domingo, 26 de marzo de 2023

Los dos rostros de Tucídides: Una lección de Prudencia

 

 

El legado de Alison: De China al Peloponeso  


Analizando la perspectiva que trajo Graham Alison en el 2015, citando la Historia de la Guerra de Peloponeso a raíz del contemporáneo avance chino como potencia emergente frente a la hegemonía estadounidense, presenta varios aspectos a señalar. Por un lado, el autor nos muestra que ante un escenario de una potencia emergente que amenaza a la ya consolidada, es altamente probable que más tarde o más temprano, surja una confrontación armada. Para esto, el autor y protagonista de buena parte de la política exterior estadounidense se vale de 16 ejemplos históricos, de los cuales 13 confirman su hipótesis (81,3%). Por otro lado, el mismo autor se propone recoger los elementos que puedan explicar y anticipar un escenario donde la guerra pudiera ser evitada. 

 


Un problema de variables  


La primer cuestión a considerar, es que Alison enfatiza como variables la relación potencia hegemónica y potencia emergente, explicando los riesgos de confrontación abierta y la rivalidad al orden imperante, para lo cual también incluyó en sus casos muestrales, el ascenso de la Alemania nazi frente al poderío británico. 


La segunda cuestión a considerar, es que el autor intenta desentramar en qué casos se puede evitar la guerra, y bajo qué condiciones la guerra se hizo inevitable. Propongo entonces seguir con el ejemplo de Alemania y Gran Bretaña en la Segunda Guerra Mundial y pensar comparativamente la historia de la Guerra del Peloponeso. En primer lugar, porque en ese entonces, había una potencia hegemónica que se caracterizaba por su impronta militarista, si hablamos de Esparta, y una potencia emergente que poseía una impronta más de dominio regional y cultural (Atenas).  


En comparación fue Alemania como potencia emergente que en la Segunda Guerra Mundial se ungió con impronta militarista frente a una serie de potencias que tenían un dominio cultural y económico. En el caso de Esparta, fue depuesta frente a Atenas, y en el caso de Alemania no llegó a ser suficiente su estrategia para imponerse ante Gran Bretaña, y mucho menos ante la otra potencia emergente: EE.UU. Lo cual nos lleva a revisar la variable independiente "potencia emergente" o "potencia hegemónica", o al menos a agregar otra: "impronta o lugar que se busca ocupar en el Sistema Internacional".  


 

¡Es el lugar en el Sistema Internacional, estúpido!  


Lo que varía en las consecuencias entre el caso de la Segunda Guerra y la Guerra del Peloponeso, además del resultado, es el lugar que cada potencia ocupaba (en el caso del hegemón) o pretendía ocupar (en el caso del emergente) lo que terminó definiendo quién sería vencedor de la contienda a largo plazo. Alemania previo a la Primera Guerra Mundial presentó una estrategia similar frente a las potencias aliadas de ese momento, y el resultado, sin sorpresa, fue el mismo. Mientras que la impronta de Atenas como potencia que busca un dominio político regional y de influencia, fue un factor por demás importante, puesto que crearía las condiciones favorables de disputar la hegemonía a la potencia hasta entonces vigente, estrategia que en la Segunda Guerra Mundial SÍ siguió EE.UU.  

 


Más allá de la guerra...más allá del militarismo 


Desde un punto de vista actual, se podría considerar el mismo ejemplo, sin un conflicto aún a la vista, pero sí para evaluar la relación entre posiciones de dos potencias que en cierta medida disputan por influencia regional: Rusia y China. Sin importar que Rusia supere aún al Gigante Asiático en capacidad militar, China aún tiene ventaja en una relación asimétrica entre aquellas dos potencias emergentes (o casi consolidadas), más allá de su relación cooperativa en muchos ámbitos. 


El resultado decadente del liderazgo estadounidense ante sucesivos gobiernos que destruyeron su credibilidad, salvando el caso de Trump en varios aspectos donde trató de acercar a Rusia a Occidente con un relativo éxito, el giro de Biden hacia la agresividad propia de un imprudente, llevaron a que Rusia eligiese los brazos de China, ante un mundo que se termina, y ante otro que da comienzo donde el grueso de inversiones, influencia financiera relativa y acuerdos de cooperación en áreas estratégicas estaría más hacia el Este que hacia el Oeste, marcando el ocaso de Occidente, que por falta de liderazgos eminentemente políticos y una excesiva burocracia, ha relegado sus últimos vanos esfuerzos en la emergencia ucraniana, generando una auténtica crisis, no sólo energética, sino también en su capacidad de imponer reglas de juego. El mundo ya no es el mismo, Rusia y China lo saben. 


Ahora bien, la relación de Rusia y China, precisamente por este mismo escenario ha acentuado el rol predominante de China como potencia influyente tanto en economía como en cultura, generando lo que sería un auténtico hegemón regional, frente a una Rusia con plenas capacidades militares, pero sin un tejido político-cultural, sin la seda que históricamente ha venido tejiendo el Gigante Asiático desde principios del S. XX, con altibajos, pero en definitiva, consiguiendo para este nuevo siglo los resultados que siempre buscó. 


 

Conclusiones 


Volvemos a lo mismo, lo que podamos considerar en relación a potencias nuevas y viejas, emergentes o vigentes, es más allá de la guerra y más allá de quién ocupe qué etiqueta. Es más bien el rol o la impronta que se busque generar en el Sistema Internacional lo que termine consolidando un resultado victorioso, se vaya o no a una confrontación militar. Aún teniendo en hipótesis el conflicto posible por Taiwán, podemos ver los resultados del más reciente en Ucrania, donde se dio un auténtico caso de guerra proxy (ver Guerra Civil Española y las potencias involucradas), no vemos por qué debiera ocurrir de otro modo en Taiwán, ya que es más “seguro”, no requiere llegar al empleo o amenaza de arsenal nuclear, y permite en realidad consolidar posiciones para que la potencia capaz de garantizar las condiciones del cese de fuego lo haga, como lo fue en el caso de Ucrania, China, y en el caso de Taiwán, más aún. 

 

Lo que nos lleva a pensar en un escenario más desconcertante que el que proponía Alison, donde la rivalidad de China amenazaría a un EE.UU. con aún alguna posición de hegemonía. En este escenario la rivalidad sería resuelta pero ya no con un conflicto armado convencional y abierto, sino directamente por el peso político de los meros acontecimientos a nivel internacional como ya se están viendo, donde el Nuevo Orden Mundial que se perfila como multipolar, al menos por regiones o bloques, genera resultados de cambio y ruptura del status quo global, pero sin un disparo. Esto también se convierte en un punto más que importante a considerar desde la perspectiva de países de la periferia como el nuestro, si quiere encarar una estrategia de mayor autonomía a nivel internacional y de disminuir su situación de periferia dentro del mismo sistema.  


Nuevamente la antigüedad y Tucídides nos dan una lección de Prudencia, donde las guerras que mejor se ganan son las que ni siquiera el enemigo las percibe como tales, o al menos donde la mejor arma es la verdadera política, que como diría Clausevitz, es la mejor forma de hacer la guerra, por otros medios.  


Lucas Cianfagna.-

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