"El verdadero fin del Estado: la existencia olímpica y la génesis y preparación constante del genio, respecto del cual todos los demás hombres sólo son instrumentos, medios auxiliares y posibilidades, es descubierto en aquella gran obra y descrito con firmes caracteres por una intuición poética. Platón hundió su mirada en el campo espantosamente devastado de la vida del Estado y adivinó la existencia de algo divino en su interior. " Friedrich Nietzsche
Juan Manuel de Rosas fue sin duda un restaurador, ¿pero por qué? Se suele resumir todo el bagaje en torno a su tan célebre apodo al simple acto de devolver un orden en una situación digna de un análisis hobbesiano de bellum omnium contra omnes, donde el caudillismo era la moneda corriente, y los conflictos de tipo económico parecían explicar todo el escenario en que se vivía. No obstante esto es insuficiente, y por ello me propongo hacer la correspondiente reivindicación de la figura de Rosas, pero no de la manera convencional, sino más bien profundizando cuestiones que van más allá de lo superficial y de lo repetido hasta el cansancio. Así como también, a fin de aclarar ciertas cosas que hoy resultan confusas para muchos, sobre todo teniendo exponentes del campo progresista que de alguna forma trata de hacer una reivindicación, pero brindando las herramientas necesarias, se podrá constatar que dicha reivindicación no es más que absurda y cosmética, y hasta guarda un sentido de usurpación respecto a reivindicaciones históricas más grandes, pero eso es para otra ocasión. En cada aniversario de Rosas conviene recordar en qué consistió lo realmente grande de su figura y su arquetipo para la identidad nacional y la cultura en un sentido que va más allá de su época, ya que tiene una clara proyección hacia el futuro.
Para empezar, podría contestar a la pregunta que formulé al principio: ¿por qué Rosas fue un restaurador? Por una razón más que contundente. Lejos de ser un mero restaurador de un orden cualquiera, fue un restaurador de aquella idea orgánica de ordenamiento fijada en el reconocimiento de una autoritas y de un imperium, que no se proyecta hacia adelante, sino hacia arriba. El fundamento de autoridad reconocía un apoyo popular sin duda, pero aquel no era el centro de la idea, sino más bien la proyección hacia algo más grande, lo cual se traduce en una autoridad que proporcione aquella organización que ubicara a cada grupo social en su respectivo lugar de acción. En la oposición, se encontraba la bestialización y degradación humanas a la cual adherían las teorías progresistas de su época, que paradójicamente -aparente contradicción- suscribían a los intentos británicos de tergiversación antropológica racista, que lejos de entender una cultura en su diversidad y sus composiciones propias, la juzgaba de manera biológica, lo cual aún tiene su sello por el dominio cultural vigente, en expresiones que pertenecen a la disciplina a la que me aboco: "ciencias sociales", "ciencia política", "sociedad y estado", "sociología", términos de laboratorio, ¡casi que imagino politólogos con bata blanca! En cambio, Rosas tenía una concepción totalmente diferente de aquella que entendía la sociedad como un conglomerado de seres biológicos en interacción mutua, él no le quitaba bajo ningún concepto la dignidad al género humano, su valor altivo, su nobleza, expresándose de hecho con repulsión y rechazo absoluto a los presupuestos racistas que pretendían insultar toda sociedad que no fuera de arquetipo anglosajón. En esta valoración superior que tenía Rosas respecto de la sociedad, entendía el fundamento del poder político en base a esta dignidad humana, más allá de ser seres dedicados al comercio, se encontraban personas provenientes de una cultura y un arraigo común más allá de las diferencias entre distintas provincias, aquel origen integrado de un Estado en sentido ascendente como se había vivido anteriormente. Esta integración cultural hacia un sentido ascendente del poder en el plano jerárquico, y la integración de la cultura al plano popular fue lo que convergía a ser la gran aspiración de Rosas y por la cual combatió hasta la última batalla, a pesar de no haber concretado esta idea, su legado y arquetipos están, y aquello es innegable.
