domingo, 21 de mayo de 2017

Poder: Genealogía y cultura en Occidente


"Petrarca se preguntaba si en la historia había existido algo diferente de las loas de Roma. Nosotros, que tenemos una conciencia histórica ligada con la aparición de la contrahistoria y de la contrahistoria caracterizada, nos preguntamos en cambio: '¿Hay, en la historia, algo diferente del llamado y del miedo a la revolución?' Y añadimos simplemente esta pregunta: '¿Y si Roma de nuevo conquistara a la revolución?' " Michel Foucault

Esta frase de Foucault es sumamente importante, especialmente por lo que hay detrás de su planteo, el cual no es inocente ni es neutral. En una serie de conferencias dictadas por él en el College de France, entre finales de 1975 y comienzos de 1976 publicada actualmente como "Genealogía del racismo", el autor expone sobre dos tipos de discurso que conciernen al poder: el de soberanía y el de guerra de razas. Uno parte desde la historiografía y la cultura indo-europeas, planteando la continuidad del poder, el proceso de conversión del poder entre antepasados, resaltando glorias, hazañas, conquistas; en el afán por caracterizar la dignidad del soberano y la libertad que de él irradia al resto de la sociedad, es decir, se toma al conjunto como una integración donde todos participan de alguna u otra manera a las glorias de la civilización, principalmente este discurso de poder parte de la caída de Troya y la fundación de Roma por sus descendientes, a su vez, esta historiografía se extiende hasta la primer mitad del Medioevo, lo cual establece el derecho y la jurisprudencia constituída por los protagonistas y los victoriosos; de haber alguna cuestión de raza, sólo se limitaba a la consideración del choque entre dos sociedades diferentes, es decir, la noción de salvaje entendida como aquella en la que el "otro" constituye alguien externo que ha tomado contacto con "nosotros". En cambio, el discurso de la guerra de razas se caracteriza por intentar desmontar este pasaje ininterrumpido de la gloria del poder, mediante el recurso de la lucha y de la usurpación de unos hacia otros. Surge a partir del reclamo bíblico de carácter "anti-roma" por sobre los desposeídos y desheredados, del derecho a su venganza, del derecho a "tomar aquello que nos fue arrebatado", el derecho únicamente fundado a partir de la usurpación y de la fuerza, del derecho a las promesas, a la redención. Y en este caso en particular, la guerra de razas no se realiza en un contexto de una sociedad integrada contra otra que viene del "afuera", sino entre dos elementos que nacieron en el mismo seno, pero que se desarrollaron desigualmente, siendo esta historiografía una toma de posición abierta por un sector al cual se trata de proteger, y purificar a partir de la derrota del otro.

¿Qué importancia tendría analizar esto? Principalmente, entender que la decadencia que se vive, no es producida por generación espontánea, sino que viene de un arrastre histórico. Cabe señalar, que el discurso de guerra de razas que aún se utiliza en ciertas sociedades, tiene fuerte cabida, y el origen de su aplicación Foucault lo marca a partir de la decadencia de la nobleza francesa en los siglos XVII y XVIII, lo cual tiene un aditamento de entrada: si la nobleza que revive tal discurso para posicionarse como un actor que busca una redención en la historia está en decadencia, significa que tal discurso parte de un origen oligárquico, ya que por definición, una aristocracia decadente es una oligarquía lisa y llanamente. Las distintas ideologías que en sus comienzos podían no haber tenido este recurso, lo comenzaron a emplear en sus variantes más extremas, sin duda, lo cual caracteriza a toda idea en descomposición y anacronismo. Se vio con el racismo de Estado en un sentido biológico proporcionado por el nazismo, como en un sentido de clase, de necesidad de purificar el elemento de "nuestro" sector, contaminado por el otro sector. Esta fue la configuración de las relaciones de poder en los siglos XIX y XX, tanto en el Occidente capitalista y sus expresiones totalitarias, como en el socialismo en la parte oriental del mundo. A vuelo de pájaro, nos olvidamos que la forma de historiografía empleada parte de una casta en decadencia la heredamos, y con ella reemplazamos aquella historiografía fundada desde la gloria y el esplendor civilizatorio. 

