miércoles, 27 de diciembre de 2023

Federalismo y coparticipación: Paradoja de ser y no ser




 El problema del federalismo en Argentina es de descripción compleja, en primer lugar porque cuenta con graves signos de deficiencia, lo cual lleva a suponer que no estaríamos ante un régimen realmente federal, pero por otro lado, hay una aceptación generalizada que aquella idea de descentralización gubernamental es el camino correcto. Incluso en el día a día de las gestiones de gobierno, cuanto más alejado esté un gobierno subnacional (provincias o municipios) del nivel más alto (el nacional), más se despliegan las características federales de autonomía y criterio independiente en la toma de decisiones respecto del rumbo político, electoral y hasta presupuestario. Sin embargo, cabe también destacar que en el caso inverso, es decir, si el gobierno subnacional se encuentra cerca del gobierno nacional en presupuesto –léase también “dependiente” del mismo- se despliegan todas aquellas situaciones de vicios y ruinas de las que tanto se habla en el periodismo cuando se critica el deterioro institucional –o bien, el atraso- en determinadas provincias cuyos controles institucionales fallan, y cuando no también, están ausentes.  

Entonces podemos decir de igual manera que el federalismo es y no es en Argentina, como una gran paradoja difícil de explicar para muchas personas quizá provenientes de países donde el federalismo tiene una dinámica más virtuosa. Cabe entonces hacerse la primera pregunta; ¿a qué se debe esta situación de paradoja? ¿Se puede decir entonces que Argentina conforma un régimen federal, o no? ¿Cuál es el factor determinante para que en unas provincias se produzcan regímenes híbridos subnacionales y en otras podamos hablar de democracias consolidadas? (Gervasoni, 2011). ¿Las provincias sobrerrepresentadas son las más castigadas como atribuyen varios autores? (Gibson y Calvo, 2001). 

  

Argentina es en esencia federal, aunque el combustible de sus instituciones (presupuesto) diga lo contrario. La lógica de las instituciones queda vaciada de contenido por los desmanejos tributarios y de presupuesto, pero...¿qué quiere decir todo esto? Para explicarlo en términos simples, en el mejor de los casos una provincia recibe como transferencia discrecional (arreglado por debajo de la mesa) 2/3 de todo su presupuesto, lo que significa que en el mejor de los casos 1/3 de su presupuesto representan fondos propios de la provincia. Llegamos a casos fuera de la media, donde un gobernador puede contar con tan sólo 10% o 6% como fuente propia de financiamiento del gasto, recibiendo del tesoro nacional la inmensa mayoría del dinero a gastar, generándose una lógica dual en las transferencias federales (Bonvecchi y Lodola, 2013).  

El Estado argentino recauda directamente de las provincias, y luego el dinero vuelve a los gobernadores por medio de transferencias, las automáticas que son las que figuran en el presupuesto y se blanquea para qué sirve ese dinero (representan una mínima parte), y las discrecionales (la mayor parte de los fondos), que no acusan recibo y se pueden usar para lo que el gobernador desee sin rendir cuentas a ninguna institución de contralor. ¿Traducción? Nación recauda y provincias gastan. Lo cual en apariencia contestaría la pregunta fundamental de si somos o no un país federal, en términos de aplicación efectiva, no lo somos, puesto que en la práctica, hay provincias solventes que terminan financiando a las insolventes, porque el tesoro nacional es tesoro gracias a lo que les saca a las provincias previamente antes de transferir y repartir. 

Este tipo de desmanejos discrecionales del presupuesto es lo que muchas veces da lugar no sólo a inequidad y a un trato desigual a cada provincia, sino que incluso implica un deterioro a nivel del Estado de derecho al interior de una provincia que es dependiente del presupuesto de las más desarrolladas, lo cual genera esos fenómenos de gobernadores enquistados en el poder llamados “feudos”, donde vemos características de competencia democrática formal y reglas de supuesta igualdad ante la ley para todos los partidos y coaliciones, pero en términos prácticos se trata de casos de autoritarismos competitivos los cuales no garantizan un piso de igualdad efectiva de competencia y de posibilidad de alternancia real, a lo cual en casos más graves se llega al amedrentamiento de la oposición y los medios independientes al gobierno, sin ir a métodos “ilegales” (Levitsky, 2004).  

