martes, 10 de enero de 2017

Auctoritas gentem creat


"En estos conflictos se pone de manifiesto que el Estado no ha nacido por el miedo a la guerra y como una institución protectora de intereses individuales egoístas, sino que, inspirado en el amor a la patria y del príncipe, constituye, por su naturaleza eminentemente ética, la aspiración hacia más altos ideales." Friedrich Nietzsche

El desafío que se nos presenta como hombres de política en la forma que debe adquirir el Estado en este nuevo siglo es toda una proeza. Mucho se habla de los fundamentos económicos y nunca faltan los términos "estado ausente" o "estado presente", depende de si se habla mal del otro o bien de uno mismo. Ciertamente ambos términos me parecen sino demagógicos, cuanto menos denotan ignorancia, ya que en su naturaleza, el Estado no se lo puede calificar como "ausente" o "presente" según el aspecto sesgado el cual se quiere abstraer como si se tratase de la totalidad de la cuestión; en síntesis, el Estado "es", y de ello no hay duda alguna, en todo caso, se podría hablar de que realiza tales o cuales funciones en un momento, y en otro momento, otras.

Me gustaría referirme a los fundamentos ontológicos del Estado, y a dar una batalla en tal terreno contra otras tendencias que resultan disgregadoras en última instancia, o al menos, conflictivas. En primer lugar, como he mencionado otras veces, tener cuidado con la noción de "contrato" como una idea fundante, ya que presupondría un colectivo que se agrupa en torno a crear una entelequia llamada "Estado". Las ideas contractualistas tienen diversidad de tendencias, ya veíamos a Hobbes con su Leviatán, justificando el dominio absoluto del Estado como elemento soberano capaz de producir muerte y dejar vivir, como luego Foucault lo definiría, apartir de lo cual se da el último manotazo de ahogado de la última sociedad en la cual primaría lo jurídico, pues el cauce que eligió la destinaría a perecer tarde o temprano; luego tenemos la sociedad liberal y el comienzo de un sentido normalizador, que se rige por criterios extra-jurídicos, siendo el contrato jurídico una herramienta que el grupo justifica para sí mismo; luego tenemos la famosa tendencia democrática directa de Rousseau, de la cual se desprendieron a su vez una diversidad de tendencias estatales, algunas conservadoras tendientes a limitarlo mediante la disgregación del poder, como es el caso del Partido Republicano estadounidence, cuya línea fundacional ha quedado intacta más allá de variar en los métodos.

También de Rousseau han aprendido las tendencias socializantes como elementos marxistas, desde la vuelta a la naturaleza y la sociedad "de la madre" que propone Engels en "La sociedad, la familia y el estado", donde también incurre en la apreciación contractual, donde el Estado es una mera entelequia administrativa, pero que tarde o temprano molesta, ya que fue posible en algún momento organizarse sin ella de manera más o menos efectiva, según él. Lo curioso es que el nazismo no se ha perdido de pertenecer a la idea contractual, de hecho es desde una perspectiva similar a la rousseaniana de democracia, que Carl Schmitt aborda la definición de nación como una pre-existencia al elemento estatal. Schmitt suscribía plenamente a la noción colectivista de nación y no sólo como concepto, sino también como fundamento ontológico del Estado, esto es, para él "nación" es una pre-existencia que sobrevive al tiempo y al espacio inclusive, y que constituye la síntesis del "pueblo". Curioso resulta que una tendencia abiertamente de extrema derecha pudiera tener coincidencias con otros elementos de extrema izquierda en algunos puntos, como lo son el pesimismo contractual, y a su vez, la desconfianza por el sentido ontológico estatal, por lo cual prefieren resguardarse en el fundamento colectivo, más que en una acción política personal que sea fundante.

