domingo, 28 de mayo de 2023

Federación o Muerte; hoy más que nunca

 


Algunas definiciones 

La cuestión de los regímenes como el federalismo, ha sido tratado por cierta literatura contemporánea, pero nunca a modo prescriptivo, sino meramente como descripción de modelos, tipos ideales y formas de categorizar un régimen de Estado que goza, afortunadamente, de buena prensa, pero a su vez tristemente, es lo único que tiene, buena prensa; el resto queda para la teoría.

Más allá de la teorización sobre tipos ideales y modelos de aproximación, nos interesa generar una reflexión prescriptiva, en criollo: tomar partido por una idea que no ha sido desarrollada demasiado últimamente, más allá de los esfuerzos de algún periodista o divulgador, como es el caso de Santiago Cúneo con su propuesta como precandidato a Presidente en Argentina este 2023, por la que toma partido abiertamente por un diseño de nación confederal. También podríamos mencionar la labor de batalla cultural del divulgador y referente Eric Harris desde su espacio "Se Acabó La Joda", donde enarbola también una idea descentralizada de diseño institucional que genere mayor competencia y equilibre los incentivos, también expresado en una nueva bandera confederal de color azul con 24 estrellas a su alrededor.

Lo que sí trataremos a nivel teórico, es una mínima aproximación a la diferencia fundamental entre federación y confederación, ya que a veces se utilizan de manera intercambiable, pero su diferencia resulta fundamental; tanto para una definición de un régimen de Estado, como para una posible aproximación hacia un modelo de integración regional. La federación y la confederación convienen para distintos ámbitos, y no son susceptibles de ser fusibles uno del otro.


Federación, confederación y secesión 

“Federación” implica por un lado la acción de varias unidades políticas con cierto grado de autonomía por “federarse” justamente, viniendo la raíz del término de foedus, que significa “pacto”. Es decir que toda federación, sea cual sea su origen histórico o procedimental, se estableció a partir de un pacto. Si ocurre de abajo hacia arriba (en términos de distribución de poder vertical) tenemos el ejemplo de Argentina con sus “pactos pre-existentes" al principio de su historia independiente, o el caso de EE.UU. en un término acuñado por la literatura anglosajona llamado “coming together” (unión mutua), o en el caso de “putting together” que es cuando uno o varios poderes federados actúan como centro gravitatorio para una nueva unión, caso de la Confederación Argentina (más allá de diferenciar términos, la dinámica en este caso es la misma); o bien, si se produce de arriba hacia abajo como en los casos de Rusia o India, cuyo poder central era pre-existente, pero en necesidad de mantener unidos nuevos territorios conquistados, se apuesta por descentralizar para ganar a través de confianza y cierta autonomía atribuida (Stepan, 1999). 

Mientras por otro lado, la confederación implica alianza de territorios esencialmente soberanos para la consolidación de una idea/proyecto que los trasciende, pero en nombre de nunca renunciar a sus soberanías. Un ejemplo histórico indiscutido es la conformación de Suiza como nación moderna en un diseño confederal de constitución; el país helvético, si bien conserva la denominación oficial de “confederación”, en los hechos, termina siendo una federación a partir de cierta evolución de la solidaridad y asentamiento de sus pactos políticos. Al día de hoy no existen prácticamente ejemplos de confederaciones propiamente dichas puestas en práctica, los países más federales y descentralizados no dejan de tener un contra-peso en el Estado federal que aglutina a sus territorios federados, ya que áreas como política exterior son inalienablemente asuntos soberanos. Siendo la soberanía un término moderno acuñado por Bodino ante el surgimiento de los Estados-Nación, no puede concebirse dicho término separado de la idea de nación misma, esto es, no se puede hablar de soberanías sub-nacionales sin deslizarse por el separatismo o la secesión, ya que la confederación aplicada en lo práctico opera más como una figura de Derecho Internacional que como una real aplicación para un sistema de Estado. 

