"El mal no es nunca 'radical', sólo es extremo, y carece de toda profundidad y de cualquier dimensión demoníaca. Puede crecer desmesuradamente y reducir todo el mundo a escombros precisamente porque se extiende como un hongo por la superficie. Es un 'desafío al pensamiento', como dije, porque el pensamiento trata de alcanzar una cierta profundidad, ir a las raíces y, en el momento mismo en que se ocupa del mal, se siente decepcionado porque no encuentra nada. Eso es la 'banalidad'. Solo el bien tiene profundidad y puede ser radical." Hannah Arendt
Reinterpretación de lo biológico
Como había dicho anteriormente, la forma en que las relaciones humanas se fueron consolidando desde el siglo XVIII, tiene que ver con mecanismos y tecnologías de gobierno que fueron más allá de la mera administración ejercida sobre riquezas, finanzas y una ley rigurosa que acompañe todo lo demás, mientras ésta iba tomando otra forma, más ambigua, menos rigurosa y con mayor carácter subjetivista (interpretativa), comenzó a tomarse en cuenta con mayor detenimiento aquellas áreas donde los gobiernos anteriormente no prestaban demasiada atención. La modernidad, el crecimiento demográfico y el incremento de esperanza de vida significó tener que calibrar de nuevo la forma de concebir la política, sobre todo durante el desarrollo de un Estado que, ya no sólo debía velar por el mantenimiento de la vida y la seguridad física de los individuos, sino que habiéndolo garantizado, requiere plantearse una serie de interrogantes que tienen que ver con la complejidad que las relaciones sociales iban teniendo cada vez. Y a esto, sumado un contexto de avance positivista de la ciencia y el método, nació una percepción de las sociedades a partir de cómo incrementar y satisfacer las demandas de vida, asegurar una política amplia, tomar los espacios como "ecosistemas", para lo cual el concepto de biopolítica encaja muy bien, ya que a partir de las tecnologías de poder e instituciones del orden liberal, se estableció una matriz que condicionaría (para ser bueno y no decir "determinar") la forma de vivir, la forma de percibirse a sí mismo como individuo, y la forma en que la sociedad se percibe a sí misma, la forma en la cual establece sus relaciones sociales, desarrolla sus artes, su ciencia, organiza sus saberes, etc. En fin, lo que atañe a la cultura, no es algo meramente que se ve a diario, sino que incluso queda grabado en el inconsciente por ser una conducta habitual y organizada para un fin, por supuesto que en cuestiones de poder no se dan nunca todos los efectos deseados, ni todos los efectos que se dan lo son, puesto que nadie puede prever todo, ni tampoco orientar de manera total una conducta, por más tiránico que sea el régimen, siempre habrá resistencia de algún tipo, menor o mayor; y con esto, lamento pinchar el globo de los conspiracionistas, pero era necesario aclararlo, ¡no vaya a ser cosa que me crean uno de ellos!
De la biología a la medicina, el poder justifica lo miserable
En este desarrollo de la complejidad de las relaciones sociales bajo la nueva perspectiva de la biología que buscaría orientar las conductas hacia un tipo de sujeto, se establecen instituciones nuevas, o bien, se retoman algunas viejas pero con una importancia que resulta novedoso como lo es el caso de la medicina, la psiquiatría y la sexualidad, como bien explicaba Foucault, a modo de mostrar cómo condicionan aquellas tecnologías el comportamiento humano. En esto, lo que resulta más importante y quizás lo que intente marcar -que continúa al día de hoy- es la cuestión que atañe a la normalidad, que si bien la relación comienza con el desarrollo de los roles de estas ciencias biológicas, me interesa más marcar el aspecto sintomático, a modo de que se entienda mejor. La normalidad constituye la mejor forma de establecer un control totalizante, los normales se desarrollan por las vías comunes, y los anormales (quienes pueden llevar a cabo un intento de superar los prejuicios de la normalidad de la mayoría) quedan a la suerte de las otras instituciones, quizás incluso, al margen de lo legal, en donde se los trata y con ello se reafirma la orientación conductual que se pretende de una masa, logrando así que en respuesta exista luego lo que la sociedad pasaría a querer condenar (los parias, los renegados, los criminales, etc). Resulta gracioso cuando un liberal critica a un marxista porque lo considera parte de una masa boba, siendo que el concepto de masa boba fue una innovación moderna que le debe al liberalismo, mediante estas mismas instituciones y prácticas de poder. El liberalismo no afirma un individuo dotado de fuerza y capacidad de autonomía, muy por el contrario, conduce bajo preceptos morales muy marcados y nocivos, que coartan todo tipo de plenitud de la personalidad y de su posible creatividad. Esta normalidad ha constituído para las formas de vivir modernas, la derrota de la excelencia de espíritu, de todo intento organizador de una comunidad que prepararía el terreno para un tipo de hombre realmente libre. El error primordial de un liberal cuando critica a un marxista, o un populista, es que no sabe que tales expresiones se dan en un marco de victoria cultural e institucional de siglos, del liberalismo, es decir, que el marxismo o el populismo sean de tal forma y no de otra, significa que constituyen en sí una reacción provocada por el mismo fenómeno liberal. Lo que los liberales critican como un hecho aislado, es en realidad una abstracción errónea, puesto que ese populacho enardecido que dicen despreciar, nació en el seno de las ideas de libertad, igualdad y fraternidad; el jacobinismo tiene varias vertientes (entre las cuales expresiones jurídicas del comunismo y el fascismo han adherido, como son los casos de Marx y Schmitt), y si algo es seguro, es que constituyó la perfecta reacción contraria de la acción que le dio inicio, esto es, la idea liberal. Teniendo en cuenta que el Estado moderno atraviesa tres etapas constitutivas para garantizar su desarrollo, la tercera es la del Estado de Derecho, y en ella se fija la creación de un cuerpo legal que acompañe el ejercicio de gobierno y pueda limitarlo, ya que por la naturaleza misma del Estado, éste tiende a ser totalitario cuanto más disociado esté el gobierno de las formas jurídicas.
