sábado, 1 de enero de 2022

La integración que no supimos conseguir

 



Hoy 1 de enero no sólo abre un nuevo año, también conmemora otro aniversario de la creación del Mercosur, tan criticado como elogiado en la historia de la región, que surge como un intento de dar un primer marco a una integración de fronteras económicas y comerciales de un continente. De ninguna manera podemos culpar a los detractores de la idea de una integración regional sudamericana a la luz de su fracaso, por muchísimos factores este objetivo se vio imposibilitado de concretarse desde aquel primer intento de acercamiento allá por el año 1989 entre Argentina y Brasil, alianza que sería fundamental para cualquier integración en el Cono Sur. Es entendible que luego de haber pasado por diversos momentos ideológicos en la región donde todos los gobiernos en cada década nueva más o menos seguían el compás de los vientos políticos de turno, desde el paradigma abierto de los 90's (al menos esa fue la idea) hasta el giro socialista "del siglo XXI" de la primera década de los 2000, donde en ambos casos los esfuerzos quedaron a mitad de camino. 

Pero más allá de entender a quienes rechazan la idea, tampoco podemos darles la razón en que no es posible ni muchos menos en que no es necesaria una integración. América latina tiene quizá el resultado opuesto al modelo europeo del cual los autores han escrito ríos de tinta hablando de las bondades de su modelo de integración, aunque hoy día se han evidenciado las arbitrariedades y el exceso de burocracia de la Unión Europea, entendemos perfectamente que eso tampoco lo queremos.

¿Entonces qué queremos? Bueno, esa pregunta realmente es más fácil contestarla al interior de cada país sin duda, pero de todas maneras no es en vano hacérnosla desde un punto de vista del objetivo que estaríamos proponiéndonos si buscamos una integración, o al menos un bloque regional que permita atender a varias necesidades y desafíos que ya existían, y que con la arbitrariedad de las instituciones globalistas que la pandemia desenmascaró, nos hacen poder retomar este planteo.

Citando un poco al autor chileno José Briceño Ruiz, contamos desde la década de los 90's con el ya mencionado eje de regionalismo abierto que comenzó siendo, con las debidas reservas, el consenso de todo el continente como una forma de integración comercial y de posiciones de mercado en el mundo, el cual dio como resultado la creación del Mercosur. 




Dicho eje que llegó a ocupar prácticamente la totalidad del mapa latinoamericano (con las excepciones de Cuba y Nicaragua, además de los tres países de la parte superior del Cono Sur como lo son Guayana Francesa, Guyana y Surinam), se había alineado en distintas velocidades y tónicas a la situación del mundo "unipolar" donde EE.UU. había ganado la Guerra Fría, el comercio internacional se ampliaba y se creaban instituciones globales que irían configurando el mundo que conocemos hasta ahora ya en declive como paradigma. 

Esta carrera globalista que dio un ganador luego de varios siglos de competencia internacional (EE.UU.) marcaría la tónica de las instituciones que surgirían, así como las reformas que también culminarían en las estructuras vigentes como lo es la misma Unión Europea. Esto para Latinoamérica significó un desafío enorme, en un escenario generalizado de fracaso de la década del 80 de los modelos de sustitución de importaciones, quiebre de balanza de pagos y vuelta a la democracia en gran parte de los casos.

El regionalismo abierto fue aplicado, como dije antes, con velocidades distintas y por lo tanto logrando resultados distintos. Un país que supo aprovechar esta, y las otras modalidades de integración para fortalecer su posición geopolítica en el mundo fue sin dudas Brasil. El paradigma abierto de integración encontró a dicho país con una constitución recientemente creada, actualizada a las reformas que su última dictadura había efectuado en materia de objetivos estratégicos y había logrado introducir inclusive una mirada "sudamericana" expresamente establecida en la misma, lo cual resultó una novedad para el resto de los países. 

El realismo político de Brasil les ha permitido comprender los distintos períodos y aprovecharlos, aún en aquellos momentos que se perfilaban más ideológicos, ya que la clave fue esa, la ideología no acabó con su política estratégica al final del día, algo totalmente opuesto, por ejemplo, al caso argentino, en cualquiera de los períodos.

El fracaso del regionalismo abierto se dio principalmente al interior de los distintos gobiernos durante la década del 90', donde muchas veces el camino se recorrió a medias, ya que los puntos fuertes de lo que este paradigma proponía, no eran sólo los de abrirse al comercio y posicionarse en mercados más diversos, también eran los de actualización tecnológica, mejora de la productividad a nivel industrial y una mayor adaptación a nuevos desafíos en materia educativa. 