La soberanía es un concepto de evolución de la unidad política a través de la historia, poner la soberanía en un nivel inferior hoy equivale a designar una unidad política nueva, pero entonces más pequeña, un estado-nación nuevo secesionado de su unidad anterior. Esto trae otros problemas, como ocurre a nivel práctico con los intentos de separatismo en diversos países como España, que es un fuerte componente étnico-identitario y hasta racista en algunos casos, identificando de manera regresiva a la nación con una única y monolítica etnia. Discursos que al no prosperar como políticas en un Estado unificado y fuerte (Alemania 1933-45), pretenden establecerse a partir de la separación de los elementos que “ya no podrían purificar”. También existen argumentos (o excusas) a nivel económico que de manera insólita propician la idea de separación porque “la Nación nos cuesta mucho”, cosa que lamentablemente, no estarían del todo errados, salvo por enunciar que de separarse resolverían sus problemas, los ejemplos de balcanización muestran en la historia más bien todo lo contrario. Pero precisamente conviene detenerse en ciertas consideraciones que hacen al carácter empírico de un diseño federal, que tiene que ver con el presupuesto y las consideraciones que hacen a la efectividad de mecanismos federativos de políticas. 


El paradigma de Estado logístico: ¿en crisis? 

Si algo generó el proceso de cambios políticos que decantaría en la “Revolución francesa” es consolidar un paradigma de Estado centralizado, acaparador de recursos, presupuesto y mecanismos de control, lo que equivale a decir: acaparador de atribuciones, poder real de decisión sobre la administración más fina de recursos y capacidad de generar empleados públicos. Tanto los jacobinos de la guillotina, como la dinastía Bonaparte y hasta los Borbones, acordaron en la necesidad de centralizar y quitar intermediarios de las decisiones mínimas para hacerse del gran botín de recursos. Historiadores europeos como Eric Hobsbawm, coinciden en que la “Revolución” tuvo más de propaganda y continuidad que de ruptura, incluso en lo que refiere al paradigma liberal que pretende combatir el nepotismo monárquico y el exceso de Estado, siendo que la “carrera abierta al talento” garantizaba para aquellos que no daban en los negocios una carrera vitalicia en la planta permanente del Estado mismo como profesionales, multiplicando hasta tres veces en las flamantes repúblicas liberales el gasto en burocracia y administración para generar las instituciones “revolucionarias” (Hobsbawm, 1962). Nada nuevo bajo el sol. 

Volviendo por un momento al mencionado Napoleón Bonaparte, entre el desarrollo de su guerra revolucionaria por el continente europeo para instaurar el nuevo código civil y comercial, y la declaración de derechos del hombre, llevó en su diseño de Estado un paradigma que compartía hasta con sus mismos enemigos que resistieron a sus invasiones: el del Estado como centro logístico de la guerra. Esto no es menor, ya que un enemigo que lograría sacarlo del mapa político europeo como Clausevitz, establecería el mismo criterio de continuidad entre “política” y “guerra” por medios diversos, pero con un hilo conductor, la logística como motor.  

La centralización respondía entonces, por un lado, a un concepto de representación política que responde al desarrollo de la idea de democracia, es decir, de representar al "demos", más allá de los territorios y las regiones al interior de cada nación; y por otro lado a una necesidad de continuación de la guerra, ya sea para consolidar la revolución, como para aplacarla (caso Bismarck y la unificación alemana). De todas maneras, el paradigma de centralización burocrática en mayor o menor medida había triunfado, y los Estados-Nación en el mundo occidental tendían en esta dirección sin excepciones, aunque con velocidades y matices distintos. Hasta en el EE.UU. del S. XIX/XX, el paradigma del General Sherman sería el mismo: el éxito de todo proyecto de nación está en la logística. Este paradigma que lideró la tensión entre guerra-política o revolución-restauración responde a un criterio tecnológico, ya que el Estado moderno hobbesiano se erige como una tecnología de poder, aparentemente desprovista  de la necesidad de una justificación por fuera o por encima de la misma idea política; vale decir, que el poder es en sí mismo la propia justificación del Estado, es una idea de poder sui generis, sin deberle nada a la moral, a la idea de Verdad, o a algún residuo metafísico. Se trata de lo político presentado como un fenómeno a priori autónomo de todo lo demás, cosa que luego sería desarticulada por el autor que estamos a punto de mencionar. 


