jueves, 15 de agosto de 2024

Repensar las Relaciones Internacionales

 



Introducción: Una aproximación teórica 

 
Las Relaciones Internacionales (RR.II.) se han inscrito históricamente bajo el auspicio de diversas escuelas que presentaron modelos teóricos diversos. Desde la naciente hegemonía norteamericana podemos mencionar a vuelo de pájaro, dentro de las corrientes mayoritarias (mainstream), las clásicas con el idealismo y realismo desde principios del S.XX, luego el realismo estructural o neorrealismo (defensivo y ofensivo), y su discusión con el neoliberalismo como revitalización de la corriente idealista pasada. A estas les siguieron otras que no forman parte del mainstream como corrientes feministas, marxistas, posmodernas y constructivistas.  

Pero más allá de la amplia gama que ofrecen a nivel teórico las RR.II., podemos convenir en que todas, en mayor o menor medida, han partido de una definición de anarquía a la hora de describir el Sistema Internacional (S.I.), y luego de lo cual postulan sus aproximaciones o incluso sus posibles programas o soluciones al problema descrito como la realidad de un mundo anárquico. No porque anárquico signifique caótico sin ton ni son, sino más bien en el hecho de que no existe un Leviatán mundial que se pare como lo hizo el Estado-Nación ante y por encima de la voluntad de los distintos individuos o grupos y darles un orden común bajo amenaza coercitiva. Los Estados en el S.I. pueden asociarse y tender alianzas, incluso crear organismos como ocurrió, con burocracias tan aceitadas que comprometen de manera preocupante la voluntad soberana de cada uno, como el caso de la Unión Europea (U.E.), creando resoluciones y hasta sanciones en caso de no cumplirse.  


El Estado en el Sistema Internacional

Los Estados tienen en su poder la posibilidad de plantear proyectos propios y competir en el ejercicio del poder de unos con otros. Ahora bien, la U.E. no es un Estado como tal, y a pesar de que sus grandes orquestadores se empeñaron en imitar estructuras burocráticas de un Estado a nivel internacional, lo cierto es que no han conformado la esencia del Estado a nivel supranacional, ni han podido mucho menos evocar lo que en otras épocas ha sido posible de la majestuosidad de una autoridad central que nuclea a las unidades políticas que integra. Todo aquello aún dista de la mítica autoridad estatal que describe Hobbes en su monumental obra, “El Leviatán”, con la cual da fundamento a esa entonces novedosa tecnología de poder que se despojaba de fundamentos religiosos basados en conceptos morales para justificar su origen. Desde el Leviatán, el Estado pasaría a justificar el poder por sí mismo, sin deberle nada a la moral ni a la religión per se, y a pesar de ser acusado de materialista y mecanicista, la autoridad emanada del contrato social que formaría a dicho Estado, el mismo gozaría de un imperium que muchos antiguos césares envidiarían para conformar un orden estable puertas adentro. 

 

El caso de los imperios han sido en la antigüedad el factor que consiguió mitigar con bastante éxito la posible “anarquía” que hoy podemos describir en el sistema actual, donde la competencia se hace cada vez más agresiva sobre territorios, recursos, áreas de influencia, cadenas de valor, proyectos culturales y civilizatorios, la función que antiguamente cumplían los imperios en la actualidad la intentan cumplir los organismos y el Derecho Internacional. Los Estados por otra parte generan bloques que agrupan intereses comunes, más allá de la U.E., tenemos para mencionar el foro del B.R.I.C.S.+ que integra a las potencias emergentes en diálogo y la posibilidad de entablar más rápido proyectos en común (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica, y más países). Lo que significa que estamos ante una época de creciente multipolarismo donde la asimetría de los Estados nunca es lo suficientemente grande como para establecer una nueva hegemonía, y donde precisamente a raíz de ello, la competencia se hace más virulenta, lo cual exalta aún más la necesidad de que se genere un orden más estable, del cual carecemos y que hoy en día sólo lo puede garantizar un bloque civilizatorio fuerte, sobre lo cual me referiré más en detalle a lo largo de este desarrollo. 