Los desfasajes entre los ambiciosos objetivos de integración y el resultado de uniones aduaneras imperfectas (como tanto se dijo) produjeron resultados negativos en lo social, que serían el perfecto caldo de cultivo para que la década siguiente, durante los años 2000, pudieran re-surgir las izquierdas populistas con su marcado discurso totalitario que ya conocemos. 

En esta década el eje abierto se había contenido en todo el cinturón del Pacífico desde Chile hasta México, con sus relaciones directas con EE.UU. quien sería el país que permitiría colocar estratégicamente a dichos integrantes en los otros mercados globales, dejando a la región más continental y de cara al Atlántico ante otros dos ejes que surgirían. 

Por un lado, el eje bolivariano capitaneado por Venezuela ante el liderazgo mesiánico de Hugo Chávez, que aprovecharía la década de alza en el precio del petróleo para financiar un proyecto de más ambicioso que se quedaría trunco por la propia dependencia en ese único recurso. En este eje lo acompañaban Bolivia, Nicaragua, Cuba y Ecuador, teniendo como prioridad oponerse a todas las instituciones creadas en la anterior década bajo la retórica "anti-imperialista", y bajo objetivos de mayor inclusión social de aquellos sectores que el fracaso del modelo anterior habían dejado. 

Pero al mismo tiempo en el resto de la región acontecería un tercer eje conducido por Brasil llamado "revisionista", que a pesar de adherir a este giro retórico izquierdista, no tenía el mismo nivel de delirio ideológico y estaba mejor posicionado en objetivos realistas, en el caso del país luso-parlante sería otra oportunidad aprovechada para mejorar su situación mejor que nadie.




La habilidad de Brasil consistió en aprovechar el giro ideológico sin caer por ello en la conducción venezolana de un eje pre-destinado al fracaso, sino que por el contrario logró aprovechar ese petróleo barato que la alianza con el eje bolivariano le trajo para potenciar la base de su crecimiento industrial, mientras de paso, generaba un eje regional nuevo del cual sería su capitán y centro de gravedad para el resto de los países que lo integraban: Argentina, Paraguay y Uruguay. 

Esto les permitió aventajar al resto de la región por un lado, y generar una competencia al liderazgo del eje abierto que era México, el que sería su competencia natural en materia de incersión, comercio e industria, puesto que México depende mucho de su comercio con EE.UU., mientras que Brasil tiene otras aspiraciones como potencia emergente en acercarse a Europa y los emergentes orientales como India. 

¿En qué situación nos encontramos? En una muy complicada, porque el gobierno Argentino ha decidido brindar la apertura de la campaña de Lula Da Silva, quien también se ha reunido con varios líderes fuera del continente ya en tono de ser el próximo presidente de Brasil, lo cual va a traer varios inconvenientes. En primer lugar, su discurso marcadamente socialdemócrata y afín a todas las exigencias del globalismo lo ubican como un potencial problema, no sólo para Brasil, sino para toda la región por la relevancia que aquel país significa en el rumbo que todo el resto pueda seguir. 

Otro aspecto no menor es el Grupo de Puebla, que en mi opinión es una fachada más presentable del mismo proyecto castro-chavista del Foro de Sao Paulo que podría dinamitar cualquier posibilidad de que tanto Brasil como la región adquieran algún rol relevante en el mundo, por lo que 2022 va a ser un año decisivo para todo el futuro de nuestros países.

Una alianza con Brasil se hace más que necesaria, sobre todo en tiempos de globalismo que da sus últimos intentos de control totalitario mediante sus instituciones internacionales, sus corporaciones y los Estados que aún pretenden llevar a cabo un dominio tal, al cual, hay que decirlo está sometido todo el aún vigente eje de regionalismo abierto que persiste en gran parte de la costa pacífica en Latinoamérica. 

Brasil aún conservando el potencial revisionista (sin aún el delirio izquierdista del PT) con el agregado de tener un liderazgo disruptivo como el de Bolsonaro, permite una proyección internacional como fuerza emergente a la cual, o nos subimos, o quedamos en el camino sin retorno.