El concepto de partisano como crisis 

Hasta acá pareciera que el paradigma logístico se habría consolidado e incluso ante los intentos globalizantes de los organismos internacionales habría sido un éxito para garantizar la “gobernanza global”, pero acá entra un aspecto fundamental que Carl Schmitt puso sobre la mesa al hablar del concepto de partisano y sus características. La lucha irregular del partisano sería abordada desde su histórica aparición precisamente como respuesta a las guerras napoleónicas y qué impacto tuvo a lo largo de la historia reciente en el Derecho Internacional. Ante las características que define Schmitt del partisano, conviene analizarlas en profundidad con los casos actuales y reales: intenso compromiso político con el territorio que habita, movilidad constante sin una táctica definida a priori, irregularidad en su función y si porta o no armas ya que configura un partido irregular, y por último su fuerte carácter telúrico, esto es, al romper con la naturaleza de regularidad de un Estado y su ejército, no requiere de logística, sino de vinculación directa y estrecha con el lugar. Considerando estas características fundamentales, el partisano no sería para Schmitt un resultado de la evolución tecnológica como podrían argumentar Hobbes y otros materialistas modernos, sino por el contrario, el sujeto político “partisano” sería el detonante del cambio tecnológico, ya que pone en jaque con sus cuatro componentes a la justificación de una centralización del poder en todo su presupuesto y sus atribuciones, a saber, en el carácter logístico de un Estado centralizado. 

Ante amenazas de guerra irregular como supone hoy el terrorismo y más propiamente el narcotráfico como fenómeno regional, conviene tomar estas mismas características del partisano descritas por Schmitt para entender su naturaleza. Para lo cual, cabe hacernos las preguntas pertinentes: ¿Mantienen las organizaciones terroristas o narcos un fuerte compromiso político? Sí, tanto sea en acciones separatistas desde ideologías fuertes, o en las bandas por cooptación o soborno del poder político regular. ¿Poseen una movilidad extrema cuyas tácticas se ajustan al día a día? Efectivamente, por eso se tienen fenómenos de “ajustes de cuentas”, o bien incendios ocasionados, toma de comisarías o intendencias, todo ello acorde a los sucesos políticos del momento. ¿Conservan el carácter irregular? Desde ya, al no reconocer al Estado como autoridad y hasta desafiarlo hasta en su existencia como identidad común, se está al margen de la ley, y no necesariamente teniendo a su medio armas de fuego o determinado nivel de tecnología militar. Y finalmente, ¿son telúricas estas figuras partisanas del terrorismo o el narcotráfico? Lo son, ya que lo más contundente que han hecho para desarticular el paradigma logístico es precisamente no depender de una logística, sino de la vinculación con el territorio en el que actúan. 


Federación: Territorio y representación funcional

Como conclusión final, se puede mencionar el aporte más importante sobre la teoría del partisano que engloba todos los planteos que mencionamos más arriba, y es que el partisano, a la manera en que Schmitt concluye su libro, representa una pregunta como enemigo del “¿Quién soy?”, y sobre todo, representa como desafío un nuevo entendimiento sobre la realidad territorial, o como diría él, “un nuevo nomos de la tierra”, entendiendo este término como la ley esencial, no positiva, sino existencial, de hecho (Schmitt, 2010). Esta nueva ley fundamental de la tierra, implica que combatir a un enemigo irregular que pone en riesgo la existencia misma del Estado, nos deja ante la pregunta de quiénes somos, más aún en un país como el nuestro que resulta azotado por la corrupción, la falta de un proyecto de nación y un horizonte cierto, más que nunca debemos preguntarnos por lo que somos o más bien, lo que queremos ser. Pero a ello le sigue la otra cuestión, que el desafío no puede darse sobre un paradigma perimido como lo es el del Estado centralizado y logístico para combatir a un enemigo que no sólo no necesita de esas herramientas, sino que incluso, aprovecha la centralización de los recursos y la conformación de un país macro-encefálico, para debilitarlo en sus regiones periféricas a partir de que la mayor parte de sus recursos para defenderse habrían sido sustraídos por el Estado central. 