Todo esto funciona analizando a las provincias como sistemas políticos autónomos, porque más allá de que los países sean un sistema político en sí, un país federal básicamente integra varios sistemas subnacionales (provincias) en un gran sistema, generando estas paradojas donde una elección nacional discurre sin mayores complicaciones, y con garantía de elecciones limpias que den chances a los opositores políticos, mientras en niveles provinciales ocurren estos fenómenos de “cancha inclinada” en favor de los oficialismos donde percibimos tipos disminuidos de autoritarismos o bien, como se lo ha llamado, regímenes subnacionales híbridos que no llegan a ser democracias con todas sus características (Gervasoni, 2011). 

A su vez, la esencia federal queda en el manejo práctico de la política más allá de partidos o coaliciones formales y nacionales. Existe desdoblamiento entre el manejo/gestión del día a día territorial y la voluntad nacional que se traduce en cortocircuito entre niveles verticales, lo cual se agrava por la lógica dual de las transferencias gubernamentales (Bonvecchi y Lodola, 2013).  Fenómenos de corte de boletas en elecciones donde al oficialismo no le va bien en su gestión, han caracterizado las últimas elecciones presidenciales, tomando ejemplos como el final del mandato de Cristina Fernández de Kirchner en el 2015, donde se vio este fenómeno en el que varios de los que votaron a su candidato, Daniel Scioli, cortaron boletas a nivel de la Provincia de Buenos Aires para votar a María Eugenia Vidal como gobernadora, todo esto alentado por un conjunto de intendentes que percibían irreversible la tendencia al cambio político.  

De la misma manera que ocurriría en la última elección 2023 pero en sentido inverso, donde varios se plegaron a la continuidad del gobernador Axel Kicillof, pero en la presidencia llamaron a votar a Javier Milei reconociendo una tendencia irreversible de cambio en la población a nivel nacional, buscando los intendentes y hasta algunos gobernadores, no generar antipatías en lugares donde se sabía que Milei ganaba por paliza. Esta autonomía de gobernadores e intendentes se expresa entonces por estos dos factores: no generar una imagen negativa ante el electorado que expresa una voluntad mayoritaria hacia otra fuerza, o bien, la necesidad de aceptar los vientos de cambio en favor de no perder posibilidades de financiamiento. 

A propósito del imperfecto diseño federal fiscal de nuestro país, queda por analizarlo desde el supuesto más que difundido entre cierta opinión pública que dice que Milei es un Carlos Menem 2.0. Precisamente nos interesa destacar el aspecto de la política de federalismo fiscal que orienta el nuevo gobierno para poner blanco sobre negro, ya que más allá de algunas similitudes en el intento de política económica e incluso de la propia reivindicación del presidente sobre la figura del ex-mandatario de los 90, la herencia de la Reforma Constitucional del 94 está más vigente que nunca, sobre todo en todo lo que salió mal, y que a pesar de las similitudes, aquello representa uno de los principales obstáculos del nuevo gobierno. Para decirlo en criollo, la herencia más importante de los 90 sería para Javier Milei algo a cambiar. 

Lo que varios autores habían estudiado como fenómeno de reformas políticas durante la década del 90 era la masiva carga del ajuste del Estado a las provincias más desarrolladas, pero que estaban menos representabas relativamente al conjunto del país, dejando en cambio las transferencias discrecionales y el mayor “colchón” de resguardo a aquellas provincias que hoy serían las catalogadas como “feudales”, aquellas que menor desarrollo de población, económico y productivo tienen (Gibson y Calvo, 2001). La lógica del gobierno de La Libertad Avanza pareciera ser completamente distinta, en primer lugar por una de sus primeras 10 medidas, la cual establece la reducción al mínimo de las transferencias discrecionales, lo cual representa en casos extremos una cifra mayor al 90% de sus ingresos, forzándolas a “vivir de lo propio”. Un esfuerzo sin duda gigantesco, en comparación al que podrían hacer provincias que tienen un desarrollo mucho mayor, y hasta algunas con superávit fiscal como el caso de San Luis o la misma Córdoba, donde el Milei obtuvo una victoria electoral por encima del 60%, estas provincias, junto con Santa Fe, Entre Ríos, San Juan y Mendoza, serían las que se estarían plegando a la nueva orientación política desde incluso antes que el gobierno asuma formalmente.  