A comienzos de la Guerra Fría, los exponentes clásicos del realismo como lo fueron Hans Morgenthau o Henry Kissinger defendían el nuevo status quo del S.I. por el hecho de que consideraban que un sistema bipolar (dos grandes hegemones) era mucho más estable en la mitigación de los efectos anárquicos del sistema, y que el multipolarismo sólo había generado las guerras europeas que datan desde hacía ya un par de siglos, y que de alguna manera tenía que venir en Occidente la tutela anglo-norteamericana para poner orden. Esto, en el caso puntual de Kissinger, lo ha mantenido a lo largo de los años hasta su fallecimiento hace un año atrás a penas. Incluso cabría destacar que en el primer año del gobierno de Biden, él le habría aconsejado no pelearse tanto con Rusia por un lado, y tratar de equilibrar la balanza de la guerra comercial con China mediante el establecimiento de un S.I. tripolar entre EE.UU., Rusia como mediador y China como principal adversario, cosa que no resultaba para nada descabellado pero a lo cual Biden como muchas cosas, hizo oídos sordos. Ciertamente el planteo de Kissinger, aún lúcido hasta su muerte, representó aquel temor por un mundo que estaba a las puertas de un nuevo multipolarismo similar al de la trastienda de la Primera Guerra Mundial, cosa que tampoco se le puede reprochar a Kissinger, puesto que no es un temor infundado en rigor de verdad y conociendo un poco la historia de Occidente. 

 

 

Revisando a Kissinger: Luces y sombras 

 

En esta época se ha exaltado mucho la figura de Aleksandr Dugin como exponente de un renacimiento del orden multipolar para el S.I., sobre todo desde los sectores más anglófobos que encontraron en su retórica anti-liberal, religiosa y conservadora (con mezclas marxistas) una forma de entender desde otro lado el viejo anhelo de los pueblos de la periferia por liberarse de la hegemonía de la anglósfera, y ven en el multipolarismo una supuesta ventana de oportunidad para afincarse en lo que pretenden es un “orden nuevo”. Puede ser que lo fuera, sin embargo, no sabemos a ciencia cierta cuánto durará ese orden multipolar, y muchos menos tenemos certezas de que seguir la lógica de cambiar un collar por otro nos dará un resultado, parafraseando un poco a Jauretche con el fin de irritarlos un poco. Es decir, ¿qué certezas nos pueden dar entrar como cola de ratón en la conjunción de estrategias de las nuevas potencias ascendentes? ¿Estamos realmente en sintonía con su forma de ver el mundo? ¿De qué manera nos “conviene”? Siendo Rusia quizá la más “cercana” simplemente por comparación a las otras, ¿se comprende cuál es proyecto de Putin, y más aún, del estado profundo ruso? 

Para entender por qué Occidente es lo que es, y qué representan civilizaciones como la rusa o la china, no se puede dejar de leer a Henry Kissinger, ni tampoco dejar de prestarle atención a lo que hizo en su vida política, que quizá sea lo más importante a considerar, sobre todo adoptando una posición absoluta de enemistad, porque de los enemigos se aprende mucho más. Y lo digo también por todas las veces que Kissinger “las ha hecho” en la historia, de eso se aprende muchísimo para saber incluso por qué tenemos el mundo que tenemos hoy.  

A lo largo de su desarrollo como consultor, lobista y hasta agente de la cocina de la política exterior norteamericana, el prominente Kissinger fue alimentando su meteórica carrera estrechando vínculos con todo tipo de personalidades y espacios de poder de lo más influyentes del mundo de posguerra. Fue una pieza fundamental en la política exterior de un Estados Unidos victorioso y que más que conformar un orden bipolar con su rival (y consultor), la Unión Soviética, Kissinger abogó fuertemente por instalar en toda la dirigencia política y corporativa del país un rumbo cuasi providencial de lo que sería el liderazgo mundial hegemónico. Su postura de bipolarismo mundial iría corrigiéndose a lo largo del avance de la Guerra Fría en que EE.UU., con aciertos y errores, se podría erigir como el nuevo hegemón, pero antes de ir al final de este período conviene destacar algunas intervenciones relevantes de este hombre en la política exterior occidental.  