(el mapa no contempla las elecciones recientes en Honduras y Chile; así como tampoco la ideología del gobierno de México, puesto que comercialmente se encuentran en una posición distinta de necesidades y posibilidades que no le permite a dicho país romper con el eje abierto)


La lección que nos deja esto, es que no podremos despegar si no tomamos cartas en el asunto y dejamos de convalidar los delirios de varios "referentes" que son capaces de condenar a toda una población a la miseria con tal de repartirse un botín de dinero y poder. Adquirir relevancia geopolítica no significa sólo un renombre a nivel internacional, significa encarar el futuro tomando decisiones y apostando a que nuestros países vivan cada vez mejor. 

Los intentos que la Nueva Derecha está realizando para afianzar valores como la libertad, la soberanía y la identidad, deben estar complementados por el realismo político de poner primero el sentido común y pensar qué objetivos se puede tener en el caso de cada país, y luego darnos cuenta, que como demostró el fracasado chavismo que no se puede vivir aislados, también nos daremos cuenta que los vínculos regionales son tan necesarios como lo son los valores que con ellos buscamos defender.


Lucas Cianfagna.-

miércoles, 27 de enero de 2021

"Consenso": el nuevo totalitarismo


"En el ámbito de lo político los seres humanos no se enfrentan abstractamente como seres humanos, sino como… ciudadanos, gobernantes o gobernados, aliados políticos u opositores, por lo tanto en todo caso en categorías políticas.” Carl Schmitt


Más allá de los medios de comunicación, existe una influencia académica, principalmente desde los círculos politológicos de EE.UU., donde se puede ver una hegemonía que ha inundado a los mismos medios y a la sospechosa "opinión pública", que como diría Nietzsche, no es más que "perezas privadas". Me refiero a un concepto que se lo venera y se lo asocia con la democracia y las buenas costumbres, que es el llamado "consenso". 


No quiero dejar de resaltar el carácter totalitario que se esconde detrás de una idea que a simple vista parecería ser algo "virtuoso"; en realidad esconde muy bien el discurso del modelo de sociedad que vivimos y le da un barniz de "deseable" y cuando no "neutral". Nada más lejos de la realidad, ya que el discurso del consenso viene con letra chica y como todo contrato, no leerlo antes de aceptar las condiciones termina mal. Dejando de lado que de por sí el "consenso" suena a círculos sectarios cuyos intereses nunca son los de las mayorías, esa lógica se da desde el poder real, en sí, se puede hablar de corporaciones de bancos, empresas, gigantes tecnológicos, organismos, poder privado que ha logrado un grado de independencia nunca visto, y que aún mucho más allá de eso, logra imponer condiciones a los mismos países. En todos ellos, la idea de "consenso" es fundamental para lograr ciertos objetivos.


Ahora bien, cuando se habla de política, lo esperable es que se refiera a la discusión de ideas, por lo tanto, requiere un mínimo agonismo, una mínima confrontación que exija establecer un "ellos" y un "nosotros", sin ánimos de generar una "grieta" como se la conoce en Argentina, pero sí diciendo con todas las letras "quién es quién", dando un marco inclusive de honestidad a la hora de que se produzcan los debates a nivel público. Pero por el contrario la lógica del consenso exige que todo eso no debe formar parte de lo público, porque de esa manera "no se podría llegar a una sociedad legítima cuyas reglas sean aceptadas por todos", diría John Rawls, el mayor representante de esta idea socialdemócrata del consenso.


No hay que perder de vista el peligro de este autor, por mencionar un detalle, ha inundado la referencia del mainstream de jueces demócratas estadounidenses donde incluso se lo llega a citar textualmente a la hora de emitir un fallo. Lo peligroso es la aplicación de un pensamiento que parece estar lleno de buenas intenciones, pero que en su inconciencia vuelve a aquella aplicación lo que pasa con toda utopía, se vuelve distopía en la práctica.


El hecho de que se pretenda quitar de lo público las discusiones por llamarlas "controversiales" es cuando menos un principio de censura previa, y muy generalizado. Desgraciadamente no estoy hablando de un proyecto en avance, es una realidad cotidiana. Si vemos por ejemplo el tema vacunas, el 5G o inclusive el cuestionamiento de los métodos de cuarentena, se ve cómo incluso aquellos que en otras épocas decían que "todo es político" cuando criticaban al "neoliberalismo" por su tecnocracia, terminan siendo (socialdemócratas) los mismos tecnócratas que dicen que no se puede politizar la salud porque "está en riesgo la vida de todos". Pero tampoco es mi intención denunciar hipocresías, porque para eso la historia y la humanidad misma están colmadas de ellas, mi intención es en todo caso "deconstruir" un discurso que lamentablemente no sólo confina físicamente a las personas, sino también la posibilidad de expresarse, e incluso instalando el control sobre sí mismos, cuidándose de "decir algo que me pueda generar problemas".


