martes, 13 de enero de 2026

Irán para los iraníes: La Revolución será Nacional o no será

 ISRAEL Y TRUMP PREPARAN OPCIONES SOBRE IRÁN, PERO LA VERDADERA LIBERTAD TIENE QUE NACER DESDE ADENTRO



Mientras Netanyahu reúne a su gabinete de guerra y Trump da señales de que podría aumentar la presión militar por la represión brutal del régimen iraní, el mundo mira.

Pero el futuro de Irán no puede definirse con bombas extranjeras ni con agendas de afuera. No esta vez.

Cuando el sha Mohammad Reza Pahlavi fue derrocado por los ayatolás, Irán no era perfecto, pero tenía herramientas para construir un futuro próspero.


Hoy, en cambio, suben la pobreza y la inflación, y el fracaso del régimen para administrar los enormes recursos del país ya no le deja margen para sostener ninguna pretensión de legitimidad.

El sha no era ingenuo. Entendía que el comunismo y el islamismo político eran amenazas existenciales. Su servicio de inteligencia, la SAVAK, combatió a ambos: de manera despiadada, sí, pero con una lógica estratégica.



Tampoco era un títere de Estados Unidos ni un fanático “occidentalista”. Se asoció con Israel y con Occidente para mantener un equilibrio regional, no por ideología, sino por supervivencia. Irán había sido un imperio de 2.500 años. Él actuaba en consecuencia.




Ahora, con la República Islámica tambaleando, la pregunta es: ¿Irán va a terminar como Siria, despedazado por la intervención extranjera y el caos interno?



Los iraníes necesitan un cambio de régimen, pero también necesitan reconstrucción nacional. Eso implica volver a levantar instituciones, reordenar prioridades y poner por delante, por encima de todo, el interés nacional de Irán.

Incluso el príncipe heredero Reza Pahlavi lo dijo con claridad: la ayuda puede y debe existir, pero no a través de la fuerza militar. Un respaldo económico y el acceso a activos congelados podrían darle a los iraníes más capacidad para recuperar su país.



Las amenazas externas son reales. Erdogan sueña con un orden neo-otomano. Netanyahu mira la región con ambiciones de dominio. Irán tiene que ser lo suficientemente fuerte para resistir a ambos, no convertirse en su campo de batalla.



Irán, además, ya está atravesado por una red de conflictos regionales que explica por qué cualquier presión externa puede convertirse en incendio generalizado. Desde hace décadas, Teherán busca “profundidad estratégica” apoyándose en aliados armados y estructuras paralelas: Hezbollah en Líbano, milicias en Irak, socios en Siria, y los hutíes en Yemen; articuladas en gran medida alrededor de la Guardia Revolucionaria y su proyección regional.

Ese entramado abrió varios frentes simultáneos: una disputa con Israel que dejó de ser solo “guerra en las sombras” y se volvió más abierta y directa, y un tablero levantino donde las derrotas o retrocesos de los aliados de Irán reacomodan el equilibrio de poder. En Líbano, por ejemplo, tras la guerra Israel–Hezbollah de 2024, el Estado libanés y su ejército avanzaron en planes de desarme y despliegue en el sur, con tensiones todavía latentes.



En el mar también se juega una parte clave: los hutíes han golpeado el comercio y la seguridad del Mar Rojo, forzando desvíos de grandes navieras durante largos períodos; incluso cuando la tensión baja, el retorno es gradual y condicionado por la seguridad.


Y, si Washington se involucra, el mapa se multiplica: Irán ha advertido que ante un ataque podría responder contra Israel y contra bases estadounidenses en la región, lo que convierte a Irak, Siria y el Golfo en escenarios potenciales de escalada, aun cuando el conflicto “principal” parezca estar en otro lado.

Y hay otro factor que suele omitirse: Irán es un país multiétnico, con grandes minorías concentradas en zonas fronterizas: azeríes en el noroeste, kurdos en el oeste, baluch en el sudeste, árabes en Juzestán, turcomanos en el noreste, entre otros, y con tensiones históricas por idioma, representación política y desarrollo desigual. 

En ese contexto, el Estado central teme que cualquier crisis mayor habilite una lógica de “centro vs periferias”.

Por eso, además de la disputa con Israel y la competencia con Turquía, el régimen enfrenta focos internos donde lo étnico y lo separatista se mezclan con lo militar. En el oeste, existen partidos y organizaciones kurdas con trayectoria (como el KDPI y Komala) y también estructuras armadas como PJAK, cuya dinámica se cruza con el tablero kurdo en Irak y Turquía. 



En el sudeste, el conflicto baluch, alimentado por pobreza, marginalidad y una frontera porosa con Pakistán, tiene expresiones insurgentes como Jaish al-Adl, que ha protagonizado ataques y mantiene el área en tensión constante.

Y en el sudoeste, Juzestán (clave por energía y salida al Golfo) aparece periódicamente atravesado por corrientes de separatismo árabe que el Estado interpreta como una amenaza estratégica. En el noroeste, también existen movimientos nacionalistas azeríes, a veces asociados al concepto de “Azerbaiyán del Sur”, que, aun sin ser mayoritarios, se vuelven políticamente relevantes cuando el centro se debilita y actores externos buscan palancas. 

Por último, el norte tampoco es un vacío: en el Cáucaso, Teherán ve con alarma cualquier corredor o reordenamiento que acerque a Turquía (y a potencias externas) a sus fronteras y reduzca su margen estratégico, otro recordatorio de que Irán no solo enfrenta enemigos: enfrenta tableros.

Una intervención militar solo repetiría desastres del pasado. Solo los iraníes pueden recuperar su Estado y asegurar un futuro por el que valga la pena pelear, porque nadie puede defender el interés nacional de Irán mejor que los propios iraníes.

Lucas Cianfagna.-

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