En primer lugar, tras inaugurar el Seminario Internacional de Harvard de la posguerra, financiado por la Fundación Ford y la naciente y conocida agencia de inteligencia, aprovechó su prolífica carrera académica para construir toda una red de contactos e impulsar desde esta veta la acción del cabildeo desde el punto de partida de sus ideas políticas. Esto no se hizo sin la retribución a los órganos de inteligencia de todos los asistentes a ese seminario de verano, y rindiendo cuentas de todas sus actividades en torno a los participantes. Desde sus artículos y producciones académicas relativas al poder nuclear y otros temas, logra su asiento en el Consejo de Relaciones Exteriores (CFR en inglés), que era un centro de estudios y lobby más influyente para la política exterior, financiado y capitaneado por los Rockefeller, tanto David como Nelson, con quienes entablaría amistad y diseñaría muchos de los lineamientos fundamentales de la política exterior estadounidense; todo ello tuvo lugar durante la década del 50. El lobby de estos magnates de industrias claves como la medicina, el petróleo, artes, alimentos y otros sectores, dirigía su mirada a una auténtica batalla cultural en Occidente que pusiera el rol de Estados Unidos como nuevo hegemón del hemisferio como incuestionable, ante una natural desconfianza hacia el país por parte de Europa y otras naciones, con el fin de hacer en estos lugares más viables sus inversiones, lo que sería una punta de lanza para el nuevo orden que se disponían a diseñar. Todo esto fue discutido y profundizado con Kissinger, y él nunca dejaría de ascender en sus posiciones de influencia para lograrlo, sin reparar en acciones de cuestionable ética como fueron proyectos secretos luego desclasificados de intervenciones en países europeos en elecciones y procesos políticos, utilizando redes de financiación hacia movimientos extremistas y hasta en proyectos de manipulación psicológica a la población civil que muchos conocen en esta era y que no deja de alimentar desvaríos de conspiración, pero a través de hechos que fueron totalmente reales.  

Todas las acciones de él y de sus grupos eran con el fin de garantizar la viabilidad de los negocios de sus corporaciones a través del poder estatal y diplomático de los norteamericanos, pero incluso a veces y cada vez más a menudo, a costa del mismo. Campañas de embargo de armas a un Fulgencio Batista en Cuba, que se erigió como un militar nacionalista y reformador social y económico, que brindó una infraestructura que luego los revolucionarios, apoyados por Kissinger y con gran prensa de las publicaciones surgidas del CFR, terminarían usufructuando en nombre de liberar a la isla de la tiranía, cuando en realidad lo que ocurrió fue que Kissinger en su ayuda a los barbudos a desestabilizar el gobierno de Batista convirtió una isla con una relativa prosperidad en un auténtico régimen de terror de más de 70 años, todavía vigente a la fecha. Aquella movida en contra del mismo perfil: militares nacionalistas laicos y reformadores sociales y económicos se hizo una constante en la política exterior discreta de los EE.UU. Es de destacar también la relación histórica que entablaría Rockefeller con Fidel Castro, el cual incluso asistió a la Conferencia de Munich, invitado por el mismo Kissinger a concurrir. Con la Nicaragua ocurriría el mismo proceso de apoyo a la revolución sandinista, mientras que por otro lado, apoyaría los procesos de juntas militares en el Cono Sur.  

A estos acontecimientos se les pueden agregar operaciones políticas igual o más cuestionables como la invasión de Indonesia a Timor Oriental, o la masacre de Bangladesh contra los insurrectos apoyados por Pakistán también fue impulsada por Kissinger. Entre otros accionares cuestionables, también sería sospechoso de la presunta muerte de Carrero Blanco, el sucesor de Franco ante la posible salida democrática y restauración de la monarquía parlamentaria, siendo dicho régimen enemigo de los organismos de poder del mundo. La negativa de Carrero Blanco de abandonar el programa de desarrollo nuclear en España ante un Kissinger que se reunió con él de manera secreta, serían motivos suficientes para que apareciera muerto en dudosas circunstancias. Juan Carlos como futuro rey sería niño mimado del lobista y el garante de los intereses corporativos que Kissinger defendía y que quería en España, con ello su entrada del país en la OTAN y la UE.  

Tampoco dejó de mostrar su pragmatismo ideológico en una misión con fondos públicos no declarada ante el Congreso de EE.UU. a China, antes de la cual había afirmado que iría en una misiva de paz hacia Pakistán. Esa visita a Pekín significó la clave de la victoria estadounidense ante la URSS en la Guerra Fría. Mediante la llamada “doctrina de la contención”, triangulada con Mao y posteriormente Nixon, logró usar al Gigante Asiático insertándolo en el mundo, desplazando a Taiwán del Consejo de Seguridad hasta el día de hoy, y que con el tiempo aquel país agrario y pobre terminaría gracias a traspaso de tecnología e inversiones, convirtiéndose en una potencia económica sin cambiar su régimen político de partido único, por el contrario, se fortaleció. Estas fueron algunas de las acciones claves de Kissinger en el armado del mundo que hoy conocemos, y del cual tratamos de proyectar una alternativa, y de lo cual debemos aprender, ya que Kissinger nunca se movió por ideología, sino por realismo y pragmatismo del más puro, incluso para hacer prosperar y encarnar sus propias ideas sobre un orden mundial. 