La nueva aparición de fenómenos que hemos definido como partisanos en esta época que revolucionan la forma de entender la organización del Estado, nos deja ante la necesidad de invertir el esquema de asignación de recursos. Ciertamente no pueden las provincias o los estados sub-nacionales recibir las migajas de la coparticipación de lo recaudado por el Estado central, sino por el contrario, el Estado si es federal, debiera recibir el aporte de cada provincia para proveer a la estrategia de defensa nacional que mancomuna los esfuerzos regionales. Pero no debe confundirse esto con una confederación, ya que la misma supone un mero esquema de alianzas soberanas, y acá reafirmamos como único soberano el Estado-Nación, pero sí respetando la tradición de pactos pre-existentes que surgiera en la conformación de Argentina como país independiente, la federación de provincias que la componen supondrían una autonomía de disponer de recursos y burocracia propia, sin por ello mermar en lo fundamental del Estado federal que es el cumplimiento de la estrategia de defensa para su supervivencia y acrecentamiento de su poder como unidad política. 

La literatura descriptiva sobre el federalismo ha llevado a la academia a defender el status quo que sostiene la "democracia" por sobre la idea de federalismo, como si defender el "demos", o sea, la representación demográfica tuviese alguna virtud. Ya con el problema de los cupos vemos la ineficacia de su puesta en práctica, a ningún país ni a ninguna población se le solucionan sus problemas porque haya un equivalente proporcional de los atributos demográficos en las áreas de gobierno y del parlamento, porque lo fundamental de la representación política es precisamente eso: ¡Que sea política! Y por lo tanto, en defensa del interés de los ciudadanos en su carácter público como sujetos de derecho de una nación, es decir, el interés nacional es la única representación posible y práctica. 

Lo que demuestra funcionalidad es un territorio bien representado, porque eso garantiza además la única igualdad posible, la igualdad ante la ley, por la cual el voto de un compatriota no queda diluído en el distrito más populoso que definiría la elección para todo el país y consolida este esquema de un país macro-encefálico con un cuerpo raquítico, lo que también lleva a fenómenos como la creciente conurbanización, y de allí, marginalidad y florecimiento de fenómenos de narcotráfico y crimen organizado en las periferias de los centros urbanos; con lo cual, el arraigo territorial resulta un imperativo, no sólo para representar al conjunto total de ciudadanos en un bien común, sino también para tener una dimensión real de los problemas al nivel más llano posible. La federación como mecanismo para solucionar problemas y descomprimir la centralización compulsiva de recursos (robo a las provincias) requiere de un rediseño presupuestario y fiscal, pero como concepto más elevado, requiere recuperar el espíritu de nuestros padres fundadores, que desde posiciones diversas, llegaron a la misma conclusión más allá de nombres: que los pactos pre-existentes tendrían como objeto consolidar la unión nacional. 

Lucas Cianfagna.- 

domingo, 26 de marzo de 2023

Los dos rostros de Tucídides: Una lección de Prudencia

 

 

El legado de Alison: De China al Peloponeso  


Analizando la perspectiva que trajo Graham Alison en el 2015, citando la Historia de la Guerra de Peloponeso a raíz del contemporáneo avance chino como potencia emergente frente a la hegemonía estadounidense, presenta varios aspectos a señalar. Por un lado, el autor nos muestra que ante un escenario de una potencia emergente que amenaza a la ya consolidada, es altamente probable que más tarde o más temprano, surja una confrontación armada. Para esto, el autor y protagonista de buena parte de la política exterior estadounidense se vale de 16 ejemplos históricos, de los cuales 13 confirman su hipótesis (81,3%). Por otro lado, el mismo autor se propone recoger los elementos que puedan explicar y anticipar un escenario donde la guerra pudiera ser evitada. 

 


Un problema de variables  


La primer cuestión a considerar, es que Alison enfatiza como variables la relación potencia hegemónica y potencia emergente, explicando los riesgos de confrontación abierta y la rivalidad al orden imperante, para lo cual también incluyó en sus casos muestrales, el ascenso de la Alemania nazi frente al poderío británico. 


