miércoles, 30 de diciembre de 2015

Doctrina del poder: Desde la política hasta la vida misma


                                
         Pintura de Cesare Borgia y Niccolo Machiavelli

Los teóricos del poder nos han enseñado grandes conceptos que se aplican muy bien a la política y al arte de gobernar, esto es, la dominación en términos políticos. Weber, Maquiavelo, Foucault, son grandes ejemplos de quienes han estudiado las relaciones de poder y nos han dado incluso elementos no sólo para entender la política, sino también las relaciones humanas, como en el caso de Nietzsche, que muchas veces puede resultar confuso a la hora de examinar si se refiere a las relaciones humanas personales o a la cuestión del poder público, pero en ambos casos, suelen ser aplicables de igual manera, ya que una forma se relaciona con la otra.

El poder...también está en el afecto y el amor
"Por poder se entiende cada oportunidad o posibilidad existente en una relación social que permite a un individuo cumplir su propia voluntad." Max Weber nos definía el poder desde la Sociología en uno de sus más célebres trabajos, preocupado por la sociedad alemana de la época que le tocó vivir y analizando la evolución de las formas de gobierno y el ejercicio del poder en la historia. Podemos aplicar este tipo de conceptos a la vida personal, puesto que acá mismo me propongo meter no un dedo, sino un dardo caliente en la llaga de más de uno y desentrañar algo que consideramos comúnmente como negativo, pero que en realidad no tiene por qué serlo, ya que conforma el común de las personas. La búsqueda de culminar la propia voluntad se expresa en el ejercicio del poder, y de nuevo, no estoy hablando de política, pero tampoco me refiero a casos específicos de ejercicio de autoridad en un ambiente laboral o de alguna institución; lo que a muchos les va a resonar hasta en los huesos es, el hecho de que las personas aplicamos este principio no sólo incluso, sino sobre todo con aquellas personas de nuestras relaciones más cercanas. El poder es una cosa que no muchos quieren comprender, prefieren hablar mal de él y desentenderse como si nunca hubiesen tenido acercamiento alguno con él (lo que se entendería por búsqueda pasiva del poder), por ejemplo, cuando un padre aconseja a un hijo, o una persona trata de ayudar a alguien o un amigo incluso desde la excusa del "desinterés" (ese cuento ya demasiado viejo del cual muchos no se desprenden) y esto se traduce en la necesidad de empoderamiento de la persona que ofrece dicho consejo o ayuda. Así como prácticamente todos llaman a la forma de empoderamiento rutinario en el cual, se trata de compartir algo con lo que uno ya está saturado y necesita expandirse, en forma más duradera y que tiende a buscar el crecimiento propio y lograr a su vez el crecimiento de la otra persona que estimule el de uno: el amor. Teniendo el poder una connotación social tan negativa, no se entiende su necesidad extrema de divinizar algo que analizado en su proceder, como es el amor, debiera ser objeto de repugnancia. Pero eso bien se explica, en la costumbre de eternizar o absolutizar todo sentimiento de placer como algo "verdadero", lo cual muchas veces puede hacernos confundir gravemente en el clásico error de "creer que tal o cual era el amor verdadero" hasta el punto de no admitirse a sí mismo la terrible desilusión de su idea sobre el otro.

