"Lo que caracteriza a las comunidades sanas y vigorosas es el grado de sus individualidades y el sentido con que se disponen a engendrar en lo colectivo." Juan D. Perón
En base al título, me propongo tratar algunas cuestiones fundamentales que conciernen al orden político, y a las imperfecciones que hoy día se viven en dicho ámbito. Aquello que me propongo a tratar concierne a tres cosas: por un lado, el famoso "problema de egos" que se vive en la dirigencia política dentro de un partido que podría ser aquello que llevara a la imposibilidad de concretar un liderazgo marcado; por otra parte, hacer referencia a la famosa noción del "pathos de la distancia", a modo de entender que tiene un significado más práctico de lo que parece; y por último referirme al concepto de Soberanía para tratar de entender de qué se habla cuando se refiere a esto.
En cuanto al repetido fenómeno de la "guerra de egos" que conciernen a lo político, hay varios errores con los cuales se pretende abordar el problema. En primer lugar, se concibe la lucha por el ego como algo igual a la exaltación de personalidad individual, lo cual es un error tremendo. Continuando como en una ecuación matemática, el error se arrastra, y luego de confundir las dos nociones anteriores, se pasa a concluir que la solución es mayor democracia, a lo cual se agrega la supuesta necesidad de que la persona que dirija el espacio sea alguien igual a quienes lo apoyan. Nada más infantil que esto, ya que pretender que un liderazgo es bueno por constituir un anonimato administrativo y ser parecido "a los que apoyan" es ya rozar con la idiotez y la brutalidad. El hecho de que se engrandezca las personas que pasan desapercibidas y que gobiernan "con humildad", es una forma de decir "cualquier Fulano puede conducir un espacio, basta que sea igual a todo el resto", para lo cual, se genera instantáneamente el problema que se busca combatir "Yo también quiero echar los dados, y ver si puedo ser tan igual como los demás y poder al fin conducir", y así comienza verdaderamente la "guerra de egos", lo cual de ninguna manera ocurre cuando el liderazgo posee una formación en carácter, principios, experiencia y conocimiento, ya que al ser tal, no es reconocido como un igual, sino como alguien que ve más allá del resto, que logra ponerse por encima. Esto viene a cuento con la fábula de Goethe que he citado en el título, de la misma manera que Perón lo hiciera en el año 1949 en aquel famoso Congreso de Filosofía en Mendoza; en esta fábula, Melusina invita a un desgraciado a reducir su tamaño y acompañarla al reino de los enanos, donde él sería rey, tendría riquezas y sería venerado, pero claro, sólo entre enanos. El resultado es que aquel hombre que había aceptado al principio, comienza a añorar su altura originaria, sabe que por más autoridad que tenga en ese reino, nunca tendría la altura que tenía anteriormente, lo cual nos recuerda bastante bien que no es de liderazgos "iguales a la gente" los que engrandecen a dicha gente, sino que por el contrario, es el liderazgo y la autoridad rebajada, mientras que en un liderazgo cuya tendencia sea ascendente, hace participar a los gobernados de un ascender semejante y acorde a cada uno. Por tanto, la guerra de egos no es producto de un liderazgo personalizado y cuya individualidad engendre nuevas individualidades, sino que es incluso la solución a dicho problema, ya que la guerra de egos no ocurre sino por falta de aquel liderazgo distinguido que pueda conducir de una manera superior.
