
Hoy 1 de enero no sólo abre un nuevo año, también conmemora otro aniversario de la creación del Mercosur, tan criticado como elogiado en la historia de la región, que surge como un intento de dar un primer marco a una integración de fronteras económicas y comerciales de un continente. De ninguna manera podemos culpar a los detractores de la idea de una integración regional sudamericana a la luz de su fracaso, por muchísimos factores este objetivo se vio imposibilitado de concretarse desde aquel primer intento de acercamiento allá por el año 1989 entre Argentina y Brasil, alianza que sería fundamental para cualquier integración en el Cono Sur. Es entendible que luego de haber pasado por diversos momentos ideológicos en la región donde todos los gobiernos en cada década nueva más o menos seguían el compás de los vientos políticos de turno, desde el paradigma abierto de los 90's (al menos esa fue la idea) hasta el giro socialista "del siglo XXI" de la primera década de los 2000, donde en ambos casos los esfuerzos quedaron a mitad de camino.
Pero más allá de entender a quienes rechazan la idea, tampoco podemos darles la razón en que no es posible ni muchos menos en que no es necesaria una integración. América latina tiene quizá el resultado opuesto al modelo europeo del cual los autores han escrito ríos de tinta hablando de las bondades de su modelo de integración, aunque hoy día se han evidenciado las arbitrariedades y el exceso de burocracia de la Unión Europea, entendemos perfectamente que eso tampoco lo queremos.
¿Entonces qué queremos? Bueno, esa pregunta realmente es más fácil contestarla al interior de cada país sin duda, pero de todas maneras no es en vano hacérnosla desde un punto de vista del objetivo que estaríamos proponiéndonos si buscamos una integración, o al menos un bloque regional que permita atender a varias necesidades y desafíos que ya existían, y que con la arbitrariedad de las instituciones globalistas que la pandemia desenmascaró, nos hacen poder retomar este planteo.
Citando un poco al autor chileno José Briceño Ruiz, contamos desde la década de los 90's con el ya mencionado eje de regionalismo abierto que comenzó siendo, con las debidas reservas, el consenso de todo el continente como una forma de integración comercial y de posiciones de mercado en el mundo, el cual dio como resultado la creación del Mercosur.
Dicho eje que llegó a ocupar prácticamente la totalidad del mapa latinoamericano (con las excepciones de Cuba y Nicaragua, además de los tres países de la parte superior del Cono Sur como lo son Guayana Francesa, Guyana y Surinam), se había alineado en distintas velocidades y tónicas a la situación del mundo "unipolar" donde EE.UU. había ganado la Guerra Fría, el comercio internacional se ampliaba y se creaban instituciones globales que irían configurando el mundo que conocemos hasta ahora ya en declive como paradigma.
Esta carrera globalista que dio un ganador luego de varios siglos de competencia internacional (EE.UU.) marcaría la tónica de las instituciones que surgirían, así como las reformas que también culminarían en las estructuras vigentes como lo es la misma Unión Europea. Esto para Latinoamérica significó un desafío enorme, en un escenario generalizado de fracaso de la década del 80 de los modelos de sustitución de importaciones, quiebre de balanza de pagos y vuelta a la democracia en gran parte de los casos.
El regionalismo abierto fue aplicado, como dije antes, con velocidades distintas y por lo tanto logrando resultados distintos. Un país que supo aprovechar esta, y las otras modalidades de integración para fortalecer su posición geopolítica en el mundo fue sin dudas Brasil. El paradigma abierto de integración encontró a dicho país con una constitución recientemente creada, actualizada a las reformas que su última dictadura había efectuado en materia de objetivos estratégicos y había logrado introducir inclusive una mirada "sudamericana" expresamente establecida en la misma, lo cual resultó una novedad para el resto de los países.
El realismo político de Brasil les ha permitido comprender los distintos períodos y aprovecharlos, aún en aquellos momentos que se perfilaban más ideológicos, ya que la clave fue esa, la ideología no acabó con su política estratégica al final del día, algo totalmente opuesto, por ejemplo, al caso argentino, en cualquiera de los períodos.
El fracaso del regionalismo abierto se dio principalmente al interior de los distintos gobiernos durante la década del 90', donde muchas veces el camino se recorrió a medias, ya que los puntos fuertes de lo que este paradigma proponía, no eran sólo los de abrirse al comercio y posicionarse en mercados más diversos, también eran los de actualización tecnológica, mejora de la productividad a nivel industrial y una mayor adaptación a nuevos desafíos en materia educativa.
Los desfasajes entre los ambiciosos objetivos de integración y el resultado de uniones aduaneras imperfectas (como tanto se dijo) produjeron resultados negativos en lo social, que serían el perfecto caldo de cultivo para que la década siguiente, durante los años 2000, pudieran re-surgir las izquierdas populistas con su marcado discurso totalitario que ya conocemos.