 

 

Proyecciones de un abismo: Feudalismo eurasiático o las prometeicas naciones del mundo libre 

 

Carl Schmitt en su obra de cabecera, “El Concepto de lo Político”, destaca la importancia de la soberanía del Estado para la delimitación de amigos y enemigos, incluso muy por el contrario de lo que pensarían sus detractores, este sentido realista y desprovisto de moralismos a la hora de definir lo que es político, permite incluso abordar la pregunta por la humanidad, ya que para Schmitt, no era posible pensar en un Estado global, ya que aquello implica el monopolio de la definición de identidad política llamada “humanidad” fuera de la cual todo sería deshumanizado. Aquella famosa cita que hace a Proudhon “quien dice humanidad quiere engañar”, y vemos durante el desarrollo del S. XX que todos aquellos que actuaron políticamente en nombre de la humanidad fueron aquellos cuyas acciones fueron ante todo inhumanas. Toda constitución esencial de un Estado sería considerando un enemigo, y sobre todo, la imposibilidad de agrupar a la humanidad en su conjunto.  

Ahora bien, para el final de su vida, el desafío de la tecnología en materia militar, de espionaje, y la complejidad de un mundo que veía en las guerras y conflictos irregulares la nueva norma en las relaciones entre el poder y el orden internacional; lo llevaría a redefinir muchos de los análisis vertidos en “El Concepto de lo Político”. Surge entonces aquella obra final “Teoría del Partisano”, la cual reflexiona sobre el accionar de resistencias insurgentes, grupos irregulares que operan fuera de la lógica de un ejército regular y de las reglas de la guerra convencional. Dentro de los ejemplos que menciona de liderazgos y procesos de guerra irregular, menciona como paradigma a considerar el de Mao ante la nueva China, lo cual refleja el innegable proceso que China llevaría a cabo para cambiar la forma de entender la política, habiendo empezado como un proceso de guerra partisana, la toma del poder y los cambios de tecnología harían del Gigante Asiático toda una escuela de gobernanza y liderazgo mundial bajo parámetros completamente distintos de aquellos que conocíamos hasta entonces.

Complementando lo que varias décadas antes, durante su exilio académico dentro de la Alemania Nazi, fueron sus reflexiones compiladas en su trabajo “Tierra y Mar”, donde revisita la historia desde el punto de vista de las fuerzas de las revoluciones tecnológicas, y cómo el último tiempo había ocurrido una revolución espacial que trastocaría la forma de entender la política y sus dimensiones. Esto iría bastante en consonancia con lo que otros pensadores de su tiempo como lo fueron Martin Heidegger y Ernst Jünger plantearían respecto del desafío tecnológico como aquel laberinto fundacional de la civilización occidental. 

Al igual que Occidente ha olvidado de dónde viene y cómo preservar la antorcha que le fuera conferida, ha entregado dicha antorcha a los que hoy están diseñando un orden donde países que representan dos terceras partes del mundo se sienten mejor en un paradigma que no sólo desprecie la libertad y los derechos más fundamentales, sino que incluso los ve como un obstáculo para la realización de sus objetivos. El mundo eurasiático que China y las fuerzas fundamentalistas proyectan y unen fuerzas, cuenta con el beneplácito de las élites corporativas que Kissinger ayudaría a encumbrar, estarían en perfecta armonía con una vasta mayoría de personas viviendo en un estadío cuasi feudal, aprovechando el potencial que la singularidad tecnológica ofrece no para beneficio de las mayorías, sino por el contrario, para su sometimiento. 

Aquellos magnates que fueron responsables de la transferencia de tecnología de los vencidos a los vencedores, que harían de la guerra y los conflictos un negocio interminable mientras desestabilizan regiones enteras, vuelven a los estados fallidos y a la convivencia imposible entre facciones religiosas y políticas de todo tipo. Los que privatizaron el poder en el mundo, hoy pactan con los nuevos emergentes que nos prometen subordinación ante teocracias y regímenes autocráticos, como si se tratara de la dictadura olímpica ante la cual se habría rebelado aquella figura que buscaría traer el fuego de la técnica y las artes de nuevo para los seres humanos.  