Sentimiento de vergüenza invertido
Es necesario para seguir con esto, dejar en claro qué es lo que se entiende por bueno o malo en torno al poder, y para ello seguimos con su apicación a lo cotidiano. Hacer el bien, en una relación de poder es respecto de alguien que necesita de uno, así como hacer el mal es respecto de alguien a quien uno necesita. En el primer caso, encontramos haciendo el bien en las relaciones en las cuales buscamos empoderar al otro para empoderarnos nosotros, y establecer así una cierta necesidad en tal persona de estar bajo nuestra ala; parte del poder tiene que ver con saber cuando ceder ante una imposibilidad, ya que las relaciones de poder siempre son de a dos, y el primer paso para obtener poder respecto de algo, es admitir que no se tiene, por tanto, sería bueno dejar atrás el mito de que es fuerte aquel que consigue todo solo. Al ser la fortaleza y el poder algo que rige entre más de uno, ¡de ninguna manera puede uno empoderarse si no es gracias a que existe el otro! Por tanto, estaríamos ante otra cuestión: no sólo no es posible obtener poder sin nadie, sino que es hasta necesario apoyarse en otro, así como ante la necesidad de alcanzar una altura de un lugar físico sin poder elevarse por cuenta propia, es necesario valerse de un impulso externo que nos ayude a llegar al objetivo propuesto, de ahí surge el ascensor. 
Tomando el segundo caso, hacer el mal, es justamente buscar empoderarse a costa de quienes necesitamos marcarle la frente en el momento en que tratan de hacerlo con nosotros, siendo algo de total naturalidad en la vida de cualquiera que se precie, por tanto, todo empoderamiento sin establecer una cercanía afectuosa (e incluso con marcada enemistad) implica un "hacer el mal", algo de lo cual nos debemos una cierta revalorización para no ahogarnos sobre cosas que diariamente hacemos. Curiosamente, sentimos un exceso de placer cuando "hacemos el bien", sabiendo que tal cosa implica insertar en el otro la necesidad de que el poder lo busque en quien se lo ofrece, y por otra parte, consideramos de poco agrado el "hacer el mal", lo cual significa tomar partido por el respeto propio y el dominio de uno mismo para poder establecer límites e incluso crecer y poder ser mejor de lo que uno era, ya que empoderarse significa justamente una cuestión que pertenece a aquellos que tienen vida qué derrochar y expandir; esto es, tenemos un gracioso concepto de lo que significa la vergüenza para nosotros, y lo aplicamos en base a cosas que no entendemos del todo.


Quienes se oponen al concepto de poder
Con respecto a lo que habíamos mencionado respecto a la forma pasiva de poder, conviene desarrollarla de forma más completa. Por un lado, tenemos un tipo de persona que ejerce la búsqueda de poder de forma pasiva, es decir, no entiende cuál es la raíz de sus actos, sin embargo en respuesta a ello actúa; en estos casos se suelen sorprender cuando se les dice algo como eso, muchas de las respuestas suelen ser en lo afirmativo "Ahhh con que eso era, pues bien, me gusta." o en lo negativo "¡De ninguna manera, yo no soy así!", y luego ocurre una secuencia graciosa en la cual uno le explica la conducta arquetípica de la doctrina de poder y no ven más que un espejo de sus actos diarios, con lo cual, o se admiten asustados, o continúan con su obstinación. Por otro lado, existe quienes directamente tienen un problema con el poder, y esto proviene de la falta de entendimiento de su propia naturaleza o más aún, influenciados por cierto dogmatismo filosófico y moral que no les permite ver nada de eso como positivo. Nuevamente le debemos al moralismo racional un entorpecimiento del pensar y una domesticación de la conducta humana, al punto de convertir al hombre en un ser básico que no puede pensar más allá de lo que le han enseñado. La influencia de la moral se puede ver en muchas doctrinas políticas, pero también se ve en movimientos sociales e incluso valores que imposibilitan un desmenuzamiento de este estilo:
-El feminismo rechaza desde su teoría misma toda manifestación de poder entre un sexo o el otro, incluso hasta en los casos más íntimos de una relación amorosa, lo cual deja ver su elemento totalitario, sea dicha consigna aparentemente llevada o no al extremo. Ese es otro punto, el feminismo siendo o no extremista, plantea la negación del poder en la relación de sexos en base a la suposición de que el poder es malo, lo cual no denota otra cosa que una fuerte carga moral por no entender que el poder puede ser utilizado en casos de una forma u otra, generaliza ante los casos que ha decidido bajo su capricho engrandecer y recordar. Creen que cediendo cierta decisión al otro están siendo débiles o sumisos, cuando de hecho, como hemos visto antes, el querer construir sin ayuda es un capricho, por no decir un absurdo. La verdadera fortaleza se construye a partir de admitir que por el momento no se tiene, así como para resolver cualquier problema, el primer paso es reconocerlo como tal; y así, ceder cierta parte de las decisiones al otro, no es sino un signo de grandeza, quien busca mejorarse a sí mismo, debe admitir primero, que no es perfecto, y segundo, tener la dignidad de querer aprender de quien sí puede enseñarle. 
-La humildad es considerara un valor entre muchas personas, y debo admitir que cada uno tiene su concepto de lo que significa esa palabra, pero aún así, podemos promediar como humildad una confusión. Se considera humildad a la falta de soberbia y el admitir la propia imperfección a pesar de los logros obtenidos. Pero por otro lado, la humildad plantea un modo asceta de vida, en el cual obviamente cualquier visión de empoderamiento es vista en el mejor de los casos de reojo y en el más extremo con un gran resentimiento. La persona que se jacta de ser humilde es normalmente aquella que no tiene grandes aspiraciones ni es capaz de admitir su propia búsqueda de empoderamiento, lo cual le causa rechazo, y al no superar esto, se ve obligado a maldecir toda manifestación semejante, y acá entramos en una tamaña contradicción, pero que no niega el carácter real de la humildad, sino que por el contrario, desenmascara su concepto, haciendo ver que aquel que se jacta de ser humilde, es porque quiere convertir su miedo al poder o su resignación en una virtud, y una muy perjudicial podría decir, ya que si el empoderamiento tiene que ver con incrementar la propia vida, la resignación y la humildad, tienen que ver entonces con empobrecerla, y como un curioso agregado, convertir una falta en virtud es harto soberbio, y ahí encontramos la confusión de la definición que la mayoría da a la humildad, sin saberlo realmente.