Pero en cambio, podríamos referirnos al Estado en su plena condición ontológica como aquello que funda la nación. Lo cual tiene que ver, de hecho, con el sentido histórico que ha tenido la fundación estatal, como explicaría Nietzsche, en el caso del Estado helénico, se compone de personalidades que le dan un fundamento soberano al grupo. El carácter fundacional del Estado no se agota en lo histórico, sino que comprende algo mucho más profundo, se trata una fundación desde la idea misma de su autoridad, es decir, la capacidad soberana de organizar. La idea contractual ha traído una diversidad de problemas en su aplicación, y en un contexto de sociedad normalizadora como en la que vivimos donde vale más la jurisprudencia que el imperio de la ley, los afectados pueden sentir rechazo y exclusión, a veces, por el mero incumplimiento de las mismas leyes. Bien sabemos que la característica primordial del colectivismo es la tendencia a normalizar conductas sociales en función de la reproducción del grupo, es decir, hay un retorno a lo primitivo.

Por otra parte, se podría abordar la perspectiva estatal, desde las individualidades personales, desde la conformación de la unidad nacional a partir de un fundamento de autoridad soberana que respete el sano ejercicio político, que pueda dar a dicho arte el dinamismo necesario bajo los requisitos normativos apropiados que nos puedan brindar las mejores expresiones de gobierno, y no que sea algo meramente librado al azar, ni a la falta de criterios selectivos. Por tanto, podemos adherir a Nietzsche cuando critica la postura de Rousseau, quien quería volver a la naturaleza esencial. Nietzsche allí reconoció que en eso tiene razón en parte, pero no en cuanto a lo primitivo, sino a lo primordial, que tiene que ver con devolver al ser humano la altura cualitativa que ha perdido dentro del contrato donde todos figuran como "iguales", la línea divisoria es clara, se trata de primar lo cualitativo, pero no excluyendo lo cuantitativo como se haría de forma inversa, sino subordinándolo. Así como también, el colectivismo pone en tensión irresoluble al individuo con el grupo, el personalismo los reconcilia, haciendo que el individuo en lugar de negarse, se afirme y se integre en el grupo, para poder superarlo y ser independiente de él.

El fundamento estatal de las sociedades que han vencido lo más negativo de sí, no son quienes han sabido barrer el polvo bajo la alfombra, sino por el contrario, han tenido la determinación de transformar los aspectos que a priori podrían ser negativos en una fuerza bienhechora, como en el caso helénico, donde el egoísmo era impulsado por una competencia que brinde lo mejor a la consolidación estatal, de manera que no se caía en la superstición liberal de que las cosas se arreglan solas buscando el propio beneficio efímero, sino por obra y voluntad de las grandes personalidades que querían explotar lo mejor de sí y realizarse en función de lo estatal; he allí la diferencia con el liberalismo, en tales sociedades se tenía una fuerte noción de constituir el ser, de construcción de subjetividad en función de integrar el conjunto, pero para lograr independencia del mismo, allí radica una verdadera práctica de libertad.

Dicha libertad se comprende siempre en el marco de ideales que aspiren a lo alto, es decir, la autoridad estatal no sirve como un mero administrador de insumos, sino más aún, como un elemento que representa esa práctica de libertad en su forma más plena, dentro de los criterios normativos que ya se dijeron, representa esa unidad de los estratos sociales en su aspiración a ideales grandes y profundos. En esto que se entienda bien, el Estado funda la nación como unidad viviente de los elementos del pueblo, mientras que a su vez, constituye el centro de libertad radiante, como si se tratara de un sol, que poseyendo luz propia irradia de luz al conjunto de planetas; de la misma forma es la libertad la que se fundamenta desde la práctica soberana, primero con uno mismo, y luego en grados, con el resto. Lejos de ser económico, el fundamento del Estado que nos interesa es más bien de carácter ontológico, y constituye la entidad que crea la nación en su necesidad de darse no sólo vida, sino también existencia en un plano mayor, es decir, poseer aquella luz propia.

Lucas Cianfagna.-

jueves, 5 de enero de 2017

La vía guerrera del militante


"Todo idealista es un hombre cualitativo: posee un sentido de las diferencias que le permite distinguir entre lo malo que observa, y lo mejor que imagina. Los hombres sin ideales son cuantitativos; pueden apreciar el más y el menos, pero nunca distinguen lo mejor de lo peor." José Ingenieros