En cuanto a la Soberanía Nacional, también debiera profundizarse sobre tal noción, ya que se entiende la defensa de aquello como simplemente una batalla defendiendo un territorio y un canal de navegación comercial. Como dijimos antes, esto no es falso, pero es totalmente insuficiente. Veamos, la defensa de la Soberanía Nacional no es de ninguna manera una pura defensa territorial, tiene que ver con aquello que vengo mencionando del concepto de autoridad fundada ascendentemente y de la integridad cultural general más allá de las particularidades regionales. La soberanía, más allá de lo territorial, comprende el concepto de autoritas y su fundamento de manera integrada con el reconocimiento en la posibilidad, es decir, en la capacidad de Rosas, en este caso, de ser quien tenga en claro los principios por los cuales se pretende nuclear el conjunto de manera orgánica tanto horizontal como verticalmente, y aquello se ve expresado en su deseo por establecer la paz entre provincias antes de llamar a un Congreso Constituyente, pero no por eso dejar de reconocer la necesidad de fundar un imperium en su sentido clásico, encarnado en las leyes que de él emanaban. La continuidad en el tiempo de aquel mandato soberano se encontraba en la ley, que lejos de rechazar la noción de constitución como pretenden algunos, peleaba activamente por una, pero no en los meros sentidos naturales y positivos los cuales erróneamente entraban en puja, sino que en su intención también pretendió integrar ambos aspectos. Por un lado, el derecho natural que proviene de las costumbres y los buenos usos culturales, por otro lado, un aspecto de derecho positivo, donde se redacten con erudición las leyes y atendiendo a los puntos de pericia y tecnicismos propios de la disciplina jurídica; por otra parte, había un tercer elemento que es la fundación de la autoridad de la ley en un principio supremo respecto de las mismas leyes. Todo aquello se vio no obstante expresado en la constitución de 1853, y continúa hoy en nuestra actual constitución, pero de manera errónea e imperfecta, la desactualización y ambigüedad propios de una constitución de carácter liberal y decimonónica con arreglos de siglo XXI, pero cuya estructura que acabo de describir no tiene por qué ser modificada en esencia, sino más bien en su contenido para alcanzar aquel anhelo del Restaurador.
Culturalmente Rosas es fuertemente combatido por sectores de una supuesta "derecha" liberal, y por otro lado, la amplia izquierda que se expresa en socialismos reciclados y tendencias troskistas, las cuales presentan mayores afinidades con aquellos preceptos que ofrecían las fuerzas del "progreso" y las "luces", hoy tan sólo se diferencian entre ellos por aspectos puramente ideológicos, pero en lo fundamental se encuadran todos bajo el mismo rechazo. Ahora bien, existe una supuesta reivindicación progresista que tiene que ver con el ambiente intelectual de los gobiernos que fueron kirchneristas. En tal ambiente, se reduce a Rosas a una mera reivindicación accesoria hecha por Perón, la cual si bien reconozco como válida, pero hecha por estos sectores progresistas de manera desvirtuada y hasta como dije, en forma de usurpación, ya que la concepción defendida por dichos sectores no comulga en absoluto con aquella que Rosas defendió; esto mismo se vio con autores como Arturo Jauretche y Raúl Scalabrini Ortiz, a los cuales pretenden barnizar con una izquierda que nunca tuvieron, no comprendiendo sus raíces filosóficas, ni mucho menos el contexto en el que debatían, tratando de forzar una burda e insultante comparación de aquellas épocas con las actuales, intentando poner en un mismo plano al gobierno con aquellas reivindicaciones históricas, lo cual produce como resultado, que personas ajenas al pasado gobierno sientan rechazo por tales reivindicaciones sin siquiera conocerlas. Esta inclinación progresista que trató de tomar a Rosas, intenta hacer una reconciliación de dos elementos irreconciliables, por un lado, el economicismo sociológico y cultural de Gramsci, y luego, la idea de Soberanía Nacional defendida por Rosas pero mal entendida. Sin mencionar los aspectos de Rosas obviados por estos sectores, como el de una autoridad soberana nucleada de forma orgánica y una ley central que nucleara las pequeñas constituciones provinciales, ideas que iban más en favor de un Estado como el que dirigía Bismarck, a quien Rosas expresó su admiración y su adhesión a la forma organizativa y esquema legal el cual el Canciller alemán había dado a su imperio, ambos en total desacuerdo con los intentos disolutivos que presentaban las supuestas alternativas al liberalismo.