Una vez más prima la lógica de autonomía de la provincia siguiendo su rumbo de resultados políticos y económicos, pero con la diferencia respecto al gobierno de Menem en que esta vez la alianza política es con aquellas provincias que aprendieron a vivir más allá de la coparticipación, aquellas que en los 90 serían castigadas con el peso del ajuste, y que de alguna manera serían hoy las “ganadoras” ante un intento de re-equilibrio federal fiscal de hecho, más allá del diseño institucional. ¿Cómo es posible lograr una dirección distinta del diseño institucional? Precisamente porque el presidente entendió la lógica presupuestaria que va más allá de lo que las reglas digan, tener o no presupuesto puede significar dotar o vaciar de contenido todo un sistema reglamentario, nos toca luego evaluar si aquello se usa para mejorar el sistema fiscal y terminar con la discrecionalidad política y los grises institucionales, o no. 
 

Lucas Cianfagna.- 

lunes, 7 de agosto de 2023

Hiroshima y Nagasaki: Dos bombas y una katana


A 78 años de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, una breve reflexión desde el concepto de lo político.

Definir amigos y enemigos en términos políticos, significa aceptar la máxima posibilidad de tensión; esto es, la guerra. Pero hasta en la guerra existe un mínimo de honor y humanidad a respetar más allá de la identidad asumida políticamente.

El problema surge cuando se politiza "la humanidad", y el concepto pasa a significar una definición política de lo que es humano, declarando como enemigo a quien se oponga a aquel bando, por lo tanto, inhumano. Al igual que  aquel jurista alemán que hablara de esto, podemos citar la claridad de Proudhon: "Quien dice humanidad, quiere engañar". Porque al igual que todos los que han decidido enfrentarse políticamente a sus enemigos desde el estandarte "humanitario" han demostrado los peores horrores que pueda ver el género humano, y lo cual sólo hace perder valor a la palabra de quienes se erigen como "los buenos del mundo".

El honor de los japoneses no fue modificado, sólo fue aplacado por aquel "derecho" de bestias aplicado contra una población civil inocente, en nombre de la humanidad a la cual supuestamente quienes arrojaron las bombas decían defender.

Luego de décadas de belicismo que facturó miles de millones ante un mundo unipolar y que los había coronado como potencia hegemónica, la balanza se inclina en contra. El "mundo de los buenos" se termina, y comienza el mundo real, el que entiende que en política, poder es la medida de todas las cosas, lo demás son máscaras culturales, pantallas ilusorias para esconder responsabilidades.

Porque la cultura general afirmó y sostuvo las premisas humanitarias, potenciadas por el cine, la propaganda y la industria cultural, que en el 80 había invadido de tal forma al japonés promedio, que provocó el sepuku (suicidio ritual) al último samurai que tuvo esa tierra; Yukio Mishima, ante la imposibilidad en su tiempo de restaurar algún orgullo nacional perdido, o dormido.

El nuevo escenario del mundo con nuevas potencias emergentes no es mejor, pero es más crudo, más real; y eso nos enseña a mirar más allá de las apariencias. Porque entender lo que significa "amigos" y "enemigos", no es poner rótulos morales, estéticos o económicos sobre ellos, tan sólo entender cómo se definen existencialmente, para que nadie olvide quién es quien.

Para los países dormidos en el letargo de un supuesto mundo pacífico de buenos modales, va esta reflexión, porque nos encontramos en uno de ellos, tratando de hacer que despierte para que deje de creer bondades sobre la potencia de turno que le prometa grandes ayudas. 

Luego de 78 años, tratemos de no buscar el monopolio de la humanidad en quienes tienen parte en todo esto, y sobre todo, no permitamos de nuevo el sepuku sobre nuestro propio orgullo nacional, que aunque esté dormido, sigue existiendo, sólo necesita ser despertado.

Lucas Cianfagna.-

lunes, 12 de junio de 2023

El antídoto a la mentalidad revolucionaria


Cabalgar el tigre ante un sistema en decadencia..

