"La evolución reconoce la base ancestral del 'estar', pero tiende activamente al 'hacer' como función social en la comunidad actual, aunque sin llegar a la apología del 'tener' como principio justificador de la vida." Julián Licastro
Érase una vez un joven filósofo en algún lugar de la Tierra, que con la edad de 23 años cursaba en su carrera de Filosofía, la materia de "Sujeto como ideal", donde se veía la temática en varios autores, del idealismo alemán y cómo se busca establecer un sujeto capaz de crear la realidad y formarla, un tema que despertaba el interés de gran parte del estudiantado. En su primer día, la joven profesora pidió a todo su curso que cada uno se presentara, y diera una breve información sobre sí mismo. Cada uno expuso su situación, cuántas materias llevaba -o bien- cuántas le faltaban, por qué eligió la carrera y qué inquietudes tenía. Nuestro joven filósofo expuso brevemente su situación, aunque con cierto orgullo y sin titubear, compartió su anhelo sobre el pensamiento y cómo le había llamado la atención la orientación de la cátedra. Siendo el último en poder darse a conocer, la profesora continuó explicando cuál es el programa, la forma en que se darían los contenidos, la metodología de evaluación y la estructura de temas.
No faltó mucho tiempo para que uno de sus alumnos se hiciera conocer y lograra la desaprobación total de todo el resto; se trataba de un hombre de 70 años que cursaba su segunda carrera de grado, habiéndose recibido joven de psicoanalista, y habiéndose dedicado la mayor parte de su vida a la docencia, decidió jubilarse y emprender esta segunda carrera. El hombre era insoportable, sobrepasaba todo límite de comentario enriquecedor, era el monopolio de la palabra en clase, siempre tenía algo que decir sobre todo, y para colmo, trataba de llevar el ritmo de la clase hacia cualquier tema que a él se le ocurría. La profesora, que con una gran paciencia intervenía con sutileza pidiendo no desviarse del tema que se estaba tratando, lograba de alguna manera re-encausar la orientación de la materia en cada clase, y así, cada clase iba teniendo que subir un poco el tono de su pacífica autoridad para lograr contener los enojos de todo el resto de alumnos que quería cursar de manera regular y sin interrupciones. Un buen día, antes de empezar otra de sus clases, decidió proponer al curso una salida definitiva a este conflicto: a modo de finalizar este problema y devolverle al resto las ganas de seguir adelante con la materia, propuso que si se mantenía la línea temática de las clases hasta el fin de curso, ella iba a permitir añadir un día extra luego de haber rendido los últimos exámenes, donde aquellos dos alumnos que mejor nota tuvieran, podrían acceder a un debate propio sobre los temas que les dé la gana. El viejo vio una oportunidad de oro, y decide entonces esforzarse al máximo para lograr aquel deseo que pesaba tanto en su corazón, que era poder ser él quien pasase a ser el centro de la atención. Por otra parte, nuestro joven entusiasta también vio una oportunidad de oro allí, más allá de lo obvio que significa recobrar la tranquilidad de la clase, sino que también percibió una oportunidad de ponerse a prueba frente a alguien que claramente ha vivido muchos más años y experiencias que él, pero que podría bien ser un obstáculo interesante. En cuanto al resto de la clase, quedaron sumamente conformes, si bien no tenían interés en quedar para el debate, al menos con ello conseguirían continuar con sus planes de cursar y sumar otra materia más a su boletín final, la materia gustaba en líneas generales y también había una buena predisposición por la fama que tenía la cátedra entre los alumnos de la universidad, ya que se veían en ella autores interesantes.