Todos ellos se agrupan políticamente en lo que podría ser un mundo multipolar, como propone Dugin, pero que más allá de agruparse en intereses regionales, hay un objetivo en cada polo de proyección de poder, y es civilizatorio. Las civilizaciones de mente colmena ponderan un nuevo mundo basado en masas de siervos y adoradores, con cada vez menor capacidad de pensar, y con mayor diferenciación social. No quieren una sociedad dinámica con jerarquías que admitan meritocráticamente el cambio y el impulso a evolucionar, sino que tienen en vista una auténtica sociedad de castas.  

Si hoy pensamos en el potencial de las propuestas transhumanistas dentro de la singularidad tecnológica, es algo que ya existe como posibilidad, y no dudo que los autócratas de los regímenes eurasiáticos lo tengan en cuenta para un mayor control social. Sino miremos las consecuencias de la ingeniería social en materia de inmigración que puso en práctica el Reino Unido, teniendo a una población nativa rehén de los grupos migrantes que no aceptan la convivencia sin imponer su propia cultura y un gobierno que en lugar de representar a los nativos, los recluye.  

 

 

Así como China y potencias afines se agrupan en torno a la defensa de un paradigma de civilización, los que conformamos Occidente tenemos que hacer lo propio, ya no sólo desde el esfuerzo individual de naciones que puedan vencer las dificultades que todo este entramado de diplomacia, intrigas y operaciones realice contra nuestros intereses, sino crear un bloque ya no sólo occidental, pero que también incluya al mundo libre en Oriente, como lo pueden ser los casos de Japón, Corea del Sur, Singapur. A la nueva hegemonía se la vence con un proyecto emergente, que genere en aquellas naciones que defienden la libertad, el impulso creador del individuo y el patriotismo soberano, una estrategia de contención, aplicando lo aprendido del controversial Kissinger, contra este nuevo orden autoritario que asoma y sus potencias protagonistas. Ese bloque deberá tener todas las características de un organismo descentralizado, pero que a su vez actúe de manera conjunta en la defensa del bien común de sus partes, con todas las características que tiene la tradicional idea de “imperium”, ya que la respuesta a un orden multipolar inestable, no es el establecimiento de naciones con esfuerzos dispersos, sino la acción conjunta de un bloque civilizatorio que se defienda a sí misma de los que busquen amenazar su libertad de ser. 

En esto formaría un rol clave Irán en la región de Oriente Medio, ya que es aquella civilización la que ha sido el punto de cruce de todas las fuerzas regionales de aquella parte del mundo. Irán que supo ser el gran origen remoto de nuestras civilizaciones, incluso del mundo occidental, que ha sabido tener un desarrollo cultural y una historia rica en procesos políticos de todo tipo durante la antigüedad y el medioevo, viene siendo sometida por un gobierno de ocupación que desde 1979 derrocara al Sha Mohamed Reza Pahlavi para imponer una teocracia. Ese régimen hoy intenta hacer parte de este nuevo orden amenazante que venimos describiendo.  

Pero ya no cuenta con ningún apoyo de su población, el miedo es la única herramienta que tiene el régimen de los ayatolas, y sus retaliaciones ante las agresiones de Israel hoy no causan más que risa y vergüenza ajena. Ante una población civil que está harta de leyes que condenan cualquier expresión de libertad como apostasía, sobre todo hacia las mujeres, la resistencia ha tomado lugar desde aquel mítico 2009, que más allá de su represión ha hecho mermar la fuerza del régimen a través del tiempo, y convencer incluso a sus propias autoridades de que es hora de un cambio. Aquella civilización que representó el fuego de Ahura Mazda y Mithra, como reivindicaciones de la sabiduría como único objeto de culto posible, hoy está despertando, y cuando logre el cambio de régimen habrá una posibilidad de cambiar el balance de fuerzas en Medio Oriente de forma dramática. 

