un pacto. Si ocurre de abajo hacia arriba (en términos de distribución de poder vertical) tenemos el ejemplo de Argentina con sus “pactos pre-existentes" al principio de su historia independiente, o el caso de EE.UU. en un término acuñado por la literatura anglosajona llamado “coming together” (unión mutua), o en el caso de “putting together” que es cuando uno o varios poderes federados actúan como centro gravitatorio para una nueva unión, caso de la Confederación Argentina (más allá de diferenciar términos, la dinámica en este caso es la misma); o bien, si se produce de arriba hacia abajo como en los casos de Rusia o India, cuyo poder central era pre-existente, pero en necesidad de mantener unidos nuevos territorios conquistados, se apuesta por descentralizar para ganar a través de confianza y cierta autonomía atribuida (Stepan, 1999). 

Mientras por otro lado, la confederación implica alianza de territorios esencialmente soberanos para la consolidación de una idea/proyecto que los trasciende, pero en nombre de nunca renunciar a sus soberanías. Un ejemplo histórico indiscutido es la conformación de Suiza como nación moderna en un diseño confederal de constitución; el país helvético, si bien conserva la denominación oficial de “confederación”, en los hechos, termina siendo una federación a partir de cierta evolución de la solidaridad y asentamiento de sus pactos políticos. Al día de hoy no existen prácticamente ejemplos de confederaciones propiamente dichas puestas en práctica, los países más federales y descentralizados no dejan de tener un contra-peso en el Estado federal que aglutina a sus territorios federados, ya que áreas como política exterior son inalienablemente asuntos soberanos. Siendo la soberanía un término moderno acuñado por Bodino ante el surgimiento de los Estados-Nación, no puede concebirse dicho término separado de la idea de nación misma, esto es, no se puede hablar de soberanías sub-nacionales sin deslizarse por el separatismo o la secesión, ya que la confederación aplicada en lo práctico opera más como una figura de Derecho Internacional que como una real aplicación para un sistema de Estado. 

La soberanía es un concepto de evolución de la unidad política a través de la historia, poner la soberanía en un nivel inferior hoy equivale a designar una unidad política nueva, pero entonces más pequeña, un estado-nación nuevo secesionado de su unidad anterior. Esto trae otros problemas, como ocurre a nivel práctico con los intentos de separatismo en diversos países como España, que es un fuerte componente étnico-identitario y hasta racista en algunos casos, identificando de manera regresiva a la nación con una única y monolítica etnia. Discursos que al no prosperar como políticas en un Estado unificado y fuerte (Alemania 1933-45), pretenden establecerse a partir de la separación de los elementos que “ya no podrían purificar”. También existen argumentos (o excusas) a nivel económico que de manera insólita propician la idea de separación porque “la Nación nos cuesta mucho”, cosa que lamentablemente, no estarían del todo errados, salvo por enunciar que de separarse resolverían sus problemas, los ejemplos de balcanización muestran en la historia más bien todo lo contrario. Pero precisamente conviene detenerse en ciertas consideraciones que hacen al carácter empírico de un diseño federal, que tiene que ver con el presupuesto y las consideraciones que hacen a la efectividad de mecanismos federativos de políticas. 


El paradigma de Estado logístico: ¿en crisis? 

Si algo generó el proceso de cambios políticos que decantaría en la “Revolución francesa” es consolidar un paradigma de Estado centralizado, acaparador de recursos, presupuesto y mecanismos de control, lo que equivale a decir: acaparador de atribuciones, poder real de decisión sobre la administración más fina de recursos y capacidad de generar empleados públicos. Tanto los jacobinos de la guillotina, como la dinastía Bonaparte y hasta los Borbones, acordaron en la necesidad de centralizar y quitar intermediarios de las decisiones mínimas para hacerse del gran botín de recursos. Historiadores europeos como Eric Hobsbawm, coinciden en que la “Revolución” tuvo más de propaganda y continuidad que de ruptura, incluso en lo que refiere al paradigma liberal que pretende combatir el nepotismo monárquico y el exceso de Estado, siendo que la “carrera abierta al talento” garantizaba para aquellos que no daban en los negocios una carrera vitalicia en la planta permanente del Estado mismo como profesionales, multiplicando hasta tres veces en las flamantes repúblicas liberales el gasto en burocracia y administración para generar las instituciones “revolucionarias” (Hobsbawm, 1962). Nada nuevo bajo el sol. 