Así el curso siguió de forma tranquila y estable, se llevaron a cabo los últimos exámenes y se dio a conocer la nota de todos. Como era de esperarse, aquellos que vieron la propuesta como una gran oportunidad fueron los dos que sacaron las mejores notas, con a penas medio punto de diferencia entre sí. Es así que llega el día de la última clase, para sorpresa de nuestro joven filósofo, el aula se llenó, incluso por aquellos compañeros que no eran muy concurrentes. Al ser el viejo quien por décimas había sacado mayor nota, fue quien escogió el tema a debatir entre ambos; y allí se permitió abordar la temática misma de la materia para criticarla, empezando el debate de esta manera:
-Anciano: Si bien me propuse aprender y conocer más sobre todo aquello que pueda, no pude evitar notar la ingenuidad manifiesta que existe en la razón de ser de la cátedra, y me propongo esbozar mis motivos. Para empezar, el ideal de un sujeto creador de su propia realidad resulta en un espiritismo excesivamente metafísico, arcaico y carente de sentido para el devenir de la historia. Los procesos por el cual el sujeto es transformado en la historia son evidentes, y éste está atado a aquellos ritmos y sin los cuales no podría definirse a sí mismo. Pero otro aspecto es importante, y tiene que ver con el deseo y aquello que nos ata al poste de lo inmediato y nos pide saciar nuestra sed, quiero decir, aquel ideal que se pueda tener no resulta más que una ilusión al querer despegarse del deseo mismo.
Nuestro joven filósofo se acomoda en su asiento, y comienza con una sonrisa..
-Joven: En primer lugar podría empezar diciendo que me permito invertir los roles sobre la acusación de ingenuidad, pero no me voy a detener aún en ello. Cuidado con considerar al devenir histórico como fuerza que obtiene el único sentido de los acontecimientos, no sea cosa de que dicho argumento sea también carente de sentido frente al proceso mismo de la historia, lo cual resultaría gracioso, ya que si lo que nos define es el ritmo histórico, tarde o temprano aquella postura terminaría por refutarse a sí misma cuando el ritmo histórico realice una nueva síntesis. Estamos de acuerdo en que el deseo inconsciente, así como la falta, la laguna, la sed, son cosas que se nos presentan, pero me permito diferir sobre la fatalidad que conllevan. Si el deseo resultase un hecho necesario, ¿qué nos ata al poste de lo inmediato cuando no se conformó deseo alguno? ¿Qué lugar cabe dentro de la gran fatalidad edípica para considerar un momento previo a la formulación de un deseo? Hasta en el niño con su capricho encontramos una potencia hacia al menos, aquello que le da placer, o aquello que su cuerpo le reclama, hay allí una potencia a ser llevada a cabo, ya sea con el juguete o con la comida, no debe confundirse la filosofía reflexiva en torno al sujeto y la voluntad con una superstición, no es aquello lo que nos compete.
Algo consternado, el anciano pierde la comodidad y hace un esfuerzo mayor mientras los demás, inclusive la profesora, prestaban ávida atención.
-Anciano: Quisiera entender de qué manera has invertido los roles como dijiste, ya que no me queda claro. Quizás hayas dado argumentos formidables, pero aún no me has dicho de qué manera, como aparentemente se manifiesta en tus palabras, has pretendido defender el supuesto de la cátedra, es decir, ¿cómo el espíritu puede crear la realidad? Tratemos de aprender con esto, sobre todo teniendo en cuenta tu juventud, es algo que debe aprovecharse. Me has nombrado los motivos por los cuales lo que dije previamente está equivocado, según tu respuesta, pero aún aguardo algo más que retórica, sin ofender, pero siendo que decidiste defender la idea de la cátedra. En la historia de la modernidad la subjetividad ha sido una construcción interesante, pero siempre ligada a una realidad más grande, que son los procesos que dan lugar a esta subjetividad que luego los hombres tratan de volver suya, pero que no por nada, siempre se les escapa, y quedan entonces abandonados tras darse cuenta que el sujeto mismo, o sea, el Hombre, como tal ha muerto en su intento por definir una historia y un ritmo que lo excede de manera infinita.
Nuestro joven filósofo trataba de articular la mejor respuesta posible, ya que había mucho qué tocar, pero se permitió acomodarse los anteojos, mirar hacia el pupitre, subir la cabeza y continuar con mucha paciencia, ya que para esto se había dedicado previamente.