La segunda cuestión a considerar, es que el autor intenta desentramar en qué casos se puede evitar la guerra, y bajo qué condiciones la guerra se hizo inevitable. Propongo entonces seguir con el ejemplo de Alemania y Gran Bretaña en la Segunda Guerra Mundial y pensar comparativamente la historia de la Guerra del Peloponeso. En primer lugar, porque en ese entonces, había una potencia hegemónica que se caracterizaba por su impronta militarista, si hablamos de Esparta, y una potencia emergente que poseía una impronta más de dominio regional y cultural (Atenas).  


En comparación fue Alemania como potencia emergente que en la Segunda Guerra Mundial se ungió con impronta militarista frente a una serie de potencias que tenían un dominio cultural y económico. En el caso de Esparta, fue depuesta frente a Atenas, y en el caso de Alemania no llegó a ser suficiente su estrategia para imponerse ante Gran Bretaña, y mucho menos ante la otra potencia emergente: EE.UU. Lo cual nos lleva a revisar la variable independiente "potencia emergente" o "potencia hegemónica", o al menos a agregar otra: "impronta o lugar que se busca ocupar en el Sistema Internacional".  


 

¡Es el lugar en el Sistema Internacional, estúpido!  


Lo que varía en las consecuencias entre el caso de la Segunda Guerra y la Guerra del Peloponeso, además del resultado, es el lugar que cada potencia ocupaba (en el caso del hegemón) o pretendía ocupar (en el caso del emergente) lo que terminó definiendo quién sería vencedor de la contienda a largo plazo. Alemania previo a la Primera Guerra Mundial presentó una estrategia similar frente a las potencias aliadas de ese momento, y el resultado, sin sorpresa, fue el mismo. Mientras que la impronta de Atenas como potencia que busca un dominio político regional y de influencia, fue un factor por demás importante, puesto que crearía las condiciones favorables de disputar la hegemonía a la potencia hasta entonces vigente, estrategia que en la Segunda Guerra Mundial SÍ siguió EE.UU.  

 


Más allá de la guerra...más allá del militarismo 


Desde un punto de vista actual, se podría considerar el mismo ejemplo, sin un conflicto aún a la vista, pero sí para evaluar la relación entre posiciones de dos potencias que en cierta medida disputan por influencia regional: Rusia y China. Sin importar que Rusia supere aún al Gigante Asiático en capacidad militar, China aún tiene ventaja en una relación asimétrica entre aquellas dos potencias emergentes (o casi consolidadas), más allá de su relación cooperativa en muchos ámbitos. 


El resultado decadente del liderazgo estadounidense ante sucesivos gobiernos que destruyeron su credibilidad, salvando el caso de Trump en varios aspectos donde trató de acercar a Rusia a Occidente con un relativo éxito, el giro de Biden hacia la agresividad propia de un imprudente, llevaron a que Rusia eligiese los brazos de China, ante un mundo que se termina, y ante otro que da comienzo donde el grueso de inversiones, influencia financiera relativa y acuerdos de cooperación en áreas estratégicas estaría más hacia el Este que hacia el Oeste, marcando el ocaso de Occidente, que por falta de liderazgos eminentemente políticos y una excesiva burocracia, ha relegado sus últimos vanos esfuerzos en la emergencia ucraniana, generando una auténtica crisis, no sólo energética, sino también en su capacidad de imponer reglas de juego. El mundo ya no es el mismo, Rusia y China lo saben. 


Ahora bien, la relación de Rusia y China, precisamente por este mismo escenario ha acentuado el rol predominante de China como potencia influyente tanto en economía como en cultura, generando lo que sería un auténtico hegemón regional, frente a una Rusia con plenas capacidades militares, pero sin un tejido político-cultural, sin la seda que históricamente ha venido tejiendo el Gigante Asiático desde principios del S. XX, con altibajos, pero en definitiva, consiguiendo para este nuevo siglo los resultados que siempre buscó. 