¿Por qué es importante esto? Porque un manejo prudente y consciente del poder en nuestras vidas es lo que permite luego tener mayor posibilidad de manejo en el ámbito político a quien se quiera encomendar a ello. Quien ve la virtud en la excelencia (al mejor estilo renacentista) aplica aquello que necesita para el crecimiento de la vida, tanto en términos personales como en los que conciernen a la comunidad, y eso conlleva un manejo consciente del poder. Quien ve la virtud en la miseria personal y en el ascetismo, es en sí miserable. La virtud devenida de la humildad y la caridad es la misma que obtiene uno de esos animales que toman una presa agotada para exprimirles la última gota de voluntad, como lo hace un insecto o un gusano, en el caso de las personas, lo llaman "ser caritativo"; y con esa misma humildad se retuercen cuando algo más grande se acerca. De esa misma forma, son los hombres de más valía los que buscan desafíos, aquello que pueda hacerlos probar poder ser realmente grandes, más de lo que ya eran, y por eso no se detienen en la cobardía de disputar batallas absurdas, sino que al considerar eso un insulto a su persona, buscan enemigos competentes que les permitan demostrar cuánto derroche hay en ellos y cuanto control tienen sobre sí mismos, esto es, cuán Príncipes pueden llegar a ser.

Lucas Cianfagna.-

¿Verdadero o Falso? Justifique su experiencia

                              
"Quien posea ciencia y arte, tiene también religión. Quien no posea una ni otra, ¡tenga religión!" 
Johann Wolfgang von Goethe


El problema con la convención
Dentro de los problemas que más se ven en torno a la forma de razonar, está muy en evidencia el lenguaje, el comienzo y la invención del conocimiento. Podría parecer algo molesto de escuchar o leer, pero sí, el conocimiento es una invención humana que nos ayuda en cierta medida a vivir de una forma ordenada y estable. El lenguaje es la herramienta de la cual no podemos desprendernos a la hora de generar y transmitir conocimiento, de entenderlo y que sea cognoscible, pero al mismo tiempo, un olvido del origen mismo del lenguaje, puede llevar a cometer errores catastróficos para el entendimiento de muchas cosas. Para empezar, el lenguaje no sigue un procedimiento lógico en medida objetiva, las palabras no son más que la respuesta de sonido ante un estímulo externo en vista a la necesidad de nombrar algo, en respuesta a nuestra percepción e interpretación de dicho estímulo, a diferencia de lo que los filósofos moralistas creían, de que la palabra y la cosa mantienen relación estrecha, y lo repito como en muchas otras ocasiones, de ser así, habría un único idioma, o más aún, un único lenguaje. Con el lenguaje se pueden justificar muchas cosas que podrían ser en un correcto análisis, absurdas, y así, muchas veces, mediante criterios equivocados desde el inicio, se acaba hablando de una teoría que parece irrefutable, pero como ya he dicho, que una teoría sea irrefutable no la hace verdadera, y esto tiene que ver con la falta de aceptación de las contradicciones como un nivel del conocimiento superior al silogismo burdo de "verdadero = A" y "falso = lo contrario de A", pero es que la contradicción de conceptos no es más que una paradoja, no sale de lo conceptual, y de hecho, fuera de lo conceptual, tales cosas que ocurren en la realidad y que aparentemente son contradictorias, en un nivel aún mayor de conocimiento, se pueden ver como interdependientes, ya que escarbando un poco en la matriz del lenguaje, se puede ver que conceptos como "verdadero" y "falso" lo son también, ya que se designa verdadero a algo según la experiencia individual, colectiva o histórica de aquello y falso, por consiguiente, a todo lo que lo contraríe. Pero es precisamente en este punto cuando nos damos cuenta que nada puede ser considerado falso si no se ha considerado previamente algo verdadero, por tanto, la creencia en la eliminación de lo "falso", "malo", "contradictorio", contiene una carga moral que resulta nocivo para nuestro desarrollo del conocimiento de forma plena.