La metáfora de “cabalgar el tigre” propuesta hace ya medio siglo por el pensador tradicionalista italiano Julius Evola, tendría en estos tiempos una vigencia superior a su formulación, sobre todo en momentos donde lo que alguna vez se hizo llamar Occidente decae por la impotencia de sus naciones y la incapacidad a priori de plantearse una restauración de fuerzas. Pero lejos de detenernos en el citado libro del autor, nos proponemos retomar algunos postulados de lo que legó a las juventudes italianas en un conjunto de escritos ante el fracaso de conformar, en su tiempo, una alternativa auténticamente de Derecha, cosa que la evolución de aquellos movimientos de fracaso como el Partido Social Italiano, ha devenido en lo que hoy sí representa un triunfo de la Derecha en Italia por parte de la flamante Primer Ministro, Giorgia Meloni desde Fratelli D’Italia, quien también estuvo obligada a cabalgar el tigre de todo un status quo de corrupción y políticas destructoras del orden político italiano, refiriéndonos a un orden orgánico, no meramente formal; un (des)orden de cosas en el que una alternativa verdadera de Derecha estuvo culturalmente proscripta ante el electorado, pero no así el neo-fenómeno llamado “eurocomunismo”, al cual se le reconocieron por los años 80 y luego en Europa como bloque las credenciales “democráticas”, que luego de un par de décadas terminaría de echar por tierra. El comunismo sólo cambió de estrategia, no de objetivos, y de eso hablaremos más adelante con la llamada “mentalidad revolucionaria” que ha impregnado a todo Occidente.  

Pero no sólo nos podríamos valer del pensador italiano y la experiencia actual positiva en dicho país, también podemos referirnos a la reciente experiencia política en Brasil, y por lo tanto, hablar de otro gran pensador que aportó a las ideas contrarrevolucionarias, que fue el Profesor Olavo De Carvalho, quien falleció hace a penas un año, pero cuyo legado de pensamiento fino, de incorrección política e irreverencia ante lo establecido nos deja varias reflexiones a retomar para dar un paso adelante en torno a una mentalidad restaurativa, y ante las propuestas que necesitamos para la superación de este estado de cosas que sobrevive sólo en la inercia mecánica que ha conformado como sistema la mentalidad revolucionaria de la cual describiremos en breve. Si un momento hay para dar vuelta esta situación, es en la actualidad, la fuerza que el sistema presentaba con su hegemonía cultural en ascenso ya no la tiene, sólo les quedan sus puestos mal habidos y su dinero financiado desde plutócratas inescrupulosos. Llegó el momento de poner todos nuestros esfuerzos en desmantelar la gran mentira que ha sido "el progreso histórico", la "ilustración", la "modernidad" y todo ese conjunto de pautas de guerra psicológica que nos han quebrado como occidentales. 


¿De qué se trata la mentalidad revolucionaria? 

En primer lugar, antes de referirnos a características de un sistema o de un estado de cosas, es preciso anticipar el germen de lo que buscamos combatir, a veces simplificado en lo que hoy se llama “izquierda” o “nueva izquierda”, o “progresismo”, pero que es en sí mismo producto de la más fina ingeniería social que ha logrado trastornar la mentalidad de millones de personas, al punto de generar verdaderos fanatismos, decisiones abruptas que involucran la vida de muchísimas personas, y hasta genocidios, desde la simple racionalidad instrumental que la misma izquierda habría criticado desde Frankfurt, pero que en realidad representarían la contraparte de esa razón de medios-fines, la cual se vincula hoy con un culto a la irracionalidad, un activismo insensato y el enaltecimiento de fuerzas caóticas, al decir de Evola.

La mentalidad revolucionaria no nace con la revolución francesa, pero sí se plasma en los hechos a partir de tal acontecimiento. Se trata de una mentalidad que sienta un antecedente, primero trastocando el mismo término “revolución” que en otro tiempo significaba “restaurar un sendero perdido”, muy distante de la nueva tónica que adquiere luego de 1789 donde pasaría a significar lisa y llanamiente “subversión”. Pero allí no termina, “revolución” no fue el único término a “subvertir” (valga la aclaración), sino también conceptos que parecieran ser patrimonio de la modernidad como lo son la idea de “Patria”, “Nación”, o incluso “Estado”, cuyas formas deletéreas y demagógicas sobreviven al día de hoy desde campañas electorales hasta lugares comunes en la academia. De todo esto se ha encargado de desmenuzarlo muy bien el politólogo argentino Agustín Laje en su obra del año pasado, “La Batalla Cultural: Reflexiones críticas para una Nueva Derecha”, donde realiza un repaso histórico y socio-político de toda la subversión cultural moderna y cómo surge el contexto de guerra por la cultura en Occidente.