 

Conclusiones 


Volvemos a lo mismo, lo que podamos considerar en relación a potencias nuevas y viejas, emergentes o vigentes, es más allá de la guerra y más allá de quién ocupe qué etiqueta. Es más bien el rol o la impronta que se busque generar en el Sistema Internacional lo que termine consolidando un resultado victorioso, se vaya o no a una confrontación militar. Aún teniendo en hipótesis el conflicto posible por Taiwán, podemos ver los resultados del más reciente en Ucrania, donde se dio un auténtico caso de guerra proxy (ver Guerra Civil Española y las potencias involucradas), no vemos por qué debiera ocurrir de otro modo en Taiwán, ya que es más “seguro”, no requiere llegar al empleo o amenaza de arsenal nuclear, y permite en realidad consolidar posiciones para que la potencia capaz de garantizar las condiciones del cese de fuego lo haga, como lo fue en el caso de Ucrania, China, y en el caso de Taiwán, más aún. 

 

Lo que nos lleva a pensar en un escenario más desconcertante que el que proponía Alison, donde la rivalidad de China amenazaría a un EE.UU. con aún alguna posición de hegemonía. En este escenario la rivalidad sería resuelta pero ya no con un conflicto armado convencional y abierto, sino directamente por el peso político de los meros acontecimientos a nivel internacional como ya se están viendo, donde el Nuevo Orden Mundial que se perfila como multipolar, al menos por regiones o bloques, genera resultados de cambio y ruptura del status quo global, pero sin un disparo. Esto también se convierte en un punto más que importante a considerar desde la perspectiva de países de la periferia como el nuestro, si quiere encarar una estrategia de mayor autonomía a nivel internacional y de disminuir su situación de periferia dentro del mismo sistema.  


Nuevamente la antigüedad y Tucídides nos dan una lección de Prudencia, donde las guerras que mejor se ganan son las que ni siquiera el enemigo las percibe como tales, o al menos donde la mejor arma es la verdadera política, que como diría Clausevitz, es la mejor forma de hacer la guerra, por otros medios.  


Lucas Cianfagna.-

miércoles, 12 de enero de 2022

Nueva Derecha: De pie frente a la banalidad totalitaria


Conviene que hagamos algunas reflexiones sobre lo que consideramos acerca de la izquierda como tal, y más propiamente del progresismo contemporáneo, para no caer en esa generalización en que se suele incurrir cuando se habla del sector de la derecha. En primer lugar, hay que remarcar el prejuicio que existe en el propio campo: cuando se caracteriza a la izquierda desde una posición moral, no se entiende que estamos discutiendo en términos políticos, como diría Carl Schmitt, lo político tiene sus propias características y dialécticas. No depende de otras disciplinas ni enfoques para ser definido. Por lo cual, una conceptualización política desde un sentido moral sólo puede servir a fines morales, pero no necesariamente políticos, y a veces, hasta es contra-producente, como lo es el caso de caracterizar "cómo es la izquierda".

¿A que nos referimos? A algo muy concreto, y es esa tendencia a absolutizar el rol de la izquierda como si se tratase de la encarnación misma del mal, idea peligrosa, puesto que toda dualidad bien-mal no debidamente superada termina desembocando en un fatalismo, y de la peor clase, lo cual es por definición contrario a la idea de libertad que desde estas filas se trata de defender. La idealización de la izquierda como una fuerza con una esencia propia es algo que ya había analizado una gran filosofa del pasado siglo que fue Hannah Arendt, no respecto a la izquierda, pero sí respecto a la noción de "mal" vinculada a lo político y al totalitarismo. 

Lo que ella refería con su famoso texto de "La banalidad del mal", es la naturaleza puramente mecanicista e irreflexiva de la acción política, que por su propia dinámica de repetición termina generando una burocracia tal que es capaz por sus propios medios de ejecutar las acciones más deplorables a nivel humano. Sin pretender darle una interpretación monopólica al fenómeno de la izquierda, parece bastante comparable con la lógica argumental de Arendt. 

Veamos, la izquierda actual, o la Nueva Izquierda, como la han definido varios autores, se compone en su acción política concreta de personas que llevan a la práctica ideas que sólo se les han fijado por una continua repetición, casi como un estímulo-respuesta de asociación inmediata "Izquierda buena, derecha mala" y sus derivaciones posteriores, de la misma manera en que podríamos nosotros incurrir si no tomamos las debidas precauciones y si no nos prestamos a una reflexión ética de lo que significa para nosotros una Derecha, y por qué nos oponemos a esta hegemonía cultural izquierdista.