Por si algún despistado no se dio cuenta, estoy describiendo la psicología de cualquier individuo sometido a un modelo totalitario. Por lo cual, considero que hay que hacer una separación fundamental entre la auténtica política, e incluso la democracia por un lado, de lo que se conoce como "consenso" y todo lo que conlleva. Más aún la democracia, que se supone que representaría el gobierno del "demos", por lo tanto, se entiende implícitamente que hace referencia a las mayorías. 

Los discursos a favor del consenso, están casi por antonomasia asociados al discurso exacerbando la representación de las minorías, lo cual no es que esté "mal" porque es perfectamente coherente con la "propuesta" de que la convivencia en sociedades modernas es problemática por la pluralidad, por lo cual se debe buscar una forma de que el orden social sea "legítimo" y la lupa siempre debe ser puesta en "aquellos más desfavorecidos". Como toda idea de "contrato", propone el reemplazo de la realidad tal cual es por la consideración de un escenario abstracto que casualmente (o no tanto) sirve a los fines de la teoría y su aplicación, ¿a qué me refiero? La realidad nos muestra que las minorías lejos están de ser el eslabón más desfavorecido por la sociedad, precisamente porque el instrumento juridico a favor de las minorías es el que permite la garantía de privilegios para los gigantes en la escala social, nada de democracia ni de igualdad a fin de cuentas.


Lo cual nos permite pensar que la exacerbación del derecho de minorías no es sólamente una pulseada de sectarios, responde a intereses concretos, que nunca son admitidos en la "sociedad de la tolerancia, la pluralidad y las buenas costumbres". Y el problema es, de nuevo, el poner un "velo" sobre la realidad para intentar hacer abstracción de una realidad que no existe para lograr fines específicos como el control de la población hasta de sus aspectos privados. Se logra un totalitarismo de hecho en el cual las opiniones disidentes son barridas por "miedo a romper el pacto de legitimidad".


La auténtica política por el contrario, representa la realidad de las ideas políticas, ya no en un marco abstracto e ilusorio, sino que invita a decir las cosas como son y en todo caso desde otra perspectiva, pero ya no partiendo de presupuestos antojadizos. Presupone la libertad de los compatriotas de decir quiénes son sus amigos y sus enemigos, y de exigir por lo tanto qué es lo que representa sus intereses nacionales. La pantomima de dibujar una pluralidad que no responde a la realidad es no reconocer que todo pueblo es en esencia plural, no existe ni existirá jamás una comunidad en donde se piense absolutamente igual, y menos aún se puede presuponer una falta de representación en el siglo XXI.


El problema del pluralismo, del cual el "consenso" se nutre, también se expresa, tomándolo al amigo Schmitt, como la imposibilidad de crear un orden jurídico que exprese una autoridad determinada, es en sus mismos términos "una ética de la guerra civil" donde por exhibir una realidad política "supuestamente poco plural" el ataque a la autoridad, y por tanto al Estado, se vuelven hasta un deber ético, siendo otra de las razones por las cuales el pluralismo, la exacerbación minoritaria y la defensa del "consenso" son en esencia el mayor peligro para la democracia y la unidad política de cualquier nación, ya que cualquiera en nombre del pluralismo y el consenso puede imponer su voluntad ante los demás grupos sociales, y allí del derecho del individuo y la libertad política de cualquier ciudadano, no queda nada.


Además de crear esquemas ilusorios para lograr un control social, también cabe destacar que la idea se sirve de las instituciones y del Estado mismo para dinamitarlos desde dentro. Instituciones que dedican presupuestos en un esquema inexistente es hacer que el Estado a fin de cuentas pierda su verdadera finalidad que es la representación de la unidad política. Es decir, lo que divide a la unidad política no es la auténtica política que permite que se diriman los conflictos en el campo de las ideas concretas, sino el hecho de producir un "aislamiento social" (muy familiar en esta época, pero ya se venía dando desde antes) que restrinja a las personas o las haga auto-restringirse de opinar distinto del "consenso" o más bien, discurso único.