Si algo nos enseña la historia desde el acontecimiento revolucionario, es que hay un sentido de subvertir cuanto concepto exista en el orden social, cultural y hasta tradicional para lograr fines. Y con esto descartamos de plano la tesis de que se trate de un puro idealismo, tal aspecto sólo sirve para las masas de seguidores sin criterio propio, pero para los fines de los agentes revolucionarios, el pragmatismo de las ideas es la principal bandera, por supuesto, sin nunca renunciar al objetivo último que es la revolución permanente (en términos de Trotsky), del cambio irreversible de estructuras a partir de una guerra psicológica, una guerra que incitaría los sentimientos colectivistas y las posturas de mentalidad-colmena. Para la psiquis europea y sobre todo mediterránea resultó difícil imponer varios de estos aspectos, pero donde tuvo un éxito inucitado fue en China, cuya dirigencia de manera pragmática y sin medir medios, priorizó todo lo necesario para concretar el fin de seguir “revolucionando” la civilización china, es decir, cambiarla y trastocarla de manera irreversible, lo que en términos del mismo Mao sería “el gran salto hacia adelante”.

La mentalidad revolucionaria es aquella mentalidad que tiene un culto positivista que pondera el desarrollo tecnológico como ético en sí mismo, otorgándole un status de autonomía de la reflexión política y de un centro de decisión soberana (fundamental), al punto de que en Occidente se ha podido hablar con mucha razón de la corporatocracia, donde el nivel de autonomía tecnológica respecto de la política les permitió no depender de los Estados para que dichas corporaciones tomen sus propias decisiones e incluso generen una mayor influencia sobre los individuos, pasando por arriba las regulaciones o reglas impuestas por un Estado soberano (Perkins, 2004). Porque son estas mismas corporaciones las que terminan financiando y promoviendo la mentalidad revolucionaria, las fórmulas deletéreas de la sociedad, la decadencia de la civilización que está alcanzando un punto 0 al agotar los modelos vigentes. La apelación a la “ideología” que comenzaría con la Ilustración francesa sería todo un nuevo objeto de estudio y hasta una rama científica que serviría para revolucionar la sociedad vigente y aplicar ingeniería social que terminaría por hacer posible el triunfo de estas fuerzas sobre lo que llamaban “antiguo régimen” (Laje, 2022). De manera que estamos ante un mundo y una civilización montados sobre aparatos de guerra psicológica constante, que no tienen reparo en trastornar a millones de personas ante audacias ideológicas totalmente imprudentes y desmedidas con tal de generar un cuerpo colectivo bien adoctrinado y carente de voluntad real como individuos. La supuesta defensa del individuo es otra artimaña de la demagogia moderna, ilustrada y revolucionaria que sólo ve átomos dispersos y listos para ser aglutinados en el nuevo contrato social, en ese proyecto de “nuevo hombre” que significa la revolución como un nuevo chip implantado en las mentes de los incautos. Ningún individuo real e integral es defendido por estos postulados, ya que el mismo individuo ha sido subvertido como tantos otros importantes conceptos que hacen a la clásica Ciencia Política o incluso a la rama de la Sociología Política que dejaba de interesarse por buscar las causas del orden, para buscar los gérmenes de los agitadores y hacer apología de ellos.  


La mentalidad revolucionaria en lo político.. 

La política revolucionaria se basa en el paradigma republicano-liberal de Estado centralizado y de burocracia intensiva, donde se ha acentuado y consolidado a lo largo de los siglos el clientelismo, la corrupción, la concentración de recursos públicos y la división partisana de la sociedad en grupos de interés heterogéneos. Esta división partisana lejos de sintetizar un orden y una unidad integral de la nación en su soberanía, devienen en una “ética pluralista”, que no es otra cosa que una ética partisana, una ética de la guerra civil por la cual es lícito cualquier acción desintegradora y cualquier política de destrucción cultural y de degradación de la autoridad soberana en pos de hacer prevalecer intereses particulares, privados, siendo tal la destrucción misma de la política en nombre del partido, porque prima una actitud política de partido, sobre una actitud política de Estado (Schmitt, 2015).

