El estreno del último documental, "El ajedrez de Londres", en mi canal de Somos Occidente, expone una verdad incómoda que la geopolítica convencional prefiere ignorar: la élite de Londres no opera bajo la coyuntura del día a día; su planificación se mide en siglos. A través de las tesis que analizamos, como el "Proyecto Gran Corán" o "Londres Nueva Jerusalén", desnudamos un entramado financiero y de inteligencia que utiliza el control asimétrico, la balcanización regional y la disolución de los Estados-nación para asegurar su zona de influencia global en el siglo XXI.
Frente a este mapa de dominación supranacional, donde presidentes y primeros ministros suelen actuar como meros camareros sirviendo los intereses de las finanzas abstractas, la Argentina se encuentra ante una disyuntiva existencial. Tradicionalmente, se nos ha querido imponer un molde de "Occidente" homogéneo y subordinado, dictado desde los distintos proyectos de élites financieras. Sin embargo, nuestra realidad es otra: Argentina es Occidente a su manera. No somos el patio trasero ni la prolongación del proyecto de nadie, sino una síntesis criolla, mestiza y austral; una civilización propia con un destino histórico inalienable.
La diferenciación del proyecto de Londres y la trampa del Atlántico Norte
Mientras el Proyecto Nueva Jerusalén de la City londinense teje su hegemonía mediante think tanks como la Chatham House, redes encubiertas de inteligencia y el control absoluto del sistema financiero global, para la Argentina, la definición de un rumbo estratégico a largo plazo exige, como primer paso ineludible, una clara diferenciación respecto de la anglosfera y sus proyectos, no sólo porque en relación a nosotros, a la manera de Schmitt, constituyen un "otro", sino porque inclusive, se encuentran en decadencia respecto de su fuerza gravitatoria que en otras épocas ejercían respecto de los países de segundo y tercer orden. Históricamente, las potencias anglosajonas han pretendido imponer una cartografía mental y un modelo de "Occidente" estandarizado que reduce a las naciones australes a la periferia económica y la subordinación geopolítica. Frente a este diseño ajeno, la máxima "Nuestro norte es el Sur" deja de ser una mera consigna geográfica para convertirse en un código geopolítico soberano: la afirmación de que nuestro espacio no es el apéndice de ningún centro de poder del hemisferio norte, sino el núcleo de un proyecto civilizatorio bicontinental con intereses y vectores propios.
Asumir esta postura implica comprender que la Argentina es Occidente, pero a su propia manera. No compartimos el nihilismo tecnocrático ni las agendas de disolución estatal que hoy caracterizan a los proyectos de las élites noratlánticas; nuestra identidad se cimenta en una síntesis criolla, mestiza y austral, cuya proyección simbólica y cultural constituye un activo estratégico irrenunciable. Entender el ser argentino como una reserva de arraigo, territorio y voluntad de autonomía es lo que nos permite disputar el sentido de nuestra propia soberanía. A partir de jugar bajo nuestros propios códigos estratégicos podremos dejar de ser espectadores pasivos y consolidar a la Argentina Austral como un actor central y disuasivo en el escenario global.
Históricamente, el Imperio Británico nos asignó el rol de una estancia proveedora, un satélite económico integrado a su división internacional del trabajo. Hoy, esa misma lógica se traduce en la persistente ocupación militar de nuestras Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur. No se trata de un mero capricho histórico; es un enclave estratégico vital para el control de los accesos interoceánicos y la contención de nuestra proyección hacia las riquezas del mañana. Diferenciarnos de la agenda de Londres es, ante todo, un acto de supervivencia y de estricta justicia histórica.
Pero cuidado, a Londres no le interesa la Argentina de manera particular, este mismo esquema en el Siglo XXI se traduce en el rol que ocupa la OTAN como principal caballo de batalla de sus fichas a nivel militar, pudiéndose involucrar en Europa sin tener que estar dentro de la Comunidad Europea, de la misma manera en que puede involucrarse en Medio Oriente sin la necesidad de pasar primero por la burocracia de Bruselas. Si tenemos en cuenta el rol que ocupa la organización Five Eyes ("5 ojos"), cuya existencia antecede a la misma OTAN, nos damos cuenta que la zona de influencia Anglo, tanto en el Atlántico como en el Pacífico sirven de contención tanto a Europa como al extremo Asia.
El ajedrez de Londres, es un juego de 5 tableros simultáneos.
La proyección antártica como eje civilizatorio
Para romper con la visión subordinada y dejar de ser espectadores en el teatro de operaciones de los principales proyectos globales, Argentina necesita consolidar su propio proyecto civilizatorio. Este no se diseña copiando recetas ajenas en los centros del norte, sino asumiendo nuestra verdadera geografía: la de una Nación bicontinental.
