domingo, 26 de marzo de 2017

De la memoria y el destino


"La acción tiene el misterioso poder de compendiar una larga vida en la explosión de un fuego de artificio. Se tiende a honrar a quien ha dedicado toda su vida a una única empresa, lo cual es justo, pero quien quema toda su vida en un fuego de artificio, que dura un instante, testimonia con mayor precisión y pureza los valores auténticos de la vida humana.“
Yukio Mishima

Nuestro joven filósofo se encontraba aventurando en alta mar. Viajando por todo el mundo conoce lugares exóticos, tratando de aprender nuevas cosas, siempre con sus libros a mano y su inagotable ansia de no estar quieto un segundo sin incorporar algo nuevo a su existir. En una travesía que lo encuentra en el lejano Oriente, nuestro joven se encuentra con un prominente profeta de quien se tenía una remota idea en algunos lugares, quien le asegura haber concluído con su destino en su tierra, por lo cual se habría recluido sin que nadie conocido lo habría podido seguir. Tenía un nombre extraño, pero lo interesante estaba en lo que pudieron conversar, lo cual los ha mantenido una larga tarde ocupados hasta que cada uno habría de continuar su camino. 

Nuestro joven se inquietaba, ya que había oído rumores de aquel profeta, pero conocerlo le resultó más impactante aún de lo que se imaginaba de otras lenguas. El profeta le habló un poco sobre su ya terminada misión que se había propuesto, le contó sobre sus propias aventuras y aprendizajes, siempre en un tono enigmático, lo cual en absoluto desconcertaba a nuestro joven filósofo, pero sí le suscitaba nuevos interrogantes a medida que la conversación transcurría. En un momento de intercambio, nuestro joven se vio muy preocupado cuando le tocó contar la situación que vivía la tierra de la que él provenía, buscando una enseñanza del prominente anciano, que le pudieran guiar hacia qué se debe hacer.

Nuestro joven le explicó que su pueblo era originalmente muy guerrero, pero que con ciertos desgastes propios de las épocas actuales, había sufrido corrupción en varios niveles y debilitamiento interno, al punto de que en ciertos segmentos de la población cundía la idea de que la última guerra que se había vivido no tuvo sentido alguno, que no hay nada en ello que rescatar, y que incluso se llega a despreciar el esfuerzo de los guerreros que en ella combatieron alegando que eran meros jóvenes inexpertos que estaban asustados. Nuestro joven viajero conocía muy bien de qué se trató, y conocía muy bien las mentiras que en tal pueblo se habían esparcido, pero la desesperanza y la decadencia eran algo a revertir cuanto antes, así que le pidió al profeta que le brinde una opinión de sabio. El profeta quedó un minuto en silencio hasta que logró recuperar el aliento antes de comenzar a hablar: 

"-Verá, joven. Usted me habla de una situación en verdad conocida para alguien como yo, quienes vivimos una vida de contemplación activa lo sabemos, y supongo que usted está en un camino similar. Debo decir sin tapujos y en razón de lo que me ha podido ilustrar, ¿no hubo suficiente enojo de parte de los conocedores?
¿Acaso no han desperdigado demasiado bilis en sus anuncios y en sus monsergas, al punto de oscurecer toda manifestación de grandeza en una contienda como la que usted describe? 
Los pueblos no son idiotas, ni sus líderes representan siempre la experiencia y la sensatez. Muchas veces grandes figuras son enaltecidas sin ningún mérito, de la misma manera en que los héroes anónimos no se les reconoce la pureza de sus actos ni la audacia de sus tan honorables logros.  
Estos héroes abundan, joven, en las calles, en los recovecos y talleres manuales, pero también en el campo de batalla, ¿cómo es que se reconozca -con razón- la virtud en quien da todos los días de sí por la educación de nuestros hijos, y no se pueda reconocer dicha virtud en el esfuerzo de quien está siempre dispuesto a soportar un poco más por nuestra dignidad? ¿Cómo no ver ángeles luchadores a través de la mirada de los nuevos nacidos? ¿Y aún tienen el atrevimiento de decir que las peores cualidades son desatadas por la guerra? ¡Pero si tienen un buen tiempo sin un sólo combate y los problemas no han hecho más que multiplicarse cual familia de conejos!  
Pero es que estas personas no entienden que es la guerra la única capaz de santificar una buena causa y enderezar toda empresa común, la guerra que todos llevamos, algunos lo hacen activamente y otros simplemente son arrastrados a ella sin siquiera comprenderlo.