En el caso de Argentina, conviene entender que los conflictos en ese aspecto también subsisten por esta forma de guerra de razas que caracteriza toda la mirada posible sobre nuestra sociedad. La necesidad de un sector normalizar al otro y purificarse, destruir la amenaza de los "fulanos", de los "menganos", del "oficialismo", de la "oposición", etc. Si repasamos el origen de las distintas esferas oligárquicas que nacieron en el seno de nuestra sociedad, surgen a partir de la decadencia de una clase dirigente que devenida en burócrata estatal, o en convidada del anterior régimen, usufructúa el sector público haciéndose con la esclavitud de la sociedad en su conjunto. Y, oh casualmente, su táctica a nivel político, es utilizar un discurso de guerra de razas para retomar una posición, o habiéndolo hecho, afirmarla a partir de una reacción de los elementos de un sector sobre el otro. Y en el caso de nuestra sociedad, más allá de las ideas fundantes, la decadencia de todas ellas en su aplicación es evidente, y responde a la fundación misma como nación, siempre incapaz de darse una soberanía y un traspaso continuo del poder en buenas manos. Ya que esa fundación soberana, nos daría por fin el criterio de apreciar a los héroes, y superar las luchas intestinas en pos de una integración total, y aquello lo marca el fijarse a sí mismo un futuro como país. No es sorpresa que le demos más importancia a las distintas "grietas", en lugar de prestársela a las grandes causas y los grandes héroes, como aquellos que dieron todo por nosotros en Malvinas. Nuestra prioridad nunca es continuar un importante legado de quienes han dado todo y nos han llevado a grandes conquistas, sino por el contrario, buscamos siempre el discurso redentor, de mitos utópicos y de revanchas tomadas. 

Al igual que la venganza contra Roma, nuestros discursos siempre se basan en la redención de los oprimidos, y la eliminación del "otro", del opresor, en la destrucción de lo que "contamina" al grupo que se quiere defender. En nuestra incapacidad de construir de manera genuina, nos vemos obligados a inventar mitos utópicos y redentores, en la medida en que dejamos que nuestra comunidad sea gobernada por los peores hombres que adoptando un discurso de guerra decadente, disponemos pasivamente de nuestra realidad, y al no gustarnos, somos capaces de convalidar cualquier cheque en blanco que nos diga que hay una realidad mejor que se encuentra al otro lado de la orilla. Aquella nobleza en decadencia que pone en boga esta forma de poder, se le opone la vuelta de los príncipes, cuya actividad en política se engrandece con la búsqueda de legitimar su dominio de manera constante, y poniéndose a prueba con su pueblo, busca formarlo y darle una coherencia que supere cualquier guerra interna que pueda arrastrar la ya existente decadencia, sabiendo disentir con el soberano, siendo no por eso leal hasta la muerte, ya que lo que va más allá de la circunstancia, es el destino fijado como cultura. A la pregunta con que Foucault finaliza una de sus conferencias, convendría agregar otra: ¿no es conveniente entonces construir sobre la realidad y la aceptación categórica de que no hay promesa que valga sino que vale retomar la senda de quienes han sido sabios y el ejemplo de quienes se han atrevido a actuar? Ya no con sus fracasos y sus aplicaciones vanas, sino en sus grandes principios, rescatando aquellas valoraciones que tiendan a hacernos más grandes como cultura. A la pregunta hecha por el autor, "¿Y si Roma de nuevo conquistara a la revolución?" contestamos soberanamente que la revolución que vale la pena, es aquella que nos haga llegar a Roma, es decir, a la edad dorada que alguna vez como civilización y nosotros como país, supimos alcanzar.


Lucas Cianfagna.-

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