Nuestra mirada debe anclarse definitivamente en la proyección antártica. El mapa de nuestro país no termina en los límites del continente americano; se extiende a través del Mar Argentino, de las islas del Atlántico Sur y del Continente Blanco. El Tratado Antártico, del cual somos firmantes originarios, no debe entenderse como un congelamiento de nuestras legítimas aspiraciones, sino como el marco jurídico fundamental donde el resguardo de la paz, la ciencia y la soberanía cooperativa nos posicionan como un actor central del cuadrante austral. El futuro científico, tecnológico y energético de la patria se juega en el hielo y en los mares del Sur.
Para esto Argentina ha jugado a favor de una alianza con EE.UU., lo cual condicionará nuestra política exterior en el largo plazo. Esto no significa necesariamente algo negativo, sino que el punto de partida para entender de acá en más nuestras posibilidades, es entendiendo que EE.UU. se ha replegado en su región hemisférica. Y sabiendo esto, es fundamental entender que para que aquello se traduzca en la mejor expresión de nuestros intereses y códigos geopolíticos, es jugando a ser un actor bilateral fuerte. En eso no hay otra opción. Para que Washington respete las aspiraciones soberanas del último país austral, debemos aceptar su presencia en el hemisferio, pero no de manera incondicional, sino buscando el equilibrio que constituya nuestras aspiraciones históricas respetadas.
Washington entendió en los comienzos de su independencia, que necesitaría convivir con los británicos a pesar de separarse de su proyecto político. En esta época de zonas de influencia, reafirmar la presencia estadounidense en el hemisferio no debe significar subordinación, sino convivencia con paciencia estratégica. La misma que, por ejemplo, ha sabido tener Irán en su región, hasta que pudo establecer un diferencial que equilibre la relación con su vecindario en su propio favor.
La IA, robótica y el desarrollo de la cadena de producción de drones ha demostrado que "periferia" no significa imposibilidad de defender lo propio, e incluso, la tendencia igualadora que tiene este potencial tecnológico va a disparar la próxima carrera geopolítica cuyo recurso principal es el conocimiento, transformando todos los órdenes; las relaciones económicas que antes pensábamos deficitarias en términos de guerra, hoy se vuelcan en favor de esas cadenas de valor; y por otro lado, los sistemas políticos se van a ver en jaque ante un corrimiento real del flujo de poder hacia instituciones informales que verdaderamente lo ejercen, lo cual nos traerá también un desafío institucional nuevo: mayores cadenas de mando, mayor descentralización de las cadenas de valor y desdibujamiento de la frontera entre civil y militar.
Hacia una geopolítica propia: "Nuestro norte es el Sur"
Ejecutar nuestros propios códigos exige subvertir la cartografía mental que nos impusieron y adoptar una máxima innegociable: "Nuestro norte es el Sur".
Asumirnos como un país verdaderamente austral significa comprender que nuestra aparente periferia actual es, en realidad, nuestra mayor fortaleza para el mañana. Mientras el hemisferio norte se desgasta en conflictos artificiales, crisis de deuda terminales y reordenamientos demográficos gestionados por las élites globales para debilitar las soberanías nacionales, el cuadrante austral y la Argentina emergen como un auténtico reservorio de estabilidad, recursos estratégicos y arraigo existencial.
Una geopolítica propia nacida desde este punto de partida requiere:
El rechazar de plano el alineamiento automático con los proyectos globales que buscan licuar los intereses de los pueblos en función de proyectos que nos son ajenos; lo cual no significa poder designar aliados tácticos temporales o estratégicos más a mediano y largo plazo.
La consolidación del Atlántico Sur y la Antártida como zonas soberanía irrenunciable, fortaleciendo la presencia efectiva de nuestro desarrollo científico y de nuestras capacidades de defensa nacional. Y en vista de los últimos despliegues en las guerras de este siglo, comprender que con poco, podemos hacer mucho para disuadir.
La defensa de nuestro Occidente propio: aquel que no rinde pleitesía al nihilismo tecnocrático de los proyectos de élites, sino que reivindica la familia, el trabajo, el arraigo a la tierra y la soberanía del espíritu.
Comprender cómo mueve sus piezas el adversario es el paso previo indispensable para empezar a jugar nuestro propio juego. Argentina posee la historia, el territorio y la profundidad cultural necesaria para trazar su propio rumbo. Un rumbo con los pies firmes sobre el suelo patrio y la mirada clavada, con orgullo, en el Sur.
Lucas Cianfagna.-