-Joven: Le aconsejo en primer lugar que deje de lado su preocupación, ya que confía tanto en el propio ritmo de la historia, espere con él la respuesta sobre los roles, ahora no interesa. Usted me pide que dé mis fundamentos sobre por qué defiendo la promesa de la cátedra, asumiendo que así lo fuera, y que deje las posturas retóricas respecto de lo que dijo antes. En primer lugar me resultó muy interesante la promesa de la cátedra, y quizás esté de acuerdo en sí con su propuesta, a lo mejor no con los modos en que se suele postular para alcanzarla, ni de las formas en las cuales se la considera, quizás allí haya algún principio de ingenuidad sobre el que usted quería saber, de cualquier forma, no sería una respuesta completa. Nuevamente, estamos de acuerdo en la construcción moderna de la subjetividad y que incluso ha tenido técnicas de sí muy precisas, provenientes incluso de períodos anteriores a la misma modernidad, de eso no hay duda. Ahora bien, esas subjetividades que usted señala que en vano los hombres tratan de volver suyas, son en sí producto de los mismos, ya que a pesar de los acontecimientos se establece una, al fin y al cabo, sin los hombres, no hay subjetividad construida, ni tampoco historia, ya que dichos ritmos que usted se empeña en señalar son también una creación de abordaje humanos, no vayamos a caer en esa soberbia historicista de creer cómo se dio la historia de una forma fatal sabiendo qué es lo que ocurrió, como aquel dicho "Todos somos periodistas con el diario del lunes por la mañana". En cuanto a la alusión de la frase de Foucault, resulta penoso que la utilice para reforzar una idea pesimista, ya que ni siquiera eso planteó el autor con respecto al tema, sino como una forma de sacarnos de encima un lastre que veníamos arrastrando sin sentido, y abrir el paso, retomando en parte la tradición filosófica clásica, aquellas formas de conocimiento de sí y de acceso a la verdad, pero dados en un contexto nuevo.
El viejo soltó una carcajada que causó la impresión de todos los oyentes, y dándose por satisfecho, trató de poner en ridículo al joven que ya comenzaba a mostrarse nervioso ante el tumulto de gente que observaba y escuchaba todo..
-Anciano: Eso pensé, no has presentado argumentos consistentes para dar vuelta alrededor de esa maraña abstracta que llaman "espíritu", o "potencia", o "voluntad", una vez más, la risa me excede en toda la verborragia religiosa que esbozaste. ¿Cómo puede el espíritu formar el cuerpo, o aún peor, crear la realidad? ¿Acaso hay un espíritu antes de que una persona nazca? ¿Decide el espíritu la vida que le ha tocado vivir..o será que el único "espíritu" posible es el del devenir incesante del cual no hay ninguna escapatoria? Los religiosos dan risa cuando tratan de defender el concepto de Dios a partir de tales elementos supersticiosos y arcaicos, ¿o acaso no resulta evidente el absurdo que conlleva?
Nuestro joven filósofo recupera la calma, y esta vez le toca a él sonreír una vez más, con picardía.