El difícil desapego de los sueños
El sueño sigue siendo para muchas personas un modelo de razonar correctamente, cuando de hecho, es la forma más primitiva de razonar, muchas veces ha sido la que ha conllevado a la mayoría de las supersticiones, y también ha sido la causante de muchos errores de comprensión de los distintos fenómenos que acontecen. Sin embargo, esto se debe a que se habla muy poco de cómo actúa nuestro cerebro en los sueños, y entenderlo, podría ser un buen comienzo para adoptar un razonamiento más fresco y crítico. En primer lugar, hay que entender que por la naturaleza del cerebro mismo y de las funciones del cuerpo, al estar uno tendido en la cama con pies estirados y órganos en funcionamiento diferente al diurno, la persona experimenta una gran serie de estímulos "extraños" de todo tipo, sumado a la liberación de un químico que ayuda a que las diversas imágenes que podamos experimentar sean percibidas por todos los sentidos como sumamente reales. Allí es donde radica nuestro problema con el razonamiento de los sueños, y es que en ellos, consideramos verdadero toda percepción y estímulo que hay en él, no nos detenemos a razonar lo que estamos viendo, escuchando, sintiendo; simplemente lo consideramos válido, tristemente así se razona muchas veces, y como en el sueño creemos saber qué es lo que se encuentra frente a nosotros, cuando dichos estímulos provienen de algo que en el sueño ni llegamos a divisar, que pueden ser los factores internos del cuerpo, o factores externos de cosas que pasan a nuestro alrededor y que como estímulo el sueño los canaliza con imágenes que podrían parecernos reales, pero que no son; así funcionan de hecho las teorías supersticiosas. Pero dichas teorías tienen un componente aún más importante: el mecanismo del cerebro en el sueño, es muy similar al mecanismo de razonamiento más primitivo y errático sobre un conocimiento. Éste se da a partir de la creación del propio cerebro de las imágenes que capta de los estímulos y las transforma en percepciones, es decir, el cerebro (al igual que estando despiertos, razonando de una forma burda) recibe el estímulo, lo percibe, crea la imagen y lo hace de forma tan rápida que creemos que aquello que creamos y percibimos lo estaríamos descubriendo. Y es justamente esto lo que pasa cuando conceptos como "verdadero", "falso", "bueno", "malo", son creados, percibidos por experiencias vividas, y luego lo olvidamos y creemos que descubrimos la verdad, la falsedad, lo bueno y lo malo. Desde ese punto al dogma, sólo queda un paso, y ese paso lo marca la soberbia.


La aceptación de la ignorancia, ¡es lo científico!
Tenemos una imagen muy distorsionada de lo que un hombre de ciencia es en realidad. Tendemos a creer que son un grupo de vagos que se la pasan sentados en un escritorio sin hacer nada hasta que de repente descubren algo. Habiendo visto lo anterior, podemos refutar con facilidad este estereotipo de la ciencia como algo fofo, pasivo y gris. De hecho, esa concepción de la ciencia la tenían los filósofos que nos han condenado a la rigidez lógica y a perecer ante el aplastante optimismo racionalista, pensando que se llega a la "verdad" y que puede uno encima, jactarse de haberlo hecho; por supuesto que así no resulta difícil tener una imagen tan negativa de un científico. Por el contrario, al establecer la "verdad" como una convención basada en una experiencia y al conocimiento como una invención para ordenar nuestras experiencias y relacionarlas con nosotros mismos, podemos hablar de que la ciencia toma en este punto, una misión importantísima en la vida de las personas. Alejándose de esa vana y cómoda seguridad de "conocer-lo-todo", es que puede decir "¡Si!" a la ignorancia, no como virtud, sino dejar de rechazarla y entender que un hombre de ciencia la acepta y con el suficiente escepticismo la cuestiona hasta poder encontrar una explicación que pueda ser aceptada, lo paradójico es que, el hombre supersticioso, es el que más niega la ignorancia, pues le cuesta aceptar que él es un ignorante, y en consecuencia, inventa su propia verdad de la nada misma, para poder sobrellevar el miedo a lo "desconocido". Muy bien entonces, a aquel pasivo del conocimiento como "algo que ya existe y que se descubre", al supersticioso del "me aterra no saber algo, por lo tanto lo invento", y también a aquel despreciable del "la verdad es una, y yo la conozco mejor que nadie", le declaramos la guerra, no contra sus personas, sino contra esa falta de instinto que vuelve el conocimiento algo gris y estúpido, un objeto de burla, a eso le declaramos la guerra. ¿Quiénes? Nosotros, ¡los que nos atrevemos a un saber alegre!