En este conducir de forma superadora, tiene que ver mucho aquella noción conocida como el "pathos de la distancia", lo cual muchas veces es confundida con establecer del liderazgo un hermetismo casi del estilo azteka con Quetzalcoatl. La noción de Nietzsche por supuesto que no deja de tener aquel sesgo aristocrático, pero es allí donde se suele confundir aristocracia con oligarquía, ya que no se trata de apoyar los lujos desenfrenados en un líder ni justificar modos de vida extremadamente exóticos, aquello es más propio de regímenes con tendencia oligárquica, los ha habido de izquierda y de derecha, ningún espectro político está exento. Ahora bien, se trata en cambio de marcar una diferencia respecto a la forma de manejarse, puesto que no debe ser alguien que repita estándares de conducta de la población, sino que los eleve, en esto es clave el arquetipo, y la búsqueda del ejemplo. Con ello no debe entenderse el otro extremo el cual afirma que sólo es un buen gobernante aquel que vive prácticamente en una choza construida con sus manos y que renuncia a todo sueldo, tal es otra muestra de infantilismo a la hora de analizar algo tan importante como el arte de conducir y cómo se debe presentar un conductor. De nada sirve que un gobernante viva pobre, si otro tanto de la población lo hace también pero de forma no elegida por ellos, lo cual es hasta cierto punto una tomada de pelo, puesto que las necesidades de la población que sufre pobreza no se verán cubiertas porque el gobernante renuncie a sus bienes, allí la virtud real parte de la efectividad de conducir, y no precisamente en "redondear para abajo", la idea es elevar las formas de vida y multiplicar las perspectivas de cómo vivir, no ser orgullosamente desposeídos. Esta actitud de diferenciación de un conductor no hace venir a menos a quienes lo siguen, puesto que si es efectivo en su labor de conducir, va a poder volver a sus seguidores tan dignos de ser gobernados como lo es el gobernante al ejercer; por otra parte existe otro aspecto positivo en esto, y es que precisamente aquello que se habló antes, la guerra de egos, es aplacada por una autoridad profundamente fundada en un principio, lo cual también producirá las reacciones consecuentes de un grupo que no quiere ceder privilegios mal-habidos, es entonces para lo que uno se tiene que preparar también si quiere conducir. Combatir las tendencias oligarquizadoras es fundamental para establecer un orden equilibrado, que el fundamento sea la virtud y el sentido de libertad y justicia, nunca el capricho mezquino.
Resulta sumamente importante retomar la cuestión de la Soberanía, ya que en los aniversarios de la gloriosa gesta de Vuelta de Obligado, se suele entender este concepto como la defensa del territorio nacional, lo cual es erróneo. La Soberanía no tiene que ver con cuestiones dependientes de factores materiales como lo es lo geográfico, lo natalicio, la clase, ni siquiera el demos, muy con el pesar de los rousseaunianos, sino que la Soberanía refiere a la justificación de la Autoridad basada en un principio independiente. La Soberanía como tal, es un principio ascendente, de ninguna manera va a depender su definición de los condicionamientos materiales y físicos, contingentes, sino de su propia justificación, por supuesto que se encarna en un medio físico y material, ahí es cuando substancialmente existe lo que se conoce como una autoridad soberana. La Soberanía se relaciona con un principio fundamental que vale no sólo incluso, sino sobre todo en la conducción, que es el principio de libertad, entendida como aquella fuerza positiva capaz de doblegar los condicionamientos recibidos, superar obstáculos, es una virtud que está absolutamente ligada a la vitalidad, a la vida y su ejercicio; a su vez que la vida queda fuertemente ligada al ejercicio político, debido a que como se dijo, "donde hay vida hay voluntad de poder", de manera en que no podemos persistir en un esquema existente en donde la vida es reducida a la mera reproducción biológica y de placeres, aquello debe ser organizado en aras de dar un sentido mayor, y allí es donde entra la política en su sentido más pleno. Aquella Soberanía tiene un fundamento concreto cuando se da a partir de una conducción que practique el sentido de libertad, lo cual nos hace volver a la fábula de la Melusina, puesto que su autoridad estaba fundada de manera errónea sobre algo que volvía impotente a quien accedía a ella, es decir, la autoridad se fundaba sobre la renuncia de la propia voluntad, a lo cual se refería el poeta Victor Hugo cuando afirmaba que "la autoridad de arriba (la verdadera) pierde todo cuando gana la autoridad de abajo (la falsa)", y a lo cual el mismo Perón habiendo citado esto, agrega más adelante "Una suma de ceros es cero siempre, una jerarquización estructurada sobre la abdicación personal, es productiva sólo para aquellas formas de vida en que se producen asociados el materialismo más intolerante, la deificación del Estado, el Estado Mito y una secreta e inconfesada vocación de despotismo". Esto deja ver de manera contundente a lo que se apunta, aquella falsa autoridad, fundada en la impotencia, es aquella que no sólo funda una soberanía ficticia, sino que conduce al resto a una disolución total, es aquella soberanía que se funda con una voluntad de destruir las libertades, por más "asambleístas" y "populares" que se digan, aquella vocación de despotismo nace con la falta de voluntad propia, en consecuencia, se la quiere llevar a escalas más grandes, lo cual se traduce en "Si yo no puedo darme libertad, ¡nadie más debería tampoco!".
Lucas Cianfagna.-

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