-Joven: Bien, ahora sí es posible completar aquello que mencioné al principio, y es que la ingenuidad que me di el lujo de mencionar como "cambio de roles", es lo que ha marcado enteramente todas sus respuestas. Verá, afirmar que el espíritu debe ligarse necesariamente a una forma fantasmal es una ingenuidad suya, y es por eso que aclaré previamente que me interesaba el lineamiento de la cátedra pero entendido de otra manera. Cuando decido hablar de espíritu, no me refiero sino a la voluntad o la potencia misma de llevarse a cabo a si mismo. El hecho de que usted no vea ninguna voluntad más allá de la manifestación de sucesos históricos, no prueba en absoluto que la voluntad humana no existe, prueba solamente que usted ha renunciado a la propia. Y quizás pueda engañar a algunas gentes usando la artimaña de comparar el concepto con una superstición, pero ridiculizar mi propio argumento parece ser la única vía para que no sea usted quien termine en completo ridículo. La otra artimaña es limitar mi propio desarrollo del concepto al terreno en el que usted está cómodo, que es el del tiempo y la historia, es decir, el hecho de que haya mencionado la imposibilidad de que un espíritu forme el cuerpo y cree la propia realidad, tiene que ver con que usted pretende someter el espíritu mismo a la tiranía del tiempo, donde lógicamente resulta imposible que haya un espíritu antes de la formación del cuerpo y de la realidad cronológicamente hablando. Pero es ahí donde radica el error y la ingenuidad, ya que considerar al espíritu o la potencia como un mero producto de los hechos y sucesos, no se condice con su real significado, o sea, lo que trasciende lo corpóreo. Por supuesto que no debe entonces ser entendido de un modo absoluto, ya que eso nos separa totalmente de su propia noción y se termina incurriendo en aquel infinito inalcanzable, o aquel conocimiento de lo universal que le he criticado; pero en cambio establezco esta noción vinculada a lo humano, que se expresa mediante la propia realización. Usted me pregunta, en tono de triunfo, cómo podría el espíritu crear la propia realidad entendido éste como una potencia y aquella como algo dado previamente. Y a eso contesto lo siguiente, si el espíritu humano es algo que busca trascender el tiempo, no se puede incurrir en la superstición de un fantasma que previamente decide en qué cuerpo de bebé meterse antes de nacer, sino que la voluntad, la potencia busca crear a partir de su realización como tal, no en un sentido cronológico, sino en un sentido de llevar la propia potencia al acto humano. Pensar que la potencia está antes en un sentido estrictamente cronológico es limitarla al tiempo, que no sólo no debe pensarse de esta forma, sino que incluso no puede, ya que sino se estaría apartando la noción de voluntad fuera del mismo ser humano, y como bien se sabe, cuando no se asigna voluntad a uno mismo, se le asigna a todas las demás cosas, lo cual explica el pesimismo de sus argumentos. Por otra parte, en el mismo aspecto reside otro de los errores, considerar la trascendencia limitada a la noción de tiempo es anular el principio mismo de trascendencia, y habiendo aclarado la necesidad de desligarla de cargas absolutas, algo tan simple como un proyecto a futuro desplegado por personas resultaría imposible según su premisa, cosa que sabemos que no pasa. Por último me gustaría darle un cierre de oro a por qué ha cometido ingenuidades en toda su argumentación. Usted nuevamente equivocó la conclusión, ya que me llamó religioso por no entender a dónde yo apuntaba, y a ello contesto de forma muy simple: hombre, no sea atolondrado, el hecho de que usted se defina por la negativa, no quiere decir que si yo adopto una postura persuadida aquella es religiosa, de hecho, yo mismo soy ateo, pero con la simple diferencia en que eso no me impide realizarme a mí mismo ni llevar a cabo en actos mi propia potencialidad, es más, me atrevería a decir que no hay otra forma de serlo, ya que tomar una postura de forma persuadida se logra por la aceptación de la realidad, la afirmación de la existencia y por realizar aquello que la propia voluntad pretende. Si queremos sacarnos de encima toda la vieja metafísica de asignar una voluntad al mundo, al universo, a la historia misma y robarla cual acto prometeico, aquello no logra sentido sino definiendo la voluntad humana como lo que crea la realidad por el simple hecho de que la intercede, la interpela, la cuestiona y la modifica, es decir, la realiza a partir de su participación en la misma. No se confunda, es usted quien está más cerca de aquellos dogmas oxidados que dice criticar, ya que la negación constante de toda existencia corresponde a la angustia sin resolver, a la cobardía y a la soberbia que le brinde alguna embriaguez de vez en cuando. No se confunda, usted simplemente está enojado y angustiado por no encontrar a Dios, lo aqueja el sentimiento del absurdo. No es ningún ateo, porque serlo implica necesariamente realizarlo, y como usted ha renunciado a la voluntad propia, no puede siquiera ser algo por retórica.
Lucas Cianfagna.-

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