Lucas Cianfagna.-

Tragedia: El héroe aniquilando el éxito

  


«Por lo demás, detesto todo aquello que únicamente me instruye pero sin acrecentar o vivificar de inmediato mi actividad.» Johann W. von Goethe




El ciclo del tiempo

La modernidad ha podido lograr grandes avances científicos y técnicos, lo cual nos facilita en gran medida nuestros labores y cuestiones diarias. Sin embargo, ¿es preciso afirmar que estamos mejor que antes? Desde la perspectiva de la duración de vida sí, mas no en lo que concierne a calidad de vida, lo cual también ha sido fuertemente transfigurado por la misma idea materialista que tenemos acerca del tiempo, y del desarrollo mismo. La idea de un progreso indefinido que caracterizó el iluminismo del siglo XIX, sigue teniendo vigencia para muchos al día de hoy, se piensan grandes utopías en torno a un progreso material en el cual dicho desarrollo técnico termina por suplir "todo lo que necesitamos", la idea de un Mundo Feliz como la describía Huxley, es aterradora y espantosa, lejos está de ser siquiera algo imaginable para nosotros. De ninguna manera el progreso material puede eclipsar aquello que se manifiesta -o al menos interpretamos de esa forma- como una sucesión de ciclos similares, ésto no quiere decir, por supuesto, que se trate de que la historia se repite. No hay forma de que un hecho se repita en manera alguna, lo que sí podemos constatar son similitudes de períodos que nosotros mismos catalogamos desde nuestra propia percepción, que no es más que toda metáfora que surge de nuestra invención la cual adquiere una fuerza extraordinaria al principio, va controlando su propia fuerza y va madurando hasta que cae, y luego nos vemos en la obligación de crear otra, ¡por supuesto que tal ejercicio practicado durante siglos y hasta milenios nos trae a colación cierta "similitud" respecto de las otras veces! No hay necesidad objetiva de catalogar al tiempo en ciclos, pero sí una necesidad de tomar una convención que estructure un conocimiento, de lo contrario viviríamos en el caos. Pero volviendo a lo anterior, si realmente no podemos afirmar con certeza aquello que encasillamos dentro de un orden cíclico, pero que en gran medida nos viene sirviendo por el momento, menos aún podemos caer en el absurdo de una idea de que a mayor progreso técnico se está "mejor" que antes, puesto que "mejor" para unos no es "mejor" para otros, y lo que llamamos mejor fue la idea de alguien de llamar mejor una cosa y luego usada para llamarla de otra, ¿hasta cuándo seguiremos hablando de verdades irrefutables en lugar de errores irrefutables?