Volviendo por un momento al mencionado Napoleón Bonaparte, entre el desarrollo de su guerra revolucionaria por el continente europeo para instaurar el nuevo código civil y comercial, y la declaración de derechos del hombre, llevó en su diseño de Estado un paradigma que compartía hasta con sus mismos enemigos que resistieron a sus invasiones: el del Estado como centro logístico de la guerra. Esto no es menor, ya que un enemigo que lograría sacarlo del mapa político europeo como Clausevitz, establecería el mismo criterio de continuidad entre “política” y “guerra” por medios diversos, pero con un hilo conductor, la logística como motor.  

La centralización respondía entonces, por un lado, a un concepto de representación política que responde al desarrollo de la idea de democracia, es decir, de representar al "demos", más allá de los territorios y las regiones al interior de cada nación; y por otro lado a una necesidad de continuación de la guerra, ya sea para consolidar la revolución, como para aplacarla (caso Bismarck y la unificación alemana). De todas maneras, el paradigma de centralización burocrática en mayor o menor medida había triunfado, y los Estados-Nación en el mundo occidental tendían en esta dirección sin excepciones, aunque con velocidades y matices distintos. Hasta en el EE.UU. del S. XIX/XX, el paradigma del General Sherman sería el mismo: el éxito de todo proyecto de nación está en la logística. Este paradigma que lideró la tensión entre guerra-política o revolución-restauración responde a un criterio tecnológico, ya que el Estado moderno hobbesiano se erige como una tecnología de poder, aparentemente desprovista  de la necesidad de una justificación por fuera o por encima de la misma idea política; vale decir, que el poder es en sí mismo la propia justificación del Estado, es una idea de poder sui generis, sin deberle nada a la moral, a la idea de Verdad, o a algún residuo metafísico. Se trata de lo político presentado como un fenómeno a priori autónomo de todo lo demás, cosa que luego sería desarticulada por el autor que estamos a punto de mencionar. 


El concepto de partisano como crisis 

Hasta acá pareciera que el paradigma logístico se habría consolidado e incluso ante los intentos globalizantes de los organismos internacionales habría sido un éxito para garantizar la “gobernanza global”, pero acá entra un aspecto fundamental que Carl Schmitt puso sobre la mesa al hablar del concepto de partisano y sus características. La lucha irregular del partisano sería abordada desde su histórica aparición precisamente como respuesta a las guerras napoleónicas y qué impacto tuvo a lo largo de la historia reciente en el Derecho Internacional. Ante las características que define Schmitt del partisano, conviene analizarlas en profundidad con los casos actuales y reales: intenso compromiso político con el territorio que habita, movilidad constante sin una táctica definida a priori, irregularidad en su función y si porta o no armas ya que configura un partido irregular, y por último su fuerte carácter telúrico, esto es, al romper con la naturaleza de regularidad de un Estado y su ejército, no requiere de logística, sino de vinculación directa y estrecha con el lugar. Considerando estas características fundamentales, el partisano no sería para Schmitt un resultado de la evolución tecnológica como podrían argumentar Hobbes y otros materialistas modernos, sino por el contrario, el sujeto político “partisano” sería el detonante del cambio tecnológico, ya que pone en jaque con sus cuatro componentes a la justificación de una centralización del poder en todo su presupuesto y sus atribuciones, a saber, en el carácter logístico de un Estado centralizado. 

Ante amenazas de guerra irregular como supone hoy el terrorismo y más propiamente el narcotráfico como fenómeno regional, conviene tomar estas mismas características del partisano descritas por Schmitt para entender su naturaleza. Para lo cual, cabe hacernos las preguntas pertinentes: ¿Mantienen las organizaciones terroristas o narcos un fuerte compromiso político? Sí, tanto sea en acciones separatistas desde ideologías fuertes, o en las bandas por cooptación o soborno del poder político regular. ¿Poseen una movilidad extrema cuyas tácticas se ajustan al día a día? Efectivamente, por eso se tienen fenómenos de “ajustes de cuentas”, o bien incendios ocasionados, toma de comisarías o intendencias, todo ello acorde a los sucesos políticos del momento. ¿Conservan el carácter irregular? Desde ya, al no reconocer al Estado como autoridad y hasta desafiarlo hasta en su existencia como identidad común, se está al margen de la ley, y no necesariamente teniendo a su medio armas de fuego o determinado nivel de tecnología militar. Y finalmente, ¿son telúricas estas figuras partisanas del terrorismo o el narcotráfico? Lo son, ya que lo más contundente que han hecho para desarticular el paradigma logístico es precisamente no depender de una logística, sino de la vinculación con el territorio en el que actúan. 