No hay que dejarse engañar, cuando se dice (por ejemplo) que "se politiza la salud", se está en realidad en el colmo de la ideología, porque se llega a la pretención de que aquel discurso oficial es el único que vale y todo lo demás es falso (manual de un dogma ideológico). Por lo tanto la invitación, más allá de reconocer esto, es a no dar el brazo a torcer y redoblar la apuesta, porque el pensamiento político si es auténtico es siempre autónomo, da definiciones concretas y se planta hasta de forma existencial ante el afuera. Cuando un representante del "consenso" socialdemócrata dice que "politizamos", entonces démosle la razón, porque en eso se ve quién es quién, y qué intereses defiende en la realidad, no en abstractas e ilusorias teorías.


Lucas Cianfagna.-

martes, 22 de diciembre de 2020

Cabalgar la post-modernidad ✳️


"En una época de disolución éste es pues el fondo esencial de una concepción de la vida apropiada para el hombre referido a sí mismo que debe dar prueba de la propia fuerza. Ser centrales o convertirse en centrales a sí mismos, constatar o descubrir la suprema identidad consigo mismos, es la contrapartida de todo esto."
Julius Evola

La trampa de la post-modernidad comienza a verse hoy, al igual que con su nacimiento se había visto la trampa de la modernidad misma, como quien descubre que ante conductas aparentemente contradictorias, un hijo termina comportándose sin saberlo, como su padre. 

Los relatos de la modernidad ya fueron duramente rebatidos por una gran cantidad de pensadores y filósofos de todo tipo de orientación incluso ideológica. Pero lo que la modernidad nunca se esperaría es que su propia profundización ("post" ya no en un "luego de", sino en un "ultra" de la modernidad) llevaría a la destrucción de sus mismos postulados, algo equivalente a la mística figura del ouroboros, aquella serpiente que girando sobre sí misma acababa devorándose su cola.

Aquellos postulados que invitaban a evaluar lo más sombrío del pasado y proyectar un futuro de luz, aquello es finalmente derribado como un castillo de naipes, donde este paradigma actual termina deconstruyendo el presente y borrando toda posibilidad de futuro cierto. Pero antes de hablar de categorías en sí mismas, es preferible en todo caso ir de la praxis filosófica a la idea, y no viceversa, para asegurarse de no contaminar la realidad con intentos etiquetadores, es decir, ver las cosas como son y en todo caso de la elaboración que surja, podremos luego definir. Por supuesto que no faltará quien me diga que esa es una definición, y es cierto, pero eso no hace menos necesario el enfoque.


En primer lugar, primero descartemos los intentos retardatarios por hacer una crítica a la post-modernidad con el ideal de volver al pasado, tal cosa simplemente no existe. Ni tampoco la actitud apropiada sería el de "retrasar" el tipo de devenir que esta época brinda, porque además de ser imposible, resulta en una pérdida de energías que no conduce a ningún lado. 

En segundo lugar, convendría en todo caso analizar el estado de cosas y sobre todo entender cuáles son las fuerzas que traccionan a la humanidad en lo general para que incluso el caos generalizado siga, irónicamente, algún tipo de sistema global, identificarlo, y tomar sus mismas herramientas para hacerlas propias, y valernos de esa misma fuerza para su superación. En resumen no sería más que identificar lo real, y hacerlo propio.

La época pre-anunciada por Nietzsche es la consecuencia del latente nihilismo occidental a partir de aquel proceso iniciado con la modernidad, y tal vez un poco antes, donde los valores absolutos que habían caracterizado a este hemisferio se verían cuestionados finalmente para llegar a una relatividad "absoluta" de los valores. La premisa deconstructiva no es más que una burda interpretación de Heidegger, quien trató de advertir y generar una vía para esta época. Al igual que con Nietzsche, los apologistas de la post-modernidad se jactan de terminar de barrer con todo vestigio de valores y tradiciones que han hecho de Occidente lo que fue.

Al punto es la negativa de aceptar todo lo que signifique "ser" para estas personas, que hasta su propio paradigma se define desde su nombre de forma retórica. Creo que acá estamos entrando en un punto importante para hacer una caracterización dual, no absoluta en sentido abstracto, pero sí sirve a modo de "tipos ideales", como lo puntualizó Carlo Michelstaedter: por un lado existen los retóricos, quienes precisan un punto de apoyo exterior para definir una identidad, y por otro lado, los persuadidos, quienes encuentran ese punto de apoyo en sí mismos.