Este alejamiento de la reflexión real sobre los postulados que dice defender, es incluso uno de los puntos que más se suelen denunciar de la Nueva Izquierda, y sobre todo el alejamiento de aquellos postulados con su aplicación y los efectos producidos en la realidad misma, como son el caso del feminismo y su impacto real en la defensa de la mujer, produciendo mujeres que denuncian a otras por sospechar del propio discurso feminista, o los "social justice warriors" que en la práctica no son más que censuradores crónicos bajo la excusa de defender una sociedad más justa e "igualitaria", como si aquellas dos cosas fueran compatibles. Por todo esto, es imperioso que no se pierda el debate interno, aún sin llegar a conclusiones definitivas, pero sin duda que debemos apuntar alto si queremos mantener la buena exigencia sobre nosotros mismos. 

Ahora bien, cabe incluir algunas reflexiones sobre la necesidad de darle un fundamento quizá más sólido a la idea de Nueva Derecha, en vez de dejarla caratulada como la mera unión de sectores afines en contra de la Nueva Izquierda y el progresismo, ya que si queremos renovar las formas de pensar mientras somos fieles a ciertos principios, no podemos estancarnos en categorías que forman parte de la antigua división de la cual venimos, así como de la misma manera no conviene hablar ya de "libertarios", "conservadores", "nacionalistas" en sentido estricto, sino ya de "derechistas" en la actitud eminentemente política de designar amigos y enemigos.

Quien viene haciendo un gran labor en re-pensar estas categorías y las catacterísticas de un enfoque político de la Nueva Derecha es Agustín Laje, sin lugar a dudas. Dicho autor ha dado una vuelta de tuerca interesante en un análisis reciente, que tiene que ver con algunas consideraciones que hacen a posibles dogmatismos de ciertos elementos que no pueden desprenderse de su pasado ideológico para conformar eficazmente la Nueva Derecha. 

Se refirió por un lado al economicismo propio de algunos sectores libertarios, algo que ya otros autores como Julius Evola han denominado: "el demonismo de la economía", el creer que la economía es el principio y el fin, que produce una confusión notable entre necesidades reales como se ve en un contexto sudamericano y el extremo de creer que todo tiene una solución de mercado, cuando ni siquiera sus exponentes más importantes creían tal cosa, desde el clásico Adam Smith hasta el paleo-libertario más contemporáneo Murray Rothbard. Esto deviene en un dogmatismo propio de la izquierda, lo cual solemos criticar y de lo cual hay que librarnos. El demonismo de lo económico es no comprender la primacía y la autonomía de lo político respecto de las esferas "sociales", del mundo "natural" y de los aspectos vegetativos (pasivos) de la vida de las personas que responden más bien a necesidades que a principios, es decir, lejos de la libertad de lo que se reafirma activamente, aquello que sólo le pertenece al mundo de lo político, capaz de ordenar jerárquicamente e imprimir una forma, una ética, un destino.

Por otra parte, Laje menciona otro dogmatismo importante que es muy común en los ambientes derechistas de la Argentina: el hiper-religiosismo, y no me refiero a la actitud religiosa en sí, sino a la imposibilidad de trascender postulados teológicos para la construcción de una idea política, es decir, se vuelve a caer en lo que antes mencionábamos, el prejuicio de lo moral, recordando (las veces que haga falta) que lo político contiene sus propias categorías, no necesita el auxilio de ningún otro enfoque. Así como la moral tiene las categorías de "bueno/malo", la economía tiene sus categorías de "rentable/no-rentable", y la estética "bello/feo", la política tiene las suyas propias, al decir de Schmitt, "amigo/enemigo", y ninguna otra conforma una necesidad ni en amigos ni en enemigos.