Federación: Territorio y representación funcional

Como conclusión final, se puede mencionar el aporte más importante sobre la teoría del partisano que engloba todos los planteos que mencionamos más arriba, y es que el partisano, a la manera en que Schmitt concluye su libro, representa una pregunta como enemigo del “¿Quién soy?”, y sobre todo, representa como desafío un nuevo entendimiento sobre la realidad territorial, o como diría él, “un nuevo nomos de la tierra”, entendiendo este término como la ley esencial, no positiva, sino existencial, de hecho (Schmitt, 2010). Esta nueva ley fundamental de la tierra, implica que combatir a un enemigo irregular que pone en riesgo la existencia misma del Estado, nos deja ante la pregunta de quiénes somos, más aún en un país como el nuestro que resulta azotado por la corrupción, la falta de un proyecto de nación y un horizonte cierto, más que nunca debemos preguntarnos por lo que somos o más bien, lo que queremos ser. Pero a ello le sigue la otra cuestión, que el desafío no puede darse sobre un paradigma perimido como lo es el del Estado centralizado y logístico para combatir a un enemigo que no sólo no necesita de esas herramientas, sino que incluso, aprovecha la centralización de los recursos y la conformación de un país macro-encefálico, para debilitarlo en sus regiones periféricas a partir de que la mayor parte de sus recursos para defenderse habrían sido sustraídos por el Estado central. 

La nueva aparición de fenómenos que hemos definido como partisanos en esta época que revolucionan la forma de entender la organización del Estado, nos deja ante la necesidad de invertir el esquema de asignación de recursos. Ciertamente no pueden las provincias o los estados sub-nacionales recibir las migajas de la coparticipación de lo recaudado por el Estado central, sino por el contrario, el Estado si es federal, debiera recibir el aporte de cada provincia para proveer a la estrategia de defensa nacional que mancomuna los esfuerzos regionales. Pero no debe confundirse esto con una confederación, ya que la misma supone un mero esquema de alianzas soberanas, y acá reafirmamos como único soberano el Estado-Nación, pero sí respetando la tradición de pactos pre-existentes que surgiera en la conformación de Argentina como país independiente, la federación de provincias que la componen supondrían una autonomía de disponer de recursos y burocracia propia, sin por ello mermar en lo fundamental del Estado federal que es el cumplimiento de la estrategia de defensa para su supervivencia y acrecentamiento de su poder como unidad política. 

La literatura descriptiva sobre el federalismo ha llevado a la academia a defender el status quo que sostiene la "democracia" por sobre la idea de federalismo, como si defender el "demos", o sea, la representación demográfica tuviese alguna virtud. Ya con el problema de los cupos vemos la ineficacia de su puesta en práctica, a ningún país ni a ninguna población se le solucionan sus problemas porque haya un equivalente proporcional de los atributos demográficos en las áreas de gobierno y del parlamento, porque lo fundamental de la representación política es precisamente eso: ¡Que sea política! Y por lo tanto, en defensa del interés de los ciudadanos en su carácter público como sujetos de derecho de una nación, es decir, el interés nacional es la única representación posible y práctica. 

Lo que demuestra funcionalidad es un territorio bien representado, porque eso garantiza además la única igualdad posible, la igualdad ante la ley, por la cual el voto de un compatriota no queda diluído en el distrito más populoso que definiría la elección para todo el país y consolida este esquema de un país macro-encefálico con un cuerpo raquítico, lo que también lleva a fenómenos como la creciente conurbanización, y de allí, marginalidad y florecimiento de fenómenos de narcotráfico y crimen organizado en las periferias de los centros urbanos; con lo cual, el arraigo territorial resulta un imperativo, no sólo para representar al conjunto total de ciudadanos en un bien común, sino también para tener una dimensión real de los problemas al nivel más llano posible. La federación como mecanismo para solucionar problemas y descomprimir la centralización compulsiva de recursos (robo a las provincias) requiere de un rediseño presupuestario y fiscal, pero como concepto más elevado, requiere recuperar el espíritu de nuestros padres fundadores, que desde posiciones diversas, llegaron a la misma conclusión más allá de nombres: que los pactos pre-existentes tendrían como objeto consolidar la unión nacional. 

Lucas Cianfagna.- 

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