Hay una cierta actitud de revuelta de la cual hoy se carece en el ámbito intelectual y de acción concreta en lo político, esto ocurre por varias razones que pueden ser numerables. En primer lugar, la agenda de temas a tratar impuesta por los medios de comunicación, periodistas, opinólogos y panelistas, que no sólo imponen de qué se debe hablar, sino los límites los cuales no se pueden cruzar de ninguna manera sin ser descalificado de alguna manera, lo que muy bien Foucault llamaría "voluntad de verdad" como aquel límite establecido por el discurso que establece lo verdadero y lo falso, fuera de lo cual todo lo demás pertenece a lo insano e impensable. En segundo lugar, el precario nivel intelectual de los periodistas y panelistas, los cuales lejos de tener una simple pero suficiente cultura general, se tiene un "pico general" el cual se abre a toda hora y no deja tema por tratar, se sepa o no de él, en consecuencia las posibilidades siempre se reducen a lo que el razonamiento común llega, y no siendo suficiente con eso, al desconocer las mismas palabras que usan, insultan a quien se precie en un debate, siendo que incluso uno debe perder el tiempo explicando palabra por palabra lo que se quiere decir para que no haya malentendidos o ambigüedades en lo que se discute. En tercer lugar, y quizás el más importante, tiene que ver con el clima de insatisfacción, descontento, hartazgo y hastío por parte de los ciudadanos sobre aquellos otros que se abocan a la política debido a las repetidas y progresivas decepciones, y como es propio de épocas de profunda decadencia y disolución, la opción para los militantes es amoldarse a la situación y presentarse como una "persona de vida común como vos, y como yo"; pareciera que en lugar de buscar ser una conducción que eleve la perspectiva de vida y nivel de la población, se busca complacer a toda costa el propio deseo de auto-flagelo y de descontento con el cual se vive muy cómodamente, en consecuencia, el círculo se alimenta a sí mismo, y de allí se concluye "nada sirve", porque simplemente nada nuevo se les ocurre. 

Tomás Abraham, a quien estimo mucho por su nivel intelectual y por ciertas cosas que he aprendido de él, señalaba un punto importante, la militancia es importante siempre y cuando se haga mientras uno se comprometa estudiando, de lo contrario, uno es carne de cañón. No es menor su perspectiva, ya que demuestra muchas de las frustraciones sufridas por los sectores militantes más comprometidos, quienes ponen hasta una fe en un liderazgo o dos, y luego terminan sumamente decepcionados -los que admiten y soportan una cierta cantidad de autocrítica- y hasta desorientados, sintiéndose sin rumbo, ya que depositaron toda su razón existencial en una persona en la cual se creyó ciegamente. Es importante destacar, que esto no pasa con cualquier persona, sino con aquellos que no poseen una valoración cualitativa de sí mismos, aquellos que viven de forma retórica, necesitan apoyarse en otra cosa para justificarse a sí mismos, ya que tienen un gran vacío que llenar, en consecuencia siempre se sienten carentes. Lo inevitable en esto es que cuando surge alguna personalidad que destaca aunque sea no más que por su estilo discursivo, se consigue llenar ese vacío, pero ese "llenar" es otra ilusión, ya que con ello se confirma la postura retórica de dicha persona, necesitaba a ese "otro" para justificarse a sí mismo, y que el otro le llene el vacío, sólo confirma la situación de dependencia por no tener un principio claro. Parte de esclarecer principios por los cuales se lucha, está en tener una cierta base intelectual que lo sustente, así como también combinar lo afectivo, bien guiado, para acceder a dimensiones mayores que la mayoría de las personas, para garantizar un saber vasto y una posibilidad de prever hacia el futuro cómo se debe actuar. 