En la realidad el federalismo continúa siendo tan imperfecto como lo fue antes del surgimiento de la figura de Juan Manuel de Rosas, como también lo fue defendido por los infames movimientos disolutivos como lo fue el urquizismo y aquel "Libres del Sur", que representaba un caudillismo en el peor sentido de la palabra. Con esto podemos arribar a otro aspecto malentendido de Rosas, que es el caudillismo. El caudillismo no era particular de Rosas, sino que propiamente era el escenario que reinaba toda la conflictiva situación vivida por las "Provincias Unidas del Río de la Plata", calificativo disolutivo si los hay, puesto que no hay una composición nacional y estatal de manera integral, sino más bien un conjunto de provincias que se unen por beneficios económicos, lo cual deriva en un inmenso conflicto cuando esos beneficios entran en tensión, como naturalmente ocurrió. Pero profundizando en esta revisión, el caudillismo del que es acusado Rosas no sólo es injusto, sino que incluso es incorrecto. Veamos, el intento de Rosas era precisamente el contrario, restaurar la paz entre provincias, pero a su vez generando un fundamento de nación que fuera más allá de las voluntades provinciales, incluso ha sido él mismo que no se reconocía como partidario del federalismo sino como un medio para lograr un fin mayor que es el de una nación integrada de manera real y no meramente legal como se pretendía, con las arbitrariedades que pretendían negociar aquellos caudillos separatistas y la autoridad porteña que sólo pensaba en función de los negocios aduaneros. Es precisamente un caudillo (Urquiza) el que derroca a Rosas, y más aún, defendiendo dicha posición caudillista es como pacta de manera tragi-cómica el traspaso de poder al mando unitario, conservando fortunas, mientras que quien fue acusado de caudillo terminó exiliado y sin nada de dinero, brutal paradoja si las hay. Volviendo al tema de las Provincias Unidas, es importante destacar otro aspecto, que es la constitución de nuestra unidad política -en un sentido histórico de acción- se funda a partir de la voluntad de pactos pre-existentes, es decir, lo que prima no es el principio central de autoridad y de nación, sino el principio de provincia unida bajo intereses en común; no una nación fundada que le da sentido a sus estados provinciales, sino los estados provinciales que le dan sentido a lo nacional en base a una imperfecta y arbitraria unión que genera problemas de gobernabilidad y un excesivo federalismo provincial que es capaz de vetar proyectos de ley nacionales si así lo desean y corresponde a sus intereses. Nuevamente hace falta la idea de imperium, que vaya más allá de los deseos particulares de autoridades que, en mi opinión, tienen demasiado poder de decisión diluyendo toda posible Soberanía Nacional, esto es, aquella defensa de la Soberanía que en su amplio sentido Rosas había hecho, queda sólo redimida a un feriado más, donde descansan aquellos caudillos actuales que en casos, usufructuando su territorio desde hace añares, modificando leyes nacionales a antojo y placer, desintegran la posibilidad de un mandato a nivel nacional sin que pase por la negociación previa con éstos. Razón es esa por la cual, hemos tenido presidentes que se vieron en necesidad de intervenir incluso hasta la totalidad de provincias debido a que les era imposible consolidar una mayoría que les garantice gobernabilidad, lo cual para peor, ha sido modificado en la Reforma del '94, necesitando apoyo de Diputados para hacer una maniobra tal. Este era otro aspecto que me parecía pertinente marcar, la diferencia entre el federalismo de Rosas que era relativo respecto a la autoridad central, y el federalismo que tenemos actualmente que representa a grupos familiares que se instalan en el poder durante décadas, grupos los cuales eran fuertemente combatidos por Rosas.
Continuando con el plano cultural, no hay duda de que Rosas reconocía con orgullo la herencia hispana que había sido uno de los pilares constitutivos de la identidad regional americana, pero no limitándola a ello, la supo entender integrándola junto con el nativo en la expresión más contundente que fue el gaucho y el criollo, haciendo de su figura un arquetipo alejado de aquel gaucho derrotado, desganado y altanero que dibujaban muchas veces la literatura del "progreso" y las "luces", reproduciendo no menos que un esquema basado en aquellos peores rasgos que eran propios de cualquier período de decadencia y lucha intestina. Por otro lado, el gaucho reivindicado por Rosas es aquel que reconoce en su trabajo de campo no sólo un medio de subsistencia, sino también una dignidad de poder dedicarse a ello, de allí su reconocimiento inmediato de su trabajo como dignidad y la necesidad de organizar tales esfuerzos en un resultado conjunto que sirviera para desarrollar productivamente las estancias, brindar normas de trabajo, y a su vez, recompensar el esfuerzo según correspondía, de forma muy severa, pero entendiendo el contexto de aquel entonces. Un ejemplo concreto de aquel arquetipo guerrero encarnado en la figura del gaucho, fue el de Antonio Rivero, que no sólo encarnaba un tipo de guerrero de identidad americana, sino que también tenía el aditamento de la sana rebeldía, aquella que reconociendo un principio violado, no duda en actuar contra quienes habrían perpetrado dicha violación, en este caso, el territorio de las Islas Malvinas del Atlántico Sur que había sido usurpada por británicos. Aquel gaucho peleó en el ejército de Rosas demostrando su buen sentimiento nacional en la Batalla por la Vuelta de Obligado, por la que se reconoce el 20 de noviembre como Día de la Soberanía Nacional, defendiendo aquella concepción criolla, más allá de los motivos económicos que no fueron menos reales, pero que en verdad no representaban el trasfondo mayor en el que se dirimían dos visiones distintas del mundo, donde desgraciadamente triunfó aquella que atañe al dominio anglosajón, pero que no nos debe mantener inmóviles, sino por el contrario, inconmovibles ante el paso del tiempo, rectificándonos en nuestra conciencia nacional y en nuestra acción por devolver aquel estado de cosas que nuestro gran héroe y Restaurador pretendió con firmeza y decisión.
Lucas Cianfagna.-