Ya hemos tratado el mito del pluralismo y su totalitarismo intrínseco disfrazado de buenos modales y respeto por las diferencias, así como también mencionamos que el debate no sólo no está saldado, sino que tiene más vigencia que nunca, puesto que la involución de la idea pluralista llega hasta nuestros días bajo la figura del progresismo y su intolerancia a la disidencia política, al ser una fuerza destructora de la actividad política real, necesita degradarla ya no al mundo de lo social como fue en el S. XX, sino ya al orden de lo más efímero y superficial que puede tener un individuo del S. XXI, “su cuerpo y su decisión”, como si fuese algo que le importase a alguien, si no fuera por el hecho de pretender establecerlo como una política obligatoria. El pluralismo que representaba una decadencia del principio político en manos de lo social, hoy deviene en una decadencia mayor donde lo privado se pretende público, y lo verdaderamente público (político) termina censurado por su propia naturaleza polémica, en nombre del respeto y la tolerancia no se admite que somos sujetos políticos, que tenemos una representación como conjunto y como parte de un todo que nos defiende de cualquier delirio totalitario; en nombre del respeto y la tolerancia no se admite la disidencia por miedo a sentirse ofendidos. Quizá la mejor imagen para entender este nuevo contexto de hegemonía de los ofendidos, la dio el mismo Laje en su último trabajo publicado, “Generación idiota: Una crítica al adolescentrismo”, donde precisamente señala un punto de contacto con todo esto, que es el concepto de “idiota” entendido como lo hacía la Grecia Antigua, aquel que pudiendo tener parte en los asuntos públicos elige no hacerlo y desentenderse, con el agravante de que en la actualidad además de eso, se invierte la ecuación al punto en que los asuntos que en otro tiempo serían considerados del puro ombligo del idiota, pasan a ser obligatoriamente los temas de mayor relevancia pública. 

Ahora, si queremos ir por el lado de los sistemas, organismos o mecanismos institucionales, nos encontramos ante la falacia de los “pesos y contra-pesos" que se ha difundido como parte del presupuesto republicano, cuando en verdad, si un organismo falla, no depende (o no podría) del otro organismo que lo controla, sino de su propia incompetencia, o más aún, de la incompetencia de quienes no están a la altura del cargo. La fantasía de “poderes” que se controlan entre sí es una falta de respeto al intelecto, ya que los requisitos de un cargo no van a depender del accionar de otro cargo, sino de que la persona reúna los atributos requeridos, el control no se puede establecer por fuera, sino que debiera estar hecho por sus pares, como bien ocurre en el órgano judicial cuando funciona. Esta fue la trampa “revolucionaria” la que afirmaba que no podía dividirse la soberanía (cosa que estamos de acuerdo), y en lugar de unificar los criterios del poder público los dividen en “tres poderes”, cosa por demás imposible, ya que si hay tres poderes, hay tres estados; el poder público siempre es uno, sino son más poderes.  

En cambio, cuando pudieron defender la descentralización administrativa precisamente para “acabar con la tiranía” de “antiguos regímenes que concentran el poder y el nepotismo”, defendieron la centralización burocrática, la multiplicación del empleo público y el manejo discrecional en una sóla instancia del presupuesto (nacional). Si tenemos el atrevimiento de intentar vincular la “división de poderes” horizontal “controlándose” entre ellos, y la centralización de recursos públicos, tenemos que pensar lo peor, ¡y lo hacemos! Por esa misma razón entendemos que el germen revolucionario, que tiene como máscara de proa los más íntimos ideales, esconde una lisa y llana vocación del poder por el poder mismo y el manejo de recursos públicos arbitrariamente, y hasta en casos extremos, es la misma mentalidad la que llevó a los experimentos totalitarios, porque es la misma base de ideas: ingeniería social para “mejorar a la humanidad” porque la realidad tal como es “no nos gusta”.