¡Y que no se me malentienda cuando hablo claramente! A mi pueblo le he recomendado la guerra, pero nunca refiriéndome a la confrontación física eterna, sino a la actitud ante la adversidad, a desear el gran camino, y no el atajo. 

¡No a los uniformes vacíos y excesivos modismos superfluos, sino a los grandes principios altivos, la moral fortalecida y la inventiva al servicio de algo mayor!

¡Y que me parta un rayo si de mí oyeran decir que lo que importa es un simple territorio, sino más aún, los sentimientos y emociones que de él han suscitado!

¿Qué son tesoros y coronas, si como rey no se puede uno dar un corazón purificado y un espíritu incorrompible?
¿Qué significa una ropa de combate presuntuosa, si no se tiene la razón y la justificación más alta para mantenerla impregnada hasta en la piel?
¿De qué sirve un perímetro más de tierra, si al final olvidamos el fértil y próspero jardín, al cual abandonamos por desidia y aislamiento propio? 
Hasta la bandera carece de sentido, si sólo esta flamea en fechas precisas y no en lo más hondo de nosotros mismos. ¿Qué ha hecho todo este regionalismo, sino ayudar a sepultar esta gran causa debido a las mezquindades de quienes enaltecieron a los mediocres, ponderaron a los infames y olvidaron a los grandes santos que en ella ardieron?

¿De qué sirve inventar conspiraciones absurdas, concentrar culpas en éste o aquél? Si al fin y al cabo, si el afuera nos afectase, no se debe a nadie más que a nosotros mismos. Y aquella inmadura intolerancia que se tiene a los otros, no nace sino de la debilidad misma de un cuerpo convaleciente que no se encuentra en fortaleza de asimilar sin intoxicarse, como si se tratase de una enfermedad degenerativa.

¿De qué sirve mantenerse fanáticos de los centros sacerdotales, si han impulsado ellos mismos la debilidad en combate, con la que enseñan hasta hoy a sus fieles? Al final, de lo que se trata es de conservar el espíritu guerrero, que los aduladores se queden con sus bellas palabras y demagógicas monsergas, ¡la verdad se impone por su propio peso y por el valor de quien actúa! 
Yo le digo joven, y se lo repetiré hasta el cansancio, el pueblo sufre de una enfermedad, y esa enfermedad es carecer de destino, ¡yo le digo, embriáguense hasta los órganos con un destino! Que sea la gran causa la que agrupe formas de existir y de sentir, un pueblo que no abraza su destino, está condenado al descenso hacia una eterna caída.
¿Tienen ídolos? ¡Supérenlos!
¿Tienen ideologías? ¡Supérenlas!
Recuerden que todo factor de caída representa el punto de donde se impulsa uno para volver a ascender, ¡asciendan entonces desde el averno mismo si ahí se encuentran!

¿Ha habido una contienda que resultó en derrota? ¡Derroten ese sentimiento y sigan, como si la batalla hubiese continuado!
¿Ha habido líderes que han flaqueado? Manténganse enderezados ustedes, la culpa de los errores las pagarán los que los cometieron, y también los que no han hecho nada cuando tuvieron la oportunidad. 
¿Qué puede hacer su pueblo por re-inventarse y por alcanzar a ver una nueva aurora? Contagiar el ejemplo y el buen actuar. Tener en cuenta todo esto, para transfigurar los propios valores, e incluso la forma en la que se aprecia a su propia gente. 
¡No más ver a jóvenes inexpertos, sino guerreros valerosos!
¡No más guerras por territorios, sino en nuestro interior y por el más perfecto y sublime sentir!
¡No más posturas anacrónicas, ni mitos oscurantistas, sino realidad en su más grandioso expresar!
¡No más identificar fuerza con violencia, sino con la capacidad de integrarse entre hermanos que buscan un renacer!
¿Quiere saber qué le transmito a usted y a su pueblo?
El coraje de mirar siempre hacia adelante y poder mirarse a sí mismo y finalmente exclamar: ¡nuestra mejor conquista territorial es en los jardines de nuestra propia dignidad!"

Así dijo el profeta, el cual se alejó para retirarse definitivamente, y nuestro joven filósofo retornó a su tierra, en búsqueda de transmitir aquello que había aprendido de su gran viaje.

Lucas Cianfagna.-

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