Un aspecto interesante resulta en distinguir dos aspectos que parecen juntos, pero que en realidad, resultan antitéticos entre sí. Se confunde, por la falta de formación de los mismos periodistas, el fanatismo con tener una visión clara y estructurada en principios. No hay nada más contrario al saber y a los principios claros, que el fanatismo. Lejos de ir a la conclusión de Sócrates donde se afirma que sabio es el que sabe qué ignora, hay algo más para tener en cuenta; una persona establece principios y esclarece su visión debido a experiencias vividas, interpretadas de una manera prudente gracias a una formación y a una reflexión sobre su persona y sobre cómo involucrarse con esa visión que se tiene de la realidad. Como se había dicho antes, el fanático procede de poseer esa visión retórica de la realidad, donde al no tener un principio que le dé un fundamento a sí mismo, se incurre en llenar dicho vacío con otra persona, una idea prestada o un momento de fervor irracional. Hasta tal punto es contrario a un persuadido el fanático, que es el persuadido el primero en rechazar las propuestas demagógicas de un X que no realiza nada, y que cambia de perspectiva según el resultado electoral. El fanático carece de reflexión propia (crítica), carece de establecimiento y de cimientos propios, por ello los toma prestados al primero que se los ofrezca a cambio de un servilismo militante, que puede ser fervoroso, pero que oculta un fuerte nihilismo de parte de la persona que se lanza ante lo primero que le da una sensación de fortaleza, que como se dijo antes, sólo confirma la situación real de dependencia. Es el persuadido quien se da cuenta de esto, y si posee la suficiente suspicacia, incluso antes de ver actuar al "chanta" en cuestión, cosa que al fanático, quien tiene un fervor temporal, no le pasa, incluso, hasta luego de ver caído al "líder" por sus propios errores, sigue creyendo en él negando toda evidencia sobre sus grandes falencias. El persuadido en cambio, ve caer un líder y su actitud se mantiene intacta, a él no lo aplastó una estatua, ya que posee un valor propio más duro que las estatuas mismas, si se fía de alguna personalidad, sabe que es mientras y hasta donde le sirva para su objetivo, ya que reconoce en una situación como la actual, que no hay cimientos firmes sobre los cuales apoyarse, y tiene que estar dispuesto a saberse solo. Cuidado, este "saberse solo" no significa soledad ni tristeza, significa auto-suficiencia y poder sentirse realizado, porque cuando uno se reconoce en una situación así, sabe que ha conquistado la desesperación y la ha neutralizado, como si se tratara de una prueba, en la cual puede decir "Vencí la desesperanza, pero no con esperanza, ¡sino con voluntad!", o como diría Fausto "Vi veri veniversum vivus vici" ("Por el poder de la verdad, estando vivo, he conquistado el universo").

Esto que se dijo también se debe tener en cuenta combinando otros aspectos. Otra personalidad a la cual quiero evocar por lo que enseña de igual manera es Julio Bárbaro, quien ha dicho con claridad, que el error de los militantes de los cuales he hablado más arriba, es la postura vanguardista e "iluminada", que nada tiene que ver con este tipo de militante que nos interesa. Como bien dijo Bárbaro, es la población la que expresa el desarrollo de acontecimientos que da una posibilidad de actuar, lo cual también se relaciona con otro aspecto que señalé al comienzo, que es la resignación de las personalidades políticas a alimentar el auto-flagelo del ciudadano resignado, en lugar de ello, expresar un ejemplo de actividad, hace que uno no tenga que tocar las puertas al ciudadano, hace que el ciudadano busque a su propia clase política que los conduzca y los gobierne de la mejor manera. Esta perspectiva evita conflictos violentos y protagonismos mesiánicos, que son los principales problemas que se pueden presentar que se piensen como soluciones, cuando en realidad terminan en establecimiento de tiranías fundadas en lo emocional; para esto es necesario tener principios en claro y establecer un buen grupo que los respete entre sí, para poder responder como individuos y como grupo de la misma manera, sin titubear, con auto-crítica, pero con firmeza en lo que se hace y asumiendo responsabilidades. La situación de descontento generalizado no amerita amoldarse como un militante aburguesado, ni tampoco adoptar una actitud triste y pesimista, que termina en renuncia y abandono, sino en reafirmación de principios, sobre todo cuando se ve que lo único que hay alrededor son ruinas, es ahí donde uno se pone a prueba para poder resultar victorioso y decir "Nuevamente hoy, estando vivo, ¡me he conquistado a mí mismo!".

Lucas Cianfagna.-

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Del reino de Melusina al Reino de la Soberanía


"Lo que caracteriza a las comunidades sanas y vigorosas es el grado de sus individualidades y el sentido con que se disponen a engendrar en lo colectivo." Juan D. Perón

En base al título, me propongo tratar algunas cuestiones fundamentales que conciernen al orden político, y a las imperfecciones que hoy día se viven en dicho ámbito. Aquello que me propongo a tratar concierne a tres cosas: por un lado, el famoso "problema de egos" que se vive en la dirigencia política dentro de un partido que podría ser aquello que llevara a la imposibilidad de concretar un liderazgo marcado; por otra parte, hacer referencia a la famosa noción del "pathos de la distancia", a modo de entender que tiene un significado más práctico de lo que parece; y por último referirme al concepto de Soberanía para tratar de entender de qué se habla cuando se refiere a esto.