 

Estamos ante el desafío de Prometeo, recuperar la chispa que nos permita proyectar un futuro de grandeza y libertad, y exigir una dirigencia política afín para que estas ideas se plasmen en lo real y podamos convertir la distopía que se nos presenta en un auténtico modelo de vida y libertad para nuestros compatriotas. Ese es hoy el arquetipo a tener en cuenta como posibilidad para que Occidente recuerde de dónde viene, con qué fuego forjó una civilización que expresara en todos los aspectos estéticos las ideas de lo que es bueno, bello y verdadero. Prometeo como arquetipo nos insta, al igual que lo hicieran Jünger, Heidegger o Schmitt, a no capitular y no desentenderse del desafío tecnológico que representa esta época. Al igual que en la revolución industrial, no habrá lugar para luditas ni para retrocesos, nuestra decisión está en abandonar el desafío y ser agentes pasivos ante un mundo distópico y totalitario que se cierne sobre nosotros, o aceptarlo, y proyectar un futuro donde el uso de la tecnología con la ética que pensaron nuestros padres de Occidente, nos garantice un futuro donde lo esencial de la dignidad humana sea protegido: nuestra libertad.  

 

Lucas Cianfagna.- 




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miércoles, 27 de diciembre de 2023

Federalismo y coparticipación: Paradoja de ser y no ser




 El problema del federalismo en Argentina es de descripción compleja, en primer lugar porque cuenta con graves signos de deficiencia, lo cual lleva a suponer que no estaríamos ante un régimen realmente federal, pero por otro lado, hay una aceptación generalizada que aquella idea de descentralización gubernamental es el camino correcto. Incluso en el día a día de las gestiones de gobierno, cuanto más alejado esté un gobierno subnacional (provincias o municipios) del nivel más alto (el nacional), más se despliegan las características federales de autonomía y criterio independiente en la toma de decisiones respecto del rumbo político, electoral y hasta presupuestario. Sin embargo, cabe también destacar que en el caso inverso, es decir, si el gobierno subnacional se encuentra cerca del gobierno nacional en presupuesto –léase también “dependiente” del mismo- se despliegan todas aquellas situaciones de vicios y ruinas de las que tanto se habla en el periodismo cuando se critica el deterioro institucional –o bien, el atraso- en determinadas provincias cuyos controles institucionales fallan, y cuando no también, están ausentes.  

Entonces podemos decir de igual manera que el federalismo es y no es en Argentina, como una gran paradoja difícil de explicar para muchas personas quizá provenientes de países donde el federalismo tiene una dinámica más virtuosa. Cabe entonces hacerse la primera pregunta; ¿a qué se debe esta situación de paradoja? ¿Se puede decir entonces que Argentina conforma un régimen federal, o no? ¿Cuál es el factor determinante para que en unas provincias se produzcan regímenes híbridos subnacionales y en otras podamos hablar de democracias consolidadas? (Gervasoni, 2011). ¿Las provincias sobrerrepresentadas son las más castigadas como atribuyen varios autores? (Gibson y Calvo, 2001). 

  

Argentina es en esencia federal, aunque el combustible de sus instituciones (presupuesto) diga lo contrario. La lógica de las instituciones queda vaciada de contenido por los desmanejos tributarios y de presupuesto, pero...¿qué quiere decir todo esto? Para explicarlo en términos simples, en el mejor de los casos una provincia recibe como transferencia discrecional (arreglado por debajo de la mesa) 2/3 de todo su presupuesto, lo que significa que en el mejor de los casos 1/3 de su presupuesto representan fondos propios de la provincia. Llegamos a casos fuera de la media, donde un gobernador puede contar con tan sólo 10% o 6% como fuente propia de financiamiento del gasto, recibiendo del tesoro nacional la inmensa mayoría del dinero a gastar, generándose una lógica dual en las transferencias federales (Bonvecchi y Lodola, 2013).  

El Estado argentino recauda directamente de las provincias, y luego el dinero vuelve a los gobernadores por medio de transferencias, las automáticas que son las que figuran en el presupuesto y se blanquea para qué sirve ese dinero (representan una mínima parte), y las discrecionales (la mayor parte de los fondos), que no acusan recibo y se pueden usar para lo que el gobernador desee sin rendir cuentas a ninguna institución de contralor. ¿Traducción? Nación recauda y provincias gastan. Lo cual en apariencia contestaría la pregunta fundamental de si somos o no un país federal, en términos de aplicación efectiva, no lo somos, puesto que en la práctica, hay provincias solventes que terminan financiando a las insolventes, porque el tesoro nacional es tesoro gracias a lo que les saca a las provincias previamente antes de transferir y repartir. 