La post-modernidad parte de una noción que bien podría considerarse de puros "retóricos", donde buscan definiciones a partir de lo que "no son", lo cual en principio no sería un problema, excepto en la falta total de direccionalidad, en su activismo irracional y su culto al vitalismo que no va más allá del racionalismo, sino que decae y va hacia lo infra-racional, en una especie de "retorno a la caverna". Los irracionalistas de hoy, como hijos de su autoritario padre "racionalidad", son el vivo ejemplo del engaño que significó la modernidad en cuanto a "evolución" de la humanidad y "progreso" hacia el cual teóricamente íbamos, sino por el contrario, fue un terrible regreso, una regresión que ha fragmentado las distintas dimensiones de la realidad para hablar de "razón-no razón", donde el resultado de esa dialéctica terminó dando el resultado inesperado: triunfó la no-razón, cuando en todo caso se debería tratar de un triunfar más allá de la razón, más allá de las pequeñas dualidades que nos quieren resolver en una indiferenciada identidad.

Luego, la trampa de la post-modernidad queda entonces a la vista, el culto por lo irracional y por la fuga del sí mismo, la evasión al auto-conocimiento, viéndolo en perspectiva, parece más un retroceso lento pero sin pausa desde el saber de nuestros padres de Occidente, al completo caos e indiferenciación de los sujetos, sujetos que fueron producidos en serie bajo el dogma racionalista anteriormente, y que luego serían producidos en una "auto-percepción" que no es más que un perderse más en las brumas de lo general, un no-ser que es defendido y militado, la pesadilla de cualquier filósofo de algunos siglos atrás se haría realidad.


Ahora bien, hay otro problema que no tiene que ver ya con las fuerzas propias de esta época y de este paradigma cosmológico, sino que atañen directamente a quienes han tratado de dar soluciones. Como mencioné al principio de nada sirve la actitud de retrasar un tal proceso, ni mucho menos pretender volver al pasado, esa es otra ilusión propia de esta época donde la auto-percepción se zambulle de lleno en el absurdo. Tampoco es la respuesta de algunos que proponen aceptar la situación  tal cual es y simplemente dedicarse a surfear la interminable serie de olas, como si se tratase de un nuevo "fin de la historia" donde el apocalipsis ha llegado y sólo nos queda ver si sobrevivimos a un nuevo cataclismo. 

Si bien la actitud inicial de aceptar las cosas como son es viable, se deben tener consideraciones: por un lado, aceptar el nihilismo y reconocer que estamos en una época de abismo donde el vacío también a menudo mira dentro de nosotros, como diría Nietzsche, pero también, entender que no debemos identificarnos de modo alguno con las corrientes anímicas y emocionales de la época. La ansiedad y la angustia son síntomas prácticamente universales en este tiempo, pero no debemos identificarnos con ellos, sino reconocerlos en nosotros como algo a combatir y aceptarlos hasta el fondo, porque sólo con una fuerza tal se puede poner fin a esto en nosotros mismos.

El vacío, que es algo que compone el núcleo de la esencia de las cosas, el núcleo donde las cosas se crean y el punto en el cual las cosas fueron destruidas. De cualquiera de las dos maneras, se trata de un punto cero, el cual nos da la clave desde el mismo origen del universo y de las constelaciones, de que el vacío lejos de ser un callejón sin salida, representa la clave para generar nuestra propia edad de oro, constituye la esencia de las cosas (el famoso sunyatta). Pero entendiendo que nunca será posible una tal cosa en lo exterior hasta que no hallamos hecho el recorrido interiormente, de lo contrario, seguiremos conformando la indeterminada identidad, como la fuerza de un mortero que muele todo formando una misma "cosa", proyectando la fuga del sí mismo en ese proceso colectivo disolutorio.


El punto cero puede verse como paisaje en las horas clave previas, tanto al amanecer como al atardecer. El punto cero del día que representaba la hora propicia para meditar y contemplar para muchas tradiciones, es una referencia distante pero no menos importante de que aceptar el vacío es la clave de usar la misma fuerza nihilista, ya no con fines destructivos, sino como impulso de aquella fuerza que todo lo tracciona, para llegar al resultado sin que la mente se rompa. Aquella falsa dualidad de fuerzas que ha quedado como herencia no deseada en esta época, es lo que nos hizo caer en primer lugar como Occidente, de lo que nos tenemos que levantar desde el vacío.

Cabalgar este gran tigre de fuerzas elementales y caóticas es la mayor prueba que se nos pueda presentar, donde quienes pueden permanecer sin que su mente se rompa, puedan exclamar con calma imperturbable: "me he probado a mí mismo, y en ese probar, he probado ser yo en toda circunstancia".


Lucas Cianfagna.-