Bueno es todo aquello que potencie el vivir
Para abordar una propuesta sobre una forma que cree personas libres, es indispensable reemplazar las instituciones liberales, y con ello no me refiero a un ministerio, sino a aquellas formas existentes en nuestra manera de percibir la sociedad que pueda proyectar otro modo de vivir. La normalidad constituye un ejercicio aberrante de guiar la conducta, a esto me refiero -haciendo una pertinente aclaración- a un concepto absoluto de normalidad, ya que no es en sí algo malo establecer el análisis de una norma, el problema es cuando esa norma se establece de antemano o se utiliza para embrutecer y para crear un entorpecimiento, o incluso un impedimento de la evolución humana en su cultura y su desarrollo, sería buen momento entonces comenzar a plantearse la tarea de organizar el Estado y disponer de él no como un fin, sino como la herramienta para el mejoramiento de la vida en comunidad. Y lo volveré a afirmar, para quienes se les pudo ocurrir el absurdo de que la libertad se garantiza sin leyes y sin gobiernos, están muy equivocados, incluso quienes plantean una supresión de las jerarquías, ya que podemos discutir en qué medida una jerarquía está agotada y crear una estructura nueva, pero no se puede atacar la razón misma de ordenamiento, la cual garantiza un desarrollo guiado para que se pueda vivir de otro modo. Organizar no significa coartar la pluralidad, por el contrario, los impulsos humanos son muy diversos y negarlos puede constituir un error gravísimo en el cual ha incurrido esta práctica de la normalidad, ya que no hay libertad de impulso, el impulso condiciona el escenario, la libertad consiste en decidir qué hacemos con él, dejarlo florecer sin auto-control significaría el paralelismo de esa idea absurda de vivir sin leyes, lo cual dejaría el terreno apto para la tiranía, donde la búsqueda de negación del impulso logra que éste acabe con la persona. La organización de uno mismo, es lo que podríamos llamar una soberanía personal, la cual hace posible, expandiendo la frontera de posibilidad, una soberanía grupal. Esta organización es nada menos que disponer de uno, atender las necesidades y canalizar los impulsos que a priori podrían significar un peligro, de manera más efectiva.
En reivindicación de la excelencia
Entendiendo este desarrollo de las relaciones sociales y habiendo atacado la raíz del problema, me propongo realizar una revisión de los conceptos de bueno y malo. En las formas que estamos acostumbrados a pensar las cosas, incide notablemente esta cuestión que mencioné anteriormente de la normalidad, ya que lo moral es una cuestión personal, se podría hablar de lo ético en todo caso como un tema que nos compromete a todos. Ahora bien, no resulta muy difícil darse cuenta que la opinión mayoritaria está condicionada fuertemente por esta práctica normalista, aunque ha variado y se ha diversificado esto, el grueso de las personas consideran pertinentes sus juicios sobre algo por su relación con lo establecido como normal o anormal. El problema de esta práctica, es que la reflexión moral que resulta un aspecto esencialmente personal, se trata de imponer como una regla colectiva, y allí se obtiene un juicio fuertemente condicionado por el establecimiento de dicha normalidad, es decir, se establece una relación de juicio "normal = bueno", "anormal = malo", o bien, siguiendo este mismo esquema se invierte creyendo que se pone un nuevo esquema sobre la mesa, y en verdad, resulta lo mismo, ya que esta tecnología de poder no se encarga de guiar la conducta sólo de los normales, sino -e incluso precisamente- la de los anormales también. Retomando la idea de Hannah Arendt, quien proporcionó una reflexión sumamente interesante cuando abordó el caso del juicio a Adolf Eichmann, logró establecer una conclusión relativamente novedosa (y la cual le valió perder unos cuantos amigos de su misma comunidad), esta es; que erróneamente se creyó que el mal es un producto de personas excepcionales, como si se tratase de un fenómeno espiritual dotado de significado el cual se combate una vez que éste aparece. Lo que nos vino a demostrar, es que de la normalidad absoluta e instrumentalizada es que surge dicho mal, lo cual significaría, que el mal proviene de lo mediocre y de lo enfermo (incapacidad de asimilación), por tanto, lo radical y lo profundo queda para el bien, y esto nos deja en un escenario distinto del pensado hasta entonces como en una posibilidad de pensar el bien y el mal desde otro lugar, ya no como lo que es normal o anormal, sino como una propuesta fáustica, un desafío hacia el pensamiento y hacia poder engañar al propio diablo, esto es, pensar el bien y el mal sobre lo que empobrece o potencia la acción de vivir misma.
Lucas Cianfagna.-

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