Este tipo de desmanejos discrecionales del presupuesto es lo que muchas veces da lugar no sólo a inequidad y a un trato desigual a cada provincia, sino que incluso implica un deterioro a nivel del Estado de derecho al interior de una provincia que es dependiente del presupuesto de las más desarrolladas, lo cual genera esos fenómenos de gobernadores enquistados en el poder llamados “feudos”, donde vemos características de competencia democrática formal y reglas de supuesta igualdad ante la ley para todos los partidos y coaliciones, pero en términos prácticos se trata de casos de autoritarismos competitivos los cuales no garantizan un piso de igualdad efectiva de competencia y de posibilidad de alternancia real, a lo cual en casos más graves se llega al amedrentamiento de la oposición y los medios independientes al gobierno, sin ir a métodos “ilegales” (Levitsky, 2004).  

Todo esto funciona analizando a las provincias como sistemas políticos autónomos, porque más allá de que los países sean un sistema político en sí, un país federal básicamente integra varios sistemas subnacionales (provincias) en un gran sistema, generando estas paradojas donde una elección nacional discurre sin mayores complicaciones, y con garantía de elecciones limpias que den chances a los opositores políticos, mientras en niveles provinciales ocurren estos fenómenos de “cancha inclinada” en favor de los oficialismos donde percibimos tipos disminuidos de autoritarismos o bien, como se lo ha llamado, regímenes subnacionales híbridos que no llegan a ser democracias con todas sus características (Gervasoni, 2011). 

A su vez, la esencia federal queda en el manejo práctico de la política más allá de partidos o coaliciones formales y nacionales. Existe desdoblamiento entre el manejo/gestión del día a día territorial y la voluntad nacional que se traduce en cortocircuito entre niveles verticales, lo cual se agrava por la lógica dual de las transferencias gubernamentales (Bonvecchi y Lodola, 2013).  Fenómenos de corte de boletas en elecciones donde al oficialismo no le va bien en su gestión, han caracterizado las últimas elecciones presidenciales, tomando ejemplos como el final del mandato de Cristina Fernández de Kirchner en el 2015, donde se vio este fenómeno en el que varios de los que votaron a su candidato, Daniel Scioli, cortaron boletas a nivel de la Provincia de Buenos Aires para votar a María Eugenia Vidal como gobernadora, todo esto alentado por un conjunto de intendentes que percibían irreversible la tendencia al cambio político.  

De la misma manera que ocurriría en la última elección 2023 pero en sentido inverso, donde varios se plegaron a la continuidad del gobernador Axel Kicillof, pero en la presidencia llamaron a votar a Javier Milei reconociendo una tendencia irreversible de cambio en la población a nivel nacional, buscando los intendentes y hasta algunos gobernadores, no generar antipatías en lugares donde se sabía que Milei ganaba por paliza. Esta autonomía de gobernadores e intendentes se expresa entonces por estos dos factores: no generar una imagen negativa ante el electorado que expresa una voluntad mayoritaria hacia otra fuerza, o bien, la necesidad de aceptar los vientos de cambio en favor de no perder posibilidades de financiamiento. 

A propósito del imperfecto diseño federal fiscal de nuestro país, queda por analizarlo desde el supuesto más que difundido entre cierta opinión pública que dice que Milei es un Carlos Menem 2.0. Precisamente nos interesa destacar el aspecto de la política de federalismo fiscal que orienta el nuevo gobierno para poner blanco sobre negro, ya que más allá de algunas similitudes en el intento de política económica e incluso de la propia reivindicación del presidente sobre la figura del ex-mandatario de los 90, la herencia de la Reforma Constitucional del 94 está más vigente que nunca, sobre todo en todo lo que salió mal, y que a pesar de las similitudes, aquello representa uno de los principales obstáculos del nuevo gobierno. Para decirlo en criollo, la herencia más importante de los 90 sería para Javier Milei algo a cambiar. 

Lo que varios autores habían estudiado como fenómeno de reformas políticas durante la década del 90 era la masiva carga del ajuste del Estado a las provincias más desarrolladas, pero que estaban menos representabas relativamente al conjunto del país, dejando en cambio las transferencias discrecionales y el mayor “colchón” de resguardo a aquellas provincias que hoy serían las catalogadas como “feudales”, aquellas que menor desarrollo de población, económico y productivo tienen (Gibson y Calvo, 2001). La lógica del gobierno de La Libertad Avanza pareciera ser completamente distinta, en primer lugar por una de sus primeras 10 medidas, la cual establece la reducción al mínimo de las transferencias discrecionales, lo cual representa en casos extremos una cifra mayor al 90% de sus ingresos, forzándolas a “vivir de lo propio”. Un esfuerzo sin duda gigantesco, en comparación al que podrían hacer provincias que tienen un desarrollo mucho mayor, y hasta algunas con superávit fiscal como el caso de San Luis o la misma Córdoba, donde el Milei obtuvo una victoria electoral por encima del 60%, estas provincias, junto con Santa Fe, Entre Ríos, San Juan y Mendoza, serían las que se estarían plegando a la nueva orientación política desde incluso antes que el gobierno asuma formalmente.  

