martes, 30 de mayo de 2023

Ni statuos quo, ni antisistema; es el interés nacional lo que importa

Un caso interesante para analizar es el de Boric como despliegue de perfil político fuera de la tónica bolivariana de sus pares Maduro y Lula, pero que tampoco es reducible a un fenómeno socialdemócrata, que lo es. Al decir de Phillippe Schmitter, un país arraigadamente institucionalizado, no permite que las fugas por izquierda o derecha dinamiten el sistema mismo, razón por la cual también, al momento de asumir el resultado electoral del 2021, José Antonio Kast, candidato de fuga por derecha, lo saluda y le desea el mejor de los éxitos en su mandato. El gesto de saludar al ganador de la elección tiene dos funciones, por un lado, reconocer la propia derrota, pero por otro lado, es una forma indirecta pero importantísima de legitimación del sistema vigente y sus reglas.

Lejos entonces de lo que otros autores dirían sobre candidatos que terminan polarizando el sistema e incluso creando las dos alternativas en los extremos del espectro ideológico, no estaríamos ante líderes antisistema propiamente dicho, sino ante líderes de un espectro ideológico extremo, según definiciones convencionales. Pero esto no es suficiente para explicar otras cosas, por ejemplo, que el principal sector que retiró su apoyo a Boric son aquellos que pertenecen a una izquierda radicalizada y realmente antisistema, grupos pro-mapuches que hacen apología del delito y el terrorismo, al ver que el flamante presidente no estuviera dispuesto a dinamitar las estructuras del propio Estado chileno. De la misma manera en que Kast legitimó las estructuras e instituciones vigentes ante reconocer el resultado y seguir apostando a construir poder de forma abierta y transparente, hizo dos cosas: por un lado, destruir el argumento de que para ser de derecha (no centrista) hay que ser anti-sistema; y por otro lado, mucho más importante, al igual que sus pares de otros países, demostró que es posible una construcción de proyecto de poder por parte de un candidato auténticamente de derecha y reafirmándose como una opción viable y competitiva en el tiempo. De esto tenemos prueba reciente con el triunfo de su partido en las elecciones para constituyentes de la nueva asamblea.

Lo que nos queda es, para producir un mínimo análisis serio es pensarlo comparativamente con otro caso, y mejor si puede poner en riesgo nuestra hipótesis inicial, como para que la falsación, si resiste análisis, demuestre algo de realidad. Podemos introducir los casos de Joe Biden acordando en EE.UU. con el ala más radicalizada y violenta de los sectores de izquierda afines al Partido Demócrata, o bien al caso de Pendro Sánchez en España, que traicionando de entrada lo que había prometido a su electorado más sobrio hizo lo contrario de lo que prometió en campaña antes de ser elegido Presidente del gobierno: acordar con separatistas y comunistas, lo cual hizo a penas asumió.

En ambos de los casos mencionados, sin ir a detalles, su giro comprometedor hacia posiciones radicalizadas pero poco practicables logró lo mismo que Boric por haberse negado a implementarlas, esto es, que ese mismo sector radicalizado que apoyó al gobierno terminara dándole la espalda más tarde o más temprano. Pero por otra parte, en estos dos casos mencionados, podemos destacar algo que no mencionamos antes en el análisis chileno, que en uno (EE.UU.) se está ante una crisis de años de las propias estructuras internas que hacen al Estado permanente (government), es decir, a los organismos e instituciones que toman decisiones y planifican el destino del país más allá del gobierno de turno (administration). Por otro lado, en el otro país (España) su única institución lejanamente comparable a eso es la monarquía, la cual por escándalos anteriores y mala prensa, termina corrida todo lo que se pueda de la coyuntura política, con lo cual más que crisis interna, hay desconexión con el gobierno de turno que tome decisiones, cosa que VOX pareciera intentar reconstruir.

Por otra parte, en el caso chileno, vemos exactamente lo contrario, unas estructuras internas permanentes bien constituídas, que hagan que sus presidentes, más allá de querer llevar a cabo políticas de extremos ideológicos, no se corran del interés nacional planteado por esas mismas estructuras, algo que a la Argentina le viene faltando desde hace varias décadas. Ni Kast sería capaz de privatizar el cobre, ni Boric sería capaz de permitir una fractura en el Estado por parte de grupos separatistas, el equilibrio entonces no está determinado sólo por sus instituciones que garantizan las reglas electorales, sino más bien, por poseer un "government" que mantenga coherencia de élite, y no permita correrse del interés nacional. De la misma manera ocurre en Brasil, más allá de los discursos de ambos candidatos, y de acciones que plantearon la fuga por izquierda o derecha de la línea ideológica, Itamaraty no les permitiría hacer cualquier cosa en nombre de ideologías, el destino de Brasil está posicionado por un buen lugar emergente en este nuevo orden internacional, y ese lugar no puede quedar amenazado.

Tal vez debamos apuntar a pensar en reformas profundas, más profundas que cambiar algunas reglas de juego. Argentina necesita patriotas, pero no para formar sólo presidentes, sino para ocupar eficiente, realista y previsiblemente el Estado argentino para garantizar que el barco llegue a buen puerto, esté el gobierno que esté. Puesto que, como afirmaría Schmitter, los liderazgos disruptivos anclados en un sistema sólido adquieren sus mejores cualidades: dinamizan un sistema que se ha encontrado caduco en representar las verdaderas demandas, recogen identidades expresadas en clivajes que el status quo ha mantenido guardado bajo la alfombra, se ven poco condicionados por factores externos y hasta los desafían rompiendo con el "no se puede" de la dirigencia tradicional, y por aceptar reglas de juego pueden perder y aún así dejar como resultado un sistema renovado, revitalizado y actualizado en sus fuerzas en pugna, que exprese intereses reales, y que permita en ellos cristalizar mejor un horizonte común en la política nacional.


Lucas Cianfagna.- 

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