Para sumar el aporte conceptual de Olavo De Carvalho en Brasil, el autor nos deja ante desandar el camino gramsciano de batalla cultural que subvierte el sentido común, en esto es preciso devolver el sentido común a aquellos principios normales para cualquier individuo pre-revolucionario, o más aún, contrarrevolucionario. Lo que hace a una civilización grande son los frutos expresados en una lealtad común de valores heroicos y respeto por las tradiciones de quienes nos precedieron, por un lado, y por otro, los frutos expresados en una solidaridad real y en unión en la verdadera diversidad que contiene cualquier sociedad, sin necesidad de caprichos ideológicos progresistas. El profesor Carvalho nos recuerda desde lo político, la necesidad de defender las soberanías que hacen a nuestra civilización de la amenaza globalista que perpetúa la mentalidad revolucionaria a escala mundial, y frente a la cual nos queda tener o generar instituciones flexibles para establecer las reformas necesarias para salvaguardar nuestra libertad en el contexto del Estado y de la legitimidad legal.  Todo eso fuera de "estructuras rígidas y de cambio permanente" que plantea la mente-colmena de la revolución gramsciana. Para todo esto, más que mecanismos, requerimos de las personalidades apropiadas, puesto que el intento de un individuo aún en el cargo más alto de jerarquía puede significar un vano esfuerzo ante toda la insurgencia progre-globalista que va a intentar por todos los medios derrocar a un mandatario de auténtica representación de Derecha, como lo ha logrado en Brasil y en EE.UU.


El antídoto ya tiene un caso de éxito.. 

Y en términos prácticos tenemos un reciente y vivo ejemplo de lo que podría ser un antídoto, que es la anteriormente mencionada Meloni como Primer Ministro de Italia, consolidando en una victoria política una batalla cultural de años, ya sea en los principios que defiende, como también en las políticas que ya han tenido buenos resultados en los primeros 100 días de gobierno. Pero lo realmente destacable de esta temprana experiencia, es la capacidad de conformar una alternativa competitiva por un lado, y por otro, imprimiendo un liderazgo eminentemente mediterráneo, romano, del tipo que nos interesa a nosotros en Argentina y Sudamérica para barrer con el germen revolucionario y abrazar principios de orden social y político que contemple los cambios necesarios pero siempre en función de una idea-fuerza trascendente al puro orden económico y productivo, pero ordenándolo. El liderazgo de Meloni fue una novedad incluso para el mismo ámbito de la Nueva Derecha, donde los tipos de líderes que nos tenían acostumbrados como Trump o Bolsonaro impusieron un estilo mucho más confrontativo y demagógico que llevó a algunas pequeñas imprudencias a la hora de ponerse en la línea de fuego de los medios y su bombardeo constante. En el caso de la italiana, ha conseguido confluir un liderazgo con el carisma necesario para conducir simbólicamente un proceso político nuevo, pero además, con la seriedad y la racionalidad necesarias para tomar las medidas y las reformas que el país necesita para restaurar un orden virtuoso, lejos de cualquier delirio totalitario, ya que lo que se encuentra de fondo no es una idea coercitiva, sino una sustentada en raíces profundas. Por eso nuestro pensamiento tiene raíces (es radical en sentido profundo y tradicional), y para lo cual no requiere someter a otros, sino que mantiene una funcionalidad orgánica de natural tensión entre vínculo y libertad de sus partes, como una sociedad virtuosa que se encuentra en una unidad integral que contempla la autonomía relativa de sus miembros. 

Lo que nos deja ante la necesidad de buscar un fundamento nuevo, pero al mismo tiempo, un fundamento vivo de las estructuras sociales, una ética de la unidad nacional que no represente un mero patriotismo, sino un pensamiento que va más allá del poder en su propia justificación. Estamos hablando de un principio ordenador, que tanto Meloni como su juventud entienden que contempla fuertemente a Italia, pero que va más allá de ella, puesto que en ser un ejemplo vivo, se puede comenzar la lenta pero necesaria reconstrucción de Occidente en sus raíces, como lo están haciendo desde el jus sanguinis en la propia Italia. La reconstrucción del verdadero ser occidental que se encuentra todavía como potencia dormida y aplacada, pero que en cada chispazo nuevo de elementos jóvenes y despiertos, puede iretomar una vez más la custodia de esa eterna antorcha de libertad y dignidad que llevamos con orgullo y en nuestro fuero, pese a toda la guerra psicológica revolucionaria y los intentos colectivistas, quienes somos orgullosos hijos de Occidente.


Lucas Cianfagna.-