Una vez más prima la lógica de autonomía de la provincia siguiendo su rumbo de resultados políticos y económicos, pero con la diferencia respecto al gobierno de Menem en que esta vez la alianza política es con aquellas provincias que aprendieron a vivir más allá de la coparticipación, aquellas que en los 90 serían castigadas con el peso del ajuste, y que de alguna manera serían hoy las “ganadoras” ante un intento de re-equilibrio federal fiscal de hecho, más allá del diseño institucional. ¿Cómo es posible lograr una dirección distinta del diseño institucional? Precisamente porque el presidente entendió la lógica presupuestaria que va más allá de lo que las reglas digan, tener o no presupuesto puede significar dotar o vaciar de contenido todo un sistema reglamentario, nos toca luego evaluar si aquello se usa para mejorar el sistema fiscal y terminar con la discrecionalidad política y los grises institucionales, o no. 
 

Lucas Cianfagna.- 

lunes, 7 de agosto de 2023

Hiroshima y Nagasaki: Dos bombas y una katana


A 78 años de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, una breve reflexión desde el concepto de lo político.

Definir amigos y enemigos en términos políticos, significa aceptar la máxima posibilidad de tensión; esto es, la guerra. Pero hasta en la guerra existe un mínimo de honor y humanidad a respetar más allá de la identidad asumida políticamente.

El problema surge cuando se politiza "la humanidad", y el concepto pasa a significar una definición política de lo que es humano, declarando como enemigo a quien se oponga a aquel bando, por lo tanto, inhumano. Al igual que  aquel jurista alemán que hablara de esto, podemos citar la claridad de Proudhon: "Quien dice humanidad, quiere engañar". Porque al igual que todos los que han decidido enfrentarse políticamente a sus enemigos desde el estandarte "humanitario" han demostrado los peores horrores que pueda ver el género humano, y lo cual sólo hace perder valor a la palabra de quienes se erigen como "los buenos del mundo".

El honor de los japoneses no fue modificado, sólo fue aplacado por aquel "derecho" de bestias aplicado contra una población civil inocente, en nombre de la humanidad a la cual supuestamente quienes arrojaron las bombas decían defender.

Luego de décadas de belicismo que facturó miles de millones ante un mundo unipolar y que los había coronado como potencia hegemónica, la balanza se inclina en contra. El "mundo de los buenos" se termina, y comienza el mundo real, el que entiende que en política, poder es la medida de todas las cosas, lo demás son máscaras culturales, pantallas ilusorias para esconder responsabilidades.

Porque la cultura general afirmó y sostuvo las premisas humanitarias, potenciadas por el cine, la propaganda y la industria cultural, que en el 80 había invadido de tal forma al japonés promedio, que provocó el sepuku (suicidio ritual) al último samurai que tuvo esa tierra; Yukio Mishima, ante la imposibilidad en su tiempo de restaurar algún orgullo nacional perdido, o dormido.

El nuevo escenario del mundo con nuevas potencias emergentes no es mejor, pero es más crudo, más real; y eso nos enseña a mirar más allá de las apariencias. Porque entender lo que significa "amigos" y "enemigos", no es poner rótulos morales, estéticos o económicos sobre ellos, tan sólo entender cómo se definen existencialmente, para que nadie olvide quién es quien.

Para los países dormidos en el letargo de un supuesto mundo pacífico de buenos modales, va esta reflexión, porque nos encontramos en uno de ellos, tratando de hacer que despierte para que deje de creer bondades sobre la potencia de turno que le prometa grandes ayudas. 

Luego de 78 años, tratemos de no buscar el monopolio de la humanidad en quienes tienen parte en todo esto, y sobre todo, no permitamos de nuevo el sepuku sobre nuestro propio orgullo nacional, que aunque esté dormido, sigue existiendo, sólo necesita ser despertado.

Lucas Cianfagna.-