En cuanto al repetido fenómeno de la "guerra de egos" que conciernen a lo político, hay varios errores con los cuales se pretende abordar el problema. En primer lugar, se concibe la lucha por el ego como algo igual a la exaltación de personalidad individual, lo cual es un error tremendo. Continuando como en una ecuación matemática, el error se arrastra, y luego de confundir las dos nociones anteriores, se pasa a concluir que la solución es mayor democracia, a lo cual se agrega la supuesta necesidad de que la persona que dirija el espacio sea alguien igual a quienes lo apoyan. Nada más infantil que esto, ya que pretender que un liderazgo es bueno por constituir un anonimato administrativo y ser parecido "a los que apoyan" es ya rozar con la idiotez y la brutalidad. El hecho de que se engrandezca las personas que pasan desapercibidas y que gobiernan "con humildad", es una forma de decir "cualquier Fulano puede conducir un espacio, basta que sea igual a todo el resto", para lo cual, se genera instantáneamente el problema que se busca combatir "Yo también quiero echar los dados, y ver si puedo ser tan igual como los demás y poder al fin conducir", y así comienza verdaderamente la "guerra de egos", lo cual de ninguna manera ocurre cuando el liderazgo posee una formación en carácter, principios, experiencia y conocimiento, ya que al ser tal, no es reconocido como un igual, sino como alguien que ve más allá del resto, que logra ponerse por encima. Esto viene a cuento con la fábula de Goethe que he citado en el título, de la misma manera que Perón lo hiciera en el año 1949 en aquel famoso Congreso de Filosofía en Mendoza; en esta fábula, Melusina invita a un desgraciado a reducir su tamaño y acompañarla al reino de los enanos, donde él sería rey, tendría riquezas y sería venerado, pero claro, sólo entre enanos. El resultado es que aquel hombre que había aceptado al principio, comienza a añorar su altura originaria, sabe que por más autoridad que tenga en ese reino, nunca tendría la altura que tenía anteriormente, lo cual nos recuerda bastante bien que no es de liderazgos "iguales a la gente" los que engrandecen a dicha gente, sino que por el contrario, es el liderazgo y la autoridad rebajada, mientras que en un liderazgo cuya tendencia sea ascendente, hace participar a los gobernados de un ascender semejante y acorde a cada uno. Por tanto, la guerra de egos no es producto de un liderazgo personalizado y cuya individualidad engendre nuevas individualidades, sino que es incluso la solución a dicho problema, ya que la guerra de egos no ocurre sino por falta de aquel liderazgo distinguido que pueda conducir de una manera superior.