Ocaso del optimismo racionalista
La vieja idea de que "el conocimiento de un sujeto racional traerá el progreso" es una sucesión de errores tras otra. Por un lado, no todo conocimiento es racional, puesto que hay demasiadas cosas que no son cognoscibles, así como tampoco el hombre es un sujeto racional. La idea de sujeto previa a la acción es la que todavía nos mantiene presos de la identidad de cartón, el "yo" como justificación suficiente o "causal" de uno, en lugar de una identidad basada en lo que dice qué somos, que es nuestro accionar, prueba máxima de nuestra valía y es en definitiva, lo que dice más que un nombre, o al menos, lo que le da real significado. Por otra parte nos queda lo racional, que comprende sólo aquello que es perceptible de ser razonado, el cálculo y la evaluación previa no permiten concretar acciones, sino la parte irracional que resulta fundamental para vivir de forma plena, ésto es: por más probabilidad que conozcamos que poseemos, creer que podemos hacerlo siempre es irracional, porque la certeza de no y de sí no existe, por tanto, la probabilidad remota de lograr tal acto o no siempre desafía nuestra decisión, por tanto resulta siempre la creencia algo de carácter irracional, por más que la probabilidad de concretar el acto sea de 99,9%, ese 0,01% siempre estará jugando. Así como suena enfermizo calcular la distancia por la mitad constantemente y doblando siempre la distancia faltante para cruzar una calle o ir a otro extremo de una habitación, debería darnos cierta familiaridad, ya que estamos muy acostumbrados a la idea de buscar lo seguro en todo, incluso en aquello que nos demanda un salto hacia el vacío. No tenemos relaciones estables porque así no podríamos salir lastimados, nos sobre-abrigamos en invierno para no pescar ni un simple resfriado, mantenemos los ojos grabados a fuego sobre los hijos chiquitos esperando que nunca se caigan, que nunca se lastimen, lo cual los vuelve torpes y brutos con el tiempo. Así como cuando llegamos a dar cuenta de todo a lo que no nos "atrevimos" lo tenemos guardado en una caja la cual no se abrirá nunca, una caja maldita que en caso de ser abierta revela todas nuestras más bajas miserias: el arrepentimiento.



Aniquilación del éxito
En lo que concierne al éxito material, no estoy en contra en absoluto, ¿quién no desea un progreso personal en ese aspecto? He ahí el error de la "humildad" cuando un hombre mediocre de un pasar mediocre o ligeramente austero establece que él no necesita el éxito, lo que en realidad se refiere es que al no poder conseguirlo, tuvo que decir que no lo necesita, es decir, tuvo que forzar su propia necesidad, sin haber establecido el correspondiente cambio de gusto, por tanto, tiene una idea vaga de lo que es el éxito, en voz baja lo desea, pero al no poder obtenerlo por razones de fuerza mayor o falta de creatividad propia, le queda el orgullo, por tanto "no lo necesita", lo cual es bastante lógico, si orgullo es todo lo que queda es evidente que va a sacarle provecho de algún lado; por otra parte, existen quienes lo tienen en abundancia y en el cual depositan todo su orgullo de forma inversa al ejemplo anterior, alegando que se tiene el secreto de la felicidad, cuando en verdad, no se tiene más que una idea fija de lo que significa el éxito mediante la culminación de una utopía, pero al final resulta que no la culminan, ya que nunca es suficiente, de la misma forma en que el "humilde" no consigue auto-satisfacerse sino por la misma utopía, y para eso ambos tuvieron que inventarse su "más allá" para soportar la auto-destrucción de sus propias utopías en el terreno de lo real, ya que más allá del orgullo o el éxito, no tienen nada que los exalte. Vendría siendo hora de dejar de tomar la mediocridad como valor, la vulgaridad y lo que significa el agotamiento propio de necesitar cada vez más o de idealizar una realidad inexistente, y comenzar a tomar como valor, como conocimiento necesario aquello que nos haga vivir, aquello que nos dé más razones para apreciar nuestro alrededor. El absurdo está en buscar la vida eterna o en buscar una vida lo más estirada posible y esquivando la muerte todo lo que se pueda, desperdician una vida tratando de buscar cómo evadir la muerte, lo cual es estúpido y muestra la ineptitud: la muerte no puede ser evadida, por lo tanto los toma por su propia fuerza, mientras que lo que en realidad se pone en manifiesto es que aquello que evadieron todo el tiempo, fue la vida. Ahí es cuando volvemos al mito prometeico donde el hombre acepta lo trágico de la existencia, y el atreverse resulta la verdadera doctrina de vida, en la cual aspirar a lo más alto y grande siempre conlleva la caída del propio poder, ya que el poder no se posee, sólo se ejerce, y todo ejercicio de poder es momentáneo, por tanto, no es posible ejercer el poder y conservarlo, se requiere el constante ejercicio del mismo, para lo cual no se necesita otra cosa que ejercer poder sobre uno primero. Con la caída del héroe, cae la propia gloria, una gloria que con la suficiente hazaña y tenacidad salpicando este espíritu en donde se alcance, puede llevar a la verdadera eternidad, que es al menos, una página en la historia.

Lucas Cianfagna.-