jueves, 4 de junio de 2026

🇦🇷⚔️ 4 de junio: Argentina es Occidente a su manera

 



Revuelta de Argentina contra el status quo mundial

El Grupo Obra de Unificación (G.O.U.), un grupo de jóvenes oficiales, decidió tomar el poder ante una sucesión de gobiernos que habían socavado las instituciones mismas del Estado argentino y habían puesto en peligro a la institución misma de las Fuerzas Armadas (FF.AA.). Imbuidos en aspiraciones nacionalistas y de forjar un destino de país industrial y tecnológico, decidieron que no había mejor sector que el militar para encargarse de aquellos segmentos productivos que se identificaban como estratégicos; era otra época.

Esta rebelión contra el "sentido de la historia" en que Argentina tenía un camino subordinado al orden mundial significó también establecer una hipótesis de conflicto seria: el avance del comunismo y de los "frentes populares" que desde Chile instigaban secesiones territoriales. Al igual que previendo el resultado de la SGM, intentarían liderar un proceso político que dejara a la Argentina en una mejor posición a nivel geopolítico.

Argentina estaba dispuesta a combatir el comunismo y ser occidentales, pero a nuestra manera, con nuestras propias aspiraciones, y sin atender discursos únicos, algo similar a lo que podría pasar hoy, con otra tónica y otras ideas. Cosa que tiempo después de aquel evento significó el proyecto de inserción e integración de Argentina a nivel regional desde su propio liderazgo como país en el Fin del Mundo, encabezado por uno de aquellos jóvenes oficiales del 43, el entonces Cnel. Perón.

La herencia en Argentina

Significó el comienzo de un antes y un después, en lo bueno y lo malo para la política argentina, sin dudas. Porque con aquel acontecimiento surgiría el peronismo, y ese particular modo de hacer política que sería objeto de amores y odios viscerales. Surgiría también algo no menor, que es el nacionalismo argentino desligado de esa reivindicación puramente religiosa y se abriría una vertiente que estuviera más preocupada por los temas de interés nacional y de valor estratégico, así como también de todo aquello que hace a la identidad argentina, más allá de la religión católica. De igual manera podemos decir que fue uno de los tantos y extendidos intentos en todos los países hispanohablantes del continente de depurar, reformar o revolucionar sus FF.AA. y darles, según el caso, el rol que la situación y el contexto de época les reclamaría.

La lucha por la integración y la presencia soberana efectiva sobre el territorio ha sido una bandera de aquellos años, y que por decisiones o negligencias ha resultado en el tiempo aún una deuda pendiente para el pueblo argentino. Con la vuelta de la democracia hemos confundido el repudio a los años más oscuros de la historia con el desarme, la indefensión y el camino hacia la irrelevancia geopolítica que tantas veces hemos mencionado en este espacio, por el cual no queda otra alternativa que reajustar el criterio más allá de ideologías del momento (o momentos anteriores) y actuar con las herramientas que tenemos.



Actualidad geopolítica: Del globalismo al tecno-feudalismo

El mundo ante el cual nos perfilamos ya no responde únicamente a la vieja lógica de Estados-nación en pugna; asistimos a una mutación sistémica. Hemos transitado de un globalismo de fronteras laxas a una suerte de tecno-feudalismo o "ilustración oscura", donde las élites globales y los grandes conglomerados tecnológicos pujan por concentrar el poder real, erosionando las soberanías tradicionales y planteando un escenario de gobernanza atomizada y tecnocrática.

En este marco de fragmentación, la cartografía estatal se reorganiza en bloques rígidamente enfrentados. El escenario que el especialista Guillermo Lafferriere bautizó como "Yalta 2.0" se ha complejizado. La vieja estrategia de Kissinger de buscar un orden tripolar aislando a China o atrayendo a Rusia fue sepultada por la rigidez de Washington. El tablero actual muestra una Eurasia abroquelada por el espanto y la necesidad de supervivencia frente a Occidente.

Por un lado, el frente europeo sigue tensionado al límite: a pesar de los intensos esfuerzos de Moscú, Ucrania ha demostrado una capacidad de resistencia enorme, sosteniendo el conflicto mediante operaciones asimétricas y ataques con drones a puntos clave del territorio ruso que frustran cualquier resolución rápida. A este eje de fricción euroasiático se sumó de manera abierta la desestabilización en Oriente Medio con la entrada directa de Irán a principios de este año, consolidando un bloque de resistencia multipolar donde Pekín opera como el gran soporte financiero y logístico del Este, y Rusia e Irán actúan como los arietes político-militares.

El advenimiento de esta nueva post-polaridad es un hecho. La administración Trump busca forzar un alto al fuego en Ucrania y desactivar el gasto militar de la OTAN, pero la inercia del conflicto y los intereses de las élites corporativas globales dificultan un retorno al statu quo anterior. Ante este panorama, alinearse doctrinariamente con el Occidente geopolítico que lidera EE.UU. puede mitigar ciertas fricciones inmediatas, pero nos obliga a vigilar milimétricamente que nuestros lazos comerciales estratégicos —particularmente con China— no comprometan nuestra posición. Si Argentina decide reafirmar su pertenencia a Occidente, debe hacerlo bajo la premisa de la Guerra Fría original: garantizando sus propios códigos geopolíticos a largo plazo, y no rindiéndose a un nuevo Consenso de Washington ni cayendo en el viejo latinoamericanismo adolescente del que afortunadamente hemos salido.



Conclusiones

Teniendo en cuenta que operamos en este escenario de post-polaridad tecno-feudal y bloques de influencia, la neutralidad abstracta es inviable. Conviene apoyarse en todo tipo de alianzas que nos permitan el contrapeso necesario para lograr que aquellos objetivos de largo plazo que hacen a nuestros códigos geopolíticos no se vean comprometidos. Pero para ello, primero hay que hablar de cuáles son y por qué son irrenunciables: Malvinas, presencia en el Atlántico Sur y la proyección antártica.

Rivalizar a nivel regional con EE.UU. no sólo sería innecesario al día de hoy sino incluso contraproducente; por lo que la estrategia debiera ser la de equilibrar la defensa de los valores occidentales de la soberanía y la libertad, mientras se mantiene la máxima exigencia en nuestros reclamos territoriales. En un mundo fragmentado en zonas de influencia y redefiniciones civilizatorias a partir del uso de la tecnología, el Norte buscará consolidar su zona de influencia; nosotros debemos hacer lo propio en el Cono Sur, proyectando poder nacional y masa crítica regional de manera conjunta.

De esto podemos aprender de la historia de los años 40 y 50: tomar lo que nos sirve y descartar lo que no, entendiendo que cada época responde a sus propias circunstancias. Más allá de las divisiones ideológicas o económicas tradicionales, el 4 de junio nos rescata el sentido soberanista y la necesidad imperiosa de construir poder soberano, incluso en un escenario que incluya a la nación, pero que la integre en una unidad mayor que necesitamos para que ese poder soberano sea efectivo. Hoy, frente a las élites globales que decretan el fin de los Estados, podemos y debemos exclamar con más fuerza que los argentinos somos Occidente, pero a nuestra manera.

Lucas Cianfagna.-

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