En este conducir de forma superadora, tiene que ver mucho aquella noción conocida como el "pathos de la distancia", lo cual muchas veces es confundida con establecer del liderazgo un hermetismo casi del estilo azteka con Quetzalcoatl. La noción de Nietzsche por supuesto que no deja de tener aquel sesgo aristocrático, pero es allí donde se suele confundir aristocracia con oligarquía, ya que no se trata de apoyar los lujos desenfrenados en un líder ni justificar modos de vida extremadamente exóticos, aquello es más propio de regímenes con tendencia oligárquica, los ha habido de izquierda y de derecha, ningún espectro político está exento. Ahora bien, se trata en cambio de marcar una diferencia respecto a la forma de manejarse, puesto que no debe ser alguien que repita estándares de conducta de la población, sino que los eleve, en esto es clave el arquetipo, y la búsqueda del ejemplo. Con ello no debe entenderse el otro extremo el cual afirma que sólo es un buen gobernante aquel que vive prácticamente en una choza construida con sus manos y que renuncia a todo sueldo, tal es otra muestra de infantilismo a la hora de analizar algo tan importante como el arte de conducir y cómo se debe presentar un conductor. De nada sirve que un gobernante viva pobre, si otro tanto de la población lo hace también pero de forma no elegida por ellos, lo cual es hasta cierto punto una tomada de pelo, puesto que las necesidades de la población que sufre pobreza no se verán cubiertas porque el gobernante renuncie a sus bienes, allí la virtud real parte de la efectividad de conducir, y no precisamente en "redondear para abajo", la idea es elevar las formas de vida y multiplicar las perspectivas de cómo vivir, no ser orgullosamente desposeídos. Esta actitud de diferenciación de un conductor no hace venir a menos a quienes lo siguen, puesto que si es efectivo en su labor de conducir, va a poder volver a sus seguidores tan dignos de ser gobernados como lo es el gobernante al ejercer; por otra parte existe otro aspecto positivo en esto, y es que precisamente aquello que se habló antes, la guerra de egos, es aplacada por una autoridad profundamente fundada en un principio, lo cual también producirá las reacciones consecuentes de un grupo que no quiere ceder privilegios mal-habidos, es entonces para lo que uno se tiene que preparar también si quiere conducir. Combatir las tendencias oligarquizadoras es fundamental para establecer un orden equilibrado, que el fundamento sea la virtud y el sentido de libertad y justicia, nunca el capricho mezquino.

Resulta sumamente importante retomar la cuestión de la Soberanía, ya que en los aniversarios de la gloriosa gesta de Vuelta de Obligado, se suele entender este concepto como la defensa del territorio nacional, lo cual es erróneo. La Soberanía no tiene que ver con cuestiones dependientes de factores materiales como lo es lo geográfico, lo natalicio, la clase, ni siquiera el demos, muy con el pesar de los rousseaunianos, sino que la Soberanía refiere a la justificación de la Autoridad basada en un principio independiente. La Soberanía como tal, es un principio ascendente, de ninguna manera va a depender su definición de los condicionamientos materiales y físicos, contingentes, sino de su propia justificación, por supuesto que se encarna en un medio físico y material, ahí es cuando substancialmente existe lo que se conoce como una autoridad soberana. La Soberanía se relaciona con un principio fundamental que vale no sólo incluso, sino sobre todo en la conducción, que es el principio de libertad, entendida como aquella fuerza positiva capaz de doblegar los condicionamientos recibidos, superar obstáculos, es una virtud que está absolutamente ligada a la vitalidad, a la vida y su ejercicio; a su vez que la vida queda fuertemente ligada al ejercicio político, debido a que como se dijo, "donde hay vida hay voluntad de poder", de manera en que no podemos persistir en un esquema existente en donde la vida es reducida a la mera reproducción biológica y de placeres, aquello debe ser organizado en aras de dar un sentido mayor, y allí es donde entra la política en su sentido más pleno. Aquella Soberanía tiene un fundamento concreto cuando se da a partir de una conducción que practique el sentido de libertad, lo cual nos hace volver a la fábula de la Melusina, puesto que su autoridad estaba fundada de manera errónea sobre algo que volvía impotente a quien accedía a ella, es decir, la autoridad se fundaba sobre la renuncia de la propia voluntad, a lo cual se refería el poeta Victor Hugo cuando afirmaba que "la autoridad de arriba (la verdadera) pierde todo cuando gana la autoridad de abajo (la falsa)", y a lo cual el mismo Perón habiendo citado esto, agrega más adelante "Una suma de ceros es cero siempre, una jerarquización estructurada sobre la abdicación personal, es productiva sólo para aquellas formas de vida en que se producen asociados el materialismo más intolerante, la deificación del Estado, el Estado Mito y una secreta e inconfesada vocación de despotismo". Esto deja ver de manera contundente a lo que se apunta, aquella falsa autoridad, fundada en la impotencia, es aquella que no sólo funda una soberanía ficticia, sino que conduce al resto a una disolución total, es aquella soberanía que se funda con una voluntad de destruir las libertades, por más "asambleístas" y "populares" que se digan, aquella vocación de despotismo nace con la falta de voluntad propia, en consecuencia, se la quiere llevar a escalas más grandes, lo cual se traduce en "Si yo no puedo darme libertad, ¡nadie más debería tampoco!".

Lucas Cianfagna.-