Ahora bien, una tercera observación que realizó fue la que más llama la atención por su contundencia y su sentido realmente polémico, es decir, auténticamente político: el cuestionamiento a la caracterización de "conservadores", puesto que, "no hay realmente mucho para conservar del orden actual". Pero no siendo aún suficiente, redobla la apuesta afirmando que es preciso incluso usar la palabra "reaccionario" sin miedo, cosa que nos sorprende enormemente, pero que sin duda adherimos. Así como también podríamos adherir a la categoría usada en el mundo de habla inglesa como es "radical right", o "derecha radical", sin confundir con el argentino partido radical (U.C.R.), el cual está prácticamente en las antípodas de lo que tratamos de definir e impulsar.

En este punto sería bueno detenerse, porque es quizá el punto donde se pueda dar un fundamento sólido a la Nueva Derecha. La radicalidad en una postura propiamente de derecha significa que tal postura posee "raíces", no hace a una cuestión extrema, sino a algo que "tiene los pies sobre la tierra" como la misma etimología lo anticipa, de manera que gran favor nos hacen nuestros detractores al usar el término. Contar con un principio a defender y con un fundamento civilizacional como lo puede ser la defensa de Occidente, los valores heroicos, la jerarquía, la libertad entendida en el marco de responsabilidad personal y con ello el anti-igualitarismo, le da una connotación distinta a un término que se pretendía usar como una simple etiqueta. 

Es ahí precisamente donde tenemos la posibilidad de trascender el puro plano retórico de definirse por aquello a lo que combatimos, sino más bien por aquello que defendemos. De la misma manera en que podemos, al decir de Laje, afirmar que no hay nada para conservar en una época donde un verdadero orden de cosas está invertido, donde los principios propios de un orden normal (normativo) están dados vuelta. Es precisamente una actitud de "restauración" la que nos compete, una "revolución" pero con su antiguo significado, del que tuviera antes de la infame y ya mencionada "Revolución francesa". Lejos de buscar subvertir un orden, se lo buscaría restituir en todas sus cualidades.


Como comentario final, habría que destacar en contraposición a una idea "radical" en sentido estricto, una idea meramente "extrema", donde se podría depositar el mote de "totalitario", "usurpador del poder", "ilegítimo"; y con esto referirnos a la Nueva Izquierda. No sólo en cuestión de adherir a un orden invertido, a un sistema ilegítimo, incluso en el plano de las ideas llevadas a la acción, la izquierda resulta, retomando a Arendt, la banalidad de su pensamiento, y como ella misma definió al mal, también podríamos definir a la izquierda, al menos la actual, como carente de raíz de algún tipo, carente de fundamento primero y último, carente de principio, puesto que su único propósito es la destrucción de todo principio, de todo fundamento que le dé a un individuo la posibilidad de pararse frente a la caótica y totalitaria realidad que el sistema impone.

Puesto que no hay peor totalitarismo donde los liderazgos se diluyen y el sentido burocrático, mecanicista y repetitivo de un cuerpo muerto, impone sus reglas por inercia, allí encontramos nuevamente una idea extrema, porque es llevada al extremo desde un supuesto sentido lógico que se perdió entre las miles de repeticiones, carente de reflexión, carente de una ética, de un ethos determinado; pero no una idea radical, porque todo ello implica precisamente carecer de raíz alguna, inclusive aquellas viejas raíces que la izquierda de antaño pudo haber sostenido alguna vez.


Debemos estar muy despiertos en el momento actual de la historia en el que la Nueva Izquierda amenaza a todo el continente con tomar todas las instituciones por asalto, como lo expresaron sin medias tintas en el documento del Foro de Sao Paulo. Entender cómo son nuestros enemigos, no en términos morales, sino en términos precisamente políticos, porque ellos mismos se declaran enemigos frente a nosotros, frente a quienes sostenemos un orden que prevalezca sobre el caos totalitario que tanto reivindican. Tenemos una respuesta hacia los enemigos del orden, del imperio de la legalidad, de la unidad nacional, de la libertad personal, en nombre de un igualitarismo que destruye la verdadera diversidad de pensamiento; a todo ello se le podrá oponer una Nueva Derecha con un radical fundamento, ya no desde la unión contra todo lo que son ellos, sino precisamente desde la defensa de  lo que somos, que ya hemos mencionado.


Lucas Cianfagna.-