En esta década el eje abierto se había contenido en todo el cinturón del Pacífico desde Chile hasta México, con sus relaciones directas con EE.UU. quien sería el país que permitiría colocar estratégicamente a dichos integrantes en los otros mercados globales, dejando a la región más continental y de cara al Atlántico ante otros dos ejes que surgirían.
Por un lado, el eje bolivariano capitaneado por Venezuela ante el liderazgo mesiánico de Hugo Chávez, que aprovecharía la década de alza en el precio del petróleo para financiar un proyecto de más ambicioso que se quedaría trunco por la propia dependencia en ese único recurso. En este eje lo acompañaban Bolivia, Nicaragua, Cuba y Ecuador, teniendo como prioridad oponerse a todas las instituciones creadas en la anterior década bajo la retórica "anti-imperialista", y bajo objetivos de mayor inclusión social de aquellos sectores que el fracaso del modelo anterior habían dejado.
Pero al mismo tiempo en el resto de la región acontecería un tercer eje conducido por Brasil llamado "revisionista", que a pesar de adherir a este giro retórico izquierdista, no tenía el mismo nivel de delirio ideológico y estaba mejor posicionado en objetivos realistas, en el caso del país luso-parlante sería otra oportunidad aprovechada para mejorar su situación mejor que nadie.

La habilidad de Brasil consistió en aprovechar el giro ideológico sin caer por ello en la conducción venezolana de un eje pre-destinado al fracaso, sino que por el contrario logró aprovechar ese petróleo barato que la alianza con el eje bolivariano le trajo para potenciar la base de su crecimiento industrial, mientras de paso, generaba un eje regional nuevo del cual sería su capitán y centro de gravedad para el resto de los países que lo integraban: Argentina, Paraguay y Uruguay.
Esto les permitió aventajar al resto de la región por un lado, y generar una competencia al liderazgo del eje abierto que era México, el que sería su competencia natural en materia de incersión, comercio e industria, puesto que México depende mucho de su comercio con EE.UU., mientras que Brasil tiene otras aspiraciones como potencia emergente en acercarse a Europa y los emergentes orientales como India.
¿En qué situación nos encontramos? En una muy complicada, porque el gobierno Argentino ha decidido brindar la apertura de la campaña de Lula Da Silva, quien también se ha reunido con varios líderes fuera del continente ya en tono de ser el próximo presidente de Brasil, lo cual va a traer varios inconvenientes. En primer lugar, su discurso marcadamente socialdemócrata y afín a todas las exigencias del globalismo lo ubican como un potencial problema, no sólo para Brasil, sino para toda la región por la relevancia que aquel país significa en el rumbo que todo el resto pueda seguir.
Otro aspecto no menor es el Grupo de Puebla, que en mi opinión es una fachada más presentable del mismo proyecto castro-chavista del Foro de Sao Paulo que podría dinamitar cualquier posibilidad de que tanto Brasil como la región adquieran algún rol relevante en el mundo, por lo que 2022 va a ser un año decisivo para todo el futuro de nuestros países.
Una alianza con Brasil se hace más que necesaria, sobre todo en tiempos de globalismo que da sus últimos intentos de control totalitario mediante sus instituciones internacionales, sus corporaciones y los Estados que aún pretenden llevar a cabo un dominio tal, al cual, hay que decirlo está sometido todo el aún vigente eje de regionalismo abierto que persiste en gran parte de la costa pacífica en Latinoamérica.
Brasil aún conservando el potencial revisionista (sin aún el delirio izquierdista del PT) con el agregado de tener un liderazgo disruptivo como el de Bolsonaro, permite una proyección internacional como fuerza emergente a la cual, o nos subimos, o quedamos en el camino sin retorno.
(el mapa no contempla las elecciones recientes en Honduras y Chile; así como tampoco la ideología del gobierno de México, puesto que comercialmente se encuentran en una posición distinta de necesidades y posibilidades que no le permite a dicho país romper con el eje abierto)
La lección que nos deja esto, es que no podremos despegar si no tomamos cartas en el asunto y dejamos de convalidar los delirios de varios "referentes" que son capaces de condenar a toda una población a la miseria con tal de repartirse un botín de dinero y poder. Adquirir relevancia geopolítica no significa sólo un renombre a nivel internacional, significa encarar el futuro tomando decisiones y apostando a que nuestros países vivan cada vez mejor.
Los intentos que la Nueva Derecha está realizando para afianzar valores como la libertad, la soberanía y la identidad, deben estar complementados por el realismo político de poner primero el sentido común y pensar qué objetivos se puede tener en el caso de cada país, y luego darnos cuenta, que como demostró el fracasado chavismo que no se puede vivir aislados, también nos daremos cuenta que los vínculos regionales son tan necesarios como lo son los valores que con ellos buscamos defender.